jueves 16 de julio de 2009

El hombre y el Universo

Alguien me contó que de pequeño siempre que había un día de fiesta pensaba que era por él, como su cumpleaños o su onomástica; se creía el centro del Mundo. La humanidad ha tenido también su infancia y durante milenios se ha creído el centro del Universo: las plantas y los animales estaban ahí para alimentarle y servirle; las estrellas, la Luna y el Sol para iluminar sus días y sus noches, darle calor y orientación. El mito judeocristiano de la creación no deja dudas. Pero, poco a poco, como el niño, con desilusiones y frustraciones, va tomando conciencia cierta de su verdadero papel: ya en el XVI era evidente que la Tierra no era el centro de un Universo que hubiera permanecido inmutable desde el principio de los tiempos, sino un planeta más del sistema solar; poco después, que nuestro Sol era tan sólo una de los millones de estrellas que componen la Vía Láctea, que a su vez no es más que una de las incontables galaxias que pueblan el firmamento. Hoy la ciencia sabe esto y, además, que el hombre no es el final de ningún proceso, ni pieza clave en ningún proyecto.

Hace unos 15.000 millones de años todo lo existente se concentraba en un punto de volumen ínfimo y extrema densidad, momento en el cual se produjo el Big Bang, la explosión con la que comenzó la expansión y enfriamiento del universo, proceso que aún perdura. Instantes después de la explosión las altísimas temperaturas produjeron la aniquilación recíproca de materia y antimateria generando inmensas cantidades de radiación; pero quedó una pequeñísima parte de materia –una diezmilmillonésima parte de la materia inicial– de la cual deriva todo lo existente. Los átomos de H, el elemento más simple, se forman entonces y todos los que existen en el universo son los mismos que se originaron en ese momento. La posibilidad de que en el futuro algunos de esos átomos llegaran a formar parte del hombre era ínfima y podía considerarse despreciable.

El resultado de la mutua interacción de las cuatro fuerzas básicas del universo –gravitatoria, electromagnética y nuclear fuerte y débil– fue la formación de todos los objetos celestes. Las estrellas son enormes acumulaciones de gas y polvo, en cuyo núcleo se consume H y después He hasta agotarlos, produciendo radiación que sale a la superficie y se emite en su entorno. Cuando se agota el combustible la estrella muere siguiendo diferentes procesos según su masa. Miles de millones de estrellas han nacido, evolucionado y muerto hasta este momento. En torno a las estrellas, atrapados por su fuerza gravitatoria, se van formando por agregación de polvo y rocas nuevos cuerpos que acaban constituyendo los planetas. Los más cercanos a la estrella serán desiertos rocosos abrasados por su intensa radiación, los más lejanos, de hielo y gas, gigantes gaseosos; sólo a la distancia justa puede existir un planeta con agua líquida como la Tierra.

En el medio acuático que cubría la Tierra los elementos que son responsables de la vida –hidrógeno, oxígeno, carbono y nitrógeno– formaron, ayudados por la radiación solar, diversas combinaciones cada vez más complejas que interactuaban con el entorno del que obtenían algunos elementos y al que cedían otros, así surgió la vida. Aparecen las plantas, más tarde los animales y hace unos cuatro millones de años la especie homo de la que somos parte. Si los quince mil millones de años de existencia del Universo los concentráramos en uno sólo resultaría que los primeros ancestros del hombre llegaron tan sólo dos horas antes de que se acabara el año.

La insignificancia del hombre frente a la inmensidad del Universo es manifiesta en el tiempo y en el espacio. Su habitat, la Tierra, no es más que un pequeño planeta, que bien pudo no existir, en el sistema de una estrella de tamaño medio perdida en el extremo de una galaxia, en un Universo que las cuenta por millones; su tiempo, fracción ínfima del lapso total, terminará probablemente mucho antes de que el Sol haya llegado a su fin, mientras miles de millones de estrellas nacen y mueren en el transcurso de un periodo para nosotros inabarcable; su génesis como ser vivo, resultado de un proceso evolutivo de gran complejidad y fragilidad, que pudo haber cambiado de dirección y resultados en infinidad de ocasiones según las cambiantes situaciones del entorno, y que tan sólo un día antes de que acabara el año, si seguimos nuestra anterior simulación, era impensable su aparición.

Podemos concluir que su existencia es trivial, su destino indiferente, su trascendencia insignificante, su finalidad quimérica.
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Annia Doménech: La Tierra era plana porque así la veia el hombre. En Caos y Ciencia.

jueves 25 de junio de 2009

La Renta Básica de Ciudadanía

Hay pobres porque hay ricos; o, lo que es lo mismo, la riqueza necesita de la pobreza para existir. Los ricos lo saben porque no son imbéciles y, cuando lo son, lo presienten; por eso les huele a chamusquina cualquier política de promoción social, por eso son de derechas. Adam Smith, el apóstol del liberalismo, mil veces prostituido por los suyos, calculó con afán científico la cantidad de pobres que se necesitaban para sostener la existencia de un rico propietario: «Cuando hay grandes propiedades hay grandes desigualdades. Por cada hombre muy rico debe haber al menos quinientos pobres» (La riqueza de las naciones, 1776). No sé si la proporción habrá cambiado, pero sí sé que la relación entre los salarios altos (hoy muchos ricos son asalariados) y los bajos rebasan esa cifra de quinientos.

Que la pobreza es una situación de injusticia no necesita argumentos, aunque haya aún algunos apegados a la explicación (muy americana, por cierto) del fracaso personal, del perdedor. No cabe duda tampoco de que los países que en la segunda mitad del siglo pasado construyeron el Estado de bienestar estuvieron más cerca que nunca nadie de erradicarla. Sin embargo, jamás se ha ido más allá de leyes protectoras, de subsidiar determinadas situaciones, de proporcionar servicios básicos gratuitos, etc. Hoy, después de la ridícula debacle del neoliberalismo, necesitamos dar un paso adelante, no ya recuperar el Estado de bienestar, sino algo más. Se trataría de reconocer el derecho de todo ciudadano a percibir una renta incondicional, independiente de su género, estado civil, situación familiar, riqueza o cualquier otra consideración; una renta de subsistencia que, en la máxima situación de desamparo en que pudiera caer, le permita subsistir dignamente. Hay que contemplarla como un derecho, no como un subsidio o una ayuda para pobres o desvalidos de algún tipo, por eso deben percibirla todos sin ninguna condición de edad o de situación socioeconómica.

Existen muchas críticas a esta propuesta, que no es tan nueva como podría creerse (las primeras formulaciones datan del S.XVIII), pero la que más interesa desmontar es la que asegura que es económicamente inviable. Existen varios estudios, uno de ellos el que realizaron en 2005 ARCARONS, J., BOSO, À., NOGUERA, J.A. y RAVENTÓS, D., a propósito de su viabilidad en Cataluña. Según ellos mediante una reforma en profundidad del IRPF, que establezca un tipo único (57,5%) y la exención de un tramo hasta alcanzar la cuantía de la Renta Básica, se podrían garantizar 5.400 € para los adultos y 2.700 € para los menores, manteniendo un nivel similar de cotización al de hoy salvo para las rentas más altas, que se elevaría algo[i]. Naturalmente la Renta Básica sustituiría a cualquier otra renta, subsidio o pensión pública inferior a ella.

Otra crítica que surge a primera vista, casi de modo automático, es que pocos estarían interesados en trabajar. Conviene cuidar de que no la hacemos desde el prejuicio, no sea que nos ocurra como a Trichet, Ordoñez y tantos altos ejecutivos, que sienten y manifiestan, un día sí y otro también, la necesidad de flexibilizar el mercado laboral, desde sus empleos blindados con leyes o millones de euros y sin que se les mueva un músculo de la cara; o como a muchos burgueses decimonónicos que les costaba pensar que subir los salarios a los obreros sirviera para otra cosa que para que pasaran más tiempo en la taberna o el prostíbulo. Lo cierto es que en el Estado de Alaska existe ya, financiada con un fondo soberano que se alimenta de los excedentes de la explotación de hidrocarburos, y no ocurrió nada de eso. De todos modos pienso que seguramente habría que soportar un cierto nivel de holgazanería por algunos individuos, pero nada que no hayamos visto y tolerado desde siempre entre los ricos.

La Renta Básica de Ciudadanía sería el primer intento serio de erradicación de la pobreza desde la dignidad republicana (seguramente también de la riqueza excesiva). En suma, un paso en la dirección de la justicia. No me extenderé en analizar los múltiples beneficios que aportaría, por ejemplo para la autonomía de los jóvenes y las mujeres, por no hacer interminable este post. Os dejo a vosotros la tarea como un buen ejercicio de imaginación solidaria.
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[i] Una explicación más detallada aquí.

lunes 22 de junio de 2009

El capitalismo convaleciente

El capitalismo ha sido el sistema económico capaz de crear más riqueza en la historia de la humanidad. En su forma de capitalismo industrial amenazó con incinerar en el proceso de producción masiva de mercaderías a la ingente masa del proletariado sobre la que se sustentaba. Marx vio que una contradicción tan importante acabaría con él, y si los trabajadores tomaban conciencia y eran capaces de utilizarla en su provecho podrían liderar un cambio de sistema hacia una sociedad igualitaria y justa. La última parte del XIX y la primera del XX ha sido el escenario temporal de esta epopeya. En todos los momentos críticos que se presentaron en esos largos cien años pareció que el capitalismo corría peligro de muerte, la alternativa comunista era una realidad palpable, para muchos aterradora, para otros esperanzadora.


Hoy, otro momento crítico, las cosas se presentan de distinto modo. Nadie pone en cuestión el capitalismo por dos razones básicas: 1) el sistema logró ir superando algunas de sus más peligrosas contradicciones; 2) el comunismo se desprestigio en la delirante experiencia en que desembocó la revolución soviética. La presión del movimiento obrero, la deriva de parte del marxismo hacia el reformismo socialdemócrata y la propia iniciativa y capacidad de supervivencia del capitalismo se combinaron para acabar con la explotación brutal de los trabajadores –incorporándolos al sistema como consumidores además de cómo productores– y crear una sociedad de bienestar, que tuvo momentos de esplendor hace más de una década y que se convirtió en la sociedad más próspera, más justa, democrática y libre que haya existido jamás. Como esta experiencia se ha dado en el ámbito del libre mercado en el momento en que el comunismo agonizaba en medio de un colapso nada heroico, es difícil pensar en una alternativa al sistema hacia esta dirección.

Desde los gobiernos, de derechas o socialistas, las políticas que se están aplicando no difieren gran cosa, todos han optado por modelos keynesianos de intervención y de estimulo de la demanda, procurando no desmantelar lo que queda del estado de bienestar, mermado por la pasada ofensiva neoliberal, que la favorece. Las diferencias están más en el énfasis que se ponga en cada cosa o que a cada uno le interesa mostrar. La derecha española desde la oposición, en cambio, apoyada por algunas instituciones importantes (Banco de España), insiste una y otra vez en la reducción de impuestos y en la reforma del mercado laboral, recetas manidas del liberalismo, que ellos mismos se cuidarían de no aplicar si obtuvieran el gobierno.

Sólo desde la izquierda no parlamentaria, muchas veces procedentes de movimientos ciudadanos sin estructura de partidos, se están planteando propuestas novedosas, valientes y algunas muy atractivas. Me refiero a ATTAC que lleva años proponiendo el desmantelamiento de los paraísos fiscales, recogida en las últimas cumbres mundiales, aunque aún no se han visto acciones concretas, y la aplicación de una tasa mundial sobre las transferencias de capital, en un intento de humanizar la globalización domesticándola. Otra muy interesante, que en España ha sido elevada al Parlamento por IU y ERC, pero que ha surgido en otros movimientos (Red Renta Básica –RRB–, Basic Income Earth Network –BIEN–), es la implantación de una renta básica incondicional para todos y cada uno de los ciudadanos, incluidos los menores, que haría real el ejercicio de la ciudadanía sin que la pobreza lo convierta en una entelequia.

Estas propuestas reciben siempre la crítica de ser utópicas, pero todas ellas están estudiadas con detalle por expertos y la verdad es que tienen pocos flecos por controlar. No hay utopía, sino deseo de cambio y trabajo positivo y eficiente. Solo falta que les prestemos mayor atención. En el próximo post me propongo exponer los fundamentos de la Renta Básica de Ciudadanía.

martes 16 de junio de 2009

Cristiano Ronaldo y Atila

Durante dos días consecutivos he estado viendo en la edición digital de El País que la noticia más consultada por los lectores era una que ponía en boca de Cristiano Ronaldo la frase: «Me encanta cuando me abuchean, me gusta ver el odio en sus ojos y escuchar sus insultos». Tanto me molestaba la dichosa máxima que al final ojeé el artículo, aunque rara vez leo algo de deportes, es una literatura que encuentro deplorable. El autor del reportaje endulzaba la afirmación calificando la actitud del futbolista de «hambre de triunfos». De entre todas las hambres posibles esta me parece la más fácil de calmar, bastarían un par de buenos fracasos, lo que le deseo fervientemente (sólo por darle gusto, a él le encanta que le odien.


No he podido evitar el paralelismo del esperpento pronunciado por el chaval con el que se atribuye a Atila: «no hay espectáculo más gozoso que arrastrar detrás de tus caballos a los enemigos mientras que escuchas el llanto de sus mujeres y de sus hijos». La literatura está plagada de loas de los guerreros a la excitación de la batalla, el olor de la sangre y la gozosa contemplación del terror en los ojos del enemigo. Se me dirá que me he pasado tres pueblos en la comparación, pero si lo analizáis con calma descontando las distancias cronológicas y de situación, tendréis que reconocer que ambas truculencias son idénticas.

A estas alturas, muchos habréis empezado a pensar que el deporte no es santo de mi devoción. Estáis en lo cierto. No sólo no lo practico (gracias a lo cual me encuentro, pese a mi edad, en excelente forma física, aunque últimamente haya un par de articulaciones que empiezan a traicionarme), sino que detesto la cantilena de sus presuntos valores.

Se suele decir que estimula una sana ambición (el hambre de triunfos de que hablábamos), pero el deseo de ganar siempre, en todas circunstancias, ser el primero, el mejor, el único, a mí, y a cualquiera que no esté mediatizado por el lugar común de la bondad deportiva, me parece una actitud enfermiza y odiosa, digna desde luego del diván de un psiquiatra. La solidaridad, la fraternidad y la cooperación en el equipo son valores que encontramos en cualquier grupo humano desde las cofradías de malechores a las unidades militares pasando por asociaciones humanitarias o de cualquier tipo, sólo que en el deporte planea sobre ellas, amenazante, la sombra de la competición. La aceptación de la derrota es una medida de supervivencia en un colectivo en el que el 99% son carne de fracaso; pero también aquí hay otra sombra, la revancha, que garantiza que no decaiga la competición. El sometimiento a unas reglas y el comportamiento caballeresco existe en cualquier forma de competición incluida la más brutal, a la que tanto debe el deporte: la guerra, que siempre estuvo reglada y en la que nació la caballerosidad frente al enemigo y frente a los no combatientes.

Nada hay en el deporte que no se pueda encontrar en muchas actividades humanas y, desde luego, existen en él comportamientos enfermizos, perversos o que inducen a la transgresión y a la violencia y que le son propios, como estamos hartos de ver y de vez en cuando nos recuerdan personajes antipáticos como el tal Ronaldo. Naturalmente el ejercicio físico y el juego son imprescindibles entre los humanos y especialmente entre los niños y los jóvenes, pero eso es una cosa y otra el deporte, que tiene una carga ideológica que no todos estamos dispuestos a soportar. Todo ello sin contar con su comercialización que ha provocado la omnipresencia en todos los ámbitos, la invasión y saturación en los medios de comunicación, el mayor despilfarro conocido y el escándalo económico, y, consiguientemente, la demonización y el desprecio de los que nos resistimos a entrar en el juego. Como profesional de la enseñanza, nunca acepté que el deporte aportara a los alumnos unos valores que no pudieran adquirirse por otras vías, incluso pensé que contenía elementos muy negativos y siempre me causó perplejidad la justificación de muchos padres: «mientras, no piensan en otras cosas» ¿A qué otras cosas se referían? ¿Cómo imaginaban las mentes de sus hijos? Expresé mi punto de vista en multitud de ocasiones, pero siempre tuve que introducir algún elemento jocoso para que no se me tomara por un desequilibrado.

Hoy ya no tengo que disimular: no me gusta el deporte; tampoco el cenizo de Ronaldo, ni Nadal mordisqueando sus copas, ni Alonso (pobrecito ¿cuándo ganó la última vez?); me carga el senderismo agónico de Edurne, el triplete (vaya palabreja) del Barça y lo arrastrado que puede ser el motorismo. ¡Puaf!

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En la foto Ronaldo manda callar al respetable

viernes 12 de junio de 2009

La risa

A la izquierda una imagen del bebé orangután Naru sometido a una sesión de cosquillas por la doctora Marina Dávila Ross, que lleva diez años haciendo cosquillas a los monos (gorilas, orangutanes, bonobos y chimpancés) en un intento de verificar la hipótesis de que la risa no es exclusiva de nuestra especie. Los resultados han sido publicados recientemente en una revista especializada. Hemos sabido que nuestros parientes efectivamente se ríen y que también debieron hacerlo algunos antepasados comunes; es muy posible que las primeras carcajadas, o algo que se le parecía, se oyeron por primera vez hace unos diez millones de años, no está nada mal. Pero algunas diferencias son importantes: en los animales (me refiero a los monos) estudiados la risa es una respuesta automática a determinados estímulos, pero no la controlan; les resulta imposible producirla a voluntad o fingirla, como ocurre entre los humanos que, por eso, la hemos convertido en un instrumento social de enorme valor. Tanto que se ha hecho vulnerable a los avatares ideológicos, y por consiguiente también tiene historia.

Umberto Eco creó un escenario en El Nombre de la Rosa, donde el intento de ocultar unos manuscritos del II libro de la Poética de Aristóteles, que se daban por desaparecidos y en los que se trataba a la risa como instrumento liberador, genera toda la cadena de misteriosos crímenes que resuelve el franciscano Guillermo. El oscurantismo monacal del Medievo veía en la risa un instrumento demoniaco. En efecto, en el cristianismo no hay lugar para la risa: el núcleo fundamental del misterio cristiano es el sacrificio brutal de un inocente para expiar las culpas de la humanidad, pecadora en su totalidad; todo se articula en torno a una tragedia inhumana. En consecuencia los personajes celestiales, los santos, no ríen; quizá algunas vírgenes en el gótico y en el barroco esbocen una leve sonrisa. Es todo. El único que ríe, a carcajadas, es Satanás. Eco, que no da puntada sin hilo, hace que sea un franciscano el que resuelve el misterio, porque, precisamente el movimiento franciscano introdujo, con escándalo en su época, el concepto de alegría y disfrute de la vida en el mensaje de la Iglesia, que aún no ha sabido integrarlo adecuadamente.

Tengo entendido que en algunos cultos orientales se incluye la risa en los rituales sagrados, al parecer con la misma finalidad que la meditación trascendental, meros ejercicios de relajación y control espiritual. Curiosamente esta concepción instrumental y casi terapéutica de la risa enlaza con la modernidad, en la que la dictadura de la medicina ha capturado también a la risa, incluyéndola en los tratamientos psicológicos que buscan la salud y el equilibrio mentales o que coadyuvan en otros procesos.

En cualquier caso investigar sobre la risa es cosa seria y me congratulo por ello.

martes 9 de junio de 2009

Analizando el resultado electoral

El desenlace de las elecciones europeas ha puesto de manifiesto una paradoja, más que aparente, que ocupa hoy a buena parte de la prensa continental, a saber: el encargo a la derecha de la gestión de la crisis que han generado precisamente las políticas neoliberales; o, lo que es lo mismo, el apartamiento de los socialdemócratas, cuando las únicas políticas que se aplican en este momento pertenecen al acervo intervencionista, propio de la socialdemocracia. ¿Qué significa esto? ¿Cómo interpretar la voluntad de los electores?

Entiendo, en mi lógica democrática, que los electores, los ciudadanos en el ejercicio de su derecho al voto, no se equivocan. O quizá mejor, la idea del error no es aplicable a la explicación de unos resultados electorales. Simplemente se ha dictado un mandato que las formaciones políticas deberán ahora gestionar. Tan absurdo me parece decir que el electorado ha errado, como pensar que tiene una voluntad como si se tratara de una persona pensante y con capacidad de prever y elegir opciones. La identificación del colectivo con las cualidades de las personas que lo componen no pasa de ser un ejercicio literario. Así pues el resultado de la suma de los sufragios puede generar problemas adicionales o aflorar como una extraña contradicción; son las contradicciones de un sistema que no es perfecto, pero sí el único que garantiza los derechos individuales y, por tanto, la dignidad ciudadana.

En toda Europa hemos visto como partidos socialdemócratas, en la etapa anterior, han venido aplicando políticas difícilmente homologables con el ideario de la izquierda. Desde Felipe González a Tony Blair la socialdemocracia europea asumió el neoliberalismo como condición sin la cual no era posible gobernar; la diferencia entre las opciones se redujo a una cuestión de talante más o menos progresista (conscientemente Zapatero hizo de ese vocablo, tan poco definitorio, eslogan de su diferencia respecto de la derecha). En otro tiempo los partidos de izquierdas tenían un programa máximo en donde expresaban su horizonte utópico y uno mínimo que era una adaptación a la realidad (también un modo de alejar los miedos al cambio revolucionario); pero hoy esto ha desaparecido porque cualquier idea de cambio real ha quedado desechada de la izquierda con posibilidades de gobernar. No es extraño que los electores no vean diferencias y opten por unos u otros según otros criterios.

Ante la inquietud que genera la crisis parece lógico que muchos ciudadanos opten por gestores conservadores, no porque sus programas sean más interesantes (no hay programas distinguibles), sino porque no son tiempos en los que apetezcan aventuras y la izquierda aparenta ser más proclive a esa tendencia. Al fin y al cabo ¿qué diferencia a unos y otros? Sólo el “talante”.

Para colmo los grupos parlamentarios en la cámara comunitaria no han sido capaces de, superando el lastre nacionalista, dotarse de un proyecto de Europa que ofrecer a sus electores. Ante semejante vacío estos optan por la abstención, por el instinto, como señalaba en párrafo anterior, o por otras mil indicaciones de carácter nacional, en absoluto europeas.



viernes 5 de junio de 2009

Votemos una vez más...

Nadie espera encontrar la verdad en los mensajes publicitarios; su misión es inducir al consumo del producto que se anuncie. Cualquier método es válido para conseguir este objetivo básico, siempre que no contravenga la legislación, aunque a veces bordee la norma e incluso atente contra las “buenas costumbres”. Cualquier cosa que se venda (en nuestra sociedad tan mercantilizada, casi todo) puede ser objeto de prácticas publicitarias y a nadie debería escandalizar que así sea; lo escandaloso es que se venda todo o, al menos, aquello que siempre nos pareció ajeno al mercado.

La cuestión es: ¿una campaña electoral se puede enfocar como una campaña publicitaria? ¿Es lícito que los estados mayores de los partidos descarguen por completo en empresas especializadas la tarea de atraer el voto a su opción? Se suele argumentar que la propaganda es para los indecisos, aquellos que ni siquiera se han planteado participar o los que no tienen una adscripción ideológica consolidada; pero lo cierto es que el recurso a técnicas de mercado trivializa el debate político y pienso que tiene el efecto perverso de desalentar y provocar la deserción de los que se mantenían en la idea de participar. Lo lamentable no es que esto sea algo sobrevenido de forma novedosa, que no lo es, sino que se haya convertido en casi lo único, reduciendo el auténtico debate político a la nada. A uno le queda la duda de si es un efecto o una causa, es decir, si es que ya no hay debate político y se recurre por ello a la propaganda, o si por recurrir demasiado a la propaganda se ha acabado con el debate. En cualquier caso parece indicar que los partidos están renunciando al liderazgo político que siempre se esperó de ellos, para convertirse en simples maquinarias para conseguir el poder, lo que les permite situar “laboralmente “ a sus miembros en la multitud de puestos no técnicos que ofrecen las administraciones: diputados, ministros, alcaldes, consejeros, delegados, concejales, etc., etc.

No estoy en contra de que se pueda vivir de la política, porque eso es garantía de que está al alcance de cualquiera, no sólo de las élites, pero sí de la profesionalización porque es fuente de perversiones como la que nos ocupa en este momento. Me parece a mí que la pobreza ideológica, la ausencia de auténtico debate, la mercantilización creciente, tienen su principal causa en esa tendencia.

La campaña por las europeas que hemos sufrido (nunca mejor dicho) es una muestra de libro, no tuvo el mínimo exigible que hubiera justificado el gasto de campaña, por no haber no hubo ni promesas; como es natural la abstención amenaza con estar a la altura del despropósito en que han caído los partidos, casi sin excepción. Personalmente siempre he estado por la participación, pero verdaderamente cada vez se necesita ser más esforzado en la convicción para no desertar.

Votemos una vez más, pero, como dice Millás en su artúculo de El País de hoy, algo habrá que hacer nada más salir del colegio electoral.