23 may. 2017

El nuevo Montecristo

Nos creemos libres porque desconocemos las causas de nuestro comportamiento, según nos reveló Espinoza, allá por el XVII, y luego (S. XX) Freud al afirmar que lo que deseamos es siempre fruto de impulsos inconscientes, es decir, al mostrar las causas. El caso es que nunca sabré con exactitud por qué no me gusta Pedro Sánchez, quiero pensar que, precisamente, porque se deja llevar por pulsiones subconscientes que eluden la racionalidad, pero lo mismo podría decirse de mí al desplegar esta emoción, que yo veo y justifico como conclusión de un análisis inteligente. Mientras alguien no me diga algo definitivo sobre este enredo lo dejaré aparcado en el frontispicio de este escrito como prueba de mi honestidad intelectual. Dicho lo cual vamos al lío.

Un periódico italiano saludaba la vuelta de Pedro Sánchez como la de un segundo Conde de Montecristo dispuesto a obtener justicia/venganza de quienes sufriera tan duros agravios no hacía mucho. Alejandro Dumas conocía muy bien la fibra sensible de la gente y cómo tocarla. Más de siglo y medio después, el desenlace del asunto que nos ocupa demuestra que la fibra sigue ahí y se toca de la misma manera. Es obvio que Pedro es otro virtuoso, consciente o inconsciente, pero virtuoso en estos toques.

Llevo largos meses quejándome/alertando de la irrupción de las emociones en la política traídas de la mano del populismo, de las que el entrecejo (siempre fruncido) de Iglesias es un emoticono revelador. El caso de Pedro es mucho más sofisticado y demuestra que todo en esta vida marcha hacía la complejidad, pero está en la misma onda, nos remite a esas oscuras profundidades donde se fraguan los sentimientos ¿O alguien lo eligió por la coherencia de sus decisiones, por la densidad de su bagaje doctrinal o por su capacidad para revertir el declive del partido? Yo creo que más bien porque es guay (cualquier cosa que eso signifique) y hace tilín en la cosa emocional. Por otra parte tenía enfrente a una trianera en ejercicio, amante del Betis, rociera confesa, seguidora de Morante de la Puebla y cofrade consorte de no sé qué hermandad de las que se lucen en la famosa “madrugà”, o sea, de la facción castiza del PSOE sevillano, una prenda para gallegos, castellanos, catalanes, etc. Aupada y promocionada, además, por la nomenklatura del partido, la en activo, la retirada y la que está en trance de desaparición biológica, la misma que lo crucificó hace unos meses de manera turbia e ignorando a la militancia que lo había elegido.

Para colmo, Pedro, que es muy considerado, ha reducido su mensaje para que lo entendamos todos, a dos ideas: una, empoderar a la gente del partido sobre el aparato; otra, desalojar a Rajoy. La primera se justifica porque el aparato es malo, la segunda porque Rajoy es peor. Que este plan coincida con el de otra formación recién aparecida por la izquierda es simple casualidad y tiene de bueno que cabe en un twit y está al alcance de la capacidad analítica de cualquier contertulio televisivo.

Acostumbran los militantes socialistas a poner sobre la mesa sus ciento y pico años de existencia para minimizar sus crisis, pero justo por esa larga vida sabemos que cuando más se le necesitaba el PSOE estaba siempre en sus cosas. Que le pregunten, si no, a los que vivieron la agonía de la República los años de la guerra, o a los que esperaban y desesperaban durante la dictadura. Esperemos que la próxima generación no tenga que preguntar dónde estaba cuando estalló lo de Cataluña.

Si alguien ha sacado la conclusión de que soy un pesimista que se quede tranquilo que lleva razón, pero que me diga qué hace él para no llorar.


18 may. 2017

Morir de éxito

La socialdemocracia agoniza. Sólo en Portugal se mantiene en el poder un partido socialista, aunque apuntalado por una coalición de izquierdas. En Francia, François Hollande renunció a repetir y su sucesor, Hamon, ha obtenido un ridículo 6%; En Alemania, Schulz va de fracaso en fracaso, el del domingo en su propio feudo, Renania-Westfalia; en Reino Unido, Corbin se esfuerza por llevar el suyo, el Labour party, a la irrelevancia definitiva; no hablemos de Grecia o Italia; En España tres candidatos mediocres, por decirlo con benevolencia, tironean por el dudoso honor de ser el desguazador seleccionado por la militancia. El panorama es desolador; pero hay que decir a continuación que el socialismo europeo muere de éxito.

26 abr. 2017

¿Quo vadis, PSOE

La gente de mi edad hemos visto los últimos destellos de la utopía comunista, el motor imprescindible que impulsó al «movimiento obrero», para desmoronarse inmediatamente después aplastada a la par por la realidad que venía del otro lado del «telón» y el escepticismo ciudadano, de éste lado, de que fuera compatible con la democracia liberal, esa que nadie ha logrado demostrar que no sea la única democracia posible, la misma que a esas alturas había logrado más adeptos que el problemático «paraíso proletario»
«…cuando llegó el Estado del bienestar y la “clase obrera” adquirió derechos civiles y sociales, la muralla que el comunismo histórico había construido con esa roca [la “conciencia obrera”] fue derribada por el capitalismo…» José Luis Pardo, Estudios del malestar. Barcelona 2016, pg. 270
Ahora son los socialistas los que hacen agua en todas partes. Lograron éxitos impagables a lo largo del siglo pasado en el proyecto de avanzar hacia la igualdad y la ampliación de derechos sin abandonar el seno del capitalismo, que había logrado cotas históricas de desarrollo convirtiéndolo en bienestar social.

19 abr. 2017

Suicidios democráticos


Cuenta F. Savater en un reciente artículo en el País que la asamblea ateniense votó en una ocasión una moción que proponía abandonar la democracia. Sin duda la realidad conseguida no estaba a la altura de sus sueños. Y es que la democracia no hace milagros. Con toda probababilidad el bienestar (económico) no es hijo de la democracia sino a la inversa. No es que en Occidente se hayan conseguido las máximas cotas de bienestar porque se han practicado políticas democráticas, sino al revés, aunque es cierto que la democracia puede dar a continuación pinceladas nada despreciables. En los setenta, al comienzo mismo de la Transición, en una asamblea de jornaleros alguien aseguró que la democracia iba a acabar con el paro de inmediato; aún recuerdo las caras de los concurrentes cuando insinué que eso podía no ser necesariamente así. Con democracia o sin ella los problemas persisten si no se aplican los remedios adecuados; incluso con ella puede que tengamos que soportar con frecuencia irritante a mandatarios mediocres, conflictos internos insistentes y, desde luego, por la propia naturaleza del sistema, los problemas se hacen más visibles. Sin embargo, nos proporciona algo que no podemos encontrar de ninguna otra manera en sociedad: la completa dignidad de ciudadanos. La contrapartida es la participación y la responsabilidad de elegir. Ambas pueden ser duras. Ninguna es un juego.

10 abr. 2017

Aislacionismo y globalización



La pasada semana hizo justo cien años que EE.UU. declaró hostilidades a las potencias centrales después de que Alemania desencadenase la guerra submarina en el Atlántico, lo que suponía el hundimiento indiscriminado de todo lo que flotara (la tecnología del momento no daba para mayores sutilezas); el alto mando alemán estaba convencido de que la acción asfixiaría a los aliados por falta de suministros antes de una más que previsible intervención americana. Efectivamente el hundimiento de numerosos barcos propios convenció a los americanos de lo ineludible y urgente de la intervención, lo que se produjo antes de la profetizada asfixia. Eso cambió el signo de la guerra, pero también de la política ancestral de EE.UU. y de las relaciones internaciones en el futuro, abriendo el siglo americano.