15 feb. 2012

Malos tiempos para la enseñanza pública


Vivimos malos tiempos para la enseñanza pública por dos razones, ambas muy graves: la primera, porque desde el poder, dada la coyuntura política actual, no parecen soplar vientos favorables; la segunda, porque las preferencias de la ciudadanía se inclinan cada vez en mayor medida por la privada, hasta el punto de que el porcentaje de los que utilizan la pública se acerca peligrosamente a los que no pueden usar de la privada, por causas económicas o porque no hay un centro disponible en su entorno.
Las razones de la preferencia son múltiples pero una de ellas es el desprestigio de lo público que se ha generado en esta ola neoliberal, que no se limita a la praxis, sino que esparce ideología para todos en abundancia.
Los centros públicos tienen profesores funcionarios y no se gestionan con criterios empresariales. Ambas situaciones despiertan una notable desconfianza en los potenciales usuarios, que ignoran, o quieren ignorar, que, por ser así, los docentes se seleccionan mediante un sistema de concurso/oposición que garantiza su idoneidad y competencia en mucha mayor medida que en los privados; en estos se contrata con criterios empresariales, en el mejor de los casos. Olvidan, además, que la gestión empresarial tiene como objetivo prioritario el beneficio, aunque éste puede quedar matizado por otros de carácter doctrinal, si se trata de un centro de la Iglesia u otra organización que, sin duda, estará fuertemente ideologizada si es que se interesa por la educación.
Uno de los fenómenos que más ha contribuido a colocar la educación pública en la situación actual, al menos la primaria y secundaria obligatoria, es la concertación, sistema que puso en marcha uno de los gobiernos de Felipe González. Seguramente su diseño era congruente con la sensibilidad progresista, pero su práctica ha puesto de manifiesto que se ha limitado a transferir recursos públicos al sector privado sin otra ventaja que la desaparición de un sexismo trasnochado, pero sin que hayan podido ser erradicadas otras discriminaciones y deficiencias, que el usuario común no encuentra aberrantes si se pueden torcer en su particular beneficio. Un balón de oxígeno para la privada sin mucha justificación.
Hay un aspecto de la enseñanza pública que me interesa destacar: la pluralidad. Los centros públicos tienen una tradición democrática en su gestión que vienen conservando desde los últimos años del franquismo, a pesar de los repetidos intentos de crear un cuerpo de directores que separara a los gestores de los docentes. Además, los profesores se consideran básicamente iguales, y habitualmente se “turnan” consensuadamente en los puestos de responsabilidad sin que las intentonas de crear una carrera docente hayan malogrado apenas tal práctica y sentimiento. Esto, que ocurre a nivel de centro, se repite en los departamentos docentes, donde, si existen diferencias incompatibles, los discrepantes pueden salvar su independencia haciendo uso de la libertad de cátedra, con las debidas formalidades. Todo ello genera un más que excelente nivel de pluralidad, tanto en la acción docente como en las actitudes.
Ni que decir tiene que la neutralidad ideológica no existe, así que el único modo de salvar a los alumnos de un adoctrinamiento injusto y abominable es la pluralidad. La sociedad es plural, y sólo se puede preparar a los chicos para su inserción en ella en la pluralidad. No hay duda.
En los centros privados nunca se dan estas condiciones. De hecho la ley permite que elaboren idearios de centro de acuerdo con la ideología que sostienen las instituciones que los crean y mantienen. Fuerzan a los docentes en una determinada dirección y educan a los niños en un sistema de valores, que, por muy excelente que se crea, da una visión parcial del mundo y priva a los futuros ciudadanos de la capacidad de elegir con criterio. Es decir, entorpece la formación de criterio propio, que, por el contrario, debería ser la máxima preocupación de cualquier sistema educativo.
Curiosamente, esta cualidad de la pública, que por sí sola justificaría su existencia, no es apreciada casi en absoluto. El común de las familias valora más que sus hijos tengan vecinos de pupitre de “buenas familias”, y que les inculquen unos cuantos principios de los que se desgranan en los púlpitos. De hecho el gran peligro para la educación pública no procede del gobierno de derechas que nos hemos regalado, que también, sino de la desafección ciudadana.

4 comentarios:

Mark de Zabaleta dijo...

Un correcto análisis de una situación delicada para el futuro de nuestro nivel educativo.
Antiguamente la Universidad Pública "era" la verdadera garantía de una formación de calidad.
Hoy son los MBA de las universidades privadas...pagando!

Saludos
Mark de Zabaleta

jaramos.g dijo...

Con todo respeto, creo que exageras un poco, amigo Arcadio. Ni en la pública las cosas son exacta y genéricamente así, ni tampoco en la privada. Las realidad muestra mezclas y situaciones mixtas en todas partes. Por poner un ejemplo, en muchos centros públicos hay más alumnos matriculados en Religión que en la materia alternativa; y, en muchos privados, la mayor parte de los alumnos sale prácticamente atea. De todos modos, la salida -creo yo- a este problema consiste en clarificar el panorama: reservar la educación para la casa y las instituciones (civiles o religiosas) que los padres elijan, y asignar a los centros docentes la enseñanza como misión principal. Así desaparecerían todas las suspicacias de adoctrinamiento. De eso he escrito hace poco. Salud(os).

Anónimo dijo...

En España es un dogma intocable el pago por el Estado de los costes e la enseñanza privada, aceptado por todos los partidos, sindicatos, etc, sin excepción. Así las cosas, la gente manda a sus hijos a la escuela privada, donde reciben más o menos la misma enseñanaza y además tienen la ventaja (?) de una cierta selección social del alumnado, junto a la percepción de que el titular privado es más responsable que la Administración educativa.
Por otra parte, no me parece que las escuelas del Estado sean sensibles a la competencia de la escuela privada.
Creo que las bases de una sociedad democrática está en la escuela pública para todos los niños. Y los padres que quieran enseñanza privada que la paguen íntegramente.
F.S.C.

Arcadio R. C. dijo...

Gracis MARCK por tu participación

jARAMOS. Sin duda llevas razón porque en un artículo de 700 palabras no cabe definir todos los complejos matices de cualquier realidad.
Que los alumnos salgan ateos de un colegio religioso sólo confirma la torpeza de los métodos utilizados.
Que tantos padres eligan religión se debe a dos causas: 1) que la beatería reinante es considerable; 2)que muchos pasan por el aro con tal de que sus hijos no se sientan como un bicho raro, como fue mi caso.
La tesis principal de mi artículo es la superioridad de la pública por la pluralidad de que disfruta, todavía; y la desafección de los usuarios por motivos ajenos a su calidad. En ella me reafirmo.