sábado 6 de febrero de 2010

Bocazas

El mundo de las finanzas nos ha obsequiado esta semana con otro de sus espectáculos habituales por lo reiterado, pero lamentables por las motivaciones y las consecuencias. España, más concretamente su deuda pública, está siendo objeto de un ataque brutal, sin justificación, lo que nos lleva a pensar que su finalidad, si la hay, es exclusivamente especulativa, tomando el vocablo en la peor de sus acepciones. Los traficantes del mercado financiero no respetan nada, ni los títulos de entidades privadas, ni las divisas, ni las materias primas por vitales que sean, ni, por supuesto, la deuda de los Estados. El resultado para España es que en una semana su deuda puede haberse multiplicado varias veces, arrastrando la cotización en bolsa de las entidades financieras españolas y europeas al borde del abismo, y eso sólo porque los traders que manipulan este tinglado nos han colocado en su punto de mira. No es la primera vez que España sufre uno de estos ataques asoladores, basta con recordar las embestidas sobre la peseta en la última legislatura de Felipe González, ni es el único país, ni será el último. El caso es que en el mercado de las finanzas hay beneficios si hay volatilidad; las turbulencias dejan para los que saben aprovecharlas, que suelen ser los que las provocan, réditos ingentes. Es el mercado y en él no hay nada sagrado, salvo la libertad (uno de los pocos ámbitos en los que esta palabra da miedo); en él (el mercado) todo está permitido, como se dice del amor y de la guerra, tres actividades en las que nos jugamos la propia existencia y, por ello, tan difíciles de embridar.

Desde hace semanas vienen apareciendo ataques escritos a la economía española en los periódicos económicos anglosajones sin demasiada base, lo que puede inducir a pensar que existe una relación entre ambos sucesos. Al menos parece que desde la prensa y otros foros económicos se ha dado aliento, o se han sentado las bases para justificar los ataques especulativos. Puede que sea casual y que los críticos crean haber cumplido con su obligación aunque no hayan pensado en las consecuencias desmesuradas que producían sus declaraciones incosistentes, en cuyo caso sólo podríamos acusarlos de bocazas.

Precisamente bocazas es lo que más abunda en nuestra propia casa. Llevamos años en que la oposición usa un discurso monocorde descalificando gravemente, no a la política del gobierno, que podría admitirse, sino a las personas que las diseñan y ejecutan, a las que no se cansan de tildar de inútiles, incapaces o ignorantes. El propio ex presidente Aznar, aunque en Europa es considerado un mequetrefe presuntuoso, no ha desaprovechado ocasión ante gobiernos, universidades extranjeras y cualquier auditorio que le preste oídos para calificar de inepto al actual Jefe de gobierno, ejerciendo de bocazas supernumerario. Bocazas las de Cospedal, Pons y Rajoy asegurando que nadie en el gobierno sabe donde tiene la mano derecha y acusando a Zapatero de superbobo que no es capaz más que de hundir al país por su radical inutilidad. Bocazas dentro del PSOE, como la de Almunia, que parece recrearse presentando un panorama negro para España desde su atalaya europea. Ilustres bocazas internacionales como la de Krugman que hace pocos días aportó su tonelada de arena.

Con toda esta algarabía no hace falta conspiración alguna. Aunque los traders constituyeran una corporación de santos, se apresurarían a poner a buen recaudo los capitales que les han sido confiados, curándose en salud y amplificando así hasta el infinito unos problemas que de no haber mediado tanto bocazas podrían tener fácil remedio.

Para colmo el gobierno da un paso hacia delante y dos para atrás, lo que dice hoy lo desmiente mañana, dando impresión de nerviosismo y de no saber qué hacer. Ellos con sus temblores incapacitantes y la oposición con su maledicencia de despechados rencorosos parecen estar de acuerdo y deleitarse cortando la rama que nos sustenta a todos.

viernes 5 de febrero de 2010

¡Más fútbol!

Me he sentado aquí ante el ordenador pensando escribir sobre economía (está que arde) pero últimamente es un tema que me hunde en la melancolía. Mejor hablo de fútbol, que al fin y al cabo sólo me produce desesperación (en mi personal casuística sobre las emociones la desesperación es fugaz y epidérmica mientras que la melancolía tiende a instalarse en nuestro interior con maléficas intenciones de permanencia, como esos inquilinos que destrozan el piso pero no hay quien los eche). Es el caso que mi relación con el fútbol fue siempre difícil, desde la infancia, en la que hice gala de ser un portero, defensa o delantero de lo más patoso e inútil: yo era aquel niño que cuando se elegían los componentes del equipo entre los presentes era seleccionado en último lugar, muchas veces como espectador/suplente. Ya sé que hay tetrapléjicos hinchas y que yo no hago ascos a otras contradicciones, pero en este caso Eros no lanzó su flecha para ensartar mi corazón junto al de algún deportivo, recreativo o atlético club de futbol: me importa un rábano la suerte del Real Madrid, del Atlético (nunca sé si es el de Madrid o el de Bilbao) o del Barça ¡Qué se le va a hacer! Me parecen ridículos calificativos como “colchonero” o “merengue”; no soporto que los comentaristas llamen esférico al balón o cancerbero al portero y me niego a averiguar qué significa triple pivote; me subleva ver que tíos hechos y derechos se cuelguen la bufanda de su club con más fe que aquella con la que mi madre me colgaba el escapulario de la Virgen del Carmen. En los momentos en que el fútbol muestra más a las claras su inconsistencia y su incongruencia siempre hay algún lúcido comentarista que suelta la frase: el fútbol es así, o bien, esa es la grandeza del fútbol, cuya semántica puedo alcanzar sin esfuerzo pero su adecuación a las circunstancias me resulta del todo impenetrable.

He barajado la posibilidad de que lo mío no sea más que una patología, pero no es alucinación el cambio que se ha producido desde aquellas fechas en las que el fútbol era una actividad y espectáculo del domingo por las tardes, que se prolongaba en los comentarios del lunes (se decía que la dictadura lo promovía para apartar a la gente de otras preocupaciones más graves ¡qué risa!), a hoy que, no bastando con cinco días semanales, nos anuncian que va a ser diario. Hay emisoras de radio y televisión (por cierto, muy queridas) que prácticamente se han convertido en deportivas, sin aviso previo. Por supuesto, en tal situación, los que nunca amamos el fútbol (espero con ansiedad que haya algún otro por ahí) porque no nos toca ninguna fibra sensible que nos haga vibrar, empezamos a odiarlo.

Pero no hay que desesperar, siempre nos quedará la economía.

¡Santo Dios, y la Seguridad Social sin cubrir el psicoanalista!


domingo 31 de enero de 2010

Currando a los sesentaisiete


Lástima que tenga tan poca memoria y menos ganas de husmear por las hemerotecas sobre las previsiones que se hacían hace quince o veinte años acerca de la solidez del sistema de pensiones, pero, o bien tengo mucha imaginación, o nos estaban bombardeando con la necesidad de reformarlo porque no aguantaba, decían, mucho más de una década; en todo caso, aconsejaban los expertos previsores que cualquier persona sensata debía complementarlo con un plan de pensiones privado. Diez años después los dichosos fondos de pensiones resultaron ser el timo de la estampita mientras que el sistema oficial había registrado el mayor superávit de su historia. Todavía en plena crisis es lo único que no tiene déficit. Hoy mismo el ministro Corbacho asegura que “tiene una salud de hierro” (el sistema de pensiones, no él, aunque también, qué se le va a hacer). Pues bien, alguien en el gobierno ha decidido meter mano ahí y con el argumento de asegurar el futuro van a machacar el presente; han descubierto (¿cómo no nos habremos percatado antes?) que no nos podemos permitir el lujo de que los albañiles bajen del andamio antes de haber cumplido los sesentaisiete (que los trabajadores de Telefónica, Tve y tantos otros se marcharan con poco más de cuarenta no hace al caso, a ver si vamos a caer ahora en demagogias).

Que alguien me lo explique. Tenía entendido que nuestro problema primordial es el paro, si se amplía la edad laboral dos años ¿cuántos parados más habrá? Otro no menor es la baja productividad ¿cuánto caerá manteniendo a los abueletes en el tajo un tiempo suplementario? Si hace unos años el incremento de la productividad por la introducción de las nuevas tecnologías iba a permitir la reducción de jornada (en Francia lo permitió) y la de la edad laboral (en Francia lo permitió. La repetición no es una errata es que la jornada es de 35h y la jubilación a los 60), ¿cómo es que ahora ya no, si seguimos avanzando tecnológicamente y por tanto incrementando la productividad? ¿No es una falacia que la proyección demográfica desemboque en una tasa de dependencia insostenible? Sería así si otras variables (inmigración, productividad, natalidad, etc.) permanecieran inamovibles, pero ¿por qué iban a hacerlo? Que alguien me lo explique.

Puedo entender que se aproveche la aplicación de medidas drásticas que exige la crisis para atajar de paso algunos problemas estructurales de nuestra economía pero ¿por qué el sistema de pensiones si es de lo poco que funciona bien? Hasta gracias a las pensiones y a la solidaridad intergeneracional (fenómeno por el cual los papás mantienen económicamente a sus vástagos en paro) la catástrofe de los más de cuatro millones de desempleados no ha desembocado aún en conflicto social. ¿No es más cierto, señores del gobierno, que de aquí a unos años se habrá remontado la crisis y por tanto habrá vuelto a crecer el número de cotizantes disipando el temor de crac en el sistema, tal y como ocurrió en el ciclo anterior?

Alguien debería decirle a Zapatero (quizás nosotros mismos) y a su encantadora ministra de Economía y Hacienda que eso no se toca, que con eso no se juega.

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Goya tituló este cuadro Viejos comiendo sopa; podríamos, pidiéndole disculpas, rebautizarlo como Refrigerio en el tajo, o algo así.




martes 26 de enero de 2010

La nariz

No ocultemos lo que realmente interesa. El debate de los residuos nucleares puede esperar; lo del empadronamiento de los sin papeles empieza a estar manido; lo de Haití, por penoso que resulte, está entrando en fase de normalización; hay otras cuestiones que son de largo recorrido, como el paro, pero eso mismo autoriza a postergarlos; nada justifica sacar asuntos a cada paso para tapar otras cuestiones de rabiosa actualidad. Hoy el tema que a todos nos preocupa es la nariz de Mtiliga y el codo de Ronaldo, porque, vamos a ver, ¿fue el codo a la nariz o la nariz al codo? ¿Hay codazo o hay narizazo? Y aunque la responsabilidad fuera del propietario del codo ¿merece la roja, la amarilla, una simple amonestación o una sonrisa condescendiente? No olvidemos que se trata de Ronaldo y a Mtiliga (vaya nombre para un danés) lo encontramos en la calle, como aquel que dice. Alguien, con excelente criterio, ha apuntado que se trata de un caso flagrante de defensa propia; todo el mundo sabe lo agresivas que se pueden poner algunas napias.

Los periodistas deberían hacer un monumento al apéndice nasal, pocos órganos dan tanto juego (bueno hay otro anexo anatómico que también da mucho que hablar pero hasta parece que ese depende en su tamaño del de la nariz, o eso dicen). Apenas se habían disipado los ecos de la nariz de Belén Esteban, presentada recientemente en público con gran alarde mediático y general aprobación (aunque, dicho sea entre paréntesis, a mí me parece algo torcida) cuando nos sorprende este otro gran suceso nasal. De hecho la literatura, no necesariamente la noticiosa, se ocupó siempre de las narices: recordad el hermoso soneto que empezaba Erase un hombre a una nariz pegado(1), con el que nuestro inmortal Quevedo asaeteaba a su odiado Góngora; o aquel cuento, La Nariz(2), de Nicolai Gogol, en el que se narra como de manera incomprensible el asesor colegiado Kovaliov perdió su nariz, que deambuló a su antojo por las calles y paseos de San Petesburgo ataviada como consejero de Estado, hasta que de manera igualmente sorpresiva volvió a la cara de su dueño, de donde nunca debió haber salido; incluso el divino Ovidio adornó su nombre con el apodo de Nasón (narigudo), Pluvio Ovidio Nasón. El prestigio de la nariz como elemento literario llevó a Collodi a convertirla en precursor del detector de mentiras en el rostro de Pinocho, para castigo y escarmiento de generaciones de niños.

Pero no nos desviemos, el asunto que nos ocupa además de una nariz tiene a Ronaldo como protagonista y eso son palabras mayores. Es como si se hubiera producido una conjunción astral insospechada, nada debería desviar nuestra atención del suceso hasta su agotamiento, si es que eso puede ocurrir alguna vez, y, sin embargo, algunos periodistas sin escrúpulos y apenas sin profesionalidad (afortunadamente una minoría) tratan de bombardearnos con noticias paparrucha cuando está en candelero un asunto de este calibre ¡Tiene narices!

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(1)Érase un hombre a una nariz pegado,
Érase una nariz superlativa,
Érase una alquitara medio viva,
Érase un peje espada mal barbado:

Era un reloj de sol mal encarado;
Érase un elefante boca arriba,
Érase una nariz de sayón y escriba,
Un Ovidio Nasón mal narigado.

Érase el espolón de una galera,
Érase una pirámide de Egipto,
Las doce tribus de narices era;

Érase un naricísimo infinito,
Frisón, archinariz caratulera,
Sabañon garrafal morado y frito.

(2)Leerlo en esta dirección: http://www.ciudadseva.com/textos/cuentos/rus/gogol/nariz.htm

sábado 23 de enero de 2010

Aquí no cabemos todos

«Aquí no cabemos todos» es una frase que se ha oído en todas las lenguas peninsulares un montón de veces. No ha habido una etapa de nuestra historia en la que alguien importante, alguien con poder, haya dejado de pronunciarla: seguramente es lo que los romanos les dijeron a los cartagineses, los cristianos a los judíos y a los moriscos, los franceses a los patriotas, los conservadores a los liberales, Franco a los republicanos, los señoritos a los jornaleros… Aquí no cabemos todos. Hacía tiempo que habíamos dejado de oírla y algunos empezábamos ingenuamente a olvidarla cuando llega Alicia Sánchez Camacho (¿quién diablos será?) y la suelta en nombre del PP. Al principio pensé que se refería a las oficinas de la calle Génova (el PP anda tan bien...), pero en seguida comprendí que el espacio en donde alguien sobraba era España y los que estaban demás, vaya por Dios, eran los inmigrantes.


En boca de esta Alicia (nada que ver con la de Carroll) la frase tiene un regusto maltusiano: el inglés hablaba del banquete en el que los comensales crecían más que los alimentos. Caramba, esta chica debió quedarse en primaria porque los de secundaria saben que Malthus erró, la catástrofe que él anunciaba no se produjo; y es que el aumento de la población activa es el más importante factor de crecimiento económico; los que ella piensa que sobran son los encargados de suministrar el condumio en la mesa del banquete. Ya he dado a entender que no conozco la biografía de esta señora (quizás debiera, pero de momento no me urge), sin embargo, imagino que siempre encontró la mesa puesta, si me equivoco, pues que perdone, pero entonces no la entiendo. Bueno, seamos sinceros, sí que la entiendo, lo que ella quiere es decir a la señora que perdió el empleo, al chico que no encuentra el suyo, al obrero que vio cerrar su taller, que si no fuera por los del Este, los del Sur y los del Oeste que pululan por las calles de su barrio, ellos no tendrían problema. Sabe que es falso, pero también sabe que así los halaga y puede que consiga de ellos su apoyo electoral. Los políticos populistas y demagogos son expertos en estas artes; no tienen vergüenza, pero ¿quién ha dicho que para gobernar se necesite semejante cosa?


Si, contra lo que yo suponía, al final se demostrara que, efectivamente, aquí no cabemos todos, quiero hacer saber a la señora Alicia que yo andaba por estos andurriales mucho tiempo antes que ella; a las pruebas me remito.

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En la imagen el camarote de los hermanos Marx transmutado en camarote del PP, pesadilla recurrente de Alicia Sánchez.

lunes 18 de enero de 2010

Teología y vida

En otros tiempos la teología era la disciplina troncal de la que derivaba cualquier otro saber. Si Dios era el centro del mundo la ciencia que trataba de su naturaleza y atributos ocupaba el centro y el origen de todo conocimiento. Hoy las cosas han cambiado; preferimos reservar la denominación de ciencia para la ciencia positiva, mientras que la teología ha quedado reducida al ámbito de las disciplinas en las que se forman los sacerdotes, sin conexión con los problemas de la vida corriente. Nadie ocupa su tiempo en desentrañar problemas teológicos, no inciden en nuestra vida, no nos interesan; nos asombra que en otros tiempos esas discusiones llegaran a la calle y movieran a las masas; hasta nos escandaliza que un obispo, ante un problema sangrante que afecta a la vida de muchas personas, nos salga con teologías; pero hace pocos siglos ante una mortífera epidemia o cualquier otra catástrofe la última explicación y la única solución eran teológicas.

La incomodidad del obispo Munilla ante la inmensa ola de compasión por la catástrofe de Haití, que le llevó a relativizarla oponiéndole lo que considera un desastre mayor, a saber: la falta de espiritualidad en el mundo, demuestra que él cree en Dios, con todo lo que eso implica, y los que se escandalizaron por tales manifestaciones no, aunque muchos de ellos no lo sepan. Naturalmente estoy hablando del cristianismo no de un teísmo a la carta, que es lo que profesa hoy tanta gente.

Siempre he visto al cristianismo, a cualquier religión en realidad, como un antihumanismo, como ideologías que al trascender en su mensaje al mundo material niegan al hombre, avergonzándose o rechazando la plenitud de su condición humana, que, naturalmente, incluye su animalidad, sus pulsiones e instintos naturales. Todas ellas escinden la naturaleza humana en dos realidades, una material en la que meten todo aquello que les parece deleznable (material) o impuro, y otra en la que incluyen funciones cerebrales “elevadas”, intelectuales y algunos elementos extraídos de fantasías mitológicas. La primera está abocada a la muerte y a reintegrarse a la tierra («polvo eres…»), la segunda trasciende este mundo y alcanza la vida eterna, ésta es la que importa, aquella es despreciable. El cristianismo nos ha ofrecido siempre una idea del mundo real como «un valle de lágrimas», en donde la auténtica alegría procede de la posibilidad o inminencia de la partida («vivo sin vivir en mí/ y tan alta vida espero/ que muero porque no muero»). Ni siquiera tiene una explicación para la existencia del mal y el sufrimiento inútil de los inocentes (fue al preguntarle sobre esto cuando Munilla soltó lo que le quemaba por dentro: ¿qué importa el sufrimiento de la carne cuando peligra el espíritu?), si acaso puede servir como mérito para la otra vida: cuando Jesús dice «…bienaventurados los pobres…, …los que sufren…, …los que tienen hambre de justicia…», no les propone una revolución liberadora sino la promesa de una recompensa en el Cielo. La teología de la liberación, que proponía soluciones en la Tierra, ha sido condenada explícitamente; nadie duda de que si viviéramos otros tiempos sus formuladores habrían seguido el abrasador camino de Juan Huss o de tantos otros “herejes” que se atrevieron a cuestionar la justicia de la convivencia pobreza/riqueza.

A mí no me sorprendió la postura del obispo, respondió con la teología en la mano, como él mismo ha dicho. La oleada de indignación que ha levantado en las propias filas del cristianismo sólo demuestra que muchos feligreses han abandonado la doctrina, ya no la reconocen; son en realidad postcristianos, una condición que habría que empezar a tener en cuenta.

Dicen que Su Eminencia demostró falta de empatía, ¿con quién? Es que su corazón ya no es humano, arde de amor divino.

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IMAGEN: Juan Pablo II amonesta públicamente a Ernesto Cardenal, sacerdote comprometido con la Teología de la Liberación y la Revolución Sandinista.


viernes 15 de enero de 2010

Haití


La Tierra es un astro maduro, por eso es habitable, pero conserva zonas en las que la desmesura de sus pulsaciones nos retrotrae a otros tiempos geológicos: el Caribe es una de ellas. A tono con los terremotos, volcanes, huracanes y tifones que la habitan o visitan habitualmente, el paisaje humano es igualmente convulso, dicen que por su condición histórica fronteriza, la misma explicación que para los fenómenos naturales; y es que las zonas de contacto, sea entre placas tectónicas, entre masas atmosféricas o entre civilizaciones, generan inestabilidad y fenómenos desmedidos en sus consecuencias, además de inauditos o sorprendentes.

La primera novela que leí de Alejo Carpentier fue El reino de este mundo, una historia fabulosa y veraz, valga la contradicción, de la revolución haitiana; me dejó impactado. Mi falta de familiaridad en aquel entonces con el realismo mágico (lo real-maravilloso según Carpentier) me produjo problemas de comprensión que no mitigaba una familiaridad mayor con el surrealismo. Con el tiempo se ha asentado en mí como un hito en la historia de mis lecturas. El terremoto de Puerto Príncipe, una catástrofe en los límites de la comprensión, me ha recordado aquel libro y me ha movido a ofrecer como homenaje a las víctimas un fragmento en el que A. Carpentier narra la muerte de Henri Christophe, esclavo liberado, antiguo cocinero en Ciudad del Cabo y autoproclamado rey de Haití, en su palacio de Sans Souci, versalles caribeño, abandonado ya por su corte de duques y condes ex esclavos, ante el avance de los mulatos republicanos.


«Pero, en ese momento, la noche se llenó de tambores. Llamándose unos a otros, respondiéndose de montaña en montaña, subiendo de las playas, saliendo de las cavernas, corriendo debajo de los árboles, descendiendo por las quebradas y cauces, tronando los tambores radás, los tambores congós, los tambores de Bouckman, los tambores de los Grandes Pactos, los tambores todos del Vodú. Era una vasta percusión en redondo, que avanzaba sobre Sans-Souci, apretando el cerco. Un horizonte de truenos que se estrechaba. Una tormenta, cuyo vórtice era, en aquel instante, el trono sin heraldos ni maceros. El rey volvió a su habitación y a su ventana. Ya había comenzado el incendio de sus granjas, de sus alquerías, de sus cañaverales. Ahora, delante de los tambores corría el fuego, saltando de casa en casa, de sembrado en sembrado. Una llamarada se había abierto en el almacén de granos, arrojando tablas rojinegras a la nave de forraje. El viento del norte levantaba la encendida paja de los maizales, trayéndola cada vez más cerca. Sobre las terrazas del palacio caían cenizas ardientes.

Henri Christophe volvió a pensar en la Ciudadela. Ultima Ratio Regum. Mas aquella fortaleza, única en el mundo, era demasiado vasta para un hombre solo, y el monarca no había pensado nunca que un día pudiera verse solo. La sangre de toros que habían bebido aquellas paredes era de recurso infalible para las armas de blancos. Pero esa sangre jamás había sido dirigida contra los negros, que al gritar, muy cerca ya, delante de los incendios en marcha, invocaban Poderes a los que se hacían sacrificios de sangre. Christophe, el reformador, había querido ignorar el vodú, formando a fustazos una casta de señores católicos. Ahora comprendía que los verdaderamente traidores a su causa aquella noche eran San Pedro con su llave, los capuchinos de San Francisco y el negro San Benito, con la Virgen de semblante oscuro y manto azul, y los evangelistas, cuyos libros había hecho besar en cada juramento de fidelidad; los mártires todos a los que mandaba encender cirios que contenían trece monedas de oro. Después de lanzar una mirada de ira a la cúpula blanca de la capilla, llena de imágenes que le volvían la espalda, de signos que se habían pasado al enemigo, el rey pidió ropa limpia y perfumes, hizo salir a las princesas y vistió su más rico traje de ceremonias. Se terció la amplia cinta bicolor, emblema de su investidura, anudándola sobre la empuñadura de la espada. Los tambores estaban tan cerca ya que parecían percutir ahí, detrás de las rejas de la explanada de honor, al pie de la gran escalinata de piedra. En ese momento se incendiaron los espejos del palacio, las copas, los marcos de cristal, el cristal de las copas, el cristal de las lámparas, los vasos, los vidrios, los nácares de las consolas. Las llamas estaban en todas partes, sin que se supiera cuales eran reflejo de las otras. Todos los espejos de Sans-Souci ardían a un tiempo. El edificio entero había desaparecido en ese fuego frío que se ahondaba en la noche, haciendo de cada pared una cisterna de llamas encrespadas.

Casi no se oyó el disparo, porque los tambores estaban ya demasiado cerca. La mano de Christophe soltó el arma, yendo a la sien abierta. Así el cuerpo se levantó todavía, quedando como suspendido en el intento de un paso, antes de desplomarse, de cara delante, con todas sus condecoraciones. Los pajes aparecieron en el umbral de la sala. El rey moría, de bruces en su propia sangre.»