29 may. 2012

Idiocracia


Dadas las circunstancias, sometido al intenso bombardeo de las noticias económicas y bajo el fuego graneado de la información política, casi al límite de mis defensas psicológicas, sólo se me ocurre escribir de la idiotez.
En un artículo, lejano ya, toqué el tema aludiendo a la tesis de Pino Aprile en su Elogio del imbécil. Sostenía el periodista italiano que la naturaleza mediante los mecanismos de selección fue afinando las capacidades de los humanos haciendo de su inteligencia instrumento principal; sin embargo, la sociedad, al establecer sus estructuras jerárquicas, vino a neutralizar la obra de la naturaleza creando un caldo de cultivo ideal para que prosperaran los imbéciles. El resultado es lo que vemos. El libro de Aprile se lee con una sonrisa y luego se utiliza para hacer comentarios jocosos en cualquier tertulia y establecer inteligentes paralelismos con la idea dieciochesca de la bondad natural del hombre corrompida por la sociedad… También el Allegro ma non tropo de Carlo Mª Cipolla, que establece unas «leyes fundamentales de la estupidez humana». En resumen, ejercicios literarios de extraordinaria lucidez e ironía magistral, aunque nada más.
Pero, he aquí que encuentro  estudios sobre la idiotez más recientes que los textos citados y con visos indudables de rigor científico. Se trata de las investigaciones de David Dunning y Justin Kruger en la universidad de Cornell (New York), que han concluido que «la incapacidad para reconocer la propia incompetencia conduce a sobrestimarse (efecto Dunning-Kruger), lo que expresado en un lenguaje más crudo significa que muchas personas son demasiado imbéciles para ser conscientes de su propia estupidez. La incompetencia priva a las gentes de reconocer su propia incompetencia. Inversamente las personas competentes tienen tendencia e subestimarse».
Los investigadores sometieron a una muestra amplia de personas a un test sobre determinados dominios del conocimiento, tales como un racionamiento lógico, las enfermedades de transmisión sexual, la inteligencia emocional, etc., etc. A continuación les pidieron que pensaran como lo habían hecho y que señalaran en qué percentil se situaría su resultado. Los individuos del fondo de la lista cuyo percentil estaba entre el 10 y el 15 creían haber superado la media y se colocaban a sí mismos entre el 55 y el 60. Incluso se mantenía el error cuando se premiaba la autoevaluación acertada con 100 dólares.
Los que hemos trabajado en la enseñanza hemos tenido ocasión de comprobar lo anterior cuando sistemáticamente chocábamos con la imposibilidad de hacer comprender a los alumnos menos dotados las razones de su ocasional fracaso en algún examen que se proponía al grupo. A veces, con sorpresa, hemos escuchado como prueba de la excelencia del ejercicio en cuestión que había sido copiado de alguien que obtuvo buena calificación.
El sociólogo alemán Mato Nagel interesado por los trabajos de Dunning y Kruger ha llevado sus conclusiones a otro terreno,  ha tratado de determinar el papel de la estupidez en una elección democrática. Para ello ha construido un modelo matemático que ha procesado por ordenador, obteniendo la deprimente conclusión de que los candidatos con capacidad de liderazgo sólo ligeramente superior a la media han ganado siempre. Nagel concluye que las democracias rara vez o nunca eligen a los mejores dirigentes y que su ventaja con relación a las dictaduras u otras formas de gobierno es únicamente que «previenen eficazmente que los individuos claramente inferiores a la media se conviertan en jefes».
La crítica elitista de que la democracia promueve la mediocridad parece confirmarse; sin embargo, las secuelas de los sistemas aristocratizantes o autoritarios son tales que hacen buena la famosa sentencia achacada a Churchil: «La democracia es el peor de los sistemas políticos existentes con excepción de todos los demás».
No sé si será un consuelo pero sí que es una clarificadora explicación de por qué las cosas están como están.
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La información sobre los trabajos científicos, los subrayados y la ilustración las he tomado de Comment les idiots ne savent pas qu’ils sont idiots ?

22 may. 2012

El síndrome del canto del cisne


El liberalismo como toda ideología se mueve en el terreno de las ideas. Es un constructo utópico que, ni en el pasado ni en el presente se ha convertido en una realidad completa palpable. Pero sí que hemos podido sentir en determinados momentos su envite, con fuerza variable, desde el XIX. Apareció en esas fechas como una opción revolucionaria empeñada en romper las ataduras que imponía al individuo el Antiguo Régimen: las que procedían de la dictadura moral e intelectual de las iglesias; las que emanaban del ejercicio legislativo, judicial y ejecutivo de las monarquías despóticos; las que imponía la sociedad tardofeudal y gremialista.

Su momento de apogeo (segunda mitad del XIX) se quebró con las crisis de finales de siglo y principios del XX alternadas espectacularmente con las dos grandes conflagraciones mundiales. Las turbulencias de ese periodo alumbraron una sociedad más democrática en la que la hegemonía política recayó en «la coalición histórica que se construyó entre el movimiento obrero organizado y las nuevas clases medias de funcionarios, empleados de servicios y profesionales por cuenta ajena» (*). Fue el momento de la socialdemocracia,  el tiempo en que asumió la gestión del capitalismo: treinta años (1945/75) de crecimiento y redistribución de la riqueza que consolidaron los modos democráticos y los extendieron por el mundo, desacreditando a los fascismos por un lado y a los comunismos por el otro.

La erosión que en los últimos tiempos ha sufrido la base social de la socialdemocracia y la emergencia de nuevas clases: una aristocracia formada por altos gestores de empresas, una élite financiera constituida por expertos salidos de las escuelas de negocios y la burguesía tradicional reciclada que dejó de hacer ascos a las propuestas liberales que hace un siglo le parecían inaceptables (Pio IX condenó formalmente el liberalismo) produjeron un relevo en la dirección de la sociedad.

La cuestión es saber si la presente convulsión está marcando el comienzo del definitivo triunfo del neoliberalismo, que ha producido un periodo de riqueza virtual disfrutada con el embeleso del que hace un viaje al país de las maravillas (también las burbujas recién reventadas, que fueron su alimento) o si, por el contrario, es su final.

Sé, como estudioso de la historia, que las cosas se ven más claras tomando un poco de distancia, y que la consciencia tiene un cierto retardo en la percepción de la realidad; también, que los cambios nunca son completos porque se levantan utilizando el material de desecho de la construcción precedente. Todo ello dificulta el diagnóstico a los contemporáneos. Así, los socialdemócratas gobernaron con estructuras heredadas del liberalismo porque no tuvieron ocasión, ni ganas seguramente, de desmontarlas; los neoliberales lo han hecho conservando de grado o por fuerza parte del entramado del estado del bienestar. Cuando se gestó la crisis de los 70 parecía que el régimen socialdemócrata estaba en su zenit y, sin embargo, se estaba fraguando su relevo; su ocaso se ha producido en simultaneidad con el ascenso de sus sucesores. Por eso me inclino a pensar que aunque hoy parece que vivimos el triunfo definitivo del neoliberalismo puede que se trate más bien de un espejismo, de su canto de cisne. El proyecto de vertebrar la sociedad en torno al interés individual, sin más ataduras que las de la seguridad y el orden público, podría haber quedado reducido a un sueño, como tantos otros. Al fin y al cabo, ningún ideal humano ha encontrado nunca realización completa y concluyente. Esta es la esencia de la historia.

La esencia del futuro es ser una incógnita, mal que les pese a los profetas.

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14 may. 2012

Mercado y democracia

Proudhon
            “La voz de Iñaki” preguntaba en El País de hoy si sabíamos por qué no ha sido procesado ninguno de los responsables de los desaguisados económicos que padecemos, y contestaba él mismo a renglón seguido: «porque no han actuado saltándose las reglas sino cumpliéndolas». En medio de tantas lamentaciones, indignaciones y vestiduras rasgadas por presuntos robos, traiciones y culposas ambiciones, esta es la verdad que se impone: las reglas del sistema no fueron violadas.

El filósofo y político revolucionario francés Proudhon se preguntaba en un libro publicado en 1840 “¿Qué es la propiedad?” y se contestaba con la celebérrima frase “La propiedad es un robo”. En aquellos tiempos los pensadores con sensibilidad social habían detectado que el capitalismo, todavía inmaduro, ingenuo pero brutal era la causa de los males que padecía el pueblo y su espina dorsal no era otra cosa que la propiedad (propiedad privada de los medios de producción, puntualizaría más adelante Marx). Así pues el sistema, según ellos, se basaba en una expropiación convertida en legal al transformarse en leyes los métodos con que funcionaba. Esa es la operación que hicieron los gobiernos liberales que entonces regían el mundo civilizado, y lo hicieron bajo el manto y el convencimiento de que actuaban en beneficio de la modernidad y el progreso.

El mundo ha dado muchas vueltas desde entonces y el capitalismo ha sufrido transformaciones importantes que, entre otras cosas, le han permitido subsistir y triunfar sobre experimentos socialistas (comunistas) que todos conocemos. También ha sofisticado sus procedimientos y ya no muestra su cara adusta y brutal nada más que en la periferia del sistema y cuando se ve sometido a las convulsiones de las crisis, que de ningún modo ha podido erradicar porque forman parte su peculiar fisiología.

Durante el siglo XX el capitalismo atlántico se justificó presentándose como el único sustento de la democracia y los derechos. Primero derrotando manu militari a los capitalismos totalitarios que lideraba el Eje; después, aniquilando en el mercado (manu mercatori) a los socialismos autoritarios de tras el Telón. Revestido de legitimidad ética, impulsado por el viento de la historia y dueño de la legalidad vigente nada le impide ahora desprenderse de las molestas vestiduras que le impusiera la alianza con los socialismos moderados y pactistas en coyunturas más difíciles; aquellos aditamentos que le dieron el aspecto más democrático, pero que trabaron sus movimientos instintivos. En esas estamos.

La cuestión no es si alguien se saltó las reglas, que ya sabemos quién las marcó, sino si al final prevalecerá el mercado o la democracia. Y lo cierto es que, criaturas del sistema, las dos nos fascinan, pero quizá la convivencia de ambas en plenitud sea un sueño imposible.

10 may. 2012

Españoleando la crisis


El tiempo que va desde el estallido de la crisis de las “subprime” en USA y en toda Europa hasta la nacionalización de Bankia lo hemos vivido en España en una ficción: el cuento de que la banca española era sólida y no estaba afectada más que superficialmente. Los poderes públicos y financieros se han esforzado por transmitirnos esa imagen a toda costa y contra toda racionalidad generando una absoluta incomprensión de la actitud de los mercados con nuestro crédito y nuestros bancos, que se presentaba como un absurdo ensañamiento.

Nada más comenzar el problema el gobierno americano inyectó cientos de miles de millones de dólares en su sistema financiero y en toda Europa se nacionalizaron bancos empezando por el Reino Unido y sin excluir a Alemania. Hoy los bancos americanos han devuelto en buena medida la ayuda y el gobierno ha podido emprender políticas de recuperación. En Europa la inquietud, que permanece, procede hoy de los países intervenidos y de España, pero no de sus propios bancos, ya saneados. Sin embargo aquí Fernández Ordoñez, director del Banco de España, sacaba cuerpo presumiendo de previsión y de una gestión impoluta e inteligente sobre las finanzas españolas, a la vez que exhortaba, un día sí y otro también, a apretar el cinturón de los ciudadanos de grado o por fuerza, lanzando invectivas contra el gobierno, los sindicatos y el despilfarro de las administraciones y los españoles. ¿De qué se trataba? ¿De ignorancia? ¿De estupidez? ¿De desvergüenza? Y si es, como creo, de las tres, ¿En qué proporción participa cada una?

El ejercicio intelectual que consiste en preguntarse cómo estaríamos ahora si en vez de haber hecho tal cosa se hubiera hecho aquella otra ha dado lugar a un género literario que llamamos ucronías. Aunque no se puede decir que haya producido obras maestras soy aficionado a él. ¿Qué hubiera pasado si desde el primer momento se hubieran intervenido los bancos infectados y se hubiera afrontado el problema francamente?

Posiblemente, puesto que la deuda soberana no es muy alta, la desconfianza que ha producido  este último acto (por ahora dramático, esperemos que no llegue a trágico) de la crisis no se habría originado. Quizás no hubiéramos sufrido más presiones de las que sufren Francia o Alemania, ya que tampoco tuvimos aquí un gobierno circense de tipo berlusconiano. Hasta podría haber ocurrido que la agitación sobre la zona euro hubiera sido mucho menor al quedar reducido el problema a los países intervenidos hasta ahora. De paso nos habríamos ahorrado los ajustes brutales y el desmantelamiento inmisericorde de una arquitectura social de la que empezábamos a sentirnos orgullosos. Por fin, no habríamos celebrado con la prensa, prácticamente unánime, cada fusión bancaria como un éxito de la modernidad de nuestro sistema cuando no era más que una cortina de humo, una huida hacia adelante, que tenía el precio que ahora vemos, y el que no vemos, que es la oligopolización del sector.

Cuesta en este juego no buscar de inmediato a los responsables del disparate, por ignorancia, estupidez o desvergüenza, insisto. Por ahora sólo cité a uno, pero no me apetece hablar más de él, ni siquiera mal. Está Zapatero que, aunque jefe de gobierno, se declaró a sí mismo ignorante en economía (que ya es osadía, algunos con un currículum equivalente no se atreven ni a presidir la comunidad de vecinos); está Solbes el mago que hizo mutis oportunamente y permanece desaparecido, rector que era de la economía con calidad de vicepresidente; está Rato que dejó el FMI para venir a cagarla a Caja de Madrid; no nos podemos olvidar de toda la tropa de gerentes de cajas y bancos que han hecho su fortuna personal pero han hundido a las entidades que gestionaban y han amañado sistemáticamente sus balances, con los que, como se ve, sólo nos engañaron a nosotros que no a los mercados; hasta podríamos incluir a la prensa que con un espíritu sectario digno de mejor causa, rara vez se ha elevado sobre los intereses de tribu para ofrecernos un panorama verdaderamente crítico y bien fundado, como era su obligación. Una legión de ineptos, sinvergüenzas e irresponsables a los que es difícil señalar uno por uno y entre los que hay políticos, profesionales y empresarios en proporciones equivalentes.

Ando buscando un párrafo con el que cerrar este artículo pero sólo se me ocurre una palabra y de las cortas: ¡Jo!

3 may. 2012

La educación en la trituradora


El ministro Wert ha puesto de moda a la enseñanza no por reformas “positivas” que haya elaborado y puesto en marcha sino por haberla metido con evidente entusiasmo en el proceso de demolición general que ha puesto en marcha el gobierno sobre todos los servicios sociales. Para esa tarea utiliza como punto de apoyo el desprestigio que ha generado una crítica sostenida e indiscriminada a la LOGSE y las leyes que sucesivamente la han reformado, así como los informes PISA que, sin el análisis crítico adecuado, han sido considerados muy negativos. Por tanto, la cuestión que se plantea el ministerio no es mejorar la eficiencia del sistema, sino partir de otros principios, a la vista de panorama tan negativo.

Habría que decir en primer lugar que PISA lo que realmente mide en su evaluación es la capacidad de un sistema educativo para obtener buenos resultados en la encuesta PISA, y poco más. Cualquiera que haya tenido relación con la enseñanza, a cualquier nivel, sabe que si existe una tarea delicada es la evaluación. Proceso que con la LOGSE se convirtió (o pretendía convertirse) en continuo y no sólo afectaba al aprendizaje de los alumnos sino que incluía al propio sistema y a las técnicas concretas empleadas para aplicarlo. El procedimiento es tan complejo y chocaba tanto con prejuicios arrastrados desde el pasado que todavía hoy, a pesar de que se ha renovado buena parte del profesorado, no se ha llegado a implantar con eficacia; antes bien, han surgido nuevos vicios que lo han pervertido hasta convertirlo en ciertos casos en inservible. Pero en lugar de reconducirlo y tratar de hacerlo más eficiente preferimos tirar por la borda todo el sistema, utilizando en parte como pretexto un informe  mucho más deleznable de lo que suele reconocerse,  porque los datos sociológicos son difícilmente manejables y porque sólo tiene en cuenta la adquisición de algunos aprendizajes. Finlandia obtendrá excelentes resultados en cálculo y comprensión lectora, pero también arroja el dato sombrío de ser la sociedad con el índice de suicidios (también en adolescentes) más alto del mundo, si se excluye Japón, otro país con magníficos resultados PISA.

No sabría situar al nuestro en un ranquin internacional en lo que a educación se refiere. No poseo los datos ni los instrumentos necesarios y desconfío de quien asegure tenerlos, dada la complejidad del asunto. Pero he sido alumno desde los años 40 y profesor desde los 60. He tenido ocasión de comparar con mirada inquisitiva e interesada la situación de la enseñanza a lo largo de muchas décadas y puedo afirmar que el salto que se ha dado ha sido gigantesco. Un resultado excelente de la LOGSE fue dar a la enseñanza una apostura democrática por primera vez en nuestra historia, con todo lo que eso significa, que es mucho más de lo que a primera vista parece. Cierto que muchos profesionales han estado en contra de ella, pero me gustaría poder determinar que incidencia ha tenido en esa posición el descenso en la escala social al generalizarse y multiplicarse los centros y el personal docente (antes un catedrático de instituto era una personalidad, hoy apenas hay quien lo distinga de un “maestro de escuela”) y la dificultad para adaptarse a cambios tan drásticos en tan poco tiempo. Por otra parte, sin bien los salarios se situaron en un nivel de dignidad aceptable, por primera vez también, los presupuestos fueron inconcebiblemente cicateros con la reforma lo que dificultó su desarrollo y la desvirtuó y abocó casi al fracaso desde su inicio.

Un análisis desapasionado y desideologizado descubriría luces y sombras, pero sin duda el balance, se me antoja, sería muy positivo y, desde luego, si es justo, concluiría  con la afirmación de que la educación pública se ha acercado más que nunca al servicio de los ciudadanos (ver el artículo de José Saturnino Martínez en el País de hoy).

Esto es lo que el ministro Wert, que, según todos los indicios, no ha pisado un centro público en toda su vida, parece estar dispuesto a destruir. Para ello hay que reducirla primero a basura ahogándola económicamente y desprestigiándola aún más de lo que está, después todo el mundo reclamará la escoba.

Un artículo de Juan Torres en Público me pone sobre otra pista: es muy posible que haya sobrevalorado al ministro y al gobierno. Podría ocurrir que no hubiera plan alguno. Quizá golpean un viernes aquí y el otro allá sin mucha premeditación y los ministros se encargan a posteriori de justificar intentando crear la sensación de que existe un proyecto. Puesto que Rajoy reprochó duramente a Zapatero sus improvisaciones, tendrá ahora que disimular las suyas propias. De momento se estaría limitando a responder a las exigencias del mercado con un rosario de ocurrencias de las que esperan obtener la paz financiera y un solar en el que puedan en el futuro construir sin las trabas que les impondrían las estructuras que dejó el incipiente y frustrado estado del bienestar que legara la socialdemocracia, reducidas ya a simples restos arqueológicos.

 Los científicos saben que ante cualquier problema siempre se debe escoger la hipótesis más simple (llaman a esta ley la “navaja de Ockhan”). Quizá haya que desplegarla aquí y abandonar la idea de un proyecto que no sea desmantelar lo más posible. Este gobierno no parece tener aliento más que para la demolición.