14 mar. 2015

Malos tiempos para la épica


El triunfo incontestable del individuo es una conquista de la modernidad. Desde el Renacimiento ha ido ganando espacio hasta alcanzar hoy cotas nunca logradas en otros momentos… y subiendo. Una mirada hacia atrás que contemple la vida gregaria que anulaba la individualidad en la tribu, la gens, el gremio, la iglesia, el estamento, la casta, o la clase nos revela un panorama deplorable según nuestros parámetros actuales. Hoy es el reino del individuo, del “yo hago lo que me da la gana”, “a mí nadie me dice lo que tengo que hacer o qué creer”. Recelamos de las iglesias, de los partidos, de los sindicatos o sociedades gremiales; damos por superado el concepto de clase, y sus connotaciones solidarias y cooperativas, mientras crece el de “emprendedor” como héroe social moderno que se abre camino y consolida su posición en solitario. Quizás ningún otro elemento revela mejor el triunfo del liberalismo. Ha calado en la conciencia de las multitudes, y parece que está aquí para quedarse.
Nada que oponer. Yo estoy en el mundo y los valores de mis contemporáneos son los míos. No podría ser de otro modo. Pero por aquello del espíritu de contradicción (otra manifestación del individualismo, pero que también puede ser la picajosa deriva de una personalidad fastidiosa, sin más) no puedo sino tratar de ver el envés de valor tan valorado… si es que lo merece.


Las revoluciones que en el mundo han sido, las que fracasaron, que fueron aplastante mayoría, y las que triunfaron, que siempre lo hicieron en mucha menor medida de lo que pensaban sus protagonistas, fueron posibles porque los individuos se sintieron parte y se entregaron a los “sentimientos” e intereses de un colectivo (una fe, una clase…). Las personalidades individuales nunca sobrepasaron el nivel de la anécdota, por mucho que la mitomanía, perversión social tan extendida hoy como ayer, nos lo haya presentado de otro modo.


La última revolución fracasada, la del movimiento obrero, que nos mantuvo en un ay durante más de un siglo, fue el experimento postrero de un colectivo por el cambio de sistema, como solución al irritante reparto injusto de la riqueza y el poder. Con todas las salvedades que se quieran hacer, el triunfo fue para el capitalismo que salió remozado y compuesto de la confrontación. Hoy alardea de su triunfo en las estructuras de convivencia nacionales (declinantes) y supranacionales (emergentes), pero sobre todo en la conciencia de cada individuo, que, convencido de su singularidad innegociable opta por no hacer cesión alguna de soberanía aunque eso le cueste renunciar a la solidaridad, el arma de los débiles, los necesitados de la revolución.


Cantaba Golpes Bajos en los ochenta que eran aquellos malos tiempos para la lírica. Lo que yo constato es que estos son peores para la épica social. Hasta la palabra revolución se carga de matices peyorativos. A no tardar nos veremos utilizando algún bonito eufemismo para referirnos a esa convulsión histórica esperanza de oprimidos y explotados porque chirriará en nuestra conciencia.

2 comentarios:

Eurotopia dijo...

En realidad son malos tiempos para la razón… para la modernidad, en un contexto en el que predomina la organización, la igualdad entre los individuos termina siendo mera uniformidad y pérdida de identidad individual, por lo que se impone la pasión.
Ya lo dijo Rousseau en su propia época, quien sostenía que una sociedad política, un estado, necesitan fundarse en el sentimiento, en la creencia, y no únicamente en la razón.
Pero esta intromisión de lo no-racional, se hace evidente sólo en los momentos de crisis, tales como el que se produjo con la quiebra del estado liberal o, como la que ocurre ahora, con la quiebra del estado keynesiano.

Mark de Zabaleta dijo...

Los tiempos cambian...y las personas se acomodan...

Saludos