30 dic. 2008

Afganistán, un cuento de ogros.

Tenemos ya asumido que no solo no nos marchamos de Afganistán, sino que incluso es probable que aumentemos nuestra presencia allí. Desde el Gobierno nos vienen preparando para el suceso como si se tratara de algo inevitable, mucho más desde que el triunfador de las elecciones USA fuera Obama. Es evidente que Zapatero no quiere que haya obstáculos para recuperar el buen rollo en las relaciones con la gran potencia; sin embargo no se nos dice esto, sino la consabida cantinela de que hay que combatir el terrorismo internacional y la inhumanidad del régimen talibán. Pamplinas, como muestro a continuación.
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A nadie importó nunca la situación de las mujeres en Afganistán –no importa en otros países musulmanes asiáticos, árabes o africanos, pero aliados– hasta que fracasaron las buenas relaciones, iniciadas por Reagan con los talibanes en 1983, cuando se enfrentaban a la URSS, y luego en el poder desde 1992. Para preparar a la opinión pública ante una posible intervención, se desató una campaña informativa, en marcha ya antes de los atentados del 11 S, que nos mostró crudamente los horrores del régimen islámico –los españoles deberíamos saber de esto porque igual se hizo con nosotros, sólo que con más falsedades, para preparar la guerra de Cuba en 1898*. Respecto al terrorismo, ya nadie habla de Ben Laden, no sabemos si está vivo o muerto; pero, si vive, la opinión generalizada es que se esconde en Pakistán, no en Afganistán. De hecho un despliegue militar de la OTAN, como el que existe, no parece justificado por la búsqueda, fallida ya, de ese personaje, o de no se sabe qué organizaciones terroristas.

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¿Cuáles son los auténticos intereses? Es evidente que la posición del país es sumamente estratégica, ya durante la expansión colonial conservó su independencia gracias a que sirvió de estado tapón entre los imperios británico y ruso, en expansión, y el turco en descomposición. Hoy tiene fronteras con China, gran potencia emergente, Pakistán, aliado de EE.UU., pero de gran inestabilidad, Irán, aspirante a gran potencia regional e islámica, y varias de las repúblicas centroasiáticas de la antigua URSS, con ingentes reservas de petróleo y gas, en las que Rusia intenta recuperar su influencia, China empieza a penetrar, la India aspira a una terminal de gasoducto y occidente –USA y un mare mágnum de empresas energéticas– cree que necesita controlar.

Las reservas de gas halladas en Turkmenistán son ingentes, las de petróleo en toda la zona insuperables y ahora se une el uranio de Kazastán y el oro de Kirguizistán. El problema es que, si se quiere evitar a Rusia, la única salida es Afganistán. Ya en el 83 hubo negociaciones con los talibanes para la construcción de un gasoducto, fracasadas. Después de la invasión, tras el 11 S., se ha recuperado el proyecto de la obra, que nacería en Turkmenistán atravesaría Afganistán y alcanzaría Pakistán donde se dividiría hacía la India y hacía un puerto del Oeste. La cuestión urge porque Rusia empieza a recuperar posiciones y presiona a sus antiguas repúblicas para que expulsen a USA –Tratado de Shanghai (China, Rusia, repúblicas centroasiáticas y Pakistán e India como observadores)–, la India ha alcanzado ya un acuerdo con Turkmenistán para suministro de gas y China ha construido un gasoducto propio para su abastecimiento.

¿Alguien duda que con la administración Obama Afganistán será objetivo fundamental? ¿No ha pedido ya más implicación de sus aliados? Seguramente el gobierno Zapatero tiene poco margen de maniobra si no quiere quedar descolgado de sus aliados naturales. Nadie le pide imposibles, sólo que nos consideren mayores de edad y nos cuenten la verdad en lugar de fantásticos cuentos de hadas y ogros.

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* El Magnate de la prensa W. R. Hearst lanzó una campaña informativa contra la actuación de España en la isla que ha pasado a la historia del periodismo como modelo de manipulación de la opinión pública, movida por intereses comerciales, pero que hizo posible la intervención militar de EE.UU.

26 dic. 2008

El Calendario Republicano

Completaré mi anterior entrada, que era una crítica al collage, que llamamos calendario gregoriano, con la descripción del intento más hermoso, poético y ajustado a la razón de secuenciar el tiempo astronómico de cuantos han existido: el calendario republicano.
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En 1793 la Convención Nacional (I República) encargó a Charles-Gilbert Romme, introductor del culto a la Razón y responsable del Comité de Instrucción Pública, la elaboración de un calendario que rompiera con los vínculos que el gregoriano mantenía con la Iglesia y estuviera basado en la razón. Para ello se contó con matemáticos como Lagrange –padre del Sistema Métrico Decimal, cuya implantación también se debe a la Convención– y Monge; poetas como d’Églantine, responsable de los hermosos nombres de sus elementos, pintores, etc. El resultado de los trabajos fue aprobado por la Convención en octubre de 1794.

Constaba de 12 meses de 30 días, más cinco de fiesta (seis los años bisiestos) que se agregaban a final del verano, que también lo era del año (días de la Virtud, del Saber, del Trabajo, de la Razón, de la Gratitud y de la Revolución). Cada mes constaba de tres décadas, periodos de 10 días (la base del sistema de numeración y del Sistema Métrico es el 10): Prímidi, Dúodi, Tridi, Quártidi, Quíntidi, etc., el décimo, Décadi, era de fiesta. Los nombres de los meses respondían a la naturaleza y las tareas agrícolas: Vendimiario, Frimario, Brumario, Nivoso, Pluvioso, Ventoso, Germinal, Floreal, Pradial, Mesidor, Termidor y Fructidor, que, como se ve, cambian los sufijos en función de la estación. El año comenzaba el 1 de Vendimiario (22 de octubre), equinoccio de otoño y día en que se proclamó la República, con lo que se situaba en un acontecimiento astronómico relevante y se adaptaba mejor el año a las tareas agrícolas, docentes y otros ciclos de la vida corriente; si hacemos abstracción de las fiestas de fin de año tenemos mayor sensación de empezar un ciclo al final del verano, que al final de otoño.

El sistema de corrección de los bisiestos, que fue la gran innovación de la reforma gregoriana, es más preciso y simple ya que sólo acumula un día de error cada 40000 años en lugar de los 3226 del gregoriano, a base de suprimir un bisiesto cada 128 años e introducir el 0 en el cómputo de los años.

Más preciso, más racional, más funcional, sin interferencias de ninguna religión y hasta con evidente toque poético, el calendario republicano se muestra como una de las grandes reformas de la Convención: Sistema Métrico Decimal, que superaba el caos imperante con la enorme variedad de unidades y sistemas distintos en cada comarca; laicidad del Estado y supresión de los cultos públicos, que liberaban a la sociedad de la tutela de cualquier iglesia; nueva división territorial en Departamentos que introducía la racionalidad y la funcionalidad rompiendo el mosaico caótico heredado del feudalismo –en España la división provincial es su heredera y tan acertada que ha perdurado hasta nuestros días.

El nuevo calendario funcionó bien en Francia, pero surgieron dificultades al mantenerse el gregoriano en el resto de Europa. Ya bajo Napoleón un senadoconsulto de 22 de fructidor del año XIII (9 de septiembre de 1805) decretó que fuese abandonado en el 10 de nivoso del XIV (31 de diciembre de 1805) y sustituido por el gregoriano el 1 de enero de 1806.

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IMAGEN: La Marianne de Jean-Marie Poisson

21 dic. 2008

¿Sabe Dios matemáticas?

La medida del tiempo es cuestión fundamental. Ricos o pobres, el tiempo es el mayor tesoro del que disponemos o carecemos unos y otros, con independencia de nuestro poder, inteligencia o riqueza. ¿Cómo no medirlo, secuenciarlo, contarlo…? Por otra parte, las actividades humanas (la caza, la agricultura, la pesca, la ganadería, la navegación…) necesitan del conocimiento de las regularidades astronómicas que producen el día y la noche, las estaciones, las mareas, etc. El resultado es el calendario, o mejor dicho, los calendarios. La naturaleza nos proporciona tres ciclos principales: la rotación de la tierra sobre sí misma, que define la duración de los días; la rotación de la Luna alrededor de la Tierra, que define los días lunares; la rotación de la Tierra alrededor del Sol, que define el año.
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El primer problema surge del hecho de que el año solar –giro de la Tierra alrededor del Sol– tiene una duración de de 365 días, 5 h, 48 m, 45,96768…s. Imposible obtener fracciones regulares de semejante cifra. Los ciclos lunares –el calendario judío y el musulmán se basan en él– tienen además el problema de que por ser más corto el año lunar (354 días) las estaciones no ocupan en él el mismo lugar de un año para otro. Los meses son una fracción muy utilizada, bien porque su duración es más o menos un ciclo lunar, bien porque los sistemas sexagesimales y duodecimales se utilizaron ya en Babilonia para medir el tiempo y el círculo; el mes tiene en torno a 30 días en todos los calendarios. La semana es más problemática; está muy arraigada en las tres grandes religiones monoteístas, pero no parece tener más fundamento que el relato del Génesis y el valor mágico que se ha atribuido al siete tantas veces. Los romanos no la utilizaron hasta la difusión del cristianismo.
La infancia de nuestro calendario comienza con el de la antigua Roma –que a su vez derivaba del griego (lunisolar) y éste del babilonio (lunar)–, reformado por Numa Pompilio (S. VII a.C.) que lo convirtió en un calendario solar con doce meses lunares. Era tan imperfecto y los desajustes que produjo tan notorios que en el 46 a C., Julio Cesar –Sosígenes en realidad– lo reformó de nuevo introduciendo los bisiestos y agregando ese año, llamado de la confusión, noventa días adicionales para corregir el desfase.

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Se había ganado precisión, pero no la perfección. En la época del papa Gregorio XIII (S: XVI) se había adelantado diez días. Gregorio encargó a Clavius (astrónomo jesuita) una nueva reforma. Se suprimieron los diez días sobrantes –del 5 de octubre se pasó al 14, lo que produjo altercados porque el populacho creyó que le arrebataban días de vida– y se ajustó el sistema de los bisiestos para lograr una mayor precisión. La Iglesia Ortodoxa no aceptó la reforma –la Revolución de Octubre se produjo en noviembre–, hasta que Lenin deshiciera el entuerto en Rusia. Éste es nuestro actual calendario, llamado gregoriano, impreciso y resultado de un batiburrillo de elementos fundidos a lo largo de siglos: comienza un día (1 de enero) sin la mínima relevancia astronómica, los meses son irregulares, las semanas no encajan en los meses, los días de la semana y del mes varían de un año a otro, y eso por no hablar de las fiestas (Pascua de Resurrección, por ejemplo) que bailan dentro del año porque proceden del calendario lunisolar judío.

De hecho se trata de un asunto complejo, el calendario es siempre un desafío a la inteligencia humana; por eso se ha dicho al respecto, con razón, que Dios, si existe, o tiene sentido del humor, o no sabe matemáticas.
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ILUSTRACIONES: 1. Movimiento aparente del Sol; 2. el papa Gregorio.

18 dic. 2008

Bendito Euro

Diez años después de que las monedas nacionales europeas se convirtieran en fracciones del Euro y éste en la moneda única, se ve abocado a la prueba de fuego sobre su viabilidad: la recesión. En el momento de su implantación, Milton Friedman, premio Nobel de economía y uno de los padres del neoliberalismo hoy en ruinas, respondió con cierta retranca a preguntas de los periodistas sobre el futuro del Euro, asegurando que se vería cuando Europa se enfrentara a una recesión. Ya estamos en ella, precisamente por la debacle causada en América por los que siguieron sus tesis ultraliberales, y el Euro se ha convertido en la moneda de referencia porque su salud, al menos de momento, no ha sido afectada en modo alguno.


La peseta sufrió en los últimos años de su historia el ataque de la especulación, muy especialmente en los años noventa, lo que colocó a la moneda y a la economía española en general en situaciones muy difíciles. Los periodos de crisis fueron los más propicios para tales acciones (1973, 1992). La debilidad de nuestra anterior divisa en momentos difíciles derivaba de la economía que la sustentaba, pero como se está viendo en el momento actual ni las grandes potencias escapan a estas situaciones de crisis, conservando la fortaleza de sus monedas.

La FED (Reserva federal), el equivalente americano al BCE en el caso de Europa o al Banco de España en el caso de nuestro país, se ha quedado sin margen de maniobra al rebajar el precio del dinero al 0%, ya sólo le queda el recurso a poner en marcha la máquina de fabricar billetes, tosco procedimiento de reactivación, como es sabido, de nefastas consecuencias; es evidente que la moneda americana no está en su mejor momento. En el Reino Unido las dificultades económicas han afectado gravemente a la Libra, y la situación de ésta empieza a ser un lastre para la recuperación. Otros países de menor entidad, no protegidos por el euro, pasan dificultades enormes: Islandia, técnicamente en bancarrota, ha visto hundirse su moneda a la vez que su envidiable bienestar económico. Lituania, Hungría, hasta Dinamarca, tienen problemas que se están atajando incluso con la intervención en última estancia del FMI.
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En las gráficas anteriores se puede ver la evolución de la relación del euro con la libra y el dólar, en ambos casos es apreciable el fortalecimiento de la moneda europea o, lo que es lo mismo el debilitamiento relativo del dólar y la libra.

No sabemos que nos depará el futuro inmediato a este respecto, pero podemos intuir de lo que hemos escapado por haber logrado la integración en la moneda europea en el momento en que lo hicimos. Los españoles, y todos los europeos, lo reconozcan o no, tenemos motivos para felicitarnos por la construcción de la Unión Europea.

13 dic. 2008

Navidad y año nuevo

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Necesitamos de los ritos como del comer. Las sociedades humanas se mantienen por la necesidad que siente el hombre, desde sus orígenes, de actuar en colaboración con otros de su especie para su mantenimiento y seguridad. Tan importante es esta necesidad que no basta con sentirla, es necesario reforzar los lazos de cooperación, blindarlos, elevarlos a la categoría de lo trascendente; de aquí nace el rito. Todo ritual tiene como función el mantenimiento o reforzamiento de determinadas relaciones sociales. Las fiestas, de cualquier tipo que sean, no son sólo una válvula que libere el estrés laboral, permitan la expresión de nuestra alegría o de sentimientos religiosos (que también), son ante todo un ritual encaminado a reforzar nuestro sentimiento de grupo, la necesidad de sentirnos integrados en un colectivo.

En esto no somos diferentes a muchas especies animales que forman grupos familiares o asociaciones más amplias; pero sí en el hecho de poder reflexionar sobre la cuestión. La capacidad de reflexión nos ha permitido a lo largo de nuestra historia como especie relativizar y controlar impulsos instintivos, lo que nos ha ido diferenciando de los demás seres del reino animal.

Pero la historia no se detiene y afecta a las relaciones sociales en su conjunto, así que los ritos vinculados a ellas cambian, desaparecen o adquieren con el tiempo nuevos significados. Las fiestas de Navidad no pueden ser una excepción. En sus orígenes se trataba de los ritos vinculados al solsticio de invierno –el Sol alcanza su punto más bajo en el horizonte y empieza a elevarse de nuevo–; los romanos lo llamaban día del Sol victorioso (dia solis invictus) y celebraban en él el nacimiento de Júpiter, identificado con el astro rey. Era una fiesta de renovación de un ciclo (muerte-resurrección), que tanta fuerza tienen en las sociedades agrarias.
La Iglesia (tal y como hizo con muchos ritos paganos) cristianizó la fiesta sustituyendo a Júpiter por Cristo. Ahora bien, el cristianismo tenía su fiesta de renovación cíclica en la Pascua (muerte y resurrección de Cristo), así que la Navidad perdió este sentido y fue paulatinamente decantándose por la exaltación de los vínculos familiares, especialmente desde que el estilo de vida burgués y su modelo de familia fue imponiéndose. Como la familia ha ido difuminando sus perfiles en los últimos tiempos, la fiesta familiar por excelencia, que es la Navidad, empieza a parecernos ñoña y se transforma a toda velocidad. Hoy, en consonancia con la sociedad de consumo en la que nos vemos envueltos, parece, más que nada, una exaltación del mercado; es un ritual de consumo desaforado, utilizando los elementos que siempre tuvo, la comida familiar y los regalos, como instrumento de su nueva finalidad.

El complemento de la Navidad son las fiestas de año nuevo. Por una de tantas de las incongruencias de nuestro calendario el año empieza días después del solsticio, el primero de enero, sin ninguna justificación astronómica. En una sociedad cada vez más laica la fiesta de renovación se ha trasladado a ese día (la Pascua tiene hoy un carácter estrictamente religioso y, por tanto, limitado). Con la proximidad del nuevo año nos cargamos de nuevos propósitos, hacemos balance del pasado y propósito de la enmienda para un futuro que siempre deseamos e imaginamos mejor.

Como yo formo parte del grupo, como cualquiera, y no quiero ser un excluido, participo en el rito y os deseo todo cúmulo de felicidades.

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Tomé prestada la imagen de alguien de la Red

10 dic. 2008

Jóvenes airados

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Es un clásico que los viejos nos quejemos de la juventud: ¿a dónde vamos a parar? Pero no es un tópico menor que se la justifique por la falta de oportunidades, por la competitividad en el mercado de trabajo, por el coste de la vivienda…

Hace unos días escribía Almudena Grandes en El País (Flores de luna) a propósito de un documental, que no conozco, cómo el sueño de los emigrantes que se instalaban en el Pozo del Tío Raimundo, allá por los 50 y 60, que iban a clase después del trabajo para aprender a leer a los 40 años, se ha materializado en unos nietos que abandonan la escuela 7 de cada 10 antes de terminar el ciclo obligatorio, que desprecian a los inmigrantes de hoy y están de acuerdo con la pena de muerte.

En varias ciudades griegas se ha desatado una ola de violencia y destrucción, que asemeja situaciones de guerra, protagonizadas por jóvenes iracundos, al parecer movidos por el deseo de vengar la muerte de un chico de quince años a manos de la policía. La magnitud de las acciones reduce a puro sainete aquel afán destructor de nuestro peculiar Atila de los 80, el Cojo Mantecas, con su habilísima minucia artesanal en la demolición del mobiliario urbano. Aun teniendo en cuenta el protagonismo de las revueltas juveniles en la conquista de la democracia en Grecia, que las ha mitificado de algún modo, cuesta comprender la persistencia en la violencia extrema de estos vándalos post-adolescentes. Su ira parece venir de lejos y haber anidado profundamente en sus tiernos corazones. Sí, son jóvenes airados; como los que abundan en nuestro país o en otros entornos de nuevos ricos.

Jóvenes airados ¿por qué? ¿No es ésta la generación a la que nunca faltó el pan en su mesa? ¿No son ellos los que, por primera vez en la historia, tuvieron asiento en la escuela, todos sin discriminación? ¿No han sido tratados por una sanidad pública que universalizó sus servicios? ¿No han disfrutado de una libertad, en todos los sentidos, que las generaciones anteriores ni siquiera pudieron soñar? ¿No han tenido una capacidad de compra que para sí hubieran querido muchos padres de familia en tiempos de sus abuelos?

Veamos, en otro tiempo, lo que más se parecía a los jóvenes de hoy eran los estudiantes, pero los estudiantes eran una minoría en aquella sociedad y, además, pertenecían a las clases medias y altas y, por tanto, con un porvenir casi asegurado. El resto simplemente no tenía juventud, pasaban de la infancia, corta, por cierto, a las responsabilidades de la edad adulta. En los países ricos de hoy se ha universalizado un tramo de edad, cada vez más largo, de formación, sin cargas laborales; es decir, se ha generalizado la juventud, que ha dejado de ser un privilegio. Son cambios sociales que tardan en ser digeridos y que, de momento, pueden producir infelicidad, porque el paso a la adultez genera miedos, incertidumbres y situaciones de inseguridad. Estos jóvenes de que hablamos son más infelices que los de generaciones anteriores, aunque su grado de bienestar social sea infinitamente mayor. Su infelicidad genera la actitud violenta, pero su situación objetiva provoca la incomprensión de sus mayores.

Quizás estemos cambiando cosas demasiado deprisa.

7 dic. 2008

Treinta años después

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El primer artículo de la constitución republicana de 1931 comenzaba diciendo: España es una República de trabajadores de toda clase. Como no podía ser de otro modo tal afirmación fue objeto de mofa en multitud de ocasiones; sin embargo, es un buen indicio de los principios que la animaban. Poco más adelante, en el artículo sexto, se dice que España renuncia a la guerra como instrumento de la política nacional; pero la República agonizó ocho años después al concluir un conflicto bélico devastador y fratricida, sin que los gobiernos republicanos se hubieran declarado nunca oficialmente en guerra, quizás por no entrar en contradicción con el principio constitucional. La Constitución del 78, de la que celebramos el trigésimo aniversario, abunda en formulaciones semejantes, como aquel artículo (47) que establece, como uno de los principios rectores de la política social y económica, el derecho a disfrutar de una vivienda digna y adecuada y la obligación de los poderes públicos de tomar las medidas necesarias para impedir la especulación del suelo; lo que conviene recordar ahora porque hemos pasado más de una década de feroz especulación sobre la vivienda sin que hayamos podido detectar un esfuerzo proporcionado por parte de los sucesivos gobiernos para impedirlo.

La constitución americana (EE.UU.), la primera constitución democrática y la más vieja del Mundo, porque aún está vigente, tiene sólo siete artículos, cinco páginas en su texto manuscrito original, contando las firmas de los constituyentes –la española 169 artículos, más las disposiciones adicionales y transitorias, 160 páginas en la edición impresa que conservo–. El Reino Unido cuenta con el sistema parlamentario más antiguo de occidente, lo que equivale a decir del Mundo, que fue evolucionando hacia una democracia, incuestionable ya hace más de un siglo, sin haber abatido a la monarquía ni redactado nunca un texto constitucional. Es claro que la nuestra es una cultura constitucional, y jurídica, muy diferente, que se emparenta con las del resto del continente: constituciones prolijas que se suceden con reiteración. Detallar hasta los principios rectores de las políticas de los gobiernos tiene como consecuencia que queden obsoletas o que sean inadmisibles para determinadas opciones ideológicas. Si nuestra constitución actual ha sobrevivido a la ola de liberalismo extremo que hemos sufrido hasta hoy mismo, es, simplemente, porque se la ha ignorado. Los principios en los que se basa no cuadran con esa ideología, como se deduce con claridad meridiana ya del Artículo 1 en el Título Preliminar[i].

El famoso consenso no fue tan amplio como se dice, sólo incluyó a la derecha reformista, el centro izquierda y parte del nacionalismo. Si tenemos además en cuenta que la derecha española se identificaba más con las políticas sociales –aunque sólo fuera por el afán intervencionista y el paternalismo social de la dictadura– que con el liberalismo, es explicable el escoramiento del texto hacia lo social. Pero tan pronto la realidad –Unión Europea y política hegemónica en el Mundo– planteó dificultades nadie dudó en torcer el brazo a la Constitución. Al fin y al cabo existía el precedente del proceso autonómico: el famoso Título VIII, tan polémico que produjo la deserción de la derecha, fue sistemáticamente forzado por la demagogia a la que sucumbieron prácticamente todos los partidos. En realidad la duración, tan celebrada, del texto constitucional tiene más que ver con su ninguneo que con sus virtudes presuntamente derivadas del consenso.

Treinta años después mi opción no es la sustitución, ni siquiera la reforma (aunque abomino del artículo en que cita a la Iglesia Católica), sino simple y llanamente su cumplimiento, que no es poco.


[i] España se constituye en un Estado social y democrático de Derecho…

3 dic. 2008

El eclipse

La casualidad tiene a veces golpes de genialidad. Hoy, después de que ayer publicara un post sobre los mayas (Escritura maya y piromanía eclesiástica), he hallado en un blog que visito con frecuencia, Descontexto, un relato del escritor guatemalteco Augusto Monterroso titulado El Eclipse. Lo reproduzco como epílogo impensado e inmerecido, pero, desde luego, oportunísimo de mi entrada de ayer.
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“Cuando fray Bartolomé Arrazola se sintió perdido aceptó que ya nada podría salvarlo. La selva poderosa de Guatemala lo había apresado, implacable y definitiva. Ante su ignorancia topográfica se sentó con tranquilidad a esperar la muerte. Quiso morir allí, sin ninguna esperanza, aislado, con el pensamiento fijo en la España distante, particularmente en el convento de los Abrojos, donde Carlos Quinto condescendiera una vez a bajar de su eminencia para decirle que confiaba en el celo religioso de su labor redentora.
Al despertar se encontró rodeado por un grupo de indígenas de rostro impasible que se disponían a sacrificarlo ante un altar, un altar que a Bartolomé le pareció como el lecho en que descansaría, al fin, de sus temores, de su destino, de sí mismo.


Tres años en el país le habían conferido un mediano dominio de las lenguas nativas. Intentó algo. Dijo algunas palabras que fueron comprendidas.

Entonces floreció en él una idea que tuvo por digna de su talento y de su cultura universal y de su arduo conocimiento de Aristóteles. Recordó que para ese día se esperaba un eclipse total de sol. Y dispuso, en lo más íntimo, valerse de aquel conocimiento para engañar a sus opresores y salvar la vida.

–Si me matáis –les dijo– puedo hacer que el sol se oscurezca en su altura.

Los indígenas lo miraron fijamente y Bartolomé sorprendió la incredulidad en sus ojos. Vio que se produjo un pequeño consejo, y esperó confiado, no sin cierto desdén.

Dos horas después el corazón de fray Bartolomé Arrazola chorreaba su sangre vehemente sobre la piedra de los sacrificios (brillante bajo la opaca luz de un sol eclipsado), mientras uno de los indígenas recitaba sin ninguna inflexión de voz, sin prisa, una por una, las infinitas fechas en que se producirían eclipses solares y lunares, que los astrónomos de la comunidad maya habían previsto y anotado en sus códices sin la valiosa ayuda de Aristóteles.”
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ILUSTRACIÓN: sacerdote con ornamentos litúrgicos del códice de Dresde.

2 dic. 2008

Escritura maya y piromanía eclesiástica

"Usaban también esta gente de ciertos caracteres o letras con las cuales escribían en sus libros sus cosas antiguas y sus ciencias, y con ellas y figuras y algunas señales en las figuras, entendían sus cosas y las daban a entender y las enseñaban. Hallámosles gran número de libros de estas sus letras, y porque no tenían cosa en que no hubiese superstición y falsedades del Demonio, se los quemamos todos, lo cual sentían a maravilla y les daba pena."
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Con estas escuetas, crueles y elocuentes palabras narra Fray Diego de Landa, obispo de Yucatán, uno de los actos más atroces en el programa de aculturación que aplicó sin vacilar la Iglesia en la conquista y colonización de América, el auto de fe de 1562 en Maní, en el que él mismo ordenó la quema y destrucción de gran cantidad de códices mayas que contenían una buena parte de los logros culturales de una de las más refinadas civilizaciones de América. El celo incinerador, tan querido por nuestra Santa Madre Iglesia, fue continuado por otros clérigos hasta mediado el siglo siguiente, en el que tuvo lugar el último acto en Guatemala. No es que entonces se decidiera rectificar, es que ya no quedaba qué quemar. La destrucción fue tan completa -la eficiencia de la Iglesia en tales tareas es inigualable- que sólo se salvaron de la hoguera tres códices que hoy se encuentran en Madrid, París y Dresde. En época reciente ha aparecido un cuartodenominado Grolier que presenta dudas de autenticidad.

Los códices son verdaderos libros (largas hojas que se plegaban como un acordeón), fabricados en un papel que se obtenía de las cortezas de algunos ficus y que tenía mayor consistencia que el papiro. Contenían imágenes y texto en una escritura que hasta hace poco se consideraba ideográfica, como los jeroglíficos egipcios; sin embargo muy recientemente se ha descubierto que era un sistema mixto, básicamente silábico, lo que está permitiendo descifrar los códices existentes y los textos grabados en piedra, madera o en cerámica, ya que aún sobreviven algunas de las lenguas en que fueron escritos.

Lo curioso es que el propio Fray Diego de Landa, ya en su madurez, quizás impulsado por la mala conciencia de lo que había hecho, se dedicó al estudio de la cultura maya y hasta compuso una tabla con la equivalencia en nuestro alfabeto de los glifos (signos) mayas. Su obra, Relación de las cosas de Yucatán, se perdió, hasta que en el XIX se encontrara una copia en la Real Academia de Bellas Artes de Madrid. De cualquier forma, su aportación cayó en el olvido pues entonces se tenía la idea de que la escritura era de carácter ideográfico, se pensó que el obispo había errado. Hace tan sólo un par de décadas los esfuerzos de los investigadores empezaron a dar fruto y curiosamente Diego de Landa y su trabajo se convirtieron en una especie de Champolión y de piedra de Rosetta, aunque en tono menor.

El episodio muestra en una misma persona las dos caras que la Iglesia ha mostrado a lo largo de la historia: el lado oscuro del fanatismo y la intolerancia que genera crimen y destrucción; y el lado luminoso, como creadora y transmisora de cultura. El problema es que la segunda no compensa a la primera.

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ILUSTRACIÓN: Un tzib (escriba maya) en la tarea de escribir en un códice.

Una página con gran información sobre la escritura maya es la de FAMSI (Fundación para el Avance de los Estudios Mesoamericanos. Inc)

1 dic. 2008

Guillermo de Okham

· Las épocas de crisis –en el sentido de mutación de los procesos históricos– son fértiles en personalidades excepcionales o, al menos, los que poseen rasgos de genialidad, tienen mayores oportunidades de que brille su genio. Es el caso del S.XIII-XIV y Guillermo de Ockham, uno de los sabios responsables del advenimiento de la modernidad.

Umberto Eco lo retrata en el protagonista de El nombre de la Rosa, Guillermo de Baskerville, con una multitud de sus rasgos biográficos e intelectuales, presentándolo como un fraile franciscano que acude a un monasterio de los Alpes, llamado por el Papa para discutir una acusación de herejía que recaía sobre un sector de franciscanos. Envuelto en una sucesión de crímenes y en el debate teológico , el protagonista actúa como lo hiciera Ockham, haciendo gala de un método científico y una concepción del mundo modernos, pero chocantes para sus contemporáneos.

En efecto, el movimiento franciscano trajo una auténtica revolución a la Iglesia y, por tanto, a la intelectualidad medieval. Francisco de Asís y sus seguidores pusieron de nuevo en valor a la naturaleza, en contra del habitual desprecio que desde hacía siglos sufría por parte del pensamiento religioso oficial, que la asimilaba a lo demoniaco y al pecado –los frailes, al contrario que los monjes, buscaban vivir en el mundo, no apartarse de él–. Podemos considerar esta aproximación a la realidad como una metáfora de la formación del pensamiento de Ockham. La especulación metafísica que desde Platón y Aristóteles hasta Sto. Tomás se centra en los universales es rechazada por el fraile franciscano que los reduce a una cuestión de lenguaje y considera que lo único real es lo individual y concreto, y de su observación y análisis nacen la filosofía y la ciencia, que se liberan así de la metafísica y de la teología, negadas por Guillermo. De ello se desprende que el intento tomista de casar fe y razón –vías para demostrar la existencia de Dios mediante la razón– es inútil; sólo con la fe se puede alcanzar el conocimiento divino.

Pero sólo con la observación se alcanza el conocimiento del mundo natural, de ahí la importancia del método. Su aportación a la epistemología científica es la formulación del principio de preferencia de lo más sencillo sobre lo más complejo, tal y como se comporta la naturaleza. Método cargado de consecuencias, que conocemos como la navaja de Ockham, sistemáticamente utilizado, junto con la inducción, por la ciencia contemporánea, desde la economía a las matemáticas.

Derivación de su pensamiento filosófico y de sus avatares biográficos –investigado por la inquisición acusó a su vez al papa Juan XXII de herejía y se vio obligado a buscar la protección del emperador en Alemania, aprovechando la confrontación Papado-Imperio– es su pensamiento político que reclama la separación de lo espiritual y lo temporal, el Papa y el Emperador, la Iglesia y el Estado.

Empirismo, agnosticismo y secularización son los tres rasgos esenciales del pensamiento de Ockham, que pasan con fluidez al pensamiento humanista del Renacimiento y de los que alardeamos en la actualidad como grandes conquistas del mundo contemporáneo.

En una síntesis tan apretada es difícil exponer pensamientos y procesos complejos sin alterarlos quizás en exceso, pero espero haber expuesto con suficiente fidelidad y claridad el carácter moderno de este pensador nacido nada menos que en el siglo XIII. Umberto Eco no resistió su fascinación y lo convirtió en héroe de su relato; el éxito de la novela y después de la película, que protagonizo Sean Conery, es un reconocimiento de la actualidad de su pensamiento y de su actitud vital.

25 nov. 2008

Sin petróleo no hay paraíso

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Petróleo sí o petróleo no, esa es la cuestión. Nadie es indiferente a la posibilidad de tener, o al menos controlar, una fuente de energía hoy, seguramente durante mucho tiempo aún, absolutamente imprescindible para nuestra vida doméstica y no digamos para la industria o cualquier actividad económica o bélica. Cómo entender si no los movimientos estratégicos de la gran potencia en el Medio Oriente, como por influencia anglosajona nos hemos acostumbrado a denominar al Oriente Próximo. De ahí también que algo tan común como el cambio de titularidad de unas acciones, en este caso de Repsol, nuestra (?) querida petrolera, haya levantado tanta polvareda.

Ya en 1927 el casi entrañable dictador –en comparación con el que le imitara diez años después– Primo de Rivera creó CAMPSA (Compañía Arrendataria del Monopolio de Petróleos S.A.) con la intención de poner en manos del Estado un sector que se había revelado ya como estratégico en la guerra y en la paz. Así vivió y creció durante 65 años hasta que en el 92 el gobierno socialista de Felipe González, siguiendo las directrices antimonopolistas de la UE, la troceó y privatizó parcialmente. Ese fue el origen de Cepsa y Repsol del que el Estado se reservaba el 10% de las acciones, suficiente para seguir controlándola. Los gobiernos de Aznar llevaron al paroxismo la orgía privatizadora, siguiendo con fe de neófito la moda del momento y porque de ese modo se liquidaba el déficit, lo que permitiría entrar en el euro; entonces cayó lo que quedaba de Repsol, privatizada por completo y, desde ese momento, dejó de ser nuestra.

No entiendo los términos del debate planteado a propósito de las pretensiones de la petrolera rusa Lukoil de adquirir el 20% de las acciones, puestas a la venta por Sacyr en un intento de aliviar su deuda a lo que se añade una oferta de la Caixa. Todas son empresas privadas que cotizan en el mercado global y están con frecuencia vinculadas unas a otras; no se ve cómo podría impedir el gobierno una acción legal de venta o adquisición de acciones, aunque cambie la titularidad o la influencia entre ellas. Por otra parte cuando hablamos de la nacionalidad de estas grandes corporaciones en realidad sólo indicamos el país en donde está residenciada su sede social, no a quien pertenece el capital –por ejemplo, Conoco Phillips (USA) es el accionista mayoritario de Lukoil con el 11% del capital, lo que, de paso, puede tranquilizar a los que siente alergia nada más pronunciar el nombre de Rusia, ¿reflejo del franquismo?–.

Argumentar que ese país es intervencionista con sus empresas, mientras se está pidiendo al gobierno español que haga justamente eso, es de un cinismo más que notable. Que los que privatizaron a Repsol se escandalicen ahora de que alguien compre sus acciones es tomarnos por imbéciles. Que se pida al gobierno que compre las acciones de la discordia, años después de haberlas vendido, es cómico.

Que alguien se dispare con la manguera en la sien lo entendería, la polémica que se ha desatado no.
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Cliqueando en los enlaces que propongo se pueden ver las vinculaciones económicas entre estas grandes empresas.

24 nov. 2008

La atmósfera de Titán

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Titán es un nombre magnífico que corresponde al satélite más grande de Saturno, planeta que señorea todo un sistema con decenas de satélites, más la extraordinaria complejidad de los anillos, compuestos de millones de guijarros. Su tamaño es superior al del planeta Mercurio y desde 1908 sabemos, gracias al astrónomo español Comas y Solá, que posee una atmósfera.


En 1655 el físico y astrónomo holandés Christiaan Huygens lo descubrió y lo llamó Luna saturni. Su nombre actual procede del XIX, cuando ya se habían descubierto más satélites del planeta y J. Herschel propuso los nombres de los titanes, hermanos de Cronos, el dios griego correspondiente al Saturno romano, para designarlos.



Recientemente se ha convertido en protagonista privilegiado de las noticias astronómicas. En 2005 la sonda Cassini, del proyecto Cassini-Huygens, se posó en su superficie e inmediatamente comenzó a enviar datos, que los científicos han ido estudiando y desvelando desde entonces. Supimos que la densa atmósfera del satélite contenía un elevado porcentaje de metano aparte de nitrógeno (95%) y otros hidrocarburos y, por el trabajo de unos físicos vascos, que mantiene una actividad convectiva, metano líquido que se evapora y cae en forma de grandes precipitaciones, como en la tierra el agua. La sonda nos ha proporcionado imágenes, en sus movimientos de aproximación, que parecen indicar la existencia de lagos de metano líquido, pero hay que tener en cuenta que las imágenes que vemos en la fotografía del polo N. de Titán han sido coloreadas; desde luego las probabilidades de que así sea es muy alta. Observaciones de R. Lorenz de Maryland (EE.UU.) sobre los movimientos de rotación y los vientos que agitan su atmósfera le han llevado a deducir la existencia de un océano líquido separando la corteza del núcleo del satélite; que esa masa líquida sea agua o no es otra cuestión, pero en cualquier caso es sorprendente.

La noticia hoy es que físicos de las universidades de Granada y de Valencia han experimentado con un modelo matemático que demuestra sin lugar a dudas que en la atmósfera de Titán existe una importante actividad eléctrica, que acompaña a la formación de las nubes y a las precipitaciones líquidas, tal y como ocurre en la Tierra. El caso es que la presencia de metano, nitrógeno y actividad eléctrica es ideal para la formación de moléculas prebióticas, progenitoras de la vida, según las teorías y el experimento de Oparin y Miller respectivamente. En nuestro planeta ese debió ser el camino inicial. Está más que justificada la atención que el universo científico está prestando a Titán y es agradable ver el protagonismo de la ciencia española en este caso.

21 nov. 2008

El sueño de la inocencia

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No me gustan las efemérides, pero si hay alguna de la que nunca puedo escapar es la que se celebra el 20 de noviembre. Para ella siempre tengo al menos un momento de reflexión, aunque sea un día después, como en este caso. Hoy, me ha dado impulso el artículo de Monika Zgustova en El País, La risa de los culpables. Risa tonta de los serbios por el anecdotario de la clandestinidad de Karadjic, que sólo tiene como objetivo ignorar la responsabilidad colectiva ante los crímenes genocidas durante la guerra balcánica.

Los genocidios nunca son cometidos por una sola persona, requieren la colaboración de muchos y, por supuesto, el silencio cómplice de muchísimos, que los aprueban más o menos explícitamente o los ignoran conscientemente por no complicarse la vida o la conciencia. A veces esa culpabilidad difusa recae sobre la inmensa mayoría de la población, como en la Alemania nazi, pero no por eso es menor, ni disminuye lo más mínimo la de los actores principales.

El régimen franquista asoló a España política, económica, cultural y moralmente durante cuarenta interminables años y cometió el más grande genocidio de que haya sido víctima nuestro país desde la expulsión de judíos y moriscos en el XVI y el XVII. Por muchas vueltas que se le dé, no se comprende una permanencia tan prolongada sin el apoyo ferviente de muchos y la tolerancia de otros tantos. Cualquiera que tenga, como yo, el privilegio o la desgracia, según se mire, de contar su edad en más de seis décadas, recordará el fervor con que se apoyaba al dictador en amplísimos sectores y se minimizaban sus crímenes tergiversando la realidad o culpabilizando a las víctimas o a la idiosincrasia de los españoles. Una evidente mayoría sociológica, ciega y muda ante los atropellos del régimen, le sirvió de colchón para soportar las dificultades en el exterior y el caos económico interior durante muchos años. Mientras, se remataba la brutalidad de la guerra, no con un intento de reconciliación, sino masacrando a decenas de miles de los vencidos en un intento de limpiar el país de cualquier posibilidad de oposición política.

Sin reducir en un ápice la culpa de los generales rebeldes, de Franco y sus colaboradores, militares o civiles, hay que reconocer que los millones de españoles que asintieron, disculparon o toleraron con el silencio, o algo más, las atrocidades cometidas son de algún modo corresponsables. Es bueno que asumamos que la maldad por defender intereses personales de algún tipo está al alcance de cualquiera de nosotros y no vale ignorar, mirar para otro lado o descargar toda responsabilidad en los que ya la historia ha señalado como principales causantes del mal.

El 20 N marca el momento en que empezamos a despertar de la pesadilla, no caigamos en el sueño de creernos todos completamente inocentes.

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La ilustración es una postal de la época de la Guerra Civil en la que rodean a Franco, Quéipo de Llano, Aranda, Yagüe, Mola, Varela y Millán Astray. Observar las banderas que coronan la imagen.

19 nov. 2008

El arte, el poder y el dinero

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La desmesura de la cúpula de Barceló y su no menos desmesurado presupuesto ha desatado la polémica sobre el valor –monetario– del arte y su relación –¿espuria?– con el poder. Una mirada al pasado nos muestra que aquel, en cualquiera de sus manifestaciones, siempre tuvo una notable facilidad para vivir en simbiosis con éste; ambos, poderosos y artistas, se beneficiaron de una ayuda mutua. Podríamos decir más, difícilmente el arte habría alcanzado la excelencia de sus épocas de esplendor si no hubiera sido por el mecenazgo interesado, naturalmente, de príncipes, civiles o eclesiásticos, y poderosos de toda condición.

Nada menos que cuatrocientos años antes de Cristo, en la democrática Atenas, Fidias, el gran escultor, uno de los íntimos de Pericles que era el hombre más poderoso de la ciudad en ese momento, fue encargado por este de la supervisión de las obras de la Acrópolis y de la realización de algunas de sus esculturas y relieves entre ellas la monumental Atenea Parthenos, realizada en oro y marfil. Los fondos empleados para tan gigantescas obras, que fueron consideradas pura ostentación y derroche por los rivales de Atenas, fuera de la ciudad, y de Pericles, dentro de ella, procedían de lo que aportaban los aliados para la defensa frente a los persas, lo que incrementó el escándalo. La polémica degeneró en una acusación de malversación contra el artista: la gran escultura fue desmontada pieza a pieza y pesado el oro y el marfil empleados; pero como no se hallara falta alguna se le condenó por sacrilegio porque había colocado su retrato y el de Pericles en el escudo de la diosa. Parece ser que Fidias fue al final rescatado por la ciudad de Olympia, con una gran suma, para que labrara otra escultura monumental, el Zeus Olímpico, que estaba destinada a coronar los atractivos de la ciudad que periódicamente congregaba a los griegos para las grandes fiestas religiosas en honor de Zeus que conocemos como olimpiadas.

Cuatro siglos después, en Roma, Octavio Augusto culminó su gran obra política con la pluma de historiadores como Tito Livio –la Historia era considerada parte de la literatura– o poetas como Virgilio, creador en su Eneida de un pasado mítico para la ciudad, ahora cabeza de un imperio; ambos, y muchos más que no cito, escritores y artistas, acogidos bajo la generosísima protección imperial.

Mil quinientos años más tarde, en la Italia del Renacimiento eclosionó el arte en todas sus formas, como pocas veces puede verse en la historia de la humanidad, pero ¿cómo imaginar la inmensa riqueza, variedad y excelencia de sus logros sin los dineros y el interés de los príncipes, Medici, Sforza, los papas, la República de Venecia, etc., etc.?

En nuestro Siglo de Oro escritores y artistas plásticos buscaban y obtenían la protección de los poderosos, más los primeros que no tenían el alivio de un taller abierto, haciéndolo a veces con un servilismo que sorprende hoy. Velázquez, un artista privilegiado en su tiempo, gozó durante casi toda su vida artística de un sueldo de la corona. Pero todos sin excepción halagaban a quienes pagaban sus obras de mil formas, sobretodo haciendo de su arte un instrumento de propagación de la ideología dominante.

No, el arte rara vez ha sido independiente, cuando más se ha aproximado a la libertad ha sido en la época contemporánea. Pero el mercado y la enorme expansión de las clases medias que lo han liberado –y casi divinizado a algunos artitas por efecto del fetichismo y la mitomanía que acompañan a ambos fenómenos– amenazan con un nuevo servilismo, aunque de nuevo tipo.

Venía todo esto a propósito de la cúpula de Barceló y la polémica sobre el coste y la relación del artista con el presidente del Gobierno, como se ve, nada nuevo; pero la verdad, a la hora de ilustrar este artículo he preferido la bellísima cabeza de la Atenea Lemnia de Fidias, aunque sea una copia romana, al revoltijo de estalactitas y colores de Ginebra. Que me perdonen Barceló, Zapatero, el Rey y Ban Ki-moon.

18 nov. 2008

Izquierda ¿Unida?

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Mientras 22 mandatarios de los países más poderosos del Mundo han logrado ponerse de acuerdo lo suficiente como para legarnos una foto de grupo bien avenido, con qué ilustrar los manuales de historia y poner esperanza en los corazones de los feligreses del mercado, los compañeros de Izquierda Unida se han marchado a casa sin un mal posado. Emparejo los dos sucesos porque ahora que el capitalismo parece estar pasando un mal rato –no hay periódico que no haya citado a Marx estos días aciagos, redescubriendo sus méritos–, nuestro casero instrumento de lucha para el cambio no puede decir esta boca es mía porque está empeñado en su noveno concurso de collejas y patadas a las espinillas.


Que la izquierda no es una cosa que esté unida ya lo sabemos. Habrá incluso quien diga que la expresión “izquierda unida” presenta una flagrante contradicción en los términos, como uno de los Baroja, creo que D. Pío, predicaba de “inteligencia militar” o “pensamiento navarro”. Sin embargo no se trata de una maldición que la historia o el destino nos haya reservado a los que nos empeñamos en caminar por ese sendero, sino que es una cualidad o condición de fácil venta en el mercado político, con perdón, uno acaba contagiándose de todo. Al fin y al cabo, si la derecha tiene propensión a la unidad es porque no hay muchas maneras de estarse quietos, de no moverse, mientras que la innovación puede revestir infinitas formas, y la izquierda no es sino innovación… para progresar, es decir mejorar socialmente, por decirlo simple y bien.


La cuestión es que tener distintos proyectos para el viaje no nos obliga a tirar por la ventanilla al vecino. Si el objetivo es el mismo no parece que sea imposible conseguir un consenso mínimo que nos permita marchar juntos ¿O es que la meta no es la misma? ¿O es que algunos no saben a donde van, o, quizás, ni donde están? Me asalta la duda cuando veo que un personaje como Sánchez Gordillo se convierte en un líder en Andalucía y puede pugnar por la coordinación general presentando una candidatura propia, con la que no triunfará –Dios existe– pero sí podrá influir seriamente en el resultado final. Que mal tienen que andar las cosas para que un discurso ideológico que propugna un nacionalismo andaluz fundamentado en el subdesarrollo*, vieja cantinela que ya olía a rancio hace treinta años, tenga cancha en el seno de una organización moderna. Dicen que el Che nos legó una imagen pero ninguna idea, estos izquierdistas correosos y sempiternos sólo nos dejan disgustos y aunque se muestren con la boina o la kefia palestina no aportan ni ideas, ni imágenes, ni nada mínimamente útil para caminar hacía el futuro.


Mal anda el capitalismo, pero parece que la izquierda no está mejor; es imprescindible deshacerse de algunos trastos viejos, a todas luces inútiles, ya imposibles de restaurar, para que afloren nuevos ingenios.
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* Veasé CUT-BAI, su chiringuito político-sindical.

14 nov. 2008

El corazón de las tinieblas

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"Dos mil ojos seguían las evoluciones del demonio del río, que chapoteaba dando golpes impetuosos, azotando el agua con su cola terrible y esparciendo humo negro por el aire. Frente a la primera fila, a lo largo del río, tres hombres cubiertos de un fango rojo brillante de los pies a la cabeza, se contorneaban impacientes. Cuando llegamos de nuevo frente a ellos, miraban al río, pateaban, movían sus cuerpos enrojecidos; sacudían hacia el feroz demonio del río un manojo de plumas negras."


Es un fragmento de El corazón de las tinieblas de Joseph Conrad, el relato genial que evidenció mejor que ningún estudio la corrupta relación entre los intereses comerciales y el pretendido afán civilizador de la colonización europea.


Kivu Norte es una de las 25 provincias en que ha quedado dividida la República Democrática del Congo con la última constitución, todavía en proceso de desarrollo. Está situada en la región de los lagos, limitando con Ruanda y Uganda y, de nuevo, se ve envuelta en el conflicto étnico entre tutsis y hutus, ya eterno en la región, que ha servido para enmarcar y enmascarar otras contradicciones. Las noticias de masacres y refugiados aparecen en los noticieros rellenando los espacios que deja la crisis económica, como un eco de ruidos lejanos e incomprensibles acallados por la distancia. Sin embargo en las dos grandes guerras que han asolado el Congo en los últimos tiempos se han producido ¡más de 4 millones de muertos! –no cuento la guerra secesionista de la provincia de Katanga, nada más producirse la independencia en los 60, apoyada frente al gobierno central por la ex-metrópoli, Bélgica, y EE.UU., y la larguísima y cruenta dictadura de Mobutu.


La colonización de África, concluida hace tan solo 33 años –en 1975 se independizaron las colonias portuguesas–, ha sido un negro episodio de la historia europea; la quintaesencia del proceso fue la colonización del Congo por parte de Leopoldo II, rey de los belgas, que obtuvo a título personal el inmenso territorio para que hiciera las veces de colonia tapón entre los imperios británico, francés, portugués y alemán, que pugnaban hacia el interior del continente. Las gentes del Congo, pertenecientes a mil y una etnias distintas fueron igualadas, reduciéndolas literálmente a la condición de esclavos, mientras se esquilmaba el territorio con los criterios depredadores de una empresa comercial inhumana que ninguneaba a sus habitantes considerados sólo como un recurso más que explotar. Fue así como el Congo se convirtió en el corazón de las tinieblas.


El demonio del río, la presencia de los blancos, dejó una herencia envenenada que hace imposible la estabilidad y la paz en el territorio y seguramente seguirá por muchos años infestando con los peores miasmas la convivencia, sin que los nativos puedan oponer otra cosa que unos inútiles gestos de hechicero.

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El grabado y la cita los tomé prestados del blog de Juan Díaz Canales Todos reyes, todos poetas.

10 nov. 2008

Cine de verano

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Conservo el recuerdo de cuando era niño en el pueblo –entonces casi todos teníamos un pueblo– e íbamos al cine de verano con un botijo y la silla, para ver indefectiblemente una folclórica o una de vaqueros. Las cosas han cambiado mucho, pienso yo que casi todo para bien –ni los que disfrutan echando pestes de la situación presente estarían dispuestos a regresar al supuesto paraíso–; pero la denodada lucha diplomática del gobierno español por conseguir sentarse en la reunión del G20 en Washington me ha hecho añorar la funcionalidad de la silla bajo el brazo.

Hay como una maldición para España con los ges. Los hay de todas las tallas: 4, 7, 8, 12, 20, pero ninguna es la nuestra. En esta del G20 sólo vamos a entrar gracias al hábil manejo del calzador por parte de nuestro vecino Sarkozy. Somos un país de quiero y no puedo y lo que muchos hacen con naturalidad todos los días, sentarse en cualquiera de esos corrillos, a nosotros nos cuesta Dios y ayuda, si es que lo conseguimos. Por eso tenemos unas ganas irresistibles de estar allí, me temo, no porque tengamos algo que decir que los demás se callen o no sepan.

Tanto ajetreo acaba despertando unas expectativas que luego es dificilísimo satisfacer. Por ejemplo, es muy probable que la reunión no sea decisiva, no se puede olvidar que la convoca un presidente, cuya gestión es responsable del origen de la catástrofe y que está en trance de abandonar la Casa Blanca; Además las decisiones a tomar espero que no sean ocurrencias de unos u otros, sino resultado del estudio de equipos de expertos, que necesitarán su tiempo, que requerirán puestas en común, etc. Muy probablemente habrá otras reuniones posteriores. Para entonces Francia habrá abandonado la presidencia europea y nuestra silla se habrá volatilizado. ¿Seguiremos entonces con la lucha? A mí me parece muy cansado y poco práctico. Si lo que tenemos que decir es tan importante el esfuerzo diplomático podría hacerse para buscar a alguien que asuma nuestras propuestas. Pero ¿realmente tenemos un programa diferenciado que deba conocer el Mundo, o simplemente buscamos una foto que oponer a la de las Azores?

De acuerdo, esta silla es más bonita y lucida que aquella del archipiélago atlántico, pero me da que el esfuerzo por conseguirla tiene exactamente la misma motivación que tuvo Aznar en su día, con el plus añadido de poder restregarla por las narices de los que blandieron aquella como un exitazo de nuestra política exterior. Bueno, quizás el presidente Zapatero esté en su derecho, pero me da grima que este arduo trajín no sea para obtener mejores frutos.

Ojalá fuera verano, tuviera un botijo y una silla plegable a mano y un cine al aire libre al alcance. Me encantaría una de vaqueros.

6 nov. 2008

Merlín en Islandia

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En la mitología invernal de Islandia hay trece hombrecillos, los jólasveinar, que habitan las montañas pero que en Diciembre visitan a los islandeses no con muy buenas intenciones, como revelan sus nombres: Lamecucharones, Lamecazos, Tragayogures, Robachorizos, Huelepuertas, Miraventanas, etc. Molestos personajes que en los últimos tiempos se han transmutado en benéficos, encargados de traer regalos a los niños por la Navidad, aunque a veces les gasten bromas pesadas como sustituir los obsequios por patatas podridas si no han sido buenos chicos. Un cambio consecuencia de la modernización y uniformización de las costumbres. Pero los islandeses, en su aggiornamento, quisieron ir más allá y trataron de sustituir a estos seres un tanto rústicos por otros de más lustre internacional: como la magia en las finanzas estaba de rabiosa actualidad, sacando millones de dólares de la nada con solo el poder de algún ensalmo fácil de aprender, optaron por ese camino, el que les marcaba el Merlín de turno, la especulación financiera. Ahora si que habría regalos para todos.



A partir del 2000 el gobierno islandés privatizó todos los bancos de la isla que hasta entonces habían llevado una vida anodina sirviendo sin gloria y poco provecho a las necesidades financieras de los 300.000 ciudadanos del país, por supuesto con las bendiciones del FMI. Los nuevos banqueros, formados en la banca europea –aunque, por lo que se ha visto después, quizás no con muy buenas notas–, comenzaron aprovechando la ventaja que suponía tener unos tipos de interés altos –por tener alta la inflación– para tomar prestado en otras monedas y prestar a su vez en coronas islandesas. La fiesta había comenzado. La llegada de capital exterior fue creciente, buscando las altas rentabilidades; todo ello generaba más inflación y como consecuencia subida de los tipos y más beneficios. Hubo agoreros, pero ¿por qué parar si la fiesta estaba en su apogeo? No sólo inversores privados de toda Europa, sino incluso entidades públicas británicas sintieron la llamada irresistible de la música y desde ayuntamientos a equipos de futbol, pasando por entidades estatales decidieron rentabilizar sus fondos de capital, obtenidos de impuestos o de aportaciones personales de sus socios o miembros, en la isla de los milagros. Los activos de los bancos islandeses crecieron hasta diez veces el PIB (¡1000%!), con la particularidad de que la mayor parte era deuda; es lo que en su jerga llaman los economistas apalancamiento, inversión con fondos prestados.



Hasta a Merlín el mago le estaban vedadas algunas acciones y esto había llegado demasiado lejos –sorprendentemente el FMI decía aún el 7 del 2008: “La economía islandesa es prospera y flexible”– y cuando por efecto de la crisis financiera general los bancos de Islandia encontraron cerrado el acceso a nuevos créditos, todo el tinglado se vino abajo. El gobierno nacionalizó a los bancos incapaces de hacer frente a sus obligaciones, pero asumiendo, como es natural una deuda que supera seis veces el PIB. Como tampoco el Estado islandés puede hacer frente a una carga tan desproporcionada para sus capacidades, ha entrado en bancarrota. El gobierno, anda ahora mendigando prestamos en los vecinos nórdicos, en Rusia y en el FMI, y los islandeses, ya sin Merlín, tendrán que conformarse con su Robachorizos de toda la vida. Puede que salgan ganando.

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IMAGEN: Robachorizos (Bjúgnakrækir)

3 nov. 2008

El primer martes después del primer lunes...

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No puede uno escapar de la actualidad aunque lo deseemos con ardor. He conseguido escabullirme de momento del novio de Falete o de las opiniones de la reina, aliñadas por el opusdeismo militante de la Urbano, pero ya veis, he caído con las elecciones USA. Bueno en realidad sólo las voy a utilizar como excusa.


Llama la atención este precepto que pongo en el título de la entrada y que sitúa temporalmente el evento. Naturalmente no es un capricho o, como he leído por ahí, que los norteamericanos son retorcidos. Hay que situarse a principios del XIX, que es de cuando data la norma, para entenderla plenamente.


En primer lugar en EE.UU. es posible fijar una fecha para las elecciones porque el presidente no depende de las mayorías parlamentarias –hay una completa separación entre los poderes legislativo y ejecutivo–, así que el ejercicio de su gestión está asegurado por los cuatro años. Y puestos a señalar un tiempo de comienzo de un mandato lo lógico es pensar en primeros de año, ese es el momento en que los presidentes toman posesión. Pero para que eso fuera así era necesario que el proceso de elección hubiera terminado un par de meses antes para dar tiempo al elegido a trasladarse de donde viviera a Washington e instalarse con su familia sin tener ya más preocupaciones que las propias de su nuevo cargo. En el XVIII nada era tan fácil y rápido como hoy. Por otra parte, en noviembre ya han concluido todas las tareas agrícolas, lo que permitía, sin daño para sus intereses, que todos los ciudadanos participaran en el proceso. Que fuera el martes estaba justificado porque los granjeros tenían que desplazarse a veces muchas millas para votar, lo que podía obligarlos a salir el día anterior; si era el lunes tendrían que salir el domingo, día dedicado al Señor; evidentemente el mejor era el martes. Por las mismas fechas, en España el problema de las distancias llevó a los legisladores que organizaron la división territorial en provincias a que cuidaran de que la capital de cada una quedara al alcance de un viaje de un día, más o menos. Pero el martes no debería coincidir con el día 1 –por eso se dice, después del primer lunes; así, como mucho, sería el 2– porque los primeros de mes se cerraban las cuentas de todos los negocios y se quiso evitar una posible incidencia de la economía en las elecciones ¡Si levantaran la cabeza!


Todo esto ocurre porque la constitución americana es la misma de que se dotaron los estadounidenses en 1787 al instituir la Unión. Es la primera constitución escrita de los tiempos modernos y nunca fue abolida. Desde el punto de vista del continente europeo esto es insólito, dada la agitadísima historia constitucional de nuestros países –España tuvo diez constituciones desde 1812, algunas abolidas antes de ser aplicadas–. Cómo es natural el ser tan vetusta la hace venerable, pero también a veces sus preceptos, o los que se derivaron de su desarrollo, nos pueden parecer anacrónicos y sin sentido para los ciudadanos de este tiempo.


En todo caso es ejemplar y digno de admiración que un sistema político haya alcanzado un grado tal de estabilidad, sólo comparable con el Reino Unido, donde, curiosamente, no existe una constitución escrita.
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IMAGEN: Firma de la Constitución. De pie, a la derecha, Washington. Sentados, al centro, Hamilton, Franklin y Madison. Oleo de Luis G. Glanzman, lndependence Hall.

31 oct. 2008

Tabú y esperpento

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Se está viviendo en las aulas valencianas un auténtico sainete a propósito de la asignatura de Educación para la Ciudadanía, coronado con manifestaciones y con los catastróficos resultados de la evaluación inicial, que se empiezan a conocer. El espectáculo que nos está ofreciendo la consejería y, por consiguinte, la Generalitat, no tiene precio.


Desde hace tiempo, en algunas Comunidades –la enseñanza está por completo transferida, de ahí las diferencias– existen programas para desarrollar la enseñanza bilingüe, en un intento loable por romper la ancestral incapacidad de nuestros escolares para las lenguas. En virtud de esos programas se imparten algunas asignaturas en inglés, pero para ello es condición imprescindible que en el centro haya recursos y el consenso necesario, que los profesores implicados conozcan el idioma y que los alumnos –sus padres o tutores, naturalmente– acepten ser incluidos en esos grupos. El procedimiento de colocar un traductor al lado del profesor es ridículo, amén de una aberración pedagógica. ¿Cómo se ha llegado a esta estúpida sinrazón?


El rechazo a la asignatura por sectores del más rancio conservadurismo –la Iglesia fundamentalmente– tiene una motivación estrictamente ideológica: la ruptura del tabú de la homosexualidad. Y digan lo que digan no existe ninguna otra. Todos los contenidos de la nueva materia se impartían ya, distribuidos en otras asignaturas o como temas transversales, sin que nadie haya manifestado nunca la más mínima oposición. Ha sido el tema de la igualdad –en el que no se ha visto más que un eufemismo para ocultar la política contra la homofobia, entendida como de protección y normalización de la homosexualidad– lo que ha desatado la tormenta. En cierta ocasión, cuando aún trabajaba en un instituto, un alumno musulmán sostuvo en un debate en el aula que en los países árabes no existía la homosexualidad; estaba convencido de que era una corruptela propia del mundo occidental; en su ámbito cultural el tabú era tan fuerte que había producido una total invisibilidad de ese sector de la población. Lo que en nuestro país quedaba de esa invisibilidad es lo que la reforma que permite el acceso al matrimonio por los homosexuales y la Educación para la Ciudadanía han roto de modo estruendoso.


Bien por afinidad ideológica, bien por interés partidario, ya que esperan sacar tajada electoral con un comportamiento que halague al conservadurismo recalcitrante, algunos gestores políticos han hecho que la polémica desemboque en un esperpento.

28 oct. 2008

Fondos soberanos

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Hay en la economía rincones de los que el análisis corriente apenas si se ocupa, hasta que una situación no usual los rescata de la oscuridad, sorprendiéndonos entonces, si es que eso es posible aún, la complejidad y las mil aristas que puede presentar la ciencia del dinero. Algo de esto ocurre con los llamados fondos soberanos, conocidos desde hace tiempo, contemplados con expectación, solivianto o esperanza, según las circunstancias, pero siempre rodeados de misterio y secretismo.


Se trata de reservas de capital acumuladas en algunos Estados –bien por la venta masiva de petróleo u otras materias primas, bien por un superávit sostenido en el comercio exterior–, que, para rentabilizarlas, se han venido invirtiendo en activos financieros en los mercados internacionales, con frecuencia en bonos o letras del tesoro, preferiblemente de EE.UU. Los propietarios de estos fondos son países árabes, como los Emiratos, Kuwait o Arabia; asiáticos como Singapur, Corea o China; pero también europeos como Rusia o Noruega – por qué algunos de estos países, con graves deficiencias sociales, no utilizan esos excedentes para paliarlas es un misterio que se me escapa–. Según una estimación de la Morgan Stanley el conjunto del patrimonio de los fondos supera los tres billones (españoles) de dólares; el FMI opina por su parte que en 2012 superarán los 10 billones. El listado de activos que poseen es casi siempre secreto, como sus planes de inversión u objetivos, cualesquiera que sean; de hecho sólo Noruega, por su condición democrática, gestiona con transparecia su fondo.


La crisis financiera ha provocado que, desde finales del 2007, aprovechando las dificultades de varios gigantes de las finanzas y su depreciación en la bolsa, algunos fondos hayan pasado de la deuda a la adquisición de sustanciales cantidades de activos de varias super empresas –City Group, Merry Lynch, UBS–. Nadie sabe hoy cual es el alcance real de la penetración de tales capitales en la economía americana, pero es seguro que poseen un elevado porcentaje de la deuda, además de otros muchos activos. Lo más inquietante es que, puesto que son fondos estatales, no tienen por qué tener como principal objetivo el económico –de hecho no suelen tenerlo– pero la cuestión es que las necesidades de financiación de los países desarrollados y especialmente de EE.UU., más en la crisis actual, no invita a ponerles trabas. Resulta sorprendente, que una buena parte de la deuda americana, amén de una porción significativa de su entramado financiero esté en la cartera de fondos soberanos –es decir, estatales– chinos, rusos o árabes; las consecuencias de tan insólita situación están por verse.


En Europa es creciente el recelo que despiertan, pero las necesidades de financiación son apremiantes; esto es lo que ha llevado a Sarkozy a proponer la creación de un fondo europeo destinado a invertir cuando fuere necesario en empresas de la eurozona para librarlas de la penetración de fondos soberanos indeseables; también está por ver hasta que punto será capaz la UE de desarrollar una política económica común, que supere la simple gestión monetaria.

22 oct. 2008

La imprenta

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Una novela de Keith Robert, Pavana, del genero llamado historia alternativa o contrafactual, presenta una interesante ucronía: se desarrolla en Inglaterra en el siglo XX, partiendo del supuesto de que en el XVI la Armada Invencible hubiera triunfado y Felipe II hubiera invadido el país, impidiendo el desarrollo de la Reforma. Deduce el autor que la revolución industrial no habría tenido lugar y el mundo del S.XX sería otro muy distinto del que hemos conocido.


Supongamos nosotros que la imprenta no se hubiera inventado en el momento en que lo fue y que las 95 tesis que Lutero clavó en las puertas de la iglesia de Wittemberg no hubieran sido leídas más que por los que se acercaran a hacerlo. En tales condiciones ¿Habría triunfado la Reforma? ¿Habría alcanzado la difusión y la importancia que obtuvo? Y si las respuestas son negativas ¿no habría que concluir, con el autor de la novela, que la situación hoy sería radicalmente distinta porque la secuencia de los acontecimientos habría cambiado sustancialmente?


A mediados del siglo XV se instaló en Alemania la primera imprenta, inspirada en un invento chino muy anterior. En muchos aspectos fue la primera industria moderna: rompía los esquemas de la producción artesanal, imperante entonces, ya que el libro fue el primer producto industrial fabricado en serie; sus empresarios lo fueron también en un sentido moderno, libres de las trabas gremiales. La reducción del precio que trajo consigo este hecho permitió que los libros, la lectura y el estudio dejaran de ser el privilegio de algunos afortunados y de los clérigos –las únicas bibliotecas eran las de los monasterios y otras instituciones, casi siempre eclesiásticas. Ni que decir tiene que la conservación y difusión del saber y del arte literario alcanzó cotas impensables por la facilidad y la precisión con que se podía lograr. Fue el complemento ideal a la introducción del papel, que había expandido a la civilización islámica unos siglos atrás; ahora la imprenta hizo lo mismo con las ideas del Humanismo, la Reforma y el Renacimiento, es decir la civilización occidental moderna.


Lo más interesante es que al contrario de lo que en principio se pensó, que sería un poderoso instrumento en manos de la Iglesia, de la monarquía –los grandes poderes de la época– y para la consolidación del latín como lengua universal, fue un arma disolvente frente al estatus imperante, que realizó un impagable servicio al individuo, reforzando su autonomía, permitiéndole emprender una marcha imparable hacía la libertad, y, en cierto modo, evadirse del atosigante poder de las dos instituciones; por otra parte, en lugar de afianzar al latín como lengua universal, sirvió para lanzar al campo de la cultura a las lenguas locales, con lo que se puso la primera piedra en el nacimiento del sentimiento nacional y de las nacionalidades, otra innovadora característica de la modernidad.


El mensaje es claro: los avances tecnológicos no sirven para conservar o afianzar lo existente sino para revolucionar y hacer florecer nuevas tendencias. Y es que constituyen el verdadero motor de la historia; ni las ideas, ni los grandes hombres, ni las grandes hazañas podrían siquiera manifestarse sin las vías que ellos abren.

21 oct. 2008

El genocidio franquista

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Estamos habituados en este país a que la justicia nos sorprenda y me temo que en los días próximos no nos defraudará. El tema es peliagudo y hay opiniones para todos los gustos, lo que garantiza la frustración de muchos. Pero es que el juez que se ha hecho cargo del asunto no es menos polémico, y anda que escasean los jueces polémicos entre nosotros. Con seguridad nos veremos envueltos en un galimatías de tecnicismos jurídico procesales como ya se anuncian con el recurso de la fiscalía publicado hoy.

La política es el arte de la transacción, por lo que a pocos extraña que una cuestión tan problemática se haya venido orillando sin meterse en ella de lleno; probablemente desde la política era lo mejor que podía hacerse, dadas las circunstancias. De la justicia en cambio esperamos soluciones definitivas, que se cierre la cuestión con decisiones que no den lugar a más discusión. No sé si se ha hecho bien con situarlo en ese ámbito, pero una vez en él no debería marearse más la perdiz; ya sería difícil aceptar de nuevo un mejor no meneallo.

Lo indiscutible es que un importante sector del ejército se sublevó contra el régimen legítimo y democrático, para lo que contó con el apoyo de buena parte de la derecha sociológica y de la Iglesia, que el pronunciamiento degeneró en guerra civil y que los vencedores, los sublevados, no buscaron la reconciliación sino que optaron por el exterminio mediante la liquidación física, el
confinamiento y el extrañamiento de los oponentes. La operación, que se prolongó hasta la muerte del dictador (1975), se saldó con no menos de 150.000 desaparecidos. Nadie en su sano juicio puede calificar esto de otra cosa que de genocidio.

La violencia republicana tuvo carácter individual o fue protagonizada por organizaciones libertarias o estalinistas, nunca fueron un plan del gobierno y por supuesto no tuvo el volumen de la represión franquista. En este caso sí parece lógico aplicar la calificación de delitos comunes. La responsabilidad de la República se limitaría a no haber sabido controlar tales acciones. En cualquier caso las posibles responsabilidades han sido pagadas con creces por justos y pecadores.

Sobre el fondo de la cuestión no hay lugar para la polémica, salvo ignorancia o mala intención. Las disquisiciones de carácter jurídico o de técnica procedimental, podrán ser muy importantes, pero no deberían ser utilizadas para defraudar las esperanzas de quienes durante décadas han visto como la injusticia se solidificaba hasta crear una situación aparentemente inamovible. Es el momento, gracias al valor, o al histrionismo, qué más da, del juez Garzón, de liquidar cuentas con la historia.

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IMAGEN: Masacre en Corea. Picasso, 1951.

19 oct. 2008

Castillos de naipes

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La crisis financiera tiene como componente más importante la pérdida de confianza en el sistema por parte de los propios protagonistas. Otros aspectos del sistema económico se basan también en la confianza que los usuarios depositamos en ellos; estoy pensando en el dinero. Han pasado los tiempos de la moneda mercancía en que su valor intrínseco equivalía a su valor simbólico; la nuestra es una moneda fiduciaria, es decir, su valor real no coincide con el que reza impreso en ella, la usamos porque confiamos en que el sistema funciona. De hecho el papel moneda en circulación ni siquiera está respaldado por depósitos en metales preciosos u otros valores en los bancos centrales de los países que la emiten: las monedas dejaron de ser convertibles en oro a lo largo del último siglo –aunque ya no era real, los billetes españoles mantuvieron la leyenda “El Banco de España pagará al portador” hasta 1976–, la última fue el dólar (1971).

De todas formas los billetes en circulación, puesto que el monopolio de su emisión lo tiene el Estado –en la UE el Banco Central Europeo–, tienen al menos la garantía de una política que suponemos responsable. Sin embargo el dinero no se reduce al que está emitido en billetes: la oferta monetaria tiene como componentes el dinero legal que es el que está en manos de los ciudadanos y el dinero bancario, creado por los bancos al abrir depósitos a sus clientes. Un elevado porcentaje del dinero con el que pagamos, consumimos o invertimos pertenece a esta categoría. Si depositamos 10.000€ en un banco, éste podrá realizar un préstamo con ese dinero a quién se lo solicite; de este modo los diez mil iniciales se habrán convertido en veinte mil disponibles, ya que ambos, nosotros que abrimos el depósito y quien recibió el préstamo, podemos disponer de la totalidad; el banco ha creado diez mil euros, que no existen físicamente. El sistema funciona porque se obliga a los bancos a que reserven un pequeño porcentaje de cada depósito (coeficiente de caja), como mínima medida de seguridad, y porque se espera que todo el mundo no retire el dinero al mismo tiempo. En momentos de zozobra, como el que vivimos, puede ocurrir que mucha gente desee retirar sus depósitos, creando problemas de liquidez en los bancos, que pueden ser muy graves si se unen a los ya planteados por la restricción de los créditos interbancarios –los bancos no se fían unos de otros y además no quieren quedarse sin recursos, por lo que no se prestan entre sí–. En Argentina ante una situación de pérdida de confianza generalizada en la moneda y en los bancos, que creó de facto una situación de caos financiero, el gobierno decretó el corralito en 2001, prohibiendo la retirada de los depósitos de los bancos.

Hasta ahora la crisis sólo ha rozado estos aspectos del sistema, pero la situación podría cambiar si se agravara el proceso, con consecuencias catastróficas; al fin y al cabo todo el sistema no es más que un gigantesco castillo de naipes que amenaza desmoronarse a cada momento.

17 oct. 2008

Un Nobel oportuno

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El último Nobel concedido es el de economía, que este año ha premiado los trabajos de Paul Krugman. Junto con Joseph Stiglitz ha venido planteando una crítica sistemática a las políticas neoliberales de reducción de impuestos y desregulación de los mercados. Ambos han mantenido una gran actividad académica y de divulgación colaborando en la prensa diaria por lo que sus tesis son ampliamente conocidas. A los dos se les puede calificar de neokeynesianos.


J. M. Keynes (1883-1946) fue sin duda el economista más influyente en el S.XX, ya que sus propuestas no fueron puestas en cuestión desde los años de la Gran Guerra (1914-18) hasta los años 70. Proponía la intervención del Estado con políticas monetarias y fiscales a fin de mitigar los efectos de las crisis cíclicas y promover la recuperación. Esas políticas convivieron con el experimento de economía dirigida de los países del Este, que tenía como objetivo último la erradicación definitiva de la pobreza, lo que estimuló la consolidación de las tesis keynesianas que, al fin y al cabo mitigaban la polarización de la riqueza, a la que el mercado libre tiende de modo irrefrenable. Después de la II GM contribuyó en la conferencia de Bretton Woods a diseñar el sistema monetario de la posguerra, vigente hasta 1976, y para cuyo buen funcionamiento se crearon el Banco Mundial, que pretendía el desarrollo de todos los países, afectados económicamente por la guerra, el FMI (Fondo Monetario Internacional), que velaría por la estabilidad de las monedas y el GATT, transformado después en la OMC, cuyo fin era estimular el comercio mediante la reducción arancelaria. El sistema funcionó con éxito hasta que aparecieron las dificultades.


En 1973 estalló una crisis que presentaba una nueva característica, la estanflación, estancamiento más inflación; ante ella eran inviables las recetas keynesianas, ya que al estimular la economía aumentaban aún más la inflación. Éste fue el caldo de cultivo en el que se gestó un nuevo cambio de paradigma económico. En la universidad de Chicago se había venido gestando una escuela crítica frente al intervencionismo y en 1976, su representante más destacado, Milton Friedman, obtuvo el premio Nobel. En 1980 ganó las elecciones en EE.UU. Ronald Reagan, que se convirtió en abanderado de la nueva doctrina ultraliberal, acompañado por la premier británica M.Teatcher. En el Reino Unido, y también en los países nórdicos, se desmantela el Estado de bienestar, que durante un tiempo pareció la alternativa democrática al socialismo del Este; todos los países, incluidos los gobernados por la izquierda, privatizan sus empresas públicas; las reducciones fiscales, la desregulación y el abandono del control de la moneda por los gobiernos son la norma general; el FMI, el BM y la OMC se reconvierten en instrumentos del nuevo liberalismo y lo imponen por la coacción y el chantaje a los países que reclaman su ayuda, generalmente los países pobres, con los resultados catastróficos que se conocen –Méjico, Indonesia, Argentina, etc.– Para colmo la implosión de la URSS asfixiada por el esfuerzo de la guerra fría y la ineficiencia de su sistema económico anquilosado por el autoritarismo y la burocracia, dejó sin referente a la izquierda. El éxito en el crecimiento hizo que pocos repararan en las enormes contradicciones que se estaban gestando. En éste ambiente se ha generado la enorme burbuja financiera que acaba de estallar.


La fuerza de los acontecimientos se ha impuesto. En medio de la crisis financiera y en las puertas de la crisis económica, que se anuncia muy grave, la academia sueca concede el Nobel a Krugman, mientras en EE.UU. se cubren las últimas etapas en la campaña electoral que, con toda probabilidad sacará de la Casa Blanca a los republicanos. Parece como si el paralelismo invertido con el año 80 hubiera sido programado.

14 oct. 2008

Reflexiones sobre la democracia (4). El Estado

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Decía Espinoza que el fin del Estado es la libertad; sin embargo, en la historia reciente, pocas veces hemos tenido pruebas de ello: en sus orígenes, el Estado se identificó con la monarquía autoritaria que evolucionó hacia el despotismo; la revolución lo puso en manos de la burguesía, que, utilizándolo en su interés, impidió a otras clases el acceso a su control; los regímenes totalitarios que asolaron la vida política de los europeos en el siglo XX, lo sacralizaron, y arrasaron las libertades en su nombre. En el campo de las ideas, el liberalismo quería –quiere– un Estado reducido a la mínima expresión, lo suficiente para garantizar las libertades mercantiles, pero no tan grande como para que las altere interviniendo en nombre de nada; la izquierda revolucionaria veía en el Estado un instrumento utilizado por unas clases para oprimir a otras y, o bien proponían su inmediata destrucción –anarquistas– o bien pronosticaban su desaparición con la supresión de las clases –marxistas–; el fascismo identificó al Estado con la nación, dirigida de modo totalitario por el partido y concebida como una unidad étnica, de civilización –cuyas raíces había que buscar en un pasado histórico mitificado– que convertía al ciudadano en el peón de un proyecto quimérico al que no le cabía otra alternativa que someterse; el llamado socialismo real –URSS y repúblicas populares– se diferenció del fascismo en que sustituía el mito de la nación por el de la sociedad comunista.


Un panorama siniestro que no ayuda a contemplar al Estado con ojos esperanzados; pero hay otras formas de verlo tan alejadas de su deificación, de raíz hegeliana, como de su minimización, heredera de Smith. A pesar de todas esas desviaciones hoy el Estado es el único garante de los derechos individuales y, por lo tanto, el espinazo, la osamenta de la democracia. Con ella nos hemos convertido en ciudadanos, es decir, en individuos con derechos y, para ejercerlos, necesitamos del Estado, que nos aporta el marco, los instrumentos, la defensa… el medio que los hace reales, tangibles y efectivos.


No hay que descartar un futuro, quizás no muy lejano, en que gocemos –gocen nuestros descendientes– de una democracia universal en la que el Estados no sea más que una reliquia histórica –como son hoy las monarquías– en la que solidas instituciones de ámbito mundial soporten la garantía de los derechos. Hoy por hoy, el debilitamiento del Estado –que ya es perceptible por el efecto combinado de la globalización y la fuerza arrolladora del neoliberalismo, a menos que la actual crisis produzca un giro apreciable– nos deja inermes frente a las grandes corporaciones, que no ven en nosotros a ciudadanos sino a consumidores; las iglesias, que nos consideran rebaños a los que pastorear; los nacionalismos que nos confinan en rediles construidos a base de muros y fronteras; todos interesados, por razones diferentes, en despojarnos de lo que tanto esfuerzo costó conseguir y consolidar: el libre ejercicio de los derechos individuales.


La democracia es posible sin el Estado, pero cuando éste haya desaparecido por la natural evolución de la sociedad política –no absorbido por los aparatos generados por el capitalismo o por fuerzas retrógradas–, entre tanto uno y otro, democracia y Estado se sostienen mutuamente, viviendo en una simbiosis, en un equilibrio, que haríamos bien en mantener.
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Ilustración: GIORGIO DE CHIRICO, Las musas inquietantes. 1916.