21 oct. 2008

El genocidio franquista

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Estamos habituados en este país a que la justicia nos sorprenda y me temo que en los días próximos no nos defraudará. El tema es peliagudo y hay opiniones para todos los gustos, lo que garantiza la frustración de muchos. Pero es que el juez que se ha hecho cargo del asunto no es menos polémico, y anda que escasean los jueces polémicos entre nosotros. Con seguridad nos veremos envueltos en un galimatías de tecnicismos jurídico procesales como ya se anuncian con el recurso de la fiscalía publicado hoy.

La política es el arte de la transacción, por lo que a pocos extraña que una cuestión tan problemática se haya venido orillando sin meterse en ella de lleno; probablemente desde la política era lo mejor que podía hacerse, dadas las circunstancias. De la justicia en cambio esperamos soluciones definitivas, que se cierre la cuestión con decisiones que no den lugar a más discusión. No sé si se ha hecho bien con situarlo en ese ámbito, pero una vez en él no debería marearse más la perdiz; ya sería difícil aceptar de nuevo un mejor no meneallo.

Lo indiscutible es que un importante sector del ejército se sublevó contra el régimen legítimo y democrático, para lo que contó con el apoyo de buena parte de la derecha sociológica y de la Iglesia, que el pronunciamiento degeneró en guerra civil y que los vencedores, los sublevados, no buscaron la reconciliación sino que optaron por el exterminio mediante la liquidación física, el
confinamiento y el extrañamiento de los oponentes. La operación, que se prolongó hasta la muerte del dictador (1975), se saldó con no menos de 150.000 desaparecidos. Nadie en su sano juicio puede calificar esto de otra cosa que de genocidio.

La violencia republicana tuvo carácter individual o fue protagonizada por organizaciones libertarias o estalinistas, nunca fueron un plan del gobierno y por supuesto no tuvo el volumen de la represión franquista. En este caso sí parece lógico aplicar la calificación de delitos comunes. La responsabilidad de la República se limitaría a no haber sabido controlar tales acciones. En cualquier caso las posibles responsabilidades han sido pagadas con creces por justos y pecadores.

Sobre el fondo de la cuestión no hay lugar para la polémica, salvo ignorancia o mala intención. Las disquisiciones de carácter jurídico o de técnica procedimental, podrán ser muy importantes, pero no deberían ser utilizadas para defraudar las esperanzas de quienes durante décadas han visto como la injusticia se solidificaba hasta crear una situación aparentemente inamovible. Es el momento, gracias al valor, o al histrionismo, qué más da, del juez Garzón, de liquidar cuentas con la historia.

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IMAGEN: Masacre en Corea. Picasso, 1951.

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