30 may. 2011

Confesiones

            Soy de aquellos que en las postrimerías del franquismo militaron en las filas del PCE, que vivieron y participaron en la transición con entusiasmo, que la implosión del partido en el que se organizaron y con el que lucharon les desconcertó, por mucho que la anunciaran sus temores o intuiciones, y que acabaron por abandonarlo en los 80 ante los signos inequívocos de derrumbe y degradación progresiva. Durante años, en cada convocatoria, siguieron depositando fielmente su voto en sus antiguos compañeros, o lo que de ellos quedaba entre las ruinas, hasta que la urgencia de frenar a la derecha les empujó a confiar en el PSOE. Cuando me miro al espejo, aunque me deprime, no me veo raro, así que tiendo a pensar que mi trayectoria es bastante común y, con las variantes de rigor, la comparten muchos conciudadanos. Hoy me desconciertan algunas cosas: la evolución de mi dentadura; el proceso de herrumbre que se ha instalado en mis rótulas; la dilapidación por parte de los socialistas de su enorme capital político; y  la inconmensurable desmemoria e incapacidad para el análisis racional que afecta hogaño a los habitantes de este país. A ninguna de ellas le encuentro remedio.
No se me escapa, quizá porque he sido profesional de la historia, que los protagonistas de los hechos son testigos valiosísimos pero malos interpretes de los mismos. La nostalgia, la frustración de tantas esperanzas, la cohabitación con la estúpida realidad que siempre, maldita sea, acaba imponiéndose, no son los mejores elementos para una reflexión equidistante. A cambio ha aprendido uno a identificar espejismos y a desarrollar la noble virtud del escepticismo, que no se opone a la esperanza, sino que es su seguro. Con esos elementos quizá se pueda caminar por el mundo sin hacer demasiado el ridículo.
Que vivimos una importante coyuntura política a mí me parece incuestionable. Tengo la impresión que la más importante desde el desmoronamiento de la UCD (1982) y el hundimiento definitivo del PCE. La salida de ambos por el foro dejaron el escenario al bipartidismo, matizado (¿reforzado quizá?) por los nacionalismos. De paso, nos dejó la sensación de estar votando siempre a quien no queríamos, de que un mecanismo diabólico se había impuesto sobre nuestra voluntad. Sensación frustrante, pero, todo hay que decirlo, descargadora de responsabilidades y conciencias, y, como nada hay más grato que poder transferir el fardo de la responsabilidad a otros, sobrellevamos la situación con cierta comodidad.
Las recientes municipales y autonómicas, más parecidas a un referéndum que a ninguna otra cosa, cierran una etapa y abren otra, dejando bien claro que el electorado español (ahora sí que somos europeos) se inclina masivamente por la derecha, la cual sigue unida e inalterable como una roca.  Ignacio Escolar decía irónicamente hace unos días en El Público que habíamos acabado con el bipartidismo y ya teníamos el monopartidismo, un salir de Málaga para entrar en Malagón. Ayer insistía en la idea Gil Calvo en El País. También yo me inclino a pensar, a falta de la confirmación que traigan las generales, que el último bastión de la izquierda está batido. Felipe González dijo en el 82 que habían ganado con tres millones de votos prestados; los prestamistas están retirando el crédito: dos millones el 22M. Unos habrán vuelto a la derecha, algunos a otras izquierdas (que los habrán usado o no, según peculiares idiosincrasias): grupúsculos de rancio y tradicional izquierdismo, ecologistas a la moda, progres desencantados y demodés, antisistema y ácratas, e indignados (nueva especie que se deja acompañar de una corte de pacifistas, okupas, hippys reciclados, flower power…). Tendremos pues una hegemonía de la derecha ejercida desde un gran partido que absorberá casi todo el poder (local, regional, estatal) y una izquierda que se diluye en flecos que van del rojo de la tradición al marrón de la marginalidad, en la que el PSOE quizá sobresalga, pero no lo suficiente para alternar en el poder. Es decir, habremos hecho un pan como unas hostias.
Nada hay permanente y el nuevo ciclo que presiento tampoco lo será, hasta tendrá sus cosas positivas, lo que pasa es que nunca me gustaron las hostias.

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26 may. 2011

La nueva aristocracia

Todavía queda algún carcamal de la vieja aristocracia de sangre a quien se le puede seguir rastro en los medios de comunicación, entre ellos, los miembros de las agonizantes y paródicas monarquías europeas. Su papel histórico terminó hace mucho tiempo, sustituidos por una aristocracia del dinero arraigada en la burguesía cuyo señorío se ha extendido al menos durante los dos últimos siglos. Capitanes de empresa que con su esfuerzo personal y los capitales acumulados por la explotación de ejércitos de trabajadores, marcaron el rumbo de la sociedad que hegemonizaron y crearon una casta que, aunque su poder residía en el dinero, estaba vinculada económica y emocionalmente a sus empresas, de modo parecido a como la antigua nobleza lo estuvo a sus tierras. No pocos dejaron sus apellidos a las corporaciones que crearon y que hicieron prosperar, hoy convertidas frecuentemente en multinacionales, como antes los topónimos se trocaban en apellidos para los nobles.


Pero esta clase también ha pasado. El anonimato del capital ha ido vaciando de vestigios familiares a las entidades, que a veces conservan el nombre sólo por razones de márquetin. Es cada vez más raro ver esforzados capitalistas que dirijan sus negocios con una visión de futuro, como una empresa familiar, asociando su éxito al de aquella. Conforme las finanzas se han ido colocando a la cabeza de la economía desplazando de las posiciones hegemónicas al comercio y a la industria, una clase de expertos, salidos de los centros educativos de excelencia, ha ido desplazando a los antiguos empresarios. Son una clase de asalariados de lujo, cuya vinculación con la empresa se reduce al contrato que ambos firmaron.

Las sociedades anónimas se inventaron porque las necesidades de innovación tecnológica a que avocaba la competencia sobrepasaban con mucho las posibilidades de autofinanciación y era preciso atraer capital. Al principio, a los antiguos propietarios les resultó fácil mantener la mayor porción que les permitiera controlar los consejos de administración; pero, el proceso de incremento de presión financiera acabó por expulsarlos y fueron paulatinamente sustituidos por ejecutivos expertos. Los nuevos líderes son asalariados con valores y prácticas muy diferentes de las de los antiguos propietarios, pero también alejados de los intereses del resto del asalariado con el que no comparten prácticamente nada. Su éxito consiste en el crecimiento de los beneficios de la empresa a corto o muy corto plazo, lo que enriquecerá su currículo para justificar nuevas remuneraciones que fijan ellos mismos (bonus millonarios o blindajes en sus contratos), o para saltar a otra posición mejor, en la empresa o fuera de ella. Las perspectivas a medio o largo plazo le traen sin cuidado; desprecian cualquier obligación social de la empresa que lastre mínimamente su crecimiento o sus resultados en el mercado de valores; ignoran cualquier admonición que reclame garantías ecológicas o éticas, a menos que puedan ser utilizadas en sus campañas de promoción; hacen méritos expulsando al paro o a la jubilación anticipada a miles de sus subordinados, lo que explican como estrategias de incremento de la productividad e innovación; se imponen con autoridad incontestable sobre accionistas y usuarios; saltan de la empresa a la política y viceversa alegando no estar contaminados ideológicamente y exhibiendo sólo sus credenciales de expertos gestores, y desde la administración pública y los organismos internacionales legislan y aplican políticas que favorecen sus intereses de grupo; comparten una misma ideología elaborada y difundida desde foros internacionales (escuela de Viena,  que condenó el marxismo; escuela de Chicago, que renegó del keynesianismo), entroncada con el más rancio liberalismo, al que han consagrado como pensamiento único.

Son una nueva clase social con su capa alta y su caballería. La nueva aristocracia.

23 may. 2011

Elecciones

      Aquí no hay error posible. Los electores no se equivocan, el resultado de las urnas es siempre la voluntad de los que votaron y en esta ocasión no hay ambigüedades, no queda margen para interpretaciones más o menos rebuscadas. El triunfo del PP ha sido incontestable. Este país se ha pronunciado por la derecha en municipios y comunidades. Podemos ponernos a elucubrar indagando por qué ha sido así; yo prefiero la explicación más simple: hoy por hoy los españoles quieren soluciones de derechas para la crisis económica y no les importa si con ello se ponen en peligro ciertos avances (lo subrayo porque quizá para muchos de ellos no sean tales) sociales. Esto es más cierto si se tiene en cuenta que el gobierno del PSOE aplicaba una política económica de derechas sólo que con ciertas cautelas de salvaguarda social y que en aquellas comunidades donde menos molaba lo social (Madrid) han repetido mayorías absolutas. Tampoco parece haberles importado demasiado la corrupción, como demuestra el caso valenciano y que en Córdoba un imputado en la operación Malaya se le ocurriera buscar la absolución popular presentándose con candidatura propia y la haya obtenido situándose en segundo lugar por delante de IU y PSOE. Da la impresión de que además de preferir a la derecha los electores hayan querido dejar claro que daban un sopapo a la izquierda. Digo la izquierda, en general, porque la microscópica subida de IU no compensa y, además, allí donde gobernaba (Córdoba) también ha sido enviada a los infiernos.
Mis conciudadanos saben lo que quieren, han votado en conciencia y han obtenido lo que buscaban. Que yo me sienta como un alienígena sólo tiene que ver con mi incapacidad para ir por donde va la gente, como Vicente. A todos los que compartan la incompatibilidad con Vicente, que se consuelen, que no hay mal que por bien no venga, y en este post voy a tratar de encontrar lo positivo de esta situación. Doy por sentado, naturalmente, que la debacle presente se repetirá en la generales próximas con mínimas variantes. Esto tiene de bueno que reduce dos disgustos a uno sólo y nos ahorra dispendios en videntes.
En el campo de batalla cuando el enemigo machaca nuestras líneas y los valientes, minutos antes, se dan patadas en el culo en un intento de poner tierra de por medio, siempre se puede salvar la imagen, y la moral, alegando que se trata de una retirada táctica para reagrupar fuerzas. En este dramático caso que nos ocupa hoy podemos echar mano de la autocrítica, consabido valor de la izquierda, y argüir que la retirada, forzosa, permitirá y obligará a reflexionar sobre los errores cometidos y, a lo mejor, ya que con el tiempo y una caña hasta las verdes se alcanzan, se pone en marcha la imaginación y, de aquí a unos años, se propone algo brillante, coherente e irresistible a los volubles electores. Una larga marcha que sin duda resultará salutífera.
En segundo lugar se me ocurre un símil futbolístico. Los clubes en apuros recurren siempre al remedio de cambiar de entrenador, no es que el que llega sea mejor que el que se va, de hecho son siempre los mismos que andan dando vueltas de un club a otro y, a veces, incluso regresan a aquel del que partieron, es que se espera infunda nuevos ánimos y la moral de derrota se transmute en otra de victoria. Todo el mundo sabe que la confianza es clave también en la economía, y que esta crisis, que empezó con las fechorías de los financieros, se ha convertido en una crisis del consumo, que se ha contraído como una pasa; para que vuelva a hidratarse no hay como la confianza en que las cosas van a ir bien: de pronto la gente se pone a consumir y hasta los bancos a prestar. ¿Quién nos dice que un gobierno del PP, aunque lo haga igual de mal o peor que el anterior, no va a despertar esa confianza, no tanto por bueno como por nuevo? Hasta se me antoja que va a encontrar más colegueo en Europa, donde Zapatero no tenía mucha mano porque allí hace tiempo que perdieron la izquierda.
Lo dicho, al mal tiempo buena cara.

20 may. 2011

¡Democracia real ya!


La vida es difícil y complicada. Si estuviera uno sólo en este mundo sería aburrido, pero, a cambio, es probable que no conociéramos la indecisión y el arrepentimiento; sin embargo, así, limitando con un prójimo por cada punto cardinal, las cosas se complican hasta el infinito: cualquier decisión que tomemos nos puede venir, de vuelta, convertida en lo contrario de lo que proyectamos. Por ejemplo, la última vez que recuerdo que un país se hartó de sus políticos y del sistema de partidos fue la Italia preberlusconiana: empezaron a renegar de los partidos tradicionales, que se lo merecían, a desmontar cosas, que estaba bien pensado, y a reclamar algo nuevo, que tenían derecho, y, no sé si es que la receta era mala o qué, pero ahora tienen a Berlusconi, el tipo se les coló enseñando un carnet que por una cara decía apolítico y por la otra sin partido. El movimiento democracia real ya, posee toda mi comprensión, simpatía y solidaridad pero me va a tener todo el día con el pescuezo estirado oteando por Carretas, Alcalá o Tetuán por si descubro la geta engominada de Don Silvio.

Cuenta una conocida anécdota que Franco aconsejaba a uno de sus ministros: «Haga Vd. lo que yo, no se meta en política». No es que el dictador fuera tonto o ignorante, que también, es que la derecha no considera política a lo que ella hace, porque entiende que es simplemente lo que hay que hacer. De ahí que cuando alguien la niega (la política) nos recorra un escalofrío por el espinazo. Por otra parte, la democracia moderna ha funcionado desde su inicio usando a los partidos de intermediarios: han sido más difusos, como en sus comienzos, poco vertebrados, como en USA, o más rígidos y disciplinados, como en Europa, donde adoptaron el modelo de la socialdemocracia alemana, pero siempre existieron. Sin ellos caben dos opciones: sustituirlos por un líder carismático que interpreta la voluntad popular (fascismos), con lo que se sale de la democracia; o el régimen asambleario, que se dio en contados momentos históricos: la democracia ateniense (S.V a. de C) con un número restringido de ciudadanos, no más del 20% de la población (ni mujeres, ni esclavos, ni inmigrantes), que desembocó en un fracaso; la Comuna de París (marzo/mayo 1871) que concluyó en un baño de sangre, perpetrado por la derecha represora, y el hundimiento de las estructuras de izquierdas (I Internacional etc.); y el régimen de los soviet (asambleas ultrademocráticas de obreros, campesinos, y soldados) en la Rusia de 1917/18, que desembocó en la dictadura de un único partido.

No hay democracia posible sin partidos, lo que no quiere decir que debamos conformarnos con los que hay y, además, tal y como son. La democracia no es un sistema acabado, sino en evolución, según una relación dialéctica con la sociedad y con sus propias instituciones, una de las cuales son los partidos, que tampoco alcanzarán nunca un perfil definitivamente acabado. Hace poco terminó en el Congreso, de manera decepcionante, la discusión sobre la reforma de la ley electoral, que data de la transición(*). Los partidos actuales son, en buena medida, un producto de esa ley, y, naturalmente, ellos tratan de blindarla. Sin embargo, el asunto ha pasado desapercibido, nadie ha presionado ni se ha movilizado, si se exceptúan algunos partidos minoritarios a los que nadie ha hecho caso. Apuesto a que la mayoría de los que acampan estos días en algunas plazas ni siquiera conocen el suceso.

Quizá haya dado la impresión de que no simpatizo con el movimiento. No es así, me parece extraordinariamente esperanzador y suscribo lo que dice el presunto manifiesto que publicó ayer la prensa, aunque dudo que represente a todas la sensibilidades que se están manifestando porque hoy han surgido muchas más propuestas, no todas coherentes con él; pero, no  renunciaré a decir lo que pienso respecto a todos los aspectos de este asunto, al fin y al cabo ya no aspiro a sacarme el carnet de progre, ni el de facha, ni el de moderno. Tengo el de jubilata.

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(*) Hace ahora un año publiqué ¿Quién teme a la reforma electoral? sobre este controvertido tema cuando aún no había terminado la discusión en el Parlamento.




16 may. 2011

Palabras como armas

Ahora llamamos mercados a lo que siempre conocimos como capitalismo o capital. Hemos caído en la trampa todos, incluso los que vocean a los incautos para que no pisen sin mirar, por si los cepos. Mercado es una palabra técnica, política o ideológicamente aséptica; nadie, en su sano juicio y mínimamente informado, se puede situar frente a él, sería algo así como rechazar la gravedad. Capitalismo, en cambio, denota ideología; es un vocablo que delata con su simple enunciado la posibilidad de una alternativa. ¡Qué peligro el del lenguaje! Aquí nos tienes, a los presuntos rojeras, los denostados progres, aprendiendo, asimilando y usando la lengua del enemigo. Luego, cuando uno se pone a elucubrar, a poner argumentos en el oído o ante la vista de nuestros interlocutores, empezamos a hacernos un lío con términos que han cambiado de significado, conceptos para los que no encontramos la palabra que los vista con precisión porque las que usamos tiempo atrás fueron desechadas como ropa pasada de moda, y acabamos por confundir el continente y el contenido, la forma y la sustancia.

El médico debe separar los síntomas de la enfermedad, pero cuando se pone a tratarla combate también a los primeros, a veces tiene que conformarse sólo con eso. Las, o los, feministas saben muy bien que por cambiar el género de algunas palabras no se consigue la igualdad, pero obligarse a modificarlas transforma actitudes y puntos de vista, prepara las mentes para asumir otros cambios más profundos y necesarios. Las palabras hacen a veces de caballo de Troya obligándonos, al hacerlas nuestras, a derribar estructuras que impedían su paso y por donde se colarán sin problemas los invasores. La expresión los mercados es un caballo de Troya del liberalismo al uso.

La división del trabajo genera el mercado. En una sociedad tan evolucionada y compleja como la nuestra el mercado es inevitable y necesario, pero las formas que ha adoptado a lo largo de la historia son muchas, y, sin duda, su evolución no ha terminado. Una de ellas es el mercado liberal (más abstracción que realidad), que tiende a imponerse como regulador universal de la economía y, por extensión, de la vida social, para lo que precisa de toda la libertad. Éste es el mercado capitalista liberal, el que se nos muestra como mercado por antonomasia, como el mercado.

Se trata de una trampa semántica: a costa de hablar de los mercados, en lugar de los mercados capitalistas o el capitalismo, se nos antoja la situación ajena a cualquier modelo ideológico y acabamos por aceptarla como ineludible. El primer paso lo hemos dado ya al convertirse la expresión en algo de uso corriente entre los que hablamos y escribimos sobre la cuestión, sin distinción ideológica. Mea culpa.

14 may. 2011

Cerebros y elecciones

Una mentira repetida mil veces se transforma en verdad. Esta afirmación que forma parte del prontuario oculto de la publicidad, salió de la mente de un nazi en la época negra en que Hitler campeaba en Europa. Constituye un mandamiento básico para quien se quiera dedicar al prometedor oficio de lavar cerebros, esa brumosa tarea por la que se limpia la mente de un sujeto de cualquier idea propia, aquellas que se obtienen trabajosamente con el uso de la razón y el sentido crítico, y se las sustituye por eslóganes y consignas, sólo apariencia de pensamiento. Las iglesias han utilizado desde siempre esa técnica, aplicada ventajosamente a sus víctimas en la más tierna infancia con la complicidad de los tutores cuyos cerebros fueron, a su tiempo, previamente lixiviados. No es nada nuevo ni excepcional, de hecho la educación estándar ha ido depositando en nuestra mente capas de conocimiento acrítico, adheridas como la cal en los circuitos hidráulicos, que han creado costras entorpecedoras de un pensar limpio por la vía de lo razonable.

Los orientales, siempre más refinados, han venido utilizado técnicas exquisitas: un mantra rítmicamente repetido hasta la saciedad y levemente musicalizado puede arrancar, como con escoplo, los grumos de pensamiento útil, lijando y pulimentando, de modo que el cerebro quede bruñido y vacío, listo para recibir cualquier idiotez, que anidará con éxito indudable. Recuerda aquellas purgas que las abuelas administraban a los niños para limpiar el aparato digestivo, pero con fines más turbios, aunque enmascarados de trascendencia. Mucho antes de ser conscientes de los beneficios de la higiene corporal ya practicábamos en todas las culturas estos lavados mentales, con ayuda de la química o de la física, en Oriente u Occidente, pero siempre por el miedo que inspira la inteligencia libre. A estas alturas de civilización y descerebración la tarea más ardua para cualquier pensante es determinar que partes de sus elucubraciones son el destilado de disolventes y agregados, o de un meditar genuino.

Los partidos políticos contratan los servicios de expertos que han cursado duros másteres en estas técnicas; los menos pudientes, los que no tienen mano con la banca, se contentan con el tradicional “hágalo Vd. mismo”. En campaña electoral los resultados en uno y otro caso, no se sabe en cual más, son demoledores. No es que estos diligentes neurolavanderos se limiten a las fechas previas a los comicios para poner en marcha el mecanismo, pero es entonces cuando se acelera e intensifica hasta alcanzar el paroxismo. En la publicidad mercantil existen reglas, pero aquí, como se dice de la guerra y del amor, todo está permitido. Nada de horarios protegidos para la infancia, ningún respeto por colectivos sensibles, vía libre para la publicidad engañosa, etc. Los únicos protegidos en este caso son los que publicitan: espacios gratuitos, tribunales que velan por sus derechos/privilegios…

Sería de todos modos difícil que este asalto masivo en fechas tan señaladas, con el que culmina el cotidiano martilleo, tuviera éxito si no hubiera aliados, compañeros de viaje, que prepararan el terreno. Hablaba al principio de instituciones cuya labor consiste precisamente en promocionar sucedáneos del pensamiento racional. Pero hoy, quienes se llevan la palma en la tarea de dejar las neuronas para el tendedero, son, por un lado, el mundo del deporte, que entre nosotros quiere decir fútbol, y, por otro, el del cotilleo mediático. Ambos se encargan de crear en sus victimas la sensación de estar en el mundo, de tener ilusiones y esperanzas, en suma, de estar vivos, a la vez que lo liberan de todo contenido intelectual útil. Sobre ese erial, creado por tantos voluntarios, donde no crece ya ni una brizna de racionalidad, puede actuar la propaganda política sin miramientos, sin preocuparse por la toxicidad del pasto que proporciona

Empapados de esa ducha ácida, pulidos por tales abrasivos ¿quién va a distinguir la palabrería del argumento, la oferta populista del proyecto programático, lo retrógrado de lo progresista, el insulto de la crítica? Y así nos va.

9 may. 2011

Indignaos

«Hace aproximadamente tres décadas Ronald Reagan y Margaret Thatcher, fieles servidores de los intereses del gran capital, decidieron imponer una serie de políticas económicas basadas en la reducción del gasto público, la privatización de empresas y servicios públicos, la total desregulación de los movimientos de capital y la reducción de impuestos a las grandes fortunas y a las empresas. Todo ello ha terminado conformando este tiempo de canto al mercado y al dinero, de desprecio a la Naturaleza, de fomento del individualismo. Se ha colocado en el centro al mercado, como dios supremo y regulador de la vida. Es el tiempo en el que se ha abierto la brecha más grande entre ricos y pobres, y en el que se está poniendo en grave peligro al planeta, que se ve incapaz de soportar un proyecto perpetuo de explotación de sus recursos. Los habitantes del mundo nos enfrentamos a una situación nueva y trágica, en la que está en juego la supervivencia del propio planeta»
Hessel y Sampedro

He seleccionado este texto de Lourdes Lucía, autora de uno de los trabajos que se pueden leer en Reacciona , porque habla de la crisis económica situando su origen en decisiones políticas. Una participación estelar en el libro es la del veterano economista y humanista (no hay contradicción en los términos) José Luis Sampedro:

«La crisis financiera estalló por el abuso de los beneficios, pero el hecho de que los daños no los hayan sufrido tanto los causantes como sus víctimas (con pérdidas o con desempleo) es consecuencia de la estructura del sistema, cuyas reglas permitieron los atropellos y cuyas autoridades no los controlaron a tiempo. La raíz de los daños no radica en los préstamos mismos, sino en el poder dominante de los bancos, libres para poner condiciones al crédito. Más que un problema económico se trata de una desigualdad de poder, un hecho político que, si no se remedia, provocará crisis ulteriores

(El  libro es deudor, al menos en la actitud, del magnífico, aunque breve, ensayo del veteranísimo de la resistencia antinazi y redactor de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, Stéphane Hessel, titulado Indignaos. La edición castellana está prologada por José Luis Sampedro y Reacciona lo está por Hessel.)

Recobremos el discurso: si en el origen está la política, en la salida también ha de estar la política. Es necesario tomar la decisión de cambiar el modelo económico y esa decisión es política. Sin ella, con sólo las medidas económicas que tiene el sistema en su caja de herramientas quizá, con las lágrimas y el sudor de la mayoría, se logre, más tarde que pronto, recuperar una coyuntura menos desfavorable, pero no habremos conseguido sino una nueva tregua. Es cierto que sólo se pueden tomar las medidas que se están tomando, pero eso si no salimos del modelo ultraliberal. Por supuesto que existen alternativas, como muestran los autores del libro de donde proceden las citas, y demuestra la vida. Hay que abandonar la idea de que la economía es esto y nada más. Ni lo es, ni lo ha sido, ni lo será.

¿Qué hacer aquí y ahora? Los títulos de ambos trabajos marcan la pauta: indignaos y reaccionad. El gran peligro de la situación presente es que hemos sustituido la indignación por la resignación. La mayoría parece convencida de que no hay nada que hacer sino buscar mejores gestores y esos quizá estén en la derecha, según nos dicen ellos mismos. El gran éxito de la derecha no es tanto haber conseguido, mediante chantaje, que una izquierda timorata aplique su programa, sino que nos haya persuadido de que su discurso es realmente el único; haber convencido a la clase obrera de que es clase media, haciéndole probar, en los momentos de euforia económica, las mieles de la prosperidad. Nos ha desarmado mental y socialmente

Indignaos porque es necesario reaccionar.