29 abr. 2009

Una cuestión ideológica


Decir que la postura ante las leyes despenalizadoras del aborto es una cuestión ideológica es una perogrullada, y sin embargo, nada más necesario en este momento en que de nuevo renace la polémica ante la decisión del gobierno de hacer, por fin, la ley que debieron redactar en el primer momento. Pero no hablaré de la ley, sino de cómo y por qué las posturas son irreconciliables, y el debate, ya tan recurrente y manoseado, ocioso. No hay nadie a quien convencer, nadie se va a convertir, ni en una dirección ni en otra; por eso la discusión carece de sentido, a no ser que unos y otros lo que pretendan de verdad sea encontrar argumentos sólidos que justifiquen su postura ante sí mismos, que no es poco.
Una buena parte de los antiabortistas han adoptado el activismo, lo que no es entendido desde la otra parte que considera que bastaría con que no se acogieran a la ley y no abortaran, si es que no lo aceptan. La cosa no es tan simple, puesto que si se considera al aborto un crimen, la postura correcta sería la de tratar de impedirlo, cualesquiera que fueran sus protagonistas y las circunstancias. La cuestión está en determinar en qué momento de la gestación podemos situar el comienzo de la vida. ¿Podrá aclararlo la ciencia? Pues ocurre que, cuando los científicos se manifiestan, sus posturas son un calco de lo que ocurre en el resto de la sociedad y la unanimidad es inexistente.
Scott F. Gilbert, biólogo autor de Developmental biology, aporta las claves para entender la falta de consenso: depende de los aspectos de la vida que se consideren más importantes, y ahí la ideología es determinante. Si consideramos que lo más importante son los genes, la vida comenzará con la fecundación, momento en que se forma el material genético del futuro individuo; si damos mayor importancia a la capacidad de pensar y de sentir emociones situaremos el comienzo cuando el desarrollo del cerebro haya adquirido la capacidad de desplegar esas funciones, cuando un encefalograma muestre actividad cerebral, en torno a la semana 27 –en el polo opuesto, la falta de actividad cerebral es la señal que nos permite afirmar la muerte–. Gilbert muestra una tipología de hasta siete posiciones diferentes desde la primera que considera vivos a los espermatozoides y los óvulos como cualquier organismo, hasta la séptima que considera que la vida comienza cuando se alcanza la autonomía en el sistema respiratorio, circulatorio y alimentario, es decir en el momento del nacimiento cuando se corta el cordón umbilical. Son posiciones intermedias las expuestas en primer lugar y algunas otras. Todos ellos son puntos de vista igualmente científicos y optar por uno o por otro es sólo cuestión de preferencias que, en todo caso, estarán marcadas por la ideología.
En este, como en tantos casos, la solución no puede venir más que por el escrupuloso respeto a la mayoría democrática; la ciencia aporta datos pero no la solución al problema. Dar a conocer la opinión que expresen en un momento dado algún colectivo de científicos, sea en el sentido que sea, y presentarlo como la opinión de la ciencia, como ha ocurrido recientemente, no pasa de ser un engaño.

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El enlace conduce a una página en ingles con el texto integro del libro de Scott Gilbert.

26 abr. 2009

La confusión de los transgénicos


En los años 80 se consiguió la producción y comercialización de insulina humana a base de aislar y cortar el gen responsable, que se insertó en la bacteria Eschericia coli, cultivándola después para obtener muchas de ellas y extraerles la insulina producida. El avance consistió en que ya no es necesario utilizar la de las vacas y cerdos, evitando los problemas de incompatibilidad que acarreaba y, lo que no es menor ventaja, se ha producido un abaratamiento drástico del producto. Nadie desde ningún punto de vista rechazaría hoy este avance vital para millones de diabéticos, y, sin embargo, es un producto transgénico, logrado mediante la manipulación que permite la ingeniería genética, de forma idéntica a como se opera en los cultivos modificados.
Los transgénicos están presentes en otras ramas de la medicina: vacuna de la hepatitis B, hormona del crecimiento, eritoproyetina, anticuerpos monoclonales, anticoagulantes, factores de la coagulación, etc.; por no hablar de los ratones y ratas de laboratorio transgénicos para lograr una mayor semejanza con los humanos, en la lucha contra muchas enfermedades, como el cáncer.[i] No sé de nadie que esté en contra de estos procesos y logros extraordinarios por muy transgénicos que sean los productos y las cobayas.
Hace unos 10.000 años aprendió el hombre a controlar el ciclo vital de plantas y animales, es decir inventó o descubrió la agricultura y la ganadería. Desde entonces la casi totalidad de las tierras habitables han sido drásticamente modificadas, miles y miles de especies de plantas y animales han desaparecido y otras han sido modificadas hasta resultar irreconocibles. Todo ello por la mano del hombre, sin siquiera conocer los mecanismos que ponía en marcha con su acción, sólo por la necesidad de asegurarse la subsistencia. Desde los años 80 sabemos hacer lo mismo que hemos hecho a lo largo de siglos, pero con conocimiento de causa, en una sola acción y con mucha mayor eficacia y alcance, mediante las técnicas de ingeniería genética. Significa incrementar la productividad y la eficiencia de modo hasta ahora impensable. Es cierto que puede afectar a la biodiversidad, como lo hizo la agricultura y la ganadería desde siempre, pero no parece tener fundamento el temor a la ingestión de organismos modificados, que ni en la teoría ni en la práctica tiene justificación. No se ha documentado ni un solo caso de trastornos, malformación o enfermedad por causa de transgénicos, sin embargo conocemos de sobra la masacre del hambre y lo pernicioso de los pesticidas, terrenos ambos en los que aquellos pueden ayudar sustancialmente.
¿Por qué entonces el temor y la animadversión desatada contra los transgénicos? ¿Por qué las campañas y movilizaciones? ¿Por qué las prohibiciones de algunos Estados?
En primer lugar, existe hoy una desconfianza profunda hacia la ciencia, producto, sin duda, de la ignorancia: recientemente se ha hecho pública una encuesta que muestra que sólo el 53.4% de los españoles cree que la ciencia trae más beneficios que perjuicios. Los movimientos conservacionistas, que realizan una tarea insustituible, no están exentos de sectarismo, demagogia y fundamentalismo y, hoy, sustituyen a la antigua izquierda, desprestigiada y desmovilizada, en la lucha contra el sistema, movilizando a las masas, pero mezclando argumentos de la izquierda tradicional con el conservacionismo, que les es propio, creando una confusión, según parece, buscada. Las ONGs conservacionistas tienen en el espacio público y en la movilización la garantía de su subsistencia, pero los científicos sólo hablan a través de las revistas especializadas, fuera del alcance del gran público, siempre serán aquellas las que obtengan el favor popular. Para colmo, muchos gobiernos están hoy fuertemente marcados por la ola de populismo y parecen gobernar a golpe de encuesta, aceptando cualquier sugerencia que haya alcanzado suficiente popularidad, lo que, dicho sea de paso, no es más democracia sino más demagogia.
Entre la ignorancia y la confusión de objetivos nos encontramos rechazando a los transgénicos cuando en realidad lo que queremos es impedir el poder de las transnacionales gigantes (Monsanto). Pero la lucha pura y cruda contra el capitalismo (multinacionales explotadoras con fines sólo economicistas) y sus instrumentos jurídicos (derechos de propiedad) no movilizan, es mejor añadirles un toque de conservacionismo, que está de moda y queda muy bien. Sin embargo, utilizar la ignorancia y generar confusión no es revolucionario, más bien todo lo contrario. También hay ingenuidad: en los comienzos de la revolución industrial los obreros confundieron la querencia explotadora del capitalismo con los efectos de las nuevas tecnologías y emprendieron una lucha feroz contra las máquinas (ludismo) ¿No estamos en una reedición del mismo problema, ampliado por la omnipresencia de los medios?


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[i] La información sobre este párrafo, y alguna otra la obtuve de Transgénicos que salvan vidas de Esther Samper.





21 abr. 2009

Misión Kepler


Estas sí que son buenas vistas: nuestra galaxia observada desde afuera, un punto de vista alienígena. Alguien ha tenido el acierto de señalar en ella la posición del Sol, en el brazo estelar de la galaxia denominado Espuela de Orión (Orión Spur) y entre los brazos de Sagitario y de Perseo –la Vía Láctea, como cualquier espiral galáctica que se precie, dispone de varios brazos que convergen en el centro y se difuminan, alejándose entre sí, en el exterior–. Al NO de nuestra posición una zona de 1000 años luz, región próxima a las constelaciones de El Cisne y de La Lira, otro de los suburbios de la galaxia, que será persistentemente observada por el satélite Kepler, último artefacto lanzado por la Nasa, con un encarguito especialmente interesante.

La actualidad consiste en que hace sólo unos días nos mandó las primeras fotos del tour, antes de quedar quieto en su órbita solar (es un satélite solar) mirando fijamente sin pestañear a su zona de observación durante tres años y medio. La foto enviada contiene, según las crónicas, 14 millones de estrellas ¡Una friolera!

Ha salido de la órbita de la Tierra para evitar la contaminación lumínica que produce el reflejo del planeta y las molestias de su campo gravitatorio y observará esa zona porque queda por encima del plano de la eclíptica y evita así interferencias solares. La misión consiste en detectar planetas en órbita de otras estrellas, para lo que inspeccionará no menos de 100.000 de más de un millón que hay en los andurriales. ¿Cómo lo hará? Aunque no pestañeará ni una sola vez en todo el tiempo de observación, espera descubrirlos por los guiños que le prodiguen las estrellas que los tengan orbitando en su entorno. Medirá su luminosidad y como cada vez que pase un cuerpo celeste, un planeta, por delante en su viaje de circunvalación su intensidad disminuirá mínimamente, Kepler (el satélite) se dará cuenta, aunque la diferencia sea sólo del 0’002%. Si consigue fijar el ritmo con que eso se produce, es decir, el tiempo que dura una traslación, también, por las leyes que descubriera Kepler (Johannes), se podrá determinar la distancia a su estrella, cuestión vital para saber si existe alguna posibilidad de que haya vida: como es sabido eso ocurrirá sólo en una estrecha franja en la que por la distancia a la estrella se pueda mantener el agua en estado líquido de forma estable; esa es precisamente la zona que ocupa la órbita terrestre en el sistema solar. Los astrónomos denominan ecósfera o zona de habitabilidad a esa franja esférica, que se sitúa más o menos lejos de la estrella en función de su temperatura y tamaño. El análisis estadístico de los hallazgos positivos nos indicará si las condiciones de las que disfruta nuestro planeta son excepcionales o relativamente comunes y si la esperanza de hallar vida en otras latitudes siderales está fundada.

La distancia entre la placa que se envió en la sonda espacial Pioner 10, en 1973, ideada por el añorado Carl Sagan, y el actual intento, no es sólo de tiempo: hemos pasado del romanticismo de la botella lanzada al mar a la exploración sistemática y serena, como es propio de la ciencia.

2009 ha sido designado año mundial de la astronomía, uno de los sectores de la ciencia que más está haciendo cambiar nuestra idea del Mundo, y que avanza a mayor velocidad, a pesar de que es la rama del conocimiento más antigua: el hombre primitivo ante la gran incógnita de la vida levantó primero la vista hacia el cielo (el astronómico, naturalmente). Hoy seguimos haciéndolo porque ahí parecen estar todavía las auténticas claves del pasado y del futuro.

19 abr. 2009

Esto no es una pipa


Hay cardúmenes de peces en los que miles de individuos se mueven al unísono con sorprendente rapidez e incomprensible coordinación, lo que no podía dejar indiferentes a los científicos que, naturalmente, decidieron investigar el fenómeno: en un laboratorio se extirpó parte del cerebro a uno de ellos para reintegrarlo más tarde al grupo. El resultado fue que cuando el conjunto giraba bruscamente con la insólita unanimidad de un cuerpo de baile, el pez intervenido seguía su camino sin enterarse, creando algún desconcierto en los demás; poco a poco fueron adaptándose a la nueva situación, hasta que pasado algún tiempo se restableció de nuevo la normalidad, todos los peces volvían a moverse como uno sólo; pero ahora seguían los caprichos del descerebrado, convertido en líder. Leí esta anécdota en un libro titulado “Elogio del imbécil”, del periodista italiano Pino Aprile, que sostenía la tesis de que los individuos han ido perfeccionando su inteligencia por efecto de la selección natural, pero al crear una sociedad jerarquizada el proceso se ha invertido y los imbéciles han prosperado y encuentran las mejores condiciones para hacerse con el liderazgo y hegemonizar la sociedad humana.
Con mayor fundamento y no menor sentido del humor el historiador económico, también italiano, Carlo Mª Cipolla exhibe un inquietante punto de vista a propósito de la estupidez:

«La humanidad está continuamente sometida a una catástrofe imprevisible. Un grupo de personas se afanan en devastar cuanto conocemos. No están de acuerdo, no se conocen, no actúan bajo ninguna planificación. Pero están ahí. Son las personas estúpidas»
C. M. Cipolla. Allegro ma non troppo

En el libro de la cita expone toda una curiosa tipología de los individuos –incautos, malvados, inteligentes y estúpidos, estos últimos los más peligrosos– y despliega hasta cinco leyes sobre la estupidez humana que de alguna manera debieron inspirar a Aprile y que os aconsejo que no os perdáis visitando el enlace que os propongo arriba.
Todo esto me ha venido a la mente a propósito de la intervención de Sarkozy sugiriendo que tal vez Zapatero no sea muy inteligente, y de echar una mirada, aprovechando la ocasión, sobre los mandatarios mundiales de hoy y de ayer mismo, incluyendo al propio Sarkozy, experiencia que me ha producido un profundo escalofrío y un fin de semana entreverado de ansiedad. La concentración de imbéciles, el liderazgo de los estúpidos[i], no se da sólo en la política –echad una mirada alrededor, recordad los orígenes de la crisis económica, etc., etc.– pero en ella, en la cosa pública, son además de especialmente peligrosos, más visibles.
Lamentablemente el imbécil nunca sabe que lo es, así que jamás podremos descartar la posibilidad de encontrarnos entre ellos. Nos ayudará en todo caso la pista que nos proporcionaba René Magritte cuando decía que «la imbecilidad consiste en creer que se comprende lo que no se puede comprender». Por eso, a modo de test, he colocado su obra Ceci n’est pas une pipe[ii], como ilustración y en el título de este artículo, un poco idiota, por cierto.

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[i] Imbécil y estúpido son términos perfectamente intercambiables, pero yo prefiero el primero por su fonética contundente y porque en latín de donde procede significaba literalmente, el que no sabe andar sin báculo. Eso me recuerda que se decía del presidente norteamericano Reagan, aludiendo a las prestaciones de su cerebro, que era incapaz de bajar una escalera y mascar chicle al mismo tiempo.
[ii] Si comprendéis la paradoja no os deberíais inquietar, quizá Magritte se equivocaba ¡o era uno de ellos!

16 abr. 2009

Los males de la escuela


De nuevo escribe en El País Losé Luis Barbería un artículo sobre educación, tocando un tema muy interesante: la influencia del genero en los resultados escolares y, por tanto, en el fracaso escolar. En realidad, por muy de actualidad que esté el asunto, el trabajo concluye sin aportar algo nuevo o positivo. Todos los profesores hemos tenido la percepción desde hace mucho tiempo de que en la educación secundaria el éxito de las chicas es superior. Por otra parte, los datos estadísticos recientes, conocidos por todos los que nos interesamos en estas cuestiones, revelan con claridad que el fracaso escolar es básicamente masculino y que las mujeres están ganando la partida de la formación, en la secundaria y en la universidad. La cuestión es saber por qué. En el artículo de Barbería, interesante por muchas cuestiones, no se aporta ninguna hipótesis novedosa, ni que se aparte de la manida idea de la diferente evolución de las facultades intelectuales de chicas y chicos y, por esa vía, llegar a insinuar la también manoseada además de retrógrada y peligrosa idea de la separación de sexos en la escuela, como solución al fracaso masculino.
Este verano tuve la suerte de leer un trabajo de Daniel Gabarró titulado “Transformar a los hombres: un reto social”, que, bajo mi punto de vista, daba en la diana al explicar el fenómeno por la presencia del machismo en los escolares adolescentes. Poco después escribí un post sobre la cuestión: ¡La escuela es una mariconada! Machismo y fracaso escolar, al que os remito. En él, glosando a Gabarró, explicaba cómo el modelo de hombre que han construido los escolares, extraído de la concepción socialmente dominante, no encaja en el ámbito dialogante y cooperador que es la escuela, a la que perciben como un espacio femenino, por esas características y porque el profesorado es también mayoritariamente femenino. De modo que reaccionan haciendo suya la “cultura del patio”, como espacio de libertad, en el que las cualidades pretendidamente masculinas, competición, agresividad, tienen mejor desarrollo, y se oponen con resentimiento y tenacidad a la “cultura del aula”, percibida como un ámbito que no les es propio. El rechazo de tantos adolescentes a los valores que se cultivan en la escuela, y a la escuela misma, por tanto, tiene una raíz ideológica: es consecuencia de la asunción por aquellos de los valores del machismo más rancio, que flotan por todas partes y que ellos captan con fina intuición y los hacen suyos extremándolos.
Las posibles soluciones, de ser esto cierto, trascienden a la escuela porque habrían de apuntar a la sociedad en su conjunto, ya que tienen que ver con la formación de los modelos que ofrecemos a nuestros jóvenes, y, por tanto, las acciones que la tengan como único objetivo no darían resultados aceptables. Se trata de un fenómeno social, y, desde luego, más amplio de lo que a primera vista parece ya que alcanza un ámbito casi universal, la preocupación no sólo es nuestra: recientemente apareció un trabajo de colaboración entre educadores australianos, británicos y estadounidenses titulado “Qué les pasa a los chicos” (What about the boys?) que abunda en estas ideas y que demuestra que no es un asunto local.
En el ámbito familiar, en la oferta de estereotipos que presenta el cine, la televisión y los medios de difusión de ideas en general, en todos los ambientes en los que los jóvenes se socializan, no en la escuela, es donde se contagian del virus que luego les hará fracasar en las aulas. El machismo es una ideología cuyos componentes, sexismo, patriarcalismo y heterosexismo, informan de manera más o menos difusa a toda la sociedad y a nuestros propios comportamientos, por mucho que rechacemos indignados sus manifestaciones más brutales, lo que hace sumamente difícil su erradicación, ya que las más de las veces, ni los identificamos como machistas, ni percibimos su malignidad.
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El estudio de Gabarró se puede encontrar en su página web: http://danielgabarro.cat/

12 abr. 2009

Consecuencias de un fracaso y de un éxito. Jesús y Mahoma

Entre el mundo islámico y el cristiano existe una gran diferencia que cualquiera percibe a primera vista: el cristianismo ha abandonado en buena medida la esfera pública y se ha restringido a la privada, mientras que el Islam invade todos los aspectos de la vida sin hacer distingos entre lo privado y lo público. Por esta característica percibimos desde nuestro punto de vista al mundo árabe como anclado en el tiempo, como si viviera una época del pasado, como si no hubiera acabado de superar el medievo. Se suele argumentar que en occidente, movimientos históricos como el Renacimiento y la Ilustración produjeron la secularización de la sociedad civil, mientras que en el mundo musulmán tales fenómenos no se dieron. Es una explicación convincente, pero podríamos seguir preguntando ¿Y por qué no se dieron? Como en cualquier fenómeno social las causas serán múltiples y complejas, pero se me ocurre que la fundamental arranca quizá de los orígenes de ambos credos y tiene que ver con el fracaso o el éxito vital de sus creadores.

El proyecto religioso-político de Jesús resultó fallido. Fue apresado al abortar la autoridad romana un complot –los evangelios lo registran como la oración del huerto y el prendimiento– que había sido preparado aprovechando la Pascua y la consiguiente afluencia de judíos a Jerusalén, y, en consecuencia, ejecutado como un sedicioso. La muerte que las leyes judías preveían para un blasfemo que se proclamaba hijo de Dios era la lapidación –Esteban y después Santiago, hermano de Jesús, murieron así– mientras que la cruz (mors aggravata: hoguera, exposición a las fieras o crucifixión) la reservaban los romanos para los delitos de sedición contra el Estado (laesa maiestas populi romani), ésta fue la reservada a Jesús. La dispersión y ocultamiento de sus seguidores, después de ser ejecutado por el procedimiento infamante, escenifica el fracaso; la cartela con la leyenda INRI (Iesus Nazarenus Rex Iudaeorum), la naturaleza del delito. Durante los primeros siglos de existencia los cristianos utilizaron diversos símbolos, pero no la cruz, que seguía siendo vergonzante y los identificaba como sediciosos. Tales sucesos justifican y explican la expresión «Mi reino no es de este mundo», Juan 18, 33-37, y otros recursos de los evangelistas por dar a la misión de Cristo un signo espiritual, aunque no logren borrar los vestigios que revelan otras actitudes en las que es imposible deslindar lo religioso de lo político, por otra parte normales entre los judíos de la época. Habrá que concluir que Jesús fracasó en su plan, y sus seguidores, obligados a vivir bajo la autoridad romana, optaron por transformarlo en un proyecto espiritual –esa y otras cuestiones fundamentales fueron obra de Pablo–, lo que, con el tiempo, fue el elemento que permitió la laicidad de lo público sin romper el mensaje cristiano central: el Humanismo y la Ilustración utilizaron ese postigo.

En el 622 Mahoma abandonó La Meca (Hégira) forzado por los coraxíes que controlaban el culto de La Ka’aba y temían por su prevalencia. En Medina se hizo fuerte y fue asentando paulatinamente su dominio de la región, combinando la predicación y las operaciones militares, hasta que en 628 pudo atreverse contra los mequíes con éxito. Desde La Meca completó la dominación de toda Arabia. A su muerte, en 632, controlaba la península valiéndose de su carisma personal y acuerdos con las tribus, pero sin ninguna estructura de estado. Mahoma, que seguramente era analfabeto, no dejó ningún escrito y sus enseñanzas, retenidas mentalmente por los “memoriones” serían recopiladas y fijadas más tarde en El Corán bajo la autoridad de los califas sucesores, que al mismo tiempo construían el Estado islámico y expandían su dominio. Así se confundió la condición de ciudadano y de creyente, y el Corán y los hechos y dichos del profeta se convertían en fundamento de la ley. El éxito de Mahoma hizo impensable, lo sigue haciendo, la disociación de lo civil y de lo religioso.

También el Islam experimentó un Renacimiento en torno al siglo XI con una gran eclosión cultural basada asimismo en la recepción de la cultura clásica, pero que, sin embargo, no llegó a tener el efecto del Humanismo occidental, ni se vio confirmado y amplificado por un movimiento equivalente a la Ilustración. Así, el efecto esterilizador de la religión se impuso muy pronto y muy intensamente, generando la exclusión del orbe musulmán del ámbito de la ciencia y del progreso de la sociedad civil, hasta nuestros días.

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ILUSTRACIÓN: Mahoma y el arcángel Gabriel. Miniatura iraní del s.XV.

7 abr. 2009

¿Fracaso escolar o fracaso social?

Han corrido ríos de tinta sobre la idoneidad de la reforma desde que la LOGSE entrara en vigor y luego con los retoques diversos en forma de otras tantas leyes orgánicas. Han opinado expertos e ignorantes (a veces, reclutados entre intelectuales, que por serlo, o por creérselo, piensan que sus opiniones no pueden quedarse en el tintero[i]). Se han puesto en cuestión los principios teóricos, los procedimientos de aplicación, la solvencia de la pedagogía y de los pedagogos, la capacidad y actitud de los profesores, las intenciones de los políticos… En este fenomenal guirigay nada ni nadie quedó a salvo y ha alcanzado volumen ensordecedor desde que los informes PISA han puesto de manifiesto la deficiente preparación de nuestros escolares y la magnitud del fracaso escolar, vivido como una lacra social que quita el sueño a padres, docentes y responsables políticos.



Bastantes profesores acogimos la reforma educativa con ilusión porque nos pareció una humanización y racionalización de la enseñanza y una apuesta valiente por el cambio social, que era en aquel momento un anhelo prioritario en cualquier mentalidad progresista. La realidad no nos ha desmentido, simplemente ha puesto de manifiesto lo que ya sabíamos: que la desigualdad social es la causa principal de la diferencia de oportunidades y que la escuela, por sí sola, no cambiará esa realidad, o que, en todo caso, su tiempo se mide en generaciones. No fuimos ingenuos nada más que en creer que lo que a todas luces era evidente sería igualmente aceptado como tal por la inmensa mayoría. En términos generales la reforma fue acertada, los principios en los que se basó eran impecables, y pese a los avatares de su aplicación y la falta de confianza de algunos políticos y muchos profesores, ha producido un sistema educativo socialmente avanzado del que podemos enorgullecernos. ¿Y el fracaso escolar? ¿Y los resultados de los informes?


En El País de hoy un reportaje de José Luis Barbería, La clase perdedora, pone el dedo en la llaga al publicar y glosar los resultados de los últimos trabajos de sociólogos y pedagogos al hilo de las conclusiones en las evaluaciones a cargo de organismos internacionales (PISA) y nacionales. No voy a redundar en los mismos temas que él, sólo os recomiendo su lectura y relaciono y subrayo algunos de los hallazgos y confirmaciones de los investigadores que cita y que yo creo notables:


• Los alumnos con padres sin estudios tienen 20 veces más probabilidades de fracasar en la escuela.
• Los hijos de trabajadores no cualificados tienen 4.5 veces menos probabilidades de acceder a la universidad
• La variabilidad de resultados por centros se deben en más de un 50% a la condición socioeconómica y cultural de los alumnos. El centro influye en sólo un 16% y el tipo de enseñanza apenas un 6%.
• Descontando los condicionantes socioeconómicos y culturales, la enseñanza pública es de mejor calidad que la privada.
• La presencia de inmigrantes no influye en el nivel medio de la clase si no supera su número el 10%.


El problema es que la escuela es cada vez más clasista desde que en los años 90 los estratos sociales medios empezaron a protagonizar un éxodo hacia los centros privados, incluido el nivel universitario, no justificado por la calidad, sino estimulado por la mentalidad de nuevos ricos que nos ha invadido en los últimos tiempos. Como consecuencia se ha multiplicado el gasto privado y público por una enseñanza discriminatoria sin otra justificación que esa misma actitud discriminadora. Aquellos que se sientan preocupados por la enseñanza deberían reflexionar sobre esta cuestión y no sobre las propuestas de los pedagogos, que son una cuestión técnica y compete a los profesionales. Desde nuestro particular punto de vista, el gran fracaso de la LOGSE sería que la sociedad a la que ha pretendido cambiar se imponga con su clasismo a la primera escuela igualitaria y universal que ha avistado nuestro país por primera vez en su historia.



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[i] Entre otros recuerdo por ejemplo a Muñoz Molina y Pérez Reverte que con estilos acordes con sus respectivas personalidades (paternalista y añorante el primero, faltón y chulesco el otro) arremetieron en su día contra el sistema educativo poniendo de manifiesto tan sólo su radical ignorancia sobre el asunto, a pesar de la excelencia demostrada en su profesión.

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2 abr. 2009

La tentación proteccionista

Pueden resultarnos chocantes las permanentes admoniciones contra el proteccionismo ante los debates pasados, en curso y por llegar para salir de la crisis. Al fin y al cabo proteccionismo no es otra cosa que anteponer los intereses nacionales. Ángela Merkel ha dado a entender que es su objetivo prioritario y, cada vez más, es lo que se desprende de la opinión de un sector de la prensa (ayer mismo en en el programa de TVE, 59 segundos); sin embargo, mi punto de vista es que las enseñanzas de la historia justifican los temores ante esa posible deriva.

En 1933 tuvo lugar en Londres una conferencia, semejante a la actual, para tratar de buscar acuerdos que permitiera remontar la crisis iniciada con el crack financiero de 1929. El fracaso fue rotundo. En Italia y Alemania se habían instalado ya el fascismo y el nazismo, respectivamente, con sus programas ultranacionalistas y autárquicos; con ellos pretendían medrar obteniendo los mercados necesarios (lebensraum o «espacio vital») manu militari si fuera preciso. La Unión Soviética, aislada del resto, no estaba interesada en la pervivencia del capitalismo y aplicaba sus planes socializadores al margen de cualquier acuerdo internacional. El resto no consiguió los consensos mínimos para romper el ensimismamiento económico y la dinámica proteccionista. Seis años después la lógica del proteccionismo a ultranza y del nacionalismo sumía al mundo en el incendio de la guerra (1939-45). Y no es que no hubiera experiencia.

Diecinueve años antes de la malograda conferencia había comenzado la Gran Guerra (1914-18) en cuyos orígenes encontró Lenin las contradicciones internas del capitalismo imperialista (Imperialismo, fase superior del capitalismo). En efecto, la lucha por los mercados, que Alemania combinaba con un fuerte proteccionismo y el dominio de lo más sustancioso del mercado internacional acaparado por el Reino Unido dentro de su imperio casi universal y sus exigencias de librecambio en el exterior, contenían, como se demostró, la agresividad potencial suficiente como para hacer saltar la precaria convivencia internacional en un conflicto sin precedentes por su magnitud y consecuencias. Sin embargo la guerra se cerró en falso tras la rendición de Alemania y no se pusieron soluciones para las verdaderas causas, que no eran sino económicas: los ciudadanos y sus mandatarios estaban cegados por el espejismo del nacionalismo. La lección no se aprendió.

Hoy la situación es diferente, las dos guerras quedan lejos y hemos aprendido mucho de su análisis, pero la tentación de recurrir al proteccionismo y al nacionalismo, que se vende con facilidad a la opinión pública, está viva. Habría que andar con pies de plomo.