24 may. 2009

El valor de la mentira

Como homenaje a Castilla del Pino, recientemente perdido, me he descargado de internet (lícitamente) La Incomunicación; ya en el prologo (a la 11ª edición) leo que la incomunicación es imprescindible para mantener la salud mental, para generar la introspección tan necesaria en la creación de un concepto de nosotros mismos y hasta para mantener una actividad creadora:

“Debemos mucho, en orden a la creatividad, a este forzado repliegue del hombre sobre sí mismo, a la búsqueda de «diálogos» interiores, de flujos de conciencia, de autodescripciones de los propios estados. Ni la mística, ni la poesía, ni la novela moderna, ni siquiera la psicología y la filosofía en lo que tienen necesariamente de introspección, hubieran sido lo que son si la única necesidad del ser humano hubiera sido la exteriorización y esta no le hubiera resultado frustrante.”

Aparentemente es difícil encontrar un fenómeno tan negativo para la vida social como la incomunicación, en realidad se nos aparece como destructor por excelencia de la sociabilidad, una cualidad esencial de la raza humana. Pero, sin embargo, a poco que reflexionemos encontramos que prescindir por completo de ella provocaría justo la catástrofe que pensamos evitar manteniéndolo a raya.

Sin desarrollarlo, lo mismo apunta para la mentira, como elemento igualmente necesario para el buen funcionamiento de la sociedad y de una mente sana. La verdad tiene un inmenso prestigio social: a todos nos gusta, de una forma o de otra, presumir de veraces y muchos aseguran decir siempre la verdad (sin percatarse de que al hacerlo se delatan como mentirosos). Pero todo apunta a que prescindir de la verdad es con frecuencia deseable o conveniente e incluso necesario: los rituales de la cortesía, que es el aceite que engrasa las relaciones sociales, la convivencia, se alimentan de ciertas formas de mentira, disimulo y ocultación; con frecuencia recurrimos a la mentira, en cualquiera de sus formas, para preservar nuestra intimidad; es también evidente que la evitación de un mal mayor nos apremia a utilizarla más veces de las que estamos dispuestos a admitir (muchas de las mentiras casi instintivas de los niños tienen esa finalidad).

He hablado antes de su necesidad para mantener una mente sana. Pensaba en la multitud de ocasiones en que nos engañamos a nosotros mismos. Enfrentados a una conciencia, a veces demasiado exigente, el único recurso para no frustrarnos, para que nuestra vida no nos parezca un fiasco, es ocultarnos la verdad. Detectamos la estrategia en los demás y nos causa sorpresa e incredulidad por lo burdo, a veces, del artificio, pero ¿qué razón hay para pensar que a nosotros no nos ocurre aunque sea con fórmulas más sutiles?

Incluso en la naturaleza encontramos formas admirables de mentira y engaño, todos conocemos mil y un ejemplos, que no se diferencia de las humanas más que en la falta de verbalización.

En definitiva, mi punto de vista sobre esta cuestión es que verdad y mentira no son más que dos aspectos de la realidad que conviene administrar con sabiduría y prudencia al margen de absolutismos o maximalismos morales.

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