22 oct. 2008

La imprenta

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Una novela de Keith Robert, Pavana, del genero llamado historia alternativa o contrafactual, presenta una interesante ucronía: se desarrolla en Inglaterra en el siglo XX, partiendo del supuesto de que en el XVI la Armada Invencible hubiera triunfado y Felipe II hubiera invadido el país, impidiendo el desarrollo de la Reforma. Deduce el autor que la revolución industrial no habría tenido lugar y el mundo del S.XX sería otro muy distinto del que hemos conocido.


Supongamos nosotros que la imprenta no se hubiera inventado en el momento en que lo fue y que las 95 tesis que Lutero clavó en las puertas de la iglesia de Wittemberg no hubieran sido leídas más que por los que se acercaran a hacerlo. En tales condiciones ¿Habría triunfado la Reforma? ¿Habría alcanzado la difusión y la importancia que obtuvo? Y si las respuestas son negativas ¿no habría que concluir, con el autor de la novela, que la situación hoy sería radicalmente distinta porque la secuencia de los acontecimientos habría cambiado sustancialmente?


A mediados del siglo XV se instaló en Alemania la primera imprenta, inspirada en un invento chino muy anterior. En muchos aspectos fue la primera industria moderna: rompía los esquemas de la producción artesanal, imperante entonces, ya que el libro fue el primer producto industrial fabricado en serie; sus empresarios lo fueron también en un sentido moderno, libres de las trabas gremiales. La reducción del precio que trajo consigo este hecho permitió que los libros, la lectura y el estudio dejaran de ser el privilegio de algunos afortunados y de los clérigos –las únicas bibliotecas eran las de los monasterios y otras instituciones, casi siempre eclesiásticas. Ni que decir tiene que la conservación y difusión del saber y del arte literario alcanzó cotas impensables por la facilidad y la precisión con que se podía lograr. Fue el complemento ideal a la introducción del papel, que había expandido a la civilización islámica unos siglos atrás; ahora la imprenta hizo lo mismo con las ideas del Humanismo, la Reforma y el Renacimiento, es decir la civilización occidental moderna.


Lo más interesante es que al contrario de lo que en principio se pensó, que sería un poderoso instrumento en manos de la Iglesia, de la monarquía –los grandes poderes de la época– y para la consolidación del latín como lengua universal, fue un arma disolvente frente al estatus imperante, que realizó un impagable servicio al individuo, reforzando su autonomía, permitiéndole emprender una marcha imparable hacía la libertad, y, en cierto modo, evadirse del atosigante poder de las dos instituciones; por otra parte, en lugar de afianzar al latín como lengua universal, sirvió para lanzar al campo de la cultura a las lenguas locales, con lo que se puso la primera piedra en el nacimiento del sentimiento nacional y de las nacionalidades, otra innovadora característica de la modernidad.


El mensaje es claro: los avances tecnológicos no sirven para conservar o afianzar lo existente sino para revolucionar y hacer florecer nuevas tendencias. Y es que constituyen el verdadero motor de la historia; ni las ideas, ni los grandes hombres, ni las grandes hazañas podrían siquiera manifestarse sin las vías que ellos abren.

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