No es un secreto ni existe siquiera una duda razonable sobre
la penuria de la enseñanza en nuestro país. Casi podríamos decir que de lo único
que no carece es de problemas; un diagnóstico para el que no hay excepciones en
ninguno de sus niveles, de preescolar a los estudios de postgrado.
Recientemente la evaluación PISA ha vuelto a darnos una colleja a propósito de la secundaria.
Las polémicas que suscita esta situación han venido salvando hasta ahora el
quehacer de los profesionales que casi siempre se libran ante la opinión
pública de la responsabilidad de los malos resultados en las evaluaciones
externas, del abandono escolar y de otros males. Pero justo entonces salta el
escándalo del rector copión, un personaje que ha labrado buena parte de su
currículum académico, según clarísimos indicios, a golpe de plagio sobre
colegas, doctorandos y hasta un rabino; de lo cual se desprende que es hombre ecuánime que trata a todo el
mundo por igual, no seamos sólo negativos. La Universidad Rey Juan Carlos
lo había sentado en el sillón rectoral y
según parece va a costar descabalgarlo, si es que se consigue. En realidad en el ambiente universitario el caso no ha producido gran
escándalo, salvo entre los perjudicados, porque aprovecharse del trabajo de
otros es práctica común, por las peculiaridades del medio, y no precisamente entre alumnos.
Mostrando entradas con la etiqueta enseñanza. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta enseñanza. Mostrar todas las entradas
12 dic 2016
19 mar 2013
El caso de los maestros analfabetos
Lo hemos leído con gran alarma: los maestros que van a educar a nuestros vástagos no saben por dónde pasa el
Guadalquivir, se desconciertan con los decimales y utilizan una ortografía que
pone los pelos de punta a los que la educamos con plúmbeos dictados de
fragmentos del Quijote (no sabíamos entonces que aquello estaba amañado, Cervantes
tenía una pésima ortografía).
De unos exámenes que la
Comunidad de Madrid ha realizado a maestros que aspiraban a trabajar de interinos
se ha filtrado a la prensa una extensa selección de barbaridades halladas en
las respuestas de los examinandos. Como no soy ajeno al mundo de la enseñanza
he recibido la noticia como si de una puñalada trapera se tratase. Por eso me
ocupo del asunto.
15 feb 2012
Malos tiempos para la enseñanza pública
Vivimos malos tiempos para la
enseñanza pública por dos razones, ambas muy graves: la primera, porque desde
el poder, dada la coyuntura política actual, no parecen soplar vientos
favorables; la segunda, porque las preferencias de la ciudadanía se inclinan
cada vez en mayor medida por la privada, hasta el punto de que el porcentaje de
los que utilizan la pública se acerca peligrosamente a los que no pueden usar
de la privada, por causas económicas o porque no hay un centro disponible en su
entorno.
Las razones de la preferencia
son múltiples pero una de ellas es el desprestigio de lo público que se ha
generado en esta ola neoliberal, que no se limita a la praxis, sino que esparce
ideología para todos en abundancia.
Los centros públicos tienen
profesores funcionarios y no se gestionan con criterios empresariales. Ambas situaciones
despiertan una notable desconfianza en los potenciales usuarios, que ignoran, o
quieren ignorar, que, por ser así, los docentes se seleccionan mediante un
sistema de concurso/oposición que garantiza su idoneidad y competencia en mucha
mayor medida que en los privados; en estos se contrata con criterios
empresariales, en el mejor de los casos. Olvidan, además, que la gestión empresarial
tiene como objetivo prioritario el beneficio, aunque éste puede quedar matizado
por otros de carácter doctrinal, si se trata de un centro de la Iglesia u otra
organización que, sin duda, estará fuertemente ideologizada si es que se
interesa por la educación.
Uno de los fenómenos que más ha
contribuido a colocar la educación pública en la situación actual, al menos la
primaria y secundaria obligatoria, es la concertación, sistema que puso en
marcha uno de los gobiernos de Felipe González. Seguramente su diseño era
congruente con la sensibilidad progresista, pero su práctica ha puesto de
manifiesto que se ha limitado a transferir recursos públicos al sector privado
sin otra ventaja que la desaparición de un sexismo trasnochado, pero sin que
hayan podido ser erradicadas otras discriminaciones y deficiencias, que el usuario
común no encuentra aberrantes si se pueden torcer en su particular beneficio. Un
balón de oxígeno para la privada sin mucha justificación.
Hay un aspecto de la enseñanza
pública que me interesa destacar: la pluralidad. Los centros públicos tienen
una tradición democrática en su gestión que vienen conservando desde los
últimos años del franquismo, a pesar de los repetidos intentos de crear un cuerpo
de directores que separara a los gestores de los docentes. Además, los
profesores se consideran básicamente iguales, y habitualmente se “turnan”
consensuadamente en los puestos de responsabilidad sin que las intentonas de
crear una carrera docente hayan malogrado apenas tal práctica y sentimiento.
Esto, que ocurre a nivel de centro, se repite en los departamentos docentes,
donde, si existen diferencias incompatibles, los discrepantes pueden salvar su
independencia haciendo uso de la libertad de cátedra, con las debidas
formalidades. Todo ello genera un más que excelente nivel de pluralidad, tanto
en la acción docente como en las actitudes.
Ni que decir tiene que la
neutralidad ideológica no existe, así que el único modo de salvar a los alumnos
de un adoctrinamiento injusto y abominable es la pluralidad. La sociedad es
plural, y sólo se puede preparar a los chicos para su inserción en ella en la
pluralidad. No hay duda.
En los centros privados nunca se
dan estas condiciones. De hecho la ley permite que elaboren idearios de centro
de acuerdo con la ideología que sostienen las instituciones que los crean y mantienen.
Fuerzan a los docentes en una determinada dirección y educan a los niños en un
sistema de valores, que, por muy excelente que se crea, da una visión parcial
del mundo y priva a los futuros ciudadanos de la capacidad de elegir con
criterio. Es decir, entorpece la formación de criterio propio, que, por el
contrario, debería ser la máxima preocupación de cualquier sistema educativo.
Curiosamente, esta cualidad de
la pública, que por sí sola justificaría su existencia, no es apreciada casi en
absoluto. El común de las familias valora más que sus hijos tengan vecinos de
pupitre de “buenas familias”, y que les inculquen unos cuantos principios de
los que se desgranan en los púlpitos. De hecho el gran peligro para la
educación pública no procede del gobierno de derechas que nos hemos regalado, que
también, sino de la desafección ciudadana.
23 sept 2011
El negocio (asunto) de la enseñanza
Se ha dado un salto cualitativo en el debate sobre la enseñanza, porque nadie
hasta ahora había cuestionado su gratuidad y obligatoriedad si no era para
ampliar su ámbito; sin embargo, la muy liberal presidenta de la Comunidad de
Madrid, aprovechando las obligadas economías a que obliga la crisis, se ha
permitido plantear la duda sobre si acaso no sería conveniente replantearse la
gratuidad de algún tramo. El revuelo producido ha obligado a alguno de sus
correligionarios a asegurar que no habrá modificaciones en ese sentido, de
ganar el PP las elecciones, pero a todos nos ha llegado con nitidez el mensaje
de que el asunto es materia de discusión (en el mejor de los casos) entre
ellos.
Decía recientemente un
comentarista político que los notables se sienten libres para luchar por el
mantenimiento de sus privilegios porque las clases populares han perdido
capacidad de intimidación con el derrumbe de la izquierda política y sindical.
La enseñanza pública se sostiene con los impuestos de todos, mucho más injustos
de lo que debieran, pero de todos. Las clases altas tienden a considerarla como
un despilfarro porque ellos no la utilizan, pero la pagan; genera un nivel de
fracaso escolar elevado (piedra de escándalo para los que no tienen en cuenta
el fracaso social que lo alimenta), que es utilizado para cuestionar su
eficiencia; y es igualitaria y niveladora, lo que contrasta con los fundamentos
existenciales e ideológicos de tal grupo.
Un poco de historia para aliñar
el discurso. El desenlace de la guerra civil, en el sentido que todos conocemos,
supuso la mayor ruptura de continuidad en el desarrollo de la educación desde
la Ley Moyano (1857). En
primer lugar la “depuración”, que afectó a dos de cada tres maestros o
profesores de instituto y universidad, muchos de los cuales fueron fusilados
(¿6000?); se redujo drásticamente la oferta de plazas al cerrarse muchos
centros, sobre todo institutos de enseñanza media; por último se cambiaron las
bases ideológicas, sustituyendo los objetivos laicos y progresistas, propios de
la República, por el ultraconservadurismo y catolicismo excluyentes (sobre este
tema: página
del Caum ). El resultado fue una enseñanza primaria (6 a 12 años) que se
repartían el Estado (gratuita) y la Iglesia (de pago, aunque algunas órdenes la
compaginaban con una enseñanza asistencial, separando estos alumnos de los de pago);
una enseñanza media sin conexión con la primaria (examen de ingreso a los 10
años) en institutos y centros de la Iglesia, que se distribuían en la proporción
de 17% a 40% respectivamente (INE, 1960), el resto “libres”, por vivir
mayoritariamente en zonas rurales a las que ni la Iglesia ni el Estado atendía.
La interacción entre ambas entidades era notable: la Iglesia supervisaba
moralmente (profesores de religión y “directores espirituales” en los centros y
“nihil obstat” en los libros de texto, mientras el Estado controlaba académicamente
en los exámenes de ingreso y las dos revalidadas). En la enseñanza media y
superior los alumnos procedían masivamente de las clases medias(1) y
altas salvo una exigua minoría de becarios, y como los institutos eran
prácticamente gratuitos y la universidad cobraba tasas muy por debajo del costo
del puesto escolar, ambas constituían un regalo para este sector, con los
impuestos de todos. Que yo recuerde ningún liberal protestó entonces, tiempos
durísimos económicamente, por tamaño desaguisado. Hay que puntualizar que sólo
había institutos en las capitales de provincia, salvo alguna excepción, por lo
que la población rural (casi 45% en 1960) sufría muy duramente la
discriminación. Con mínimas variaciones, impuestas más por los cambios sociales
que por voluntad de los dirigentes, esta tónica se mantuvo durante todo el
periodo.
La Ley
General de Educación de 1970, en la agonía del franquismo, impuso un cambio
importante, pero fue la Transición con la política de construcciones escolares
y contratación de profesores (Pactos de la Moncloa),
y la LOGSE
(gobierno socialista), los que asentaron unos principios verdaderamente
democráticos con la universalización, la obligatoriedad y la gratuidad desde
los 6 a los 16 años; por primera vez la enseñanza era un derecho al alcance de
todos -no
entro en la polémica sobre la discutida bondad técnica de la LOGSE y sus
sucesivas modificaciones porque no es el objeto de éste artículo-.
En esas estábamos cuando se
introduce malévolamente la duda sobre la viabilidad del sistema. En aquel
tiempo, por razones ideológicas, se entregó el mando a la Iglesia, hoy se le
intenta regalar al mercado del que la muy liberal presidenta es devota
ferviente, y en cuyo altar está dispuesta a sacrificar lo que sea menester de
derechos ajenos. Yo no me he resistido a invitar a los interesados a que echen
una mirada hacia atrás, para que no se nos vaya a olvidar de dónde venimos y
para que no permitamos poner en cuestión uno de los pilares de la democracia: la
enseñanza universal, gratuita y obligatoria hasta las puertas de la edad adulta.
__________________
(1) El concepto de “clase media” ha variado mucho. En la
época que trato se limitaba a los profesionales y a los medianos propietarios
agrícolas, industriales y comerciantes.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)



