4 mar. 2015

Cuerpo a tierra que vienen los nuestros

En mi ya larga vida de elector impenitente rara vez he depositado mi voto con la esperanza de que alguien, o algunos, salieran elegidos; más bien podría decir que lo hacía con la esperanza de que los elegidos por mí no lo fueran por la mayoría y, como mucho, sólo rozaran poder o, simplemente, les permitiera seguir presentes. Nunca supe qué me daba más miedo: que ganaran los otros o que lo hicieran los míos; desde luego, si vencían los otros siempre podía uno indignarse y despotricar a gusto.


Cualquier observador externo no avisado concluiría que no he dado pie con bola a lo largo de historial tan largo votando perdedores. Nada más falso, en realidad acerté casi siempre salvo en contados y gloriosos tropezones, como en la segunda de Zapatero (pensé que debería seguir). Nadie es perfecto. Resumiendo, puedo asegurar que los míos no ganaron más que un ridículo porcentaje de veces. Esto nunca me lo preguntaron para ninguna encuesta, pero es de lo que más satisfecho me siento.

 A estas alturas tengo claro que, en lo personal, la política tiene algo de sacrificio y espíritu de servicio pero mucho más de cinismo, vanagloria y presunción. Con esto me acerco al meollo de la cuestión de hoy: ¿Qué grado de presuntuosidad o de cinismo debe tener un candidato para creerse la mejor opción? Poquita si se trata de la alcaldía de un pueblecillo de tres al cuarto o de un escaño autonómico; pero inconmensurable si se trata de la cabecera de una lista para el Congreso, que indefectiblemente conduce, de triunfar, a la Presidencia del Gobierno. Como tengo una mente deformada por el abuso de ideología durante tantos años, pienso que los políticos de derechas, por lo menos de la derecha española al uso, tiran más de cinismo que de presuntuosidad al optar a cualquier candidatura, ofreciendo en público su servicio y sacrificio con mil acciones benéficas, mientras internamente el discurso lo construyen en pasiva. La cosa tiene su explicación: el progreso es para un pensador de derechas (sic) básicamente crecimiento económico, y para estar en la corriente hay que tener espíritu triunfador y saber manejar en propio beneficio todos los recursos, los políticos incluidos. La política como trampolín. Se me dirá que muchos de izquierdas hacen igual, pero debo replicar que esos no son de izquierdas, sino que usan del discurso de la izquierda igual que los anteriores del manido espíritu de servicio público, sólo que dando al cinismo una vuelta de tuerca más. El pecado de los auténticos políticos de izquierda es la susodicha vanagloria y presunción; creerse capaces de dar la vuelta a algo que no sea uno mismo. Los únicos que merecían la pena eran aquellos que conscientes de su insignificancia ponían a las masas en pie; pero, las multitudes new age, después del hartazgo de petisuis y bollicaos que les proporcionó el capitalismo corruptor no están para asaltar bastillas.

Creo que queda justificado por qué no me fío ni de los otros ni de los unos, aunque quizá explique menos por qué sigo jugando. Es fácil. La democracia es una cagarruta, como cualquier obra humana, pero también el único sistema de organizarse en colectividad medianamente digno, y con posibilidades. Participar es avalarlo. Ahora, eso sí, siempre que pongo el voto en la urna rezo para que no salgan los míos. Y la cuestión es que como no soy creyente cualquier día va a ocurrir lo peor, como aquella vez con Zapatero.


2 comentarios:

Mark de Zabaleta dijo...

Toda una reflexión...

Saludos

Manuel Reyes Camacho dijo...

Buenísimo. Me he reído más que con Chiquito de la Calzada. Quizá porque me he visto reflejado en ese temor de que ganen los tuyos... a los que bien conoces.