29 mar. 2013

Los putos amos


En plena orgía escatológica (primera acepción del DRAE) protagonizada por las celebraciones de la pasión, muerte y resurrección de Jesús según el relato de la iglesia, uno se siente como gallina en corral ajeno. Uno, que no es creyente (odio definirme con una expresión negativa pero el dominio de los otros obliga), añoró siempre una brizna de respeto por su condición ideológica. Comparto la opinión de que no todas las ideologías o creencias merecen respeto pero sí todos los que las portan. Es posible que desde el punto de vista de los creyentes mis posiciones intelectuales resulten deleznables, desde el mío ocurre a la inversa; sin embargo, unos y otros merecemos un respeto escrupuloso, que no es una simple tolerancia.

El nacionalcatolicismo, en el que nos hemos criado, ni siquiera toleraba. Es más, la opresión que se ejercía desde el poder, aliado con la iglesia,  casi era llevadera en comparación con la que emanaba de la sociedad, en la que el pensamiento católico intolerante era absolutamente hegemónico, por expresarlo de un modo neutro. No sólo recibíamos un adoctrinamiento machacón y monocorde desde las instituciones públicas (escuela), que abortaba (con eficacia dudosa, todo hay que decirlo) cualquier brote crítico, sino que desde el seno familiar se colaboraba con entusiasmo en la tarea. La familia, a la que el régimen halagaba con una retórica entre fascista y clerical, cumplió a la perfección el papel de transmisora de los valores dominantes y de control de potenciales disidencias. Naturalmente esas prácticas sociales sobrevivieron largamente a la muerte del dictador y a la promulgación del texto constitucional, en el que incluso se colaron algunas virutas del cepillado democrático, que creíamos estar haciendo a la perfección.
Cuando los socialistas abandonaron el marxismo y decidieron conservar la “o” en el nombre de su partido sólo por respeto a la tradición, muchos militantes de izquierda pensaron que no alejarse de los intereses del “pueblo” consistía en hacerse hincha de algún club de futbol, participar y promocionar cualquier festejo local por ridículo, cutre o casposo que fuera, seguir a algún matador de toros, participar en procesiones y en romerías y, cómo no, hacerse hermano de alguna cofradía, porque ahí encontraban la esencia del pueblo. Y como estos presuntos izquierdistas ocuparon concejalías, alcaldías, ministerios y hasta la jefatura del gobierno, nunca como con la llegada de la democracia tras la Transición prosperaron más tales manifestaciones de casticismo, que a la postre se mostró tan rancio como cabía esperar. Convertidas en muestras de la esencia nacional y del alma del pueblo quedaron sacralizadas. Y nada más profundamente incrustado en alma alguna que las manifestaciones del sentimiento religioso, tanto por los siglos de persistente martilleo como por la problemática relación de los humanos con la racionalidad.
Los que esperábamos la democracia como agua de mayo que se llevara el tufo a cera y a incienso nos quedamos con tres cuartas de narices. Con  perplejidad y resignación, tuvimos que aceptar que nuestros hijos recibieran el bautismo para evitar el infarto de los abuelos; que soportaran la enseñanza religiosa en sus escuelas públicas para que no se sintieran como bichos raros cuando el maestro los pusiera a pintar en un rincón del aula en la hora de la sagrada asignatura; que los allegados nos consolaran (¿recriminaran?) con la odiosa frase: “No van a aprender nada malo”, o similar…
Hoy, a 35 años de la proclamación de la Constitución presuntamente democrática e instauradora de un Estado laico, cuando como cada día salga a dar mi paseo vespertino por las calles de Málaga, donde vivo, me encontraré con una ciudad tomada por una legión de meapilas de todo tipo y condición: con traje oscuro y medallas gigantes, con arreos militares, con túnicas y capirotes, con mantilla y tacones de vértigo… Me asfixiaré entre una multitud que pugna por transitar inverosímiles pasillos que a duras penas dejan libres hileras de sillas y tribunas faraónicas que taponan cada calle, cada plaza; muchedumbres que estiran el cuello para atisbar, por encima de los artilugios recaudatorios de la cofradías y deslumbrados por los focos de las televisiones, los varales de un palio o el pico de los capirotes; los mismos que si logran entrever el movimiento de la túnica de El Cautivo, mecida por el vaivén de los portadores, o escuchar el himno de la legión entre tufaradas de incienso, vuelven a casa con lágrimas en los ojos y el convencimiento de haber sido testigos de algo único.
Por estas latitudes la Semana Santa no tiene siete días como dictaría la razón sino veinte (aquí la razón en tiempo de Pascua no dicta prácticamente nada). Durante ese tiempo seré desahuciado sin miramientos del espacio público que queda para uso exclusivo de estos que demuestran, una vez más, ser los putos amos.
Y ni se te ocurra quejarte.

2 comentarios:

Mark de Zabaleta dijo...

Una gran reflexión sobre "esta" Semana Santa...

Un cordial saludo
Mark de Zabaleta

Máximo Pretoria dijo...

Los no creyentes poco a poco vamos convirtiéndonos de "rara avis" en legión.

Basar cualquier decisión en la fe o en las creencias, es lógicamente irracional. Lo que tampoco quita que la religión pueda tener un sustrato de conocimiento que sea digno de estudio. ¿Podrá la ciencia entrar alguna vez en tal gueto del conocimiento?