10 jul. 2017

Pensar el Estado

Leo en José Mª Ridao que cuando la nación se convierte en un dios la historia sustituye a la teología. En efecto, para que el mito se revista de unos mínimos ropajes de racionalidad requiere de un discurso que utilice apariencia científica. Hay que entender, sin embargo, que la historia es algo mucho más modesto (en el sentido de más terrenal). Decía Marguerite Yourcenar: «[La historia] no se hace cuando se produce, sino siempre después, no pasa sino que se fabrica, no sucede sino que es algo que se inventa una vez que haya sucedido. Así que la historia es la forma que luego damos a lo que pasó, no exactamente aquello que pasó y que cuando pasaba pocas veces parecía ser historia». En definitiva, una construcción contemporánea del pasado, de la que la contemporaneidad es siempre parte indeleble. Convertida en ciencia sagrada la historia solo sirve como arma: arma defensiva a la que recurrieron insistentemente los diputados en Cádiz en 1812, justificando cualquier propuesta revolucionaria con supuestos antecedentes hallados en el pasado de los reinos hispánicos; arma ofensiva que blandían con furia los ‘apostólicos’ seguidores de D. Carlos en las guerras que trataron de cerrar el paso a la modernidad imponiendo la vuelta a una soñada edad de oro.

En los momentos críticos se impone pensar el Estado para reorganizar la convivencia, debilitada o dañada por coyunturas adversas. Pero no es lo mismo pensar el Estado que pensar la nación. La generación que perdió los últimos restos del Imperio (1898), pensaba España y en su regeneración, porque la suponían corrompida, y se olvidó del Estado. Su esfuerzo sólo condujo a la melancolía, a ahondar la sima que se había abierto, a elaborar la funesta teoría de las dos Españas y a otros deprimentes menesteres. La Transición, en cambio, fue un momento feliz en el que se impuso el pensamiento del Estado, lo que condujo al hallazgo de soluciones imaginativas y a la transformación más profunda y de mayor alcance de que tengamos memoria. Que entre los protagonistas, no sólo actores, hubiera parte del personal franquista de última hora es indiferente, o, quizás, excelente; lo que importa son los resultados, para lo que el consenso es vital. Hablamos del Estado, o sea, de política, no de la Santa Inquisición en proceso de limpieza de sangre. Por una vez supimos alejarnos de esencialismos y por lo mismo el momento fue afortunado.

Cuarenta años después al traje que vestimos en los setenta se le están yendo algunas costuras. Ha pasado mucho tiempo y el tejido y la confección no pueden ser eternos; pero también ha habido un mal uso, así que no es de recibo reclamar al sastre. Se imponen ciertos arreglos y la corrección de los malos hábitos.

Uno de los vicios que más ha prosperado es el desvío del pensamiento del Estado, tan acertadamente logrado en la Transición, hacia la nación. Sin duda la parte más débil de la estructura política del 78 era la solución territorial, el asunto en el que los esencialismos estuvieron a punto de romper el consenso y, por lo mismo, en el que se dieron las puntadas más vacilantes y endebles. Desde entonces los nacionalismos periféricos parecen turnarse en el desafío al Estado, supuestamente legitimados en un pasado en realidad imaginado o construido desde las circunstancias del presente. La respuesta que reciben tampoco procede del espíritu de la Transición sino de otro nacionalismo, en este caso centralista, al que llaman españolismo y que, como aquellos, también manipula la historia en su beneficio.

Cuando la teología es la que informa a la política los desastres están asegurados: las guerras de religión en Europa (XVI-XVII) o el yihadismo islámico que padecemos hoy. Saquemos a la historia/teología de la política porque para organizar el futuro no sirve. Pensemos el Estado, mucho más dúctil  y manejable con herramientas intelectivas que la nación, tan comprometida con el mundo de las emociones.

24 jun. 2017

Politiqueo

Dicen los diccionarios que politiquear es hacer política con superficialidad o en beneficio propio, y también hacer política de intrigas y bajezas. Eso es lo que nos harta, el polítiqueo, no la política. La tentación es fuerte y podríamos decir que pocos, muy pocos políticos, se han mantenido siempre ajenos a las tácticas y estratagemas del polítiqueo; la carne es débil. Es decepcionante en cualquier caso, pero resulta insoportable cuando es la regla y la excepción  la política.  En esas estamos. Extraer un gramo de política de un océano de politiqueo es tarea ardua, pero es lo que nos toca cada vez que intentamos un análisis honesto de las acciones e intenciones del mundo de la cosa pública.

11 jun. 2017

Democracia, emoción y racionalidad


En la toma de decisiones de todos los individuos la racionalidad juega un papel más bien modesto, son las emociones las que nos impulsan. A posteriori tratamos luego de justificar lo hecho con toda suerte de argumentos racionales, tanto más sofisticados y ajustados a la cuestión cuanto más nos las demos de intelectuales y racionalistas. El resultado podemos situarlo después como causa de la acción sin que se nos mueva un músculo de la cara. En realidad la razón lo que tiene es prestigio (nos definimos como animales racionales), pero, en la práctica, mucho más éxito como coartada que como motor o guía efectiva. Por eso hay tanta distancia entre predicar y dar trigo, tantas grietas en eso que llamamos coherencia, o sea, concordancia entre el discurso, interno o externo, y el camino que realmente transitamos. Casi todo el esfuerzo intelectual se nos va en disimular distancias y encubrir grietas.

23 may. 2017

El nuevo Montecristo

Nos creemos libres porque desconocemos las causas de nuestro comportamiento, según nos reveló Espinoza, allá por el XVII, y luego (S. XX) Freud al afirmar que lo que deseamos es siempre fruto de impulsos inconscientes, es decir, al mostrar las causas. El caso es que nunca sabré con exactitud por qué no me gusta Pedro Sánchez, quiero pensar que, precisamente, porque se deja llevar por pulsiones subconscientes que eluden la racionalidad, pero lo mismo podría decirse de mí al desplegar esta emoción, que yo veo y justifico como conclusión de un análisis inteligente. Mientras alguien no me diga algo definitivo sobre este enredo lo dejaré aparcado en el frontispicio de este escrito como prueba de mi honestidad intelectual. Dicho lo cual vamos al lío.

18 may. 2017

Morir de éxito

La socialdemocracia agoniza. Sólo en Portugal se mantiene en el poder un partido socialista, aunque apuntalado por una coalición de izquierdas. En Francia, François Hollande renunció a repetir y su sucesor, Hamon, ha obtenido un ridículo 6%; En Alemania, Schulz va de fracaso en fracaso, el del domingo en su propio feudo, Renania-Westfalia; en Reino Unido, Corbin se esfuerza por llevar el suyo, el Labour party, a la irrelevancia definitiva; no hablemos de Grecia o Italia; En España tres candidatos mediocres, por decirlo con benevolencia, tironean por el dudoso honor de ser el desguazador seleccionado por la militancia. El panorama es desolador; pero hay que decir a continuación que el socialismo europeo muere de éxito.