16 mar. 2013

Las peras y el olmo


El concilio Vaticano II (1962/65) fue el sueño senil de un cardenal elegido papa a los 82 años sin otra intención por parte de los cardenales electores que liderara una breve  transición para permitir a la iglesia aclararse entre el largo, intenso y polémico pontificado de Pío XII y los nuevos tiempos que se abrían con la segunda mitad del siglo. Los pontífices que le siguieron casi no han hecho otra cosa que borrar los caminos que el concilio había abierto y regresar la iglesia a sus posiciones tradicionales. No entraré a analizar si esos nuevos itinerarios tenían o no salida, pero lo cierto es que la contrarreforma se ha prolongado mucho más que las reformas que se esbozaron en el 62.

Tiempo atrás, en los comienzos de la Edad Moderna las contradicciones de la iglesia habían llegado a tal punto de insostenibilidad que estalló una auténtica revolución, lo que produjo una ruptura histórica. La fobia de la iglesia a cualquier transformación hizo que denominara Reforma a la revolución protestante y Contrarreforma a las medidas que el concilio (Trento 1545/63) puso en marcha para modernizar sus instituciones y definir sus posiciones dogmáticas y doctrinales. Así, enmascaraba su agiornamento con un vocablo que significaba lo contrario y fijaba la atención en una supuesta inmovilidad. Nada extraño en una institución que pretende transmitir el mensaje divino, por naturaleza invariable. Por su parte los protestantes se habían levantado por un pretendido desvío de Roma, no por su inmovilidad.
No es la innovación una preocupación de las iglesias. Nunca lo ha sido. Sin embargo hoy la postura más común entre creyentes y afines parece ser el deseo de cambios. Si eso es así, la frustración está garantizada, no sólo por las reticencias que arrancan de la esencia de la institución, sino también porque el papa Francisco no se me antoja la figura adecuada.
En el terreno doctrinal todos coinciden en señalar sus posturas conservadoras, incluyendo duras posiciones y manifestaciones contra el matrimonio homosexual y el aborto; tampoco espera nadie la mínima innovación en el papel de la mujer en la iglesia o en el celibato del clero; por otra parte, la postura frente al poder fue muy crítica con los gobiernos democráticos argentinos posteriores a la dictadura, pero no con aquella, lo que le causó problemas, incluida alguna citación en los tribunales que juzgaban a los genocidas. Sin embargo, se afirma que manifiesta una gran sensibilidad social, lo que podría ser fuente de cambios importantes. Veamos.
Fue nombrado cardenal por el papa Juan Pablo II en el momento en que éste mantenía un duro enfrentamiento con la Compañía de Jesús, por el liderazgo del padre Arrupe y por el eco que había tenido en su seno la llamada Teología de la Liberación. Obviamente la idea era elevar al cardenalato a un jesuita conservador que hiciera de muro de contención frente a tales desviaciones. La ofensiva conservadora de  Wojtyla tuvo éxito, en la Cía., y en toda la iglesia. Pero, recordemos que la teología de la liberación es un intento de incorporar elementos del marxismo a la doctrina eclesial, precisamente para combatir la pobreza, a la que, por fin, se atreve a considerar como producto de la explotación más que como resultado de los caprichos de la naturaleza o de la inescrutable voluntad divina.
La preocupación del nuevo papa por los pobres es, sin duda, auténtica, pero no pasará de promocionar la caridad, dar ejemplo de austeridad, hacer llamadas al corazón de los poderosos y poco más. Al fin y al cabo, para la doctrina tradicional, asentada durante siglos, la pobreza es una bendición para quien la padece, que prueba con ella su paciencia y humildad, y para los demás a quienes da la oportunidad de ejercitar la caridad y el amor al prójimo. Cualquiera que busque la transformación del orden social, que la hace posible, será condenado por contaminación política, como su mentor Wojtyla y él mismo hicieron con los teólogos de la liberación.
¿De dónde los cambios? Por mi parte no pediré peras al olmo.

1 comentario:

Mark de Zabaleta dijo...

Comparto esta visión sobre los escasos cambios que podemos esperar...


Un cordial saludo
Mark de Zabaleta