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Gobernar para tontos
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Zapatero a tus zapatos
3 may 2012
La educación en la trituradora
26 abr 2012
La mujer, el trabajo, los valores y el ministro
15 feb 2012
Malos tiempos para la enseñanza pública
16 abr 2009
Los males de la escuela
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El estudio de Gabarró se puede encontrar en su página web: http://danielgabarro.cat/
7 abr 2009
¿Fracaso escolar o fracaso social?
Han corrido ríos de tinta sobre la idoneidad de la reforma desde que la LOGSE entrara en vigor y luego con los retoques diversos en forma de otras tantas leyes orgánicas. Han opinado expertos e ignorantes (a veces, reclutados entre intelectuales, que por serlo, o por creérselo, piensan que sus opiniones no pueden quedarse en el tintero[i]). Se han puesto en cuestión los principios teóricos, los procedimientos de aplicación, la solvencia de la pedagogía y de los pedagogos, la capacidad y actitud de los profesores, las intenciones de los políticos… En este fenomenal guirigay nada ni nadie quedó a salvo y ha alcanzado volumen ensordecedor desde que los informes PISA han puesto de manifiesto la deficiente preparación de nuestros escolares y la magnitud del fracaso escolar, vivido como una lacra social que quita el sueño a padres, docentes y responsables políticos.

Bastantes profesores acogimos la reforma educativa con ilusión porque nos pareció una humanización y racionalización de la enseñanza y una apuesta valiente por el cambio social, que era en aquel momento un anhelo prioritario en cualquier mentalidad progresista. La realidad no nos ha desmentido, simplemente ha puesto de manifiesto lo que ya sabíamos: que la desigualdad social es la causa principal de la diferencia de oportunidades y que la escuela, por sí sola, no cambiará esa realidad, o que, en todo caso, su tiempo se mide en generaciones. No fuimos ingenuos nada más que en creer que lo que a todas luces era evidente sería igualmente aceptado como tal por la inmensa mayoría. En términos generales la reforma fue acertada, los principios en los que se basó eran impecables, y pese a los avatares de su aplicación y la falta de confianza de algunos políticos y muchos profesores, ha producido un sistema educativo socialmente avanzado del que podemos enorgullecernos. ¿Y el fracaso escolar? ¿Y los resultados de los informes?
En El País de hoy un reportaje de José Luis Barbería, La clase perdedora, pone el dedo en la llaga al publicar y glosar los resultados de los últimos trabajos de sociólogos y pedagogos al hilo de las conclusiones en las evaluaciones a cargo de organismos internacionales (PISA) y nacionales. No voy a redundar en los mismos temas que él, sólo os recomiendo su lectura y relaciono y subrayo algunos de los hallazgos y confirmaciones de los investigadores que cita y que yo creo notables:
• Los alumnos con padres sin estudios tienen 20 veces más probabilidades de fracasar en la escuela.
• Los hijos de trabajadores no cualificados tienen 4.5 veces menos probabilidades de acceder a la universidad
• La variabilidad de resultados por centros se deben en más de un 50% a la condición socioeconómica y cultural de los alumnos. El centro influye en sólo un 16% y el tipo de enseñanza apenas un 6%.
• Descontando los condicionantes socioeconómicos y culturales, la enseñanza pública es de mejor calidad que la privada.
• La presencia de inmigrantes no influye en el nivel medio de la clase si no supera su número el 10%.
El problema es que la escuela es cada vez más clasista desde que en los años 90 los estratos sociales medios empezaron a protagonizar un éxodo hacia los centros privados, incluido el nivel universitario, no justificado por la calidad, sino estimulado por la mentalidad de nuevos ricos que nos ha invadido en los últimos tiempos. Como consecuencia se ha multiplicado el gasto privado y público por una enseñanza discriminatoria sin otra justificación que esa misma actitud discriminadora. Aquellos que se sientan preocupados por la enseñanza deberían reflexionar sobre esta cuestión y no sobre las propuestas de los pedagogos, que son una cuestión técnica y compete a los profesionales. Desde nuestro particular punto de vista, el gran fracaso de la LOGSE sería que la sociedad a la que ha pretendido cambiar se imponga con su clasismo a la primera escuela igualitaria y universal que ha avistado nuestro país por primera vez en su historia.
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[i] Entre otros recuerdo por ejemplo a Muñoz Molina y Pérez Reverte que con estilos acordes con sus respectivas personalidades (paternalista y añorante el primero, faltón y chulesco el otro) arremetieron en su día contra el sistema educativo poniendo de manifiesto tan sólo su radical ignorancia sobre el asunto, a pesar de la excelencia demostrada en su profesión.
31 oct 2008
Tabú y esperpento

Se está viviendo en las aulas valencianas un auténtico sainete a propósito de la asignatura de Educación para la Ciudadanía, coronado con manifestaciones y con los catastróficos resultados de la evaluación inicial, que se empiezan a conocer. El espectáculo que nos está ofreciendo la consejería y, por consiguinte, la Generalitat, no tiene precio.
Desde hace tiempo, en algunas Comunidades –la enseñanza está por completo transferida, de ahí las diferencias– existen programas para desarrollar la enseñanza bilingüe, en un intento loable por romper la ancestral incapacidad de nuestros escolares para las lenguas. En virtud de esos programas se imparten algunas asignaturas en inglés, pero para ello es condición imprescindible que en el centro haya recursos y el consenso necesario, que los profesores implicados conozcan el idioma y que los alumnos –sus padres o tutores, naturalmente– acepten ser incluidos en esos grupos. El procedimiento de colocar un traductor al lado del profesor es ridículo, amén de una aberración pedagógica. ¿Cómo se ha llegado a esta estúpida sinrazón?
El rechazo a la asignatura por sectores del más rancio conservadurismo –la Iglesia fundamentalmente– tiene una motivación estrictamente ideológica: la ruptura del tabú de la homosexualidad. Y digan lo que digan no existe ninguna otra. Todos los contenidos de la nueva materia se impartían ya, distribuidos en otras asignaturas o como temas transversales, sin que nadie haya manifestado nunca la más mínima oposición. Ha sido el tema de la igualdad –en el que no se ha visto más que un eufemismo para ocultar la política contra la homofobia, entendida como de protección y normalización de la homosexualidad– lo que ha desatado la tormenta. En cierta ocasión, cuando aún trabajaba en un instituto, un alumno musulmán sostuvo en un debate en el aula que en los países árabes no existía la homosexualidad; estaba convencido de que era una corruptela propia del mundo occidental; en su ámbito cultural el tabú era tan fuerte que había producido una total invisibilidad de ese sector de la población. Lo que en nuestro país quedaba de esa invisibilidad es lo que la reforma que permite el acceso al matrimonio por los homosexuales y la Educación para la Ciudadanía han roto de modo estruendoso.
Bien por afinidad ideológica, bien por interés partidario, ya que esperan sacar tajada electoral con un comportamiento que halague al conservadurismo recalcitrante, algunos gestores políticos han hecho que la polémica desemboque en un esperpento.
15 sept 2008
¡La escuela es una mariconada! Machismo y fracaso escolar.

· De los jóvenes españoles entre 16 y 35 años el 41’5% de los varones no han logrado pasar de los estudios primarios; las mujeres en la misma situación son sólo el 28’3%.
· Un 23% de las chicas dejan la secundaria en la primera etapa. Los chicos un 34’2%
· Últimamente un 50% de las mujeres han obtenido un título universitario frente a tan sólo un 36’6% de los hombres.
· De cada diez personas que acaban una licenciatura seis son mujeres.
Las cifras son elocuentes y disipan cualquier duda: el fracaso escolar es masculino; no es que no se de en las mujeres sino que la diferencia que sacan los varones es apabullante: “hoy día ser chico en el sistema educativo obligatorio es un indicador de fracaso escolar de igual importancia que pertenecer a un grupo marginal”. A lo que hay que añadir que la mayoría de alumnos con problemas de convivencia –disciplina decíamos hace unos años– son chicos, principales protagonistas de conductas disruptivas –tecnicismo que designa comportamientos díscolos que entorpecen la marcha del proceso educativo.
Lo que caracteriza a la adolescencia es el deseo de ser adultos, en el caso de los chicos, ser “un hombre de verdad”; pero ¿qué encierra esta expresión en su mente? ¿Cuál es el modelo de hombre socialmente dominante? Si nos movemos a nivel de las concepciones hegemónicas habremos de reconocer que nuestra sociedad es sexista, patriarcal y heterosexista, y estas son las claves con las que se construye el modelo. El sexismo implica que los hombres son diferentes de las mujeres, lo cual biológicamente es obvio, pero no socialmente. El patriarcalismo conduce a considerar al hombre superior a la mujer, reservándole la dirección, las decisiones y también las tareas de proveer y proteger, generando una dominación masculina que lo impregna todo. El heterosexismo no es sólo la manifestación de una orientación sexual sino una ideología represora de todo lo que escape al estándar sexual.
De esta sociedad así conformada se extraen los valores que dibujan la identidad masculina con la que el adolescente construirá su modelo. La competitividad, el recuso a procedimientos expeditivos –violencia– para imponer intereses y criterio propios; la minusvaloración del diálogo, la negociación y la cooperación; el sentimiento de humillación ante deseos o comportamientos que se consideran femeninos, son algunas de las actitudes con las que se aproxima al comportamiento del “hombre de verdad” que tiene en su mente.
El medio escolar se le antoja un ámbito femenino porque en él aprecia una mayoría abrumadora de profesoras, primacía de la cooperación sobre la competencia, valoración del diálogo y la negociación, primacía de la palabra sobre la acción. En resumidas cuentas, optará por priorizar la “cultura del patio” –espacio donde reinan los “valores masculinos”– sobre la “cultura del aula”, percibida como espacio femenino. El resultado será la automarginación y el fracaso.
[1] What about the boys? (¿Qué les pasa a los chicos?) se titula un conocido trabajo elaborado por V. Foster de Australia, M.Kimmel de EE.UU. y Ch. Skelton del Reino Unido, que profundizan en la cuestión y nos demuestra que no estamos ante un asunto local
23 jun 2008
El largo verano escolar

Los adolescentes se enfrentan a una jornada intensiva de seis horas de clase –seis asignaturas diferentes– cada mañana, cinco días a la semana, con un descanso intermedio de 30 minutos, o dos menores. Regresan a sus casas para almorzar cerca de las tres. Por la tarde ya no hay jornada lectiva, aunque los centros suelen programar diversas actividades de carácter voluntario, con poco éxito las más de las veces. ¿Puede extrañar a alguien que en las dos últimas horas sea poco menos que imposible conseguir la concentración de los alumnos? La pérdida de tiempo, la frustración y desesperación de los profesores y la habituación de los alumnos a actitudes díscolas, son los efectos inevitables. Eso sin contar con la absurda hora a que se relega el almuerzo, que debería hacerse en el centro antes de la una. Por supuesto las asignaturas se distribuyen en ese horario de modo aleatorio, y eso por dos razones: por evitar agravios comparativos entre asignaturas (profesores) y porque la elaboración de horarios –operación compleja donde las haya– se realiza ahora por procedimientos informáticos en todas partes.
Esta manía por lo intensivo alcanza al calendario anual. El curso empieza tarde y termina pronto, si lo comparamos con los estándares europeos. Tampoco aquí se trata de trabajar menos, sino de hacerlo en el menor tiempo posible. Las vacaciones de verano alcanzan entre nosotros casi los tres meses, mientras que en otros países de nuestro entorno son de seis semanas. En toda Europa el curso empieza el primer día de septiembre; aquí los inútiles exámenes de verano y no se que misterios burocráticos impiden que sea antes de mediado el mes. Un misterio semejante hace que los alumnos de segundo de bachiller terminen a finales de mayo por causa de los exámenes de selectividad, como si fuese un mandato divino que estos se hagan a principios de junio. Y, sin embargo, los programas se cubren con dificultad, o no se cubren, por falta de tiempo; se recurre en exceso a la clase magistral porque es el modo más seguro de avanzar en el programa; se carga la atención y la preocupación en los contenidos porque dedicar el tiempo a la adquisición de técnicas y otras necesidades de la educación requiere un tempo mas reposado, del que evidentemente no se dispone; la estúpida y torturante manía de cargar a los chicos con tareas para la casa tiene el mismo origen, la falta de tiempo para hacerlas en clase.
En nuestro sistema educativo pueden darse aberraciones como la de que los profesores renieguen casi generalizadamente de la pedagogía y los pedagogos, pero no es la menor la de nuestro calendario escolar y horarios de jornada. Quizás estén relacionadas.


