12 dic. 2017

Nuevas tecnologías


Vivimos una autentica e inquietante rebelión de los tontos. Nunca incomodó que se revolvieran confundidos con los demás. A nadie se le ocurrió jamás resaltar tal suceso porque era obvio y no tenía trascendencia alguna, de hecho vivimos mezclados para lo bueno y para lo malo. Sin embargo el desarrollo tecnológico les ha puesto en las manos un juguete deslumbrantes, tanto que pocos son los que se resisten a usarlo, hasta el punto de que hoy ya lo hegemonizan por completo y no parece que, de momento, el asunto sea reversible. Por supuesto, me refiero a las redes sociales, que hacen posibles las nuevas tecnologías.

Cuando hablo de tontos no me refiero a aquellos que han sido diagnosticados por sus bajas capacidades cognitivas sino a ese maremágnum de individuos que sobreviven más o menos como todo el mundo, a veces con éxito, incluso mucho éxito. De hecho se confunden con la masa, pero los podemos detectar en muy diversas situaciones: por ejemplo, son los que hacen imposibles las reuniones de vecinos, los que conducen lanzando sin medida toda suerte de improperios contra los que comparten el uso de la vía pública, los que tienen soluciones deslumbrantemente simples y asequibles para todo tipo de problemas. Son los que, hasta ahora, momento de irrupción de las nuevas tecnologías, venían utilizando como púlpito de preferencia la barra de bar. Muchos habréis identificado ya a vuestro cuñado… puede ser. De hecho están muy cerca, tanto que podemos ser uno de nosotros…, precisamente, la cualidad más notable de los tontos es que no saben que lo son.

Determinados saltos tecnológicos tuvieron en el pasado consecuencias enormes. El invento de la escritura impulsó el comercio y aceleró el progreso de manera desconocida hasta entonces, cambiando la faz del mundo; el uso del papel facilitó más la difusión del Islam que los ejércitos del califa, rompiendo la unidad del mundo conocido y sembrando la semilla de un nueva civilización; la imprenta fue la mejor arma en manos del protestantismo para su éxito y difusión en Occidente, con todo lo que eso supuso si hacemos caso a algunos historiadores que lo consideran la condición para el definitivo éxito del capitalismo (Weber). Hoy las redes sociales están permitiendo que las penosas cogitaciones de los tontos, que antes apenas alcanzaban la puerta del bar, difícilmente las páginas de un libro, más fácil un micrófono o una cámara, logren ahora una difusión global, se conviertan en mayoritarias (trending topic) y eleven a su autores a líderes de opinión (influencer), aunque lo publicado apenas rebase la calidad intelectiva de un rebuzno.

Como en las otras ocasiones reseñadas las consecuencias a largo plazo son inimaginables desde aquí, desde nuestros principios del siglo XXI. No obstante ya se nos alcanzan algunas sumamente inquietantes, dada la responsabilidad que se les imputa en ciertas decisiones políticas o cambios, tomadas o acaecidos recientemente, en el mundo democrático, a saber: éxito sorpresivo del Brexit, que marca la irrupción imparable de los iletrados en uno de los países más cultos de Europa; triunfo impensable de Trump, ejemplar prototípico de tonto; nuevos populismos, que se valen de las tecnologías novedosas como los fascismos históricos se valieron del micrófono (Hitler, Mussolini); independentismos, si los distinguimos de la amplia especie de los populismos, etc.

Hemos soportado la hegemonía de las aristocracias, los nobles, la burguesía, las clases medias, pero, la verdad, nunca pensamos en los tontos como categoría social susceptible de alcanzar el poder. Sin embargo, ahí los tenemos, las nuevas tecnologías han puesto en sus manos un arma cargada de futuro, que diría el poeta, precisamente cuando yo ya no estoy para mucho trote. Por favor paren esto que me bajo.

9 dic. 2017

Spain is different

¿Por qué en España no tenemos unos independentistas normales como todo el mundo? Los quebequenses, los escoceses, los corsos… reclaman su independencia como hace cualquier secesionista que se precie, pero no por eso denigran al país del que hoy por hoy son parte. Ninguno de ellos dicen querer la separación porque en el Reino Unido, Canadá o Francia no haya democracia. Sería chusco que lo hicieran. En España es distinto. El secesionismo catalán monta un espectáculo en Bruselas y el eslogan que utilizan pide democracia para Cataluña, lo que libera la idea de que ahora no la hay. Para redondear la insinuación y convertirla en afirmación tildan de fascistas o franquistas al gobierno de la nación, a los que apoyan la aplicación del constitucional artículo 155 y, en general, a todos los que no comulgan con sus propósitos.

1 dic. 2017

Morir de éxito o el declive de la socialdemocracia

Tengo para mí que el declive de la socialdemocracia, que se evidencia ya por todas partes, tiene por causa principal el éxito. Muere de éxito. Es decir, alcanzó sus objetivos y, a estas alturas, en estas circunstancias y con aquellos mimbres ya no encuentra curro.

Es una obviedad decirlo, pero la socialdemocracia es un fenómeno propio de la modernidad: necesitaba del seno placentario que proporcionaba el liberalismo pre o protodemocrático. La existencia de una clase obrera numerosa y de ciertas libertades individuales, políticas y de mercado fueron las condiciones para que surgiera un movimiento emancipador con un proyecto de sociedad con fundamentos científicos, como el socialismo. Los numerosos precedentes que se suelen aportar, desde la antigüedad a los tiempos modernos, no son válidos sin más. Quiero decir que no es oro todo lo que reluce, porque ni Espartaco tenía un proyecto de sociedad antiesclavista ni ningún líder de los múltiples, y muchas veces sangrientos, disturbios igualitarios bajomedievales o premodernos hubiera existido fuera de la iglesia y sin el combustible de cierta mitología cristiana alimentadora de esos movimientos, que eran “pobristas” (renuncia a los bienes materiales, voluntaria o forzosa, siguiendo un supuesto mandato evangélico) más que liberadores; lo que no quita para que deban ser analizados como expresión de la lucha de clases en el esclavismo, el feudalismo o el precapitalismo.

10 jul. 2017

Pensar el Estado

Leo en José Mª Ridao que cuando la nación se convierte en un dios la historia sustituye a la teología. En efecto, para que el mito se revista de unos mínimos ropajes de racionalidad requiere de un discurso que utilice apariencia científica. Hay que entender, sin embargo, que la historia es algo mucho más modesto (en el sentido de más terrenal). Decía Marguerite Yourcenar: «[La historia] no se hace cuando se produce, sino siempre después, no pasa sino que se fabrica, no sucede sino que es algo que se inventa una vez que haya sucedido. Así que la historia es la forma que luego damos a lo que pasó, no exactamente aquello que pasó y que cuando pasaba pocas veces parecía ser historia». En definitiva, una construcción contemporánea del pasado, de la que la contemporaneidad es siempre parte indeleble. Convertida en ciencia sagrada la historia solo sirve como arma: arma defensiva a la que recurrieron insistentemente los diputados en Cádiz en 1812, justificando cualquier propuesta revolucionaria con supuestos antecedentes hallados en el pasado de los reinos hispánicos; arma ofensiva que blandían con furia los ‘apostólicos’ seguidores de D. Carlos en las guerras que trataron de cerrar el paso a la modernidad imponiendo la vuelta a una soñada edad de oro.

24 jun. 2017

Politiqueo

Dicen los diccionarios que politiquear es hacer política con superficialidad o en beneficio propio, y también hacer política de intrigas y bajezas. Eso es lo que nos harta, el polítiqueo, no la política. La tentación es fuerte y podríamos decir que pocos, muy pocos políticos, se han mantenido siempre ajenos a las tácticas y estratagemas del polítiqueo; la carne es débil. Es decepcionante en cualquier caso, pero resulta insoportable cuando es la regla y la excepción  la política.  En esas estamos. Extraer un gramo de política de un océano de politiqueo es tarea ardua, pero es lo que nos toca cada vez que intentamos un análisis honesto de las acciones e intenciones del mundo de la cosa pública.