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20 feb 2016

En las mismas

Los que han disfrutado algún privilegio desde el nacimiento acaban confundiéndolo con un derecho, y, cuando se les hace ver que es una gracia de la que han gozado sin demasiado fundamento, sacan a colación todo tipo de fantasmas: derechos históricos violados, el sentido común amenazado, la costumbre aniquilada, lo razonable puesto en solfa… Una buena parte de los católicos de este país, practicantes o no, se sienten con derecho a imponer sus criterios y a escandalizarse ante cualquier crítica a sus posiciones de privilegio se utilice el medio que sea: el escrito razonado, cualquier expresión artística… el recurso a la ley. Igual la derecha (aquí, una advocación de lo mismo), que ha hegemonizado la vida social desde tiempo inmemorial, aunque desde la transición haya mostrado algunas debilidades que han permitido gobiernos socialdemócratas, pero sin perder nunca el mango de la sartén, o sea, la cosa económica.

17 ago 2015

Los enemigos del pueblo

Syriza y ANEL juntos en el gobierno griego son piedra de escándalo para muchos que no entienden como pueden aliarse un partido de izquierda radical y otro de derechas no menos extremista. La sorpresa es legítima, pero ¿no hemos visto en el peronismo convivir facciones de extrema izquierda (Montoneros) con otras de ultra derecha (Triple A)?  ¿Acaso no han coincidido Marine Le Pen (FN) y J. L. Melenchón (Parti de Gauche) en la defensa de Syriza y contra la UE? Los ejemplos se pueden multiplicar.

4 mar 2015

Cuerpo a tierra que vienen los nuestros

En mi ya larga vida de elector impenitente rara vez he depositado mi voto con la esperanza de que alguien, o algunos, salieran elegidos; más bien podría decir que lo hacía con la esperanza de que los elegidos por mí no lo fueran por la mayoría y, como mucho, sólo rozaran poder o, simplemente, les permitiera seguir presentes. Nunca supe qué me daba más miedo: que ganaran los otros o que lo hicieran los míos; desde luego, si vencían los otros siempre podía uno indignarse y despotricar a gusto.

3 abr 2014

Los silencios de Rajoy

Necesitaríamos un psicoanalista amén de un politólogo para explicarnos los silencios de Mariano Rajoy. El último y más sorprendente es el que mantiene sobre la designación de candidatos para las europeas. En un momento en que todas las formaciones políticas hacen espectaculares aspavientos para convencernos de que somos nosotros los que elegimos a los candidatos mediante primarias, previas o como se las quiera llamar, el PP se ufana de su tradicional sistema autoritario de designación, manteniendo a todos, incluidos ellos mismos, sobre todo a ellos mismos, pendientes de la decisión de su presidente.

13 may 2013

Agitprop y márquetin


Los partidos que hoy utilizamos, o nos utilizan, según opiniones, poco tienen que ver con sus antepasados decimonónicos, época en la que se consolidaron y difundieron como útiles instrumentos de los nuevos regímenes parlamentarios de linaje burgués. Eran entonces apenas lugares de encuentro entre sensibilidades ideológicas afines y/o intereses coincidentes. Muchas veces nacidos de tertulias y mantenidos y difundidos en torno a un periódico, pero sin más disciplina interna que la imprescindible para mantener los intereses comunes y la obligada lealtad. Ninguna otra estructura partidaria.
Cuando, por efecto del marxismo, las masas obreras decidieron entrar en los templos parlamentarios, lo hicieron como elefante en cacharrería poniendo patas arriba los usos de las clases bienpensantes que hasta entonces monopolizaban la lucha política a la que habían dotado de reglas, como a cualquier confrontación entre caballeros. Algunos de los efectos fueron un cambio drástico en la fisonomía y funcionalidad de los partidos y de las cámaras.

14 feb 2012

Sociedad y democracia


           Las formas tienen en la democracia una importancia sustancial, tanto que sin ellas no la hay. Pero si no existe un trasfondo social y económico de igualdad jurídica y no excesivas diferencias de renta y de oportunidades, las formas se corrompen o se convierten en un cascarón vacío de sentido y contenido. La condición de una sociedad se traslada a los modos políticos confiriéndoles su carácter; por eso, las democracias son adictas a las medidas de igualdad y repelen, si son sanas, aquellas que la contradicen.
            Cánovas del Castillo puso en pie un sistema político, desde 1875, que pretendía trasplantar a España el sistema parlamentario británico que allí parecía funcionar como un reloj. Sin embargo, y a pesar de que desde 1891 incluso se estableció el sufragio universal masculino, el sistema creado nunca fue democrático, sino que derivó hacia un parlamentarismo corrupto, que era un calco del injusto dominio económico y social de las burguesías locales. En sus últimos momentos la confrontación social impulsada por las enormes diferencias de renta fue derivando hacia soluciones revolucionarias o autoritarias (1909, 1917, 1923, 1931), incluso después de que se estableciera con la II República un sistema formalmente democrático (1934, 1936). El peso de una sociedad mal vertebrada fue decisivo para que quedara todo en un experimento fracasado.
Pero aún cuando la democracia sea solida la configuración social y la estructura económica marcan decisivamente su carácter y deriva posterior. Cuando Margaret Thatcher alcanzó la jefatura del gobierno en 1979 heredaba una situación definida por el Estado de bienestar que el laborismo había logrado introducir con enorme éxito en los años de la posguerra. Las convicciones ideológicas de la primera ministra y la coyuntura económica la convencieron de la necesidad de desmontarlo. Para ello emprendió, en primer lugar, una autentica guerra contra los sindicatos, en los que residían los cimientos del sistema socialdemócrata en Inglaterra (el Labour party fue una creación de las Trade unions y no a la inversa, como aquí). La dureza con que hizo frente a la huelga de los mineros durante larguísimos meses le permitió desprestigiar a las organizaciones obreras y desmontar su poder e influencia. La organización de las clases trabajadoras quedó desarticulada y la política conservadora pudo desmantelar sistemática y minuciosamente el sistema de redistribución de rentas con la desregulación social, y el papel de agente económico del Estado con las privatizaciones. Había destruido la base social de todo el sistema del Estado del bienestar para sustituirlo por un modelo neoliberal. Sin esa operación previa hubiera sido imposible, y mucho menos que perdurara; pero así, incluso cuando llego la alternancia política (T. Blair), el nuevo sistema permaneció inamovible; más aún, avalado ahora por el partido laborista.
Felipe González fue contemporáneo de Thatcher cuyas políticas triunfaban entonces y empezaban a ejercer enorme influencia exterior. En su tarea de modernizar el Estado se confundieron ciertos avances sociales con acciones desreguladoras y de demolición de las estructuras económicas del Estado autoritario, pero en exclusivo beneficio del mercado. Las clases que habían sostenido al franquismo y permanecieron expectantes durante la Transición se tranquilizaron, mientras que la izquierda sociológica emprendía un lento desencanto y empezaba a saborear el desconcierto. La  larga permanencia de González se debió a varios factores, uno de ellos que no amenazaba la hegemonía social de los grupos dominantes, ya que las reformas sólo producían rasguños o iban en la dirección de los intereses del mercado. Entre tanto, pudieron dedicarse a consolidar sus armas políticas con notable éxito (creación y consolidación el PP) y sociales, asalto sistemático por vía profesional a la alta administración del Estado (judicatura, puestos clave en la administración…), recuperación y reorganización de la iglesia de corte tradicional (contrarreforma de Woijtyla), etc. El trabajo de fondo estaba hecho el 20N, cuando el PSOE de Zapatero se vio avocado a la gran contradicción final de salvar la economía de mercado, en su versión ultra, sacrificando el bienestar precario de las masas en las que supuestamente se apoyaba.
Sociológicamente la derecha política se encuentra ahora firmemente asentada, ocupando posiciones económicas y sociales clave, lo que se completa con un dominio ideológico desconocido desde la dictadura. La seguridad que se aprecia en el nuevo gobierno procede más de la constatación de esta realidad que de contar con un programa eficaz para salir de la crisis. El verdadero programa es el que, a largo plazo, asentará la hegemonía de la derecha por mucho tiempo, con independencia de que las coyunturas políticas puedan hacer que aparezca en el escenario del poder alguna otra formación que no sea el PP. La crisis pasará, lo sabe el gobierno, y lo que le importa es aprovecharla para que cuando eso ocurra la izquierda sea ya sólo un elemento del paisaje.
Seguramente no habrá un peligro de desaparición para la democracia; pero sí que habrá sido transformada al haberse puesto freno a los procesos de igualdad por aquellos que se resisten a perder su situación de predominio, aupados y coreados por las clientelas políticas que han obtenido mediante un proceso de desideologización y desclasamiento bien ejecutado.

14 abr 2011

Libertad, igualdad, fraternidad

La revolución francesa popularizó el simbolismo de los tres colores que incorporó a su bandera y hoy es la combinación más extendida entre las enseñas nacionales de occidente: el azul representa la libertad, el blanco la igualdad y el rojo la fraternidad, las tres palabras o conceptos del famoso eslogan revolucionario. Si el azul se convirtió en el color identificativo de los liberales que hicieron hincapié en la libertad, el rojo pasó a distinguir a la izquierda ya que su valor definitorio fue siempre la solidaridad. Si se busca la esencia de la izquierda, aquí se ha de hallar: solidaridad, fraternidad; podrá adoptar muchas formas pero si utiliza como leitmotiv la solidaridad, eso es izquierda.

Analicemos un caso concreto. La cuestión de las pensiones se ha puesto de actualidad por las cargas de profundidad y las amenazas que sobre el sistema público se lanzan desde el mundo liberal, con estudios supuestamente científicos y análisis que apuestan por su insostenibilidad a medio plazo, incluso por considerarlo intrínsecamente injusto, y por las presiones desde los mercados e instancias de poder político y económico dominadas por esa ideología.

¿Cuál es la visión del problema desde el liberalismo? Sin libertad individual no hay iniciativa ni responsabilidad, sin libertad de mercado la economía no funciona con eficiencia. Sentadas estas premisas se sigue que cada cual debería de, mediante el ahorro, ir construyendo su propio plan de pensiones; el mercado, atento a las demandas que surgen de la sociedad, ofertará productos (fondos de inversión, seguros, etc.) estructurados y elaborados por expertos cuya finalidad será maximizar los beneficios del patrimonio que se va acumulando. De esta forma se cubren varios objetivos deseables: satisfacer una demanda, producir seguridad, estimular el ahorro imprescindible para la buena marcha de la economía, premiar la previsión y responsabilidad individuales penalizando la incuria y el despilfarro y crear negocio, generando empleos, beneficios… crecimiento. El Estado debe preocuparse sólo, y nada menos, de que todo se haga dentro de las buenas prácticas mercantiles. El discurso liberal es tan hermoso y limpio que dan ganas de matar a besos a Adam Smith. El azul se justifica porque es el color del cielo y esto tiene toda la pinta de un paraíso, de donde lógicamente se han apartado los réprobos, como en todo paraíso que se precie, aunque sean mayoría.

Un sistema público es antes que nada universal, así que nadie queda fuera de cobertura; establece máximos y mínimos en las pensiones de modo que se cierra, tanto como se quiera, el abanico de rentas, reduciendo las diferencias llamativas o injustas (aquí y ahora estamos en uno a cinco, entre mínima y máxima); por último, en el caso español, los trabajadores de hoy pagan las pensiones de los de ayer y las suyas las pagarán los de mañana, asegurando la supervivencia del sistema por el crecimiento y el aumento de la productividad. En los tres casos, el fundamento es la solidaridad: entre clases en los dos primeros, entre generaciones en la última. Naturalmente en caso de una profunda y prolongada crisis el sistema puede sentirse amenazado (el nuestro, pese a la que está cayendo, se mantiene sano), pero es que al privado se la abrirían tales agujeros que quedaría en nada. Los fondos de pensiones USA, en donde no existe sistema público, además de mantener grandes bolsas de no protegidos, mueven ingentes cantidades de capital que permanentemente agitan las aguas de la especulación y han sido en buena parte actores en la catástrofe financiera que nos acosa.

Se ha puesto de moda pensar que la oposición izquierda derecha es cosa del pasado, que la actualidad ha superado esa dicotomía, que solo los carcamales que nos aproximamos al siglo seguimos apegados a tales apolilladas definiciones, que sólo se dan en el cielo de la teoría. Pues a mí me parece claro que un sistema público de pensiones como el descrito tiene el marchamo de la izquierda, y el privado, de la derecha. Que nos inclinemos por uno o por otro no querrá decir que seamos de esa cuerda, pero sí que nos habremos manifestado un poco azules o un poco rojos.

30 ago 2010

Una declaración


Todo empezó con aquella canción de Roberto Carlos que decía en una de sus estrofas: Yo quisiera ser civilizado como los animales, ejemplo del pesimismo a la moda sobre el género humano. Me chirriaba el mensaje, y ni aún ahora, cuando caben pocas dudas sobre nuestra responsabilidad en el cambio climático y ninguna sobre la de unos pocos en la pobreza de la mayoría, dejo de tener la esperanza de un cambio muy positivo en las generaciones próximas. Pensé muchas veces en la frase incongruente de la canción, que, seguramente, estaba concebida como un aldabonazo para despertar conciencias, pero que a mí no lograba sonarme más que como una concesión a la irracionalidad.
No me avergüenza usar términos como izquierdas y derechas, a los que algunos parecen haberles cogido alergia; por eso empiezo diciendo que el pesimismo es de derechas. Si el futuro se ve negro ¡Virgencita, que me quede como estoy! En el pasado la Iglesia puso música y letra a estos temores construyendo una ideología según la cual los humanos habían demostrado su incapacidad para construir un futuro habitable y, por eso, lo pone en manos de Dios, sin el cual nada podemos. No cabe mayor pesimismo y mayor desconfianza en la humanidad. Los que hablan de humanismo cristiano no saben lo que dicen. La ilustración fue una reacción frente a este panorama, una recuperación del humanismo, pero cargando las tintas, seguramente como rechazo a la idea de pueblo de Dios, en el individualismo: la economía no es más que el resultado del interés personal actuando libremente; la política el resultado de la confluencia civilizada y normalizada de ideas e intereses personales: el egoísmo como motor de la civilización. La única concesión a lo colectivo es el Estado-nación (mutación de los bienes patrimoniales de las antiguas familias reinantes, con sus siervos y súbditos convertidos en ciudadanos). En ellos, en su interior, se desarrolla una cierta solidaridad, que, a veces, sirve para enmascarar la feroz explotación que ejerce la minoría que controla los aparatos del Estado, utilizando la coartada del interés nacional; pero, entre ellos, en el exterior, la competencia y el egoísmo se manifiesta crudamente, con descaro, con violencia.
El intento de superación de esta situación lo protagoniza la izquierda, la única ideología que piensa en el futuro, no como una repetición del presente o como un regreso al Limbo, sino como algo nuevo por construir en donde se hayan superado las contradicciones del presente. Puro optimismo. La utopía, que es para este mundo, y nuestra responsabilidad, no una gracia divina, utiliza como combustible solidaridad y fraternidad en lugar de egoísmo. Como los ilustrados, tiene fe en el hombre, pero el éxito lo espera de la cooperación, no de la competencia. Quizá por eso sus detractores la vieron como una nueva religión.
Las palabras están gastadas. Lo están izquierda y derecha, bastante solidaridad, mucho fraternidad. Quizá nos resulte más cómodo hablar de empatía, que no está contaminada políticamente y expresa lo mismo con un toque psico muy a la moda. Pues bien, el tiempo presente, si por algo se caracteriza, aparte los consabidos dramas y amenazas de futuro, es por una eclosión de empatía universal. Jamás antes el género humano se sintió tan uno y hermanado, ya nadie discute si los negros o las mujeres tienen alma, si los pobres merecen derechos políticos o si los niños son algo más que un proyecto de persona. Incluso se extiende la empatía a los demás seres vivos, a todo el entorno terrestre. Por primera vez existe una conciencia universal de unidad. Para convencerse no se necesitan complicadas argumentaciones, basta con un poco de reflexión sobre el presente y una mirada al pasado.
El espíritu humano cuenta pues con los útiles precisos, resultado de una evolución cultural que los ha diseñado y pulido adecuadamente. Pero la realidad es que nos encontramos en un mundo que nos parece abarrotado, a punto de reventar, exhausto por una explotación insolidaria, enfermo por un trato irresponsable. Además de espíritu necesitamos tecnología. No hay revolución (de las buenas, de las que hacen avanzar) sin un salto tecnológico. Es preciso liberarse del uso de energías sucias; el petróleo fue factor de progreso, pero hoy es una condena segura. El hallazgo de más reservas en el Ártico es una pésima noticia. Las ecoenergías y la fusión nuclear podrían ser la solución.
Con una nueva herramienta energética (ya a las puertas) y la empatía recién estrenada y en estado de prueba, el futuro es nuestro. Los jóvenes de hoy serán sus constructores. El nuevo mundo estará plagado de errores, contradicciones y sinsentidos, pero es que la historia no se acabará más que con el hombre.
Yo me declaro optimista histórico, es decir, de izquierdas.