19 oct. 2008

Castillos de naipes

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La crisis financiera tiene como componente más importante la pérdida de confianza en el sistema por parte de los propios protagonistas. Otros aspectos del sistema económico se basan también en la confianza que los usuarios depositamos en ellos; estoy pensando en el dinero. Han pasado los tiempos de la moneda mercancía en que su valor intrínseco equivalía a su valor simbólico; la nuestra es una moneda fiduciaria, es decir, su valor real no coincide con el que reza impreso en ella, la usamos porque confiamos en que el sistema funciona. De hecho el papel moneda en circulación ni siquiera está respaldado por depósitos en metales preciosos u otros valores en los bancos centrales de los países que la emiten: las monedas dejaron de ser convertibles en oro a lo largo del último siglo –aunque ya no era real, los billetes españoles mantuvieron la leyenda “El Banco de España pagará al portador” hasta 1976–, la última fue el dólar (1971).

De todas formas los billetes en circulación, puesto que el monopolio de su emisión lo tiene el Estado –en la UE el Banco Central Europeo–, tienen al menos la garantía de una política que suponemos responsable. Sin embargo el dinero no se reduce al que está emitido en billetes: la oferta monetaria tiene como componentes el dinero legal que es el que está en manos de los ciudadanos y el dinero bancario, creado por los bancos al abrir depósitos a sus clientes. Un elevado porcentaje del dinero con el que pagamos, consumimos o invertimos pertenece a esta categoría. Si depositamos 10.000€ en un banco, éste podrá realizar un préstamo con ese dinero a quién se lo solicite; de este modo los diez mil iniciales se habrán convertido en veinte mil disponibles, ya que ambos, nosotros que abrimos el depósito y quien recibió el préstamo, podemos disponer de la totalidad; el banco ha creado diez mil euros, que no existen físicamente. El sistema funciona porque se obliga a los bancos a que reserven un pequeño porcentaje de cada depósito (coeficiente de caja), como mínima medida de seguridad, y porque se espera que todo el mundo no retire el dinero al mismo tiempo. En momentos de zozobra, como el que vivimos, puede ocurrir que mucha gente desee retirar sus depósitos, creando problemas de liquidez en los bancos, que pueden ser muy graves si se unen a los ya planteados por la restricción de los créditos interbancarios –los bancos no se fían unos de otros y además no quieren quedarse sin recursos, por lo que no se prestan entre sí–. En Argentina ante una situación de pérdida de confianza generalizada en la moneda y en los bancos, que creó de facto una situación de caos financiero, el gobierno decretó el corralito en 2001, prohibiendo la retirada de los depósitos de los bancos.

Hasta ahora la crisis sólo ha rozado estos aspectos del sistema, pero la situación podría cambiar si se agravara el proceso, con consecuencias catastróficas; al fin y al cabo todo el sistema no es más que un gigantesco castillo de naipes que amenaza desmoronarse a cada momento.

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