10 may. 2012

Españoleando la crisis


El tiempo que va desde el estallido de la crisis de las “subprime” en USA y en toda Europa hasta la nacionalización de Bankia lo hemos vivido en España en una ficción: el cuento de que la banca española era sólida y no estaba afectada más que superficialmente. Los poderes públicos y financieros se han esforzado por transmitirnos esa imagen a toda costa y contra toda racionalidad generando una absoluta incomprensión de la actitud de los mercados con nuestro crédito y nuestros bancos, que se presentaba como un absurdo ensañamiento.

Nada más comenzar el problema el gobierno americano inyectó cientos de miles de millones de dólares en su sistema financiero y en toda Europa se nacionalizaron bancos empezando por el Reino Unido y sin excluir a Alemania. Hoy los bancos americanos han devuelto en buena medida la ayuda y el gobierno ha podido emprender políticas de recuperación. En Europa la inquietud, que permanece, procede hoy de los países intervenidos y de España, pero no de sus propios bancos, ya saneados. Sin embargo aquí Fernández Ordoñez, director del Banco de España, sacaba cuerpo presumiendo de previsión y de una gestión impoluta e inteligente sobre las finanzas españolas, a la vez que exhortaba, un día sí y otro también, a apretar el cinturón de los ciudadanos de grado o por fuerza, lanzando invectivas contra el gobierno, los sindicatos y el despilfarro de las administraciones y los españoles. ¿De qué se trataba? ¿De ignorancia? ¿De estupidez? ¿De desvergüenza? Y si es, como creo, de las tres, ¿En qué proporción participa cada una?

El ejercicio intelectual que consiste en preguntarse cómo estaríamos ahora si en vez de haber hecho tal cosa se hubiera hecho aquella otra ha dado lugar a un género literario que llamamos ucronías. Aunque no se puede decir que haya producido obras maestras soy aficionado a él. ¿Qué hubiera pasado si desde el primer momento se hubieran intervenido los bancos infectados y se hubiera afrontado el problema francamente?

Posiblemente, puesto que la deuda soberana no es muy alta, la desconfianza que ha producido  este último acto (por ahora dramático, esperemos que no llegue a trágico) de la crisis no se habría originado. Quizás no hubiéramos sufrido más presiones de las que sufren Francia o Alemania, ya que tampoco tuvimos aquí un gobierno circense de tipo berlusconiano. Hasta podría haber ocurrido que la agitación sobre la zona euro hubiera sido mucho menor al quedar reducido el problema a los países intervenidos hasta ahora. De paso nos habríamos ahorrado los ajustes brutales y el desmantelamiento inmisericorde de una arquitectura social de la que empezábamos a sentirnos orgullosos. Por fin, no habríamos celebrado con la prensa, prácticamente unánime, cada fusión bancaria como un éxito de la modernidad de nuestro sistema cuando no era más que una cortina de humo, una huida hacia adelante, que tenía el precio que ahora vemos, y el que no vemos, que es la oligopolización del sector.

Cuesta en este juego no buscar de inmediato a los responsables del disparate, por ignorancia, estupidez o desvergüenza, insisto. Por ahora sólo cité a uno, pero no me apetece hablar más de él, ni siquiera mal. Está Zapatero que, aunque jefe de gobierno, se declaró a sí mismo ignorante en economía (que ya es osadía, algunos con un currículum equivalente no se atreven ni a presidir la comunidad de vecinos); está Solbes el mago que hizo mutis oportunamente y permanece desaparecido, rector que era de la economía con calidad de vicepresidente; está Rato que dejó el FMI para venir a cagarla a Caja de Madrid; no nos podemos olvidar de toda la tropa de gerentes de cajas y bancos que han hecho su fortuna personal pero han hundido a las entidades que gestionaban y han amañado sistemáticamente sus balances, con los que, como se ve, sólo nos engañaron a nosotros que no a los mercados; hasta podríamos incluir a la prensa que con un espíritu sectario digno de mejor causa, rara vez se ha elevado sobre los intereses de tribu para ofrecernos un panorama verdaderamente crítico y bien fundado, como era su obligación. Una legión de ineptos, sinvergüenzas e irresponsables a los que es difícil señalar uno por uno y entre los que hay políticos, profesionales y empresarios en proporciones equivalentes.

Ando buscando un párrafo con el que cerrar este artículo pero sólo se me ocurre una palabra y de las cortas: ¡Jo!

3 comentarios:

Máximo Pretoria dijo...

Es verdaderamente demencial el seguidismo borreguil que hace la prensa de las manifestaciones de los políticos y los ladrones, perdón "banqueros". Hasta tal punto ha llegado, que hay que irse a la prensa extranjera para saber lo que realmente está pasando en España. El nivel crítico y de investigación independiente de nuestra prensa está próximo al cero absoluto. ¿Será también por la crisis?

Juliana Luisa dijo...

A nuestro sistema económico no le gusta que se derrumbren los bancos, aunque hayan sido ellos culpables del derrumbe.
Nuestro sistema económico obliga no solo a salvarlos, sino a dejarlos en libertad para que continuen haciendo todas la barrabasadas que se les pase por la cabeza y llene sus bolsillos.
Nuestro sistema económico dice que son los ciudadanos los que deber salvar a los bancos; no importa que se queden sin educación, sanidad, alimentación...
Sin embargo, hay alternativas. llevan tiempo diciéndolo muchos economistas.

Un saludo

Manuel Reyes Camacho dijo...

¿No sabes cómo acabar el artículo? ¿Por qué no lo acabas con una saeta; de esas que cantan cuando pasa la Macarena?