22 feb. 2012

Se vende Estado, muy reformado

En los tiempos de la reunificación de Alemania uno de mis vecinos habituales de vacaciones, empresario alemán, sin hacer la mínima concesión al sentimentalismo por la caída del muro, me dijo: «Hemos comprado a Alemania del Este». Deduje entonces que sus dificultades con nuestro idioma no le habían facilitado la expresión de lo que pensaba. Ahora estoy convencido de que sabía muy bien lo que decía. Ayer un grupo sindicado  del que Alemania es el alma, pero del que formamos parte, si bien como palmeros, ha comprado ciertos derechos sobre Grecia.

Habíamos pensado que la creación de la UE había cambiado a Europa, que ya a nosotros no podían pasarnos las cosas que habíamos visto en el pasado; por ejemplo, que un país perdiera su soberanía o se viera mediatizado por otros al no poder atender a su deuda, o que su moneda se viera zarandeada por la especulación o ciertos intereses políticos económicos  hasta convertirla en papel inservible. La solidaridad entre los socios lo haría imposible. Cierto que algunas cosas han cambiado, pero sólo para que las que de verdad importan no cambien, según el famoso principio lampedusiano.

Los que defienden las tesis y las actitudes del actual gobierno alemán argumentan que de no actuar así, aparte de no salvarse Grecia, serían Alemania, Francia… las que acabarían mediatizadas por… ¿USA? ¿Algún o algunos países emergentes? Y entonces ¿qué quedaría de la UE?

Puede que lleven razón; pero, eso demuestra que la economía, los mercados, los poderes financieros, o como quiera que debamos llamarlos, señorean el Mundo y han sometido con descaro (en situaciones de emergencia no valen disimulos) a la política, es decir a la democracia, a la voluntad popular. En otras palabras, que nada cambió, aunque pareciera que había cambiado todo.

Tan es así que, escarbando un poco, descubrimos que el litigio no es entre estados, ni siquiera entre algunos de ellos y el mercado, esa entidad sin rostro, pese a lo que la superficie parecía decirnos, y es que se invocan en vano, otra vez, los nombres de las naciones. La lucha verdadera se libra entre unas clases que operan desde sus fortalezas de acero y cristal (la Citiy, Wall Street…), con nombres y rostros, y la gente común, de la que se diferencian por la monumental desproporción entre las rentas de unos y las de los otros. 

En otro tiempo la burguesía industrial ostentaba rentas insultantes para los trabajadores de sus empresas, a los que se aplicó la denominación antigua de proletarios, porque como la plebe de la antigua Roma, sólo poseían a su propia prole, que pudiera, explotándola, aliviar la miseria en que les aherrojaba el trabajo industrial. También entonces se recurrió al nombre “sagrado” de la patria para despistar y fragmentar la marea arrolladora del movimiento obrero; con bastante éxito, todo hay que decirlo.

En los últimos años las diferencias de renta se han disparado de nuevo, no son ya menores que las de aquella época. Sólo que entre los explotados ya es imposible encontrar aquel núcleo revolucionario del proletariado, que ha perdido el nombre  y, con él, la conciencia de clase, el arma que ellos emplearon para lograr las conquistas que, con el tiempo, nos confundieron y nos hicieron pensar que la explotación era cosa de otros tiempos.

En esta nueva, o, más bien, rediviva situación los estados han dejado de cumplir la misión de garantes de derechos, que, por un momento, la eclosión ciudadana les había forzado a ejercer, para mostrar con dureza su verdadera naturaleza de siempre: herramienta de los poderosos. Como cualquier utensilio, ellos mismos entran en la subasta.

Aquel empresario alemán de vacaciones que decía que habían comprado a Alemania Oriental no hablaba como alemán sino como empresario capitalista, pero sus palabras eran verdaderas y el tiempo lo ha ratificado. Las lágrimas que se nos escaparon viendo a los berlineses destruir el muro con sus manos también eran verdaderas pero el tiempo las ha convertido en ingenuo sentimentalismo.

1 comentario:

Mark de Zabaleta dijo...

Ciertamente tenía mucha razón...ya veo el Partenón comprado por los chinos !

Saludos
Mark de Zabaleta