17 oct. 2008

Un Nobel oportuno

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El último Nobel concedido es el de economía, que este año ha premiado los trabajos de Paul Krugman. Junto con Joseph Stiglitz ha venido planteando una crítica sistemática a las políticas neoliberales de reducción de impuestos y desregulación de los mercados. Ambos han mantenido una gran actividad académica y de divulgación colaborando en la prensa diaria por lo que sus tesis son ampliamente conocidas. A los dos se les puede calificar de neokeynesianos.


J. M. Keynes (1883-1946) fue sin duda el economista más influyente en el S.XX, ya que sus propuestas no fueron puestas en cuestión desde los años de la Gran Guerra (1914-18) hasta los años 70. Proponía la intervención del Estado con políticas monetarias y fiscales a fin de mitigar los efectos de las crisis cíclicas y promover la recuperación. Esas políticas convivieron con el experimento de economía dirigida de los países del Este, que tenía como objetivo último la erradicación definitiva de la pobreza, lo que estimuló la consolidación de las tesis keynesianas que, al fin y al cabo mitigaban la polarización de la riqueza, a la que el mercado libre tiende de modo irrefrenable. Después de la II GM contribuyó en la conferencia de Bretton Woods a diseñar el sistema monetario de la posguerra, vigente hasta 1976, y para cuyo buen funcionamiento se crearon el Banco Mundial, que pretendía el desarrollo de todos los países, afectados económicamente por la guerra, el FMI (Fondo Monetario Internacional), que velaría por la estabilidad de las monedas y el GATT, transformado después en la OMC, cuyo fin era estimular el comercio mediante la reducción arancelaria. El sistema funcionó con éxito hasta que aparecieron las dificultades.


En 1973 estalló una crisis que presentaba una nueva característica, la estanflación, estancamiento más inflación; ante ella eran inviables las recetas keynesianas, ya que al estimular la economía aumentaban aún más la inflación. Éste fue el caldo de cultivo en el que se gestó un nuevo cambio de paradigma económico. En la universidad de Chicago se había venido gestando una escuela crítica frente al intervencionismo y en 1976, su representante más destacado, Milton Friedman, obtuvo el premio Nobel. En 1980 ganó las elecciones en EE.UU. Ronald Reagan, que se convirtió en abanderado de la nueva doctrina ultraliberal, acompañado por la premier británica M.Teatcher. En el Reino Unido, y también en los países nórdicos, se desmantela el Estado de bienestar, que durante un tiempo pareció la alternativa democrática al socialismo del Este; todos los países, incluidos los gobernados por la izquierda, privatizan sus empresas públicas; las reducciones fiscales, la desregulación y el abandono del control de la moneda por los gobiernos son la norma general; el FMI, el BM y la OMC se reconvierten en instrumentos del nuevo liberalismo y lo imponen por la coacción y el chantaje a los países que reclaman su ayuda, generalmente los países pobres, con los resultados catastróficos que se conocen –Méjico, Indonesia, Argentina, etc.– Para colmo la implosión de la URSS asfixiada por el esfuerzo de la guerra fría y la ineficiencia de su sistema económico anquilosado por el autoritarismo y la burocracia, dejó sin referente a la izquierda. El éxito en el crecimiento hizo que pocos repararan en las enormes contradicciones que se estaban gestando. En éste ambiente se ha generado la enorme burbuja financiera que acaba de estallar.


La fuerza de los acontecimientos se ha impuesto. En medio de la crisis financiera y en las puertas de la crisis económica, que se anuncia muy grave, la academia sueca concede el Nobel a Krugman, mientras en EE.UU. se cubren las últimas etapas en la campaña electoral que, con toda probabilidad sacará de la Casa Blanca a los republicanos. Parece como si el paralelismo invertido con el año 80 hubiera sido programado.

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