19 mar. 2013

El caso de los maestros analfabetos

Lo hemos leído con gran alarma: los maestros que van a educar a nuestros vástagos no saben por dónde pasa el Guadalquivir, se desconciertan con los decimales y utilizan una ortografía que pone los pelos de punta a los que la educamos con plúmbeos dictados de fragmentos del Quijote (no sabíamos entonces que aquello estaba amañado, Cervantes tenía una pésima ortografía).
De unos exámenes que la Comunidad de Madrid ha realizado a maestros que aspiraban a trabajar de interinos se ha filtrado a la prensa una extensa selección de barbaridades halladas en las respuestas de los examinandos. Como no soy ajeno al mundo de la enseñanza he recibido la noticia como si de una puñalada trapera se tratase. Por eso me ocupo del asunto.

Oímos a diario, que esta generación, la que hoy se asoma (y gracias, porque no hay para más) a la vida laboral, es la mejor preparada de la historia de nuestro país. ¿En qué quedamos? Ciertamente, en mi juventud uno podía ser maestro con los mismos años de estudio que un bachiller superior; hoy es una carrera universitaria en cuyos itinerarios se diseñan especialidades. Por otra parte, no creo, porque no tiene lógica, que los maestros salgan en general peor preparados que los estudiantes de otras facultades o escuelas técnicas. Prefiero dirigir mi suspicacia hacia los filtradores de los escandalosos datos porque, sin duda, la cosa va con segundas.
Hace más de treinta años circuló por los claustros de profesores un librito llamado Antología del disparate que reunía respuestas absurdas pero reales recogidas de pruebas escritas a los alumnos de bachillerato. A una primera reacción divertida seguía, al leerlo, la sensación de que donde estaba el absurdo era en las preguntas, y en el sistema que las permitía, que daba un valor desmesurado al aprendizaje memorístico, a la acumulación de datos, con desprecio del discurso racional, analítico y crítico, esencia de toda formación intelectual. Esta estúpida anécdota que nos ocupa hoy me ha retraído a los años 70. Como ejercicio de nostalgia no ha estado mal.
Aparte el sesgo de la información que ha puesto en la prensa sólo la parte de las respuestas que interesa para producir un efecto de rechazo, lo que a mí me preocupa es por qué interesa promover ese rechazo. La conclusión parece simple: puesto que la prueba es para maestros de la enseñanza pública la deducción que se espera no constituye ningún misterio. De hecho tuve ocasión de escuchar en un debate televisivo a una tertuliana insistir una y otra vez en que el suceso la ratificaba en la decisión de que sus hijos jamás pisarían la pública mientras pudiera permitírselo.
La cosa parece bastante burda porque los maestros de la pública y de la privada se han formado en los mismos centros y con los mismos criterios. Sólo difieren en el sector en que han encontrado acomodo laboral, y sobre esto habrá que decir que la pública selecciona a su personal numerario mediante concurso oposición, precedida de un curso de capacitación pedagógica que incluye prácticas en centros; como se ve, ahora incluso se diseñan pruebas (en Madrid con poco éxito, por cierto) para interinos. La privada, en cambio, se las arregla como le viene en gana, o como le interesa, sin que nadie supervise la selección, suponiendo que la haya, pese a que en los centros concertados son dineros públicos los que cargan con el coste del profesorado. No sería ocioso añadir que, puesto que las condiciones de trabajo son en la pública de calidad muy superior, los profesores que optan por la privada son, en general, aquellos que por unas u otras razonas no pudieron acceder a la pública.
Para nadie debería haber duda de que la junta de Madrid ha programado la filtración y la ha sesgado a su antojo, formando parte de la ofensiva general contra lo público, que incluye a la sanidad, como es sabido, y que lleva una marcha imparable. Se está preparando a la opinión pública con campañas de difamación que dejen el terreno arrasado para que se produzca el desembarco de decisiones políticas que lamentaremos.
Dado el nivel creciente de estupidez que lo inunda todo (como la convicción de que lo gratuito no es bueno), les auguro a los mandatarios madrileños un éxito casi seguro en el retroprogreso en el que están empeñados.


1 comentario:

Mark de Zabaleta dijo...

Lo has sabido expresar, y transmitir, perfectamente!

Saludos
Mark de Zabaleta