31 dic. 2011

Balances

Alegoría del siglo XX. 1901

Fin de año es tiempo de balances, pero si se hacen con la mirada corta este año nos trae resultados oscuros y poco esperanzadores, en absoluto acordes con la felicidad que acostumbramos a desearnos por estas fechas. Por eso alargo la mirada y haré un balance que no viene a cuento en este momento pero que me apetece más. Y es que después de once años del inicio del nuevo siglo puede haber llegado la hora de reivindicar el XX, tan denostado. Seguramente porque en el presente no sólo no hemos encontrado las puertas del paraíso sino que más pareciera que deambulamos por los umbrales del infierno.

Se ha dicho del XX que ha sido el siglo más sangriento de la historia, hasta el punto de que en algunos textos se hace referencia a él como la era de la violencia. Las dos conflagraciones mundiales, que son en realidad partes de una sóla dividida por una tregua de veinte años, más el largo periodo de guerra fría, con conflictos periféricos y la amenaza atómica, justifican esa visión. La invención de la guerra total más la irrupción de la nueva industria y sus métodos en las prácticas bélicas y en la neutralización de minorías le han dado ese aspecto siniestro. Nunca la humanidad fue más eficiente en la destrucción: los romanos emplearon todo un ejército y tardaron semanas en destruir Cartago, pasar a cuchillo a su población, esclavizar a los pocos supervivientes y sembrar sus campos de sal; los americanos lograron un efecto más radical sobre Hirosima en segundos, empleando tan solo la tripulación de un bombardero común.

Sin embargo, los aspectos positivos que oponer a los anteriores no son ni mucho menos despreciables. En los avances científicos el siglo no tiene nada que envidiar a ninguno de los tres anteriores, los más brillantes de la humanidad, y en la tecnología los supera con mucho. En sus albores la democracia se reducía a la América anglosajona y a un rincón de la Europa occidental, en las postrimerías se había globalizado y su prestigio incontestable hacía que hasta los regímenes que la negaban de hecho (nadie lo hace ya de palabra) utilizaran camuflajes pseudodemocráticos. Incluso se realizó un intento, parcialmente exitoso, de llevar la democracia y el derecho a las relaciones internacionales (Sociedad de Naciones, ONU), que ya no sólo no parece tener marcha atrás sino que continúa progresando. Si la democracia se puede ver como la cristalización de los ideales de la revolución burguesa (libertad e igualdad), que naciera a finales del XVIII, la revolución social que triunfó en Europa oriental (1917) y amenazó durante varias generaciones al  Occidente y sus aledaños engendró las políticas de bienestar que los Estados, por primera vez en la historia, consideraron su obligación, al ser incorporadas en mayor o menor medida por todas las opciones políticas. La globalización, en gestación desde la época de los grandes descubrimientos geográficos (España fue protagonista principal), ha madurado como concepto precisamente en estas fechas y hemos comenzado ya a saborear sus frutos, agridulces de momento. El conocimiento del Mundo y sus límites ha producido a su vez una conciencia conservacionista y de respeto a la naturaleza, perdida desde los tiempos de las revoluciones agrícola e industrial, cuyos frutos esperamos que se vean en el presente siglo, pese a los nubarrones que aún lo impiden.

Aunque en nuestra memoria aún prevalece su lado oscuro, es muy posible que el siglo XX pase a la historia como aquel en que se produjo un gran salto hacia adelante en el progreso de la humanidad. Seguramente el último en la hegemonía de Occidente, pero en el que se sentaron las bases de una convivencia más fraternal y en el que nacieron o se consolidaron muchos de los principios que guiarán al mundo en el futuro: una nueva relación con el medio; una globalización auténtica y completa; la asunción global de los derechos sociales y económicos… y todo ello con un dominio del conocimiento científico y de la tecnología nunca vistos y que provocarán cambios sustanciales en lo material y en lo intelectual.

Precisamente lo que tiene de más irritante la presente crisis, aparte los dramas personales, es que supone un frenazo y la amenaza de una regresión en este caminar que se había descontado ya, pese a la irrefrenable afición del género humano por los mensajes pesimistas sobre el futuro.

13 dic. 2011

Cuadrar el círculo

Miguelcerámica. "Cuadrando círculos"
            Nadie es perfecto. Todos estamos expuestos a ser presa de contradicciones que sobrellevamos porque las ignoramos más o menos conscientemente. Cuando se hacen evidentes sólo hay dos opciones: desmontarlas con valentía o entregarnos al cinismo. Esto que es cierto para los individuos también lo es para las sociedades.
No parece que haga falta ningún esfuerzo para demostrar que la monarquía como forma de gobierno está en flagrante contradicción con los principios democráticos más elementales. Otra cosa es que consideremos que es útil políticamente aquí y ahora, lo que, como decía antes, no deja de ser una salida cínica: sacrificar los principios por el pragmatismo es puro utilitarismo, si además defendemos el derecho a hacerlo, es cinismo. Estoy convencido de que la vetusta institución no resistiría el debate sobre la utilidad, pero me interesa más hoy resaltar algunas de las contradicciones que aparecen y se multiplican esperpénticamente en su devenir cotidiano.  

Una. Visitó la reina a la infanta en su domicilio americano, estos días de tribulación por los oscuros negocios de su yerno, y el suceso ha provocado diversas interpretaciones que van de la crítica a la alabanza. Leo  que como madre ha hecho lo que debía, apoyar a sus hijos, pero que como reina su gesto es muy criticable. La cuestión es que la reina no puede separar su función de madre de la que le corresponde políticamente. En realidad está ahí para y por ser madre. En una institución hereditaria la función reproductora de sus miembros es fundamental. Puede parecer arcaico, y lo es, pero lo que cabe esperar de la reina en primer lugar es que dote de herederos a la corona. Ninguna puesta al día de la monarquía puede ignorar este mandato porque está en su esencia. Cualquier mujer tiene el derecho a planear y dirigir su realización personal incluyendo o excluyendo en ella la maternidad, la reina no. La cuestión no es si ha actuado como madre o como reina, sino que su relevante papel en la jefatura del Estado está vinculado esencialmente a su maternidad, lo cual no deja de ser delirante.

Dos. La boda del Príncipe de Asturias dio lugar a otra polémica porque la elegida no pertenecía a ninguna casa real, ni siquiera a la nobleza. En la elección no intervino ningún otro factor que la atracción amorosa, como se supone que debe ocurrir en cualquier pareja de hoy. La mayor parte de los españoles, como no podía ser menos, aprobaron esta conducta. Sin embargo, conviene no olvidar que si el príncipe tiene reservada la jefatura del Estado es sólo por su sangre, la nuestra es una monarquía dinástica. Históricamente las bodas reales fueron cuestión de Estado y siempre se eligió a las o los consortes entre familias reales o próximas a ellas, sencillamente porque lo único que fundamenta su derecho a reinar es su ascendencia genética. Es absurdo, pero tiene una explicación histórica. Que la corona estuviera al alcance de cualquier ciudadano además de absurdo carecería de justificación alguna. Una supuesta modernización de la monarquía no puede ignorar su condición dinástica sin ignorarse a sí misma. Que la monarquía se acerque a los ciudadanos es un imposible porque en el proceso perdería sus privilegios, que son su esencia, y dejaría de ser.

Tres. El laicismo es la condición de un Estado democrático moderno. En España esta es una cuestión no resuelta del todo y uno de los hechos que más hacen por mantener la ambigüedad es el exhibicionismo católico de la casa real. Y es que monarquía y religión son inseparables: la Iglesia proporcionó los argumentos que justificaron el poder monárquico. En una sociedad moderna no tienen cabida los privilegios («Los hombres nacen y permanecen libres e iguales en derechos…», decía la Declaración de Derechos del Hombre de 1789), sólo en el ámbito de la religión es posible la excepción si la cargamos a la voluntad divina, que, por definición, prevalece sobre las demás. De hecho la Iglesia siempre justificó las desigualdades de este modo y más que a combatirlas se aprestó siempre a recomendar su aceptación, si es necesario, con resignación. Una monarquía moderna debería ser laica, pero eso generaría una imagen absurda, nunca vista.

Las monarquías que subsisten hoy han elegido dos caminos distintos para su supervivencia: el británico, que consiste en conservar, dentro de lo posible, toda la parafernalia con que históricamente se adornó, refugiándose en la religión y exhibiendo un ritual ostentoso y una imagen hierática, con qué hipnotizar a las masas; el continental, que hace gala de adaptarse a los modos democráticos propios de este tiempo. Ambos conducen al absurdo. Ni su Graciosa Majestad con sus espectáculos circenses, ni su Católica Majestad con su presunto aggiornamiento, serán capaces de cuadrar el círculo.


8 dic. 2011

Teta y sopas


Tengo un problemilla psicológico que el día menos pensado me lo haré mirar: cuanto más suben de tono las críticas a Merkel más necesidad siento de defenderla, aunque malditas las ganas de dar la cara por una señora que luce un equipamiento ideológico en mis antípodas, o eso creo.
La solución, dicen, está en los “eurobonos”. Si todos nos hacemos responsables de la deuda de todos, la presión de los mercados se esfumará. Perfecto. Solo que conviene tener en cuenta que en el primer “todos” destaca Alemania y en el segundo los que estamos en apuros, si no la cosa no tendría sentido. Llegados a este punto se suele introducir el principio de solidaridad: los germanos deben mostrar solidaridad, ¿acaso no se han beneficiado ellos de la construcción de un mercado común? Recuerdo una anécdota significativa: con ocasión de una cumbre iberoamericana en Madrid, uno de los presidentes, en conversación privada que hizo pública un micrófono abierto, expresaba a Vicente Fox, de México, su asombro por el progreso reciente de España, a lo que el mejicano contestó: “Esto lo ha pagado todo Alemania”, mostrando a continuación su decepción porque USA no hubiera desempeñado el mismo papel en América. Exageraba y simplificaba el mandatario americano, pero los que tenemos suficiente edad recordamos lo que era nuestro país antes de entrar en el Mercado Común, como se llamaba entonces, y en lo que se ha convertido; que Alemania siempre fue el mayor contribuyente neto y que España fue el mayor receptor de fondos de la comunidad hasta las últimas ampliaciones. Puestos a recordar podríamos también traer a colación que cuando Alemania emprendió la reunificación sólo recabó ayuda política de sus socios, a pesar del esfuerzo económico y los ajustes que necesitó, raíz, en buena medida, de su buena situación actual.
Más. Cualquiera que haya visitado Alemania recientemente se habrá percatado de que allí se respira austeridad. En vano buscará alardes del tipo de la Ciudad de las Ciencias valenciana o AVEs a mogollón ¿Por qué habrían de avalarnos caprichos de nuevo rico? Debe ser un problema mío, pero cuando desde aquí se reclama solidaridad a Merkel siento esa extraña sensación que llamamos vergüenza ajena.
Tampoco sobraría que señaláramos el papel de perro del hortelano que tan bien representa el Reino Unido, no queriendo estar ni quedar descolgado de algo más ambicioso que se pueda construir en Europa. También es llamativa la insolidaria posición de Irlanda que ha construido casi un paraíso fiscal dentro de la eurozona, aprovechando la tolerancia de sus socios, para después mostrarse ella intolerante y obstruccionista. En el catálogo de desaires, desplantes e irresponsabilidades también cuenta la dejación que Italia ha hecho de sus posibilidades como gran potencia, sumida en una crisis política desde hace décadas y en su incomprensible deriva casi circense de los últimos años. La trayectoria de España ha sido más seria, pero, aparte lo dicho, durante el mandato de Aznar se alineó junto al UK y USA en el nefasto suceso de Irak, desairando a Francia y Alemania y resquebrajando la unión en la UE, mientras en lo económico alardeaba de éxito cabalgando sobre una burbuja que todos conocían pero nadie se atrevía a pinchar. Polonia, Austria, Finlandia, Hungría han coqueteado con la extrema derecha ultranacionalista en diversos momentos en detrimento del europeísmo. Grecia no ha dado muestras de la más mínima seriedad como Estado, Portugal ha sido incapaz de aprovechar las ayudas recibidas desde su ingreso para mejorar su infraestructura económica...
He citado a algunos de los veintisiete; si nos limitamos a la eurozona más se evidencia la necesidad y justicia del liderazgo franco alemán, mal que nos pese. Es más, cuando no han asumido protagonismo lo hemos tomado por apatía y les hemos criticado la irresponsabilidad, ahora que lo hacen les achacamos egoísmo aunque no lo evidencien más que los otros, como he mostrado arriba.
No sé si las medidas que proponen van en la dirección que yo entiendo por progreso, si es el camino más corto o el más penoso, pero tengo la convicción de que si Europa sigue siendo un horizonte deseable la única posibilidad es ésta. Cuando se reclama más democracia en las decisiones sólo se quiere decir que la voz de todos los Estados valga igual, sea Chipre o Alemania, Eslovaquia o Francia, pero eso no es sino nacionalismo y sólo conduce a la parálisis. Es bien sabido que la participación ciudadana directa es hoy mejorable pero imposible de aplicar por completo, dada la distancia todavía abismal entre intereses e idiosincrasias nacionales. Hay que buscar un equilibrio entre la participación ciudadana individual y la de los Estados, porque esta suerte de democracia indirecta y de mandato de “los mejores” es altamente insatisfactoria; pero, entre tanto, hay que remontar el bache y para ello sólo veo el liderazgo franco alemán y soltar lastre: desprenderse de los que no deseen avanzar.
Merkel y Sarkozy nos calientan los ánimos y nos inducen a la crítica agria y casi al insulto, pero sin ellos haría demasiado frío y caeríamos en la parálisis. A todos nos dijeron en algún momento que teta y sopas no podía ser.

3 dic. 2011

El miedo y la necesidad

Cartel II Internacional. 1889

Todos los datos indican que desde los años setenta del pasado siglo, en que tuvo lugar una muy notable crisis económica, se ha producido una creciente polarización de la riqueza; es decir, el grupo de los ricos se ha ido distanciando aceleradamente de la masa de los otros hasta alcanzar unas magnitudes desconocidas en la historia reciente. En contraste la historia contemporánea se nos había presentado hasta ahora como un proceso de aproximación de las clases, y muchos pensábamos que era una conquista irreversible en el devenir de la humanidad, que acabaría universalizándose.

 La crisis presente está difuminando los rosas del mundo feliz que nos imaginábamos vivir y nos desvela tonos más siniestros y oscuros, hasta ahora ocultos. Un análisis del por qué de esa tendencia a la igualación social que ha caracterizado a los más de cien años, antes del giro de las últimas décadas, nos revela que en el origen del proceso no hubo sino  miedo y necesidad. Miedo a la revolución social, de una parte, y necesidad de productores primero y consumidores después para sostener el nuevo sistema económico (capitalismo industrial).

Miedo. La revolución francesa comenzó, como todos sabemos con una “revuelta de los privilegiados” que se resistían a pagar impuestos (buena enseñanza para los que reclaman que los gobiernos pongan más impuestos a los ricos. No se dejan). La dirección del movimiento pasó después a la burguesía, pero en sus momentos más radicales y dramáticos asomó por vez primera el proletariado. Las masas obreras, entrevistas aquellos años, fueron ganando protagonismo hasta bien entrado el siglo XX. Todos recordamos el comienzo de El manifiesto Comunista: «Un fantasma recorre Europa. El fantasma del comunismo». Después de la triunfante revolución soviética en Rusia el miedo a la revolución social llegó al paroxismo, lo que indujo al capitalismo a echarse en brazos del fascismo, que por su ultranacionalismo se reveló al fin como un enemigo interno y prioritario. Pero la derrota del fascismo y la necesidad de conjurar la amenaza comunista desembocaron en los más brillantes logros de la igualdad en los años centrales del XX.

Necesidad. La revolución industrial, cara económica de la revolución burguesa, se define como la transformación de la tecnología que hizo posible la producción masiva de mercaderías. Para ello hizo falta capital, tecnología, materias primas y mano de obra. Una mano de obra que pese a la brutal explotación de los primeros tiempos mejoró su situación respecto a aquellos en que era una turba rustica sometida al aislamiento de los campos, al hambre y a la servidumbre. Conforme avanzaba el proceso se convertía cada vez más en consumidora de subsistencias y mercaderías baratas. Las crisis capitalistas, producidas siempre por una marcha más rápida de la capacidad de producción (estimulada por la competencia y la innovación técnica y mercantil) que la demanda, que apenas crecía al ritmo de la población, empezó a mostrar que poner dinero en los bolsillos de las masas (seguros sociales, mejoras salariales…) ayudaba a remontarlas por el incremento del consumo que generaba en las clases populares. En eso se basó el New Deal y el keynesianismo, con los que se superó el gran bache de los años 30. En lo sucesivo crecimiento económico y nivelación social serán conceptos inseparables en el mundo occidental (Estado del bienestar).

Pero ¿qué pasó en las postrimerías del XX para que este estado de cosas se trastocara? Por una parte, el fracaso en la construcción de una sociedad igualitaria creíble y el derrumbamiento final de la Unión Soviética dejó a la izquierda sin horizonte ni referente útil. Por primera vez la derecha económica respiró y se vio libre de miedos. La emergencia del neoliberalismo con enorme fuerza a partir de los 80 es la contrapartida del derrumbe en el Este y del desconcierto de la izquierda en occidente. En lo sucesivo el plan será la liquidación de lo que el miedo les obligó a condescender durante varias generaciones, o, al menos, en las últimas décadas. Por otra parte, en el último cuarto del XX, la industria, verdadera responsable del protagonismo obrero, comenzó a emigrar al tercer mundo y a abandonar los países del centro económico. Allí, en el centro, la actividad financiera, que hasta entonces había cumplido un papel subalterno, comenzó a adquirir enorme protagonismo hasta el punto de que el capitalismo dejó de ser industrial para convertirse en financiero. Las clases poderosas dejaron de interesarse por la industria y se centraron en la especulación financiera. El antiguo proletariado industrial (sostén del sindicalismo obrero y los partidos obreristas) dejó prácticamente de existir, fundido en las clases medias bajas por un lado y por otro convertido en un lumpen moderno sin conciencia de clase. La necesidad también se esfumó.

Sin el miedo a la revolución y sin la necesidad de contar con masas obreras para el sostenimiento del sistema, que se ha buscado otra osamenta, las nuevas élites económicas se han visto libres para ensayar un futuro a su medida. Esta podría ser su primera crisis de crecimiento.

   

20 nov. 2011

Historia urgente de la deuda española

            El nacimiento de los estados nacionales se produce gradualmente, de forma que durante un tiempo no sabemos si hablamos del patrimonio del rey o de la nación. No hay un momento preciso en que se separen ambos con nitidez. Pero se puede decir que existe cierto consenso en admitir que España fue uno de los primeros estados–nación (apuntaba ya a finales del XV); sin embargo, lo que trae bajo el brazo el recién nacido no es el pan sino la deuda.
Carlos de Gante, instalado en España como rey de hecho (de derecho seguía siéndolo Juana, su madre, recluida por loca) aspiraba a la corona imperial alemana, operación costosísima por los multimillonarios sobornos que había que pagar a los príncipes electores (resulta llamativo el descaro en la corrupción que era habitual en la época). Extrajo lo que pudo de España (más bien de Castilla), pero necesitó endeudarse, recurriendo a banqueros alemanes, los Fugger. Utilizó como avales las minas de oro y plata, el monopolio de la sal y los impuestos de Castilla. A los Fugger siguieron los Welser que obtuvieron el derecho a colonizar ciertos territorios en América como pago cuando falló el tesoro. Es la primera vez que aparece la deuda soberana y, desde el principio, incidiendo gravemente en la política nacional.
Felipe II, su hijo, continuó en la misma senda firmando “asientos” (obligaciones de hoy) con todo tipo de prestamistas, agobiado por las necesidades de la creación de un estado centralizado, la política europea, la revuelta de algunos de sus estados (Flandes), el mantenimiento del imperio ultramarino, la inflación galopante y una fiscalía ineficaz y terriblemente injusta. Sin el oro y la plata que afluían de América hubiera sido imposible saltar el abismo entre ingresos y gastos, aunque tenía el efecto secundario de colocar la inflación en la estratosfera. Aún así y a pesar de ser el Estado hegemónico en Europa se vio obligado a la suspensión de pagos tres veces.
Desde la primera bancarrota de Felipe II en pleno siglo XVI, la primera también que registra un estado, se suspendieron pagos o renegoció la deuda con gran frecuencia. De hecho durante el XVII y XVIII ocurrió seis veces. El XVIII introdujo factores de modernización y racionalización del comercio y las finanzas con la creación de una verdadera Hacienda y la normalización de la deuda que se canalizó a través del Banco de San Carlos (después de San Fernando y por último de España). Pero las guerras coloniales siguieron desequilibrando las cuentas. A finales de siglo la guerra contra la Francia revolucionaria forzó una nueva suspensión de pagos (1799).
El XIX empezó mal. La guerra de la Independencia devastó el país, y el estado que surgió tras ella tuvo que hacer frente a la reconstrucción, a las guerras de independencia americanas y a la pérdida del imperio. Casi sin solución de continuidad a las guerras carlistas. Los apuros de la hacienda para hacer frente al déficit crónico fueron graves y permanentes y la dependencia de la deuda, que se negociaba en París y Londres, total. Dos ministros de hacienda, Mendizábal (1836) y Madoz (1854), recurrieron a la nacionalización de los bienes de la Iglesia y de los municipios, respectivamente, como recurso para sanear el déficit con su venta (aparte otros fines modernizadores). La instalación del ferrocarril durante la era isabelina fue la gran obra de infraestructura absolutamente necesaria, pero para financiarlo hubo que recurrir a capitales extranjeros. La especulación que desató condujo al final del proceso a un crack financiero que trajo una nueva quiebra (1866). La inmediata consecuencia política fue la caída de la monarquía isabelina en medio de un proceso revolucionario que duró casi diez años. De esa crisis nació la peseta (1868).
Ya durante el franquismo se produjo otra suspensión de pagos al negarse el dictador a hacer frente a la deuda republicana.
Un total de once suspensiones de pagos totales o parciales en un periodo de quinientos años, lo que arroja una media de una cada 50 años aproximadamente; si bien la mayoría se concentran en los dos primeros siglos (8). Las presentes dificultades con la deuda nos permiten traer a colación que España fue el país donde nació la deuda soberana y también el primero que declaró una quiebra. Sáquense las consecuencias que se quieran.

14 nov. 2011

Por qué se llama magos a los expertos financieros

          A propósito de la presentación de los balances trimestrales en la banca francesa el economista Philippe Herlim escribe en “Atlantico” cómo los bancos manipulan sus resultados.
No sabía yo que la contabilidad era un arte de la especie del ilusionismo ya que a primera vista parece una práctica prosaica y aburridísima. Nada más lejos de la realidad. Un resumen de lo que cuenta Herlim de los bancos galos, extensible a los españoles, americanos, etc., os sacará del error, si es que pensabais lo que yo, y os inducirá a la sincera admiración de tan mágica disciplina, como me ocurriera a mí mismo.
Es evidente, aparte de lamentable, que éste trimestre no ha sido en la banca de inversión como para tirar cohetes. BNP Paribas, el más importante banco francés ha anunciado un descenso de sus beneficios netos que supera el setenta por ciento, aunque asegura que más de la mitad de la reducción se debe a la depreciación de la deuda griega. Con todo, sus ingenieros contables todavía pueden presentar unos beneficios de 786 millones de €, incluyendo la“revalorización de la deuda propia” (245 millones €). Aquí habrá que hacer una parada porque suena rarito ¿De verdad se ha revalorizado la deuda de alguien?
Uno de los procedimientos que los bancos utilizan para obtener pasta con la que funcionar, ya que el mercado interbancario está atascado por haber desaparecido la confianza mutua (ellos sabrán por qué) es la emisión de deuda. Justo como hacen los Estados, solo que en este caso se llama “deuda soberana”,en forma de “bonos” o “letras”, y en aquel “deuda corporativa”, en forma de“obligaciones”. Si un banco emite obligaciones que valen 100, quien las compre pagará esa cantidad al banco, recibirá un cupón anual (interés) y esperará el reintegro del capital al final del proceso.
Como los bancos las están pasando canutas y su futuro inspira cierto recelo la deuda se ha depreciado y si el comprador quiere venderla en el mercado secundario no podrá hacerlo, pongamos, por más de 60. Si el banco comprara todas esas obligaciones a 60, como dice el mercado, habría obtenido por arte de birlibirloque un beneficio del 40%. Y eso es lo que hace, sólo que virtualmente. Por supuesto su situación ni siquiera le permite realizar esta operación, su caja no está para ejercicio tan potente; pero, como aquí todo es virtual (incluido el dinero) lo registra “como si” lo hiciera, y, en el caso de BNP Paribas, se apunta 245 millones en concepto de “revalorización de la deuda”, cuando lo que hubo en el mundo real (¿quién se toma hoy en serio a la realidad?) fue una depreciación y, por tanto, fueron pérdidas, no ganancias lo que se obtuvieron. ¿Hay quién dé más?
Apunta Philippe Herlin, que si Grecia, cuya deuda (350.000 millones) se depreció en un 50%, hiciera lo mismo podría no sólo beneficiarse de la reducción sino anotarla como ingreso en sus presupuestos (175.000 millones). Desternillante.
Lo curioso del asunto es que tan brillante operación de magia contable no es fraudulenta, como algún ingenuo habrá supuesto, sino que es práctica habitual y legal en la banca europea y americana, amén de virtuosa (tiene la virtud de permitir a los bancos presentar bonitas cuentas de resultados, de lo que se sigue el pago de sustanciosos bonus a sus directivos). Además la magia divierte y fascina a todo el mundo Aplausos.

11 nov. 2011

Platón. El lado oscuro

            La primera frase del evangelio de  S. Juan, “En el principio era el logos”, es una proposición platónica. Desde sus primeros momentos el cristianismo se sirvió de la filosofía griega, básicamente del platonismo. El desarrollo posterior de la fe cristiana, convertida durante más de un milenio en pensamiento único,  elevó a las cumbres de la excelencia, ya que no a los altares, a los filósofos que aportaron las muletas para su andadura dogmática: Platón y Aristóteles. A la vez sumió en el olvido y el desprecio al pensamiento que condenaba la superstición basándose en la observación de la naturaleza: la ciencia jónica y el epicureísmo. Todavía hoy el vocablo materialismo, con el que se puede nombrar a este pensamiento, tiene ciertas resonancias de perversión, bajeza o grosería en el subconsciente de la mayoría.
A mediados de los 60 apareció en España la obra de B. Farrington Ciencia y política en el Mundo Antiguo. No exagero si digo que fue un revulsivo, una revelación para los que éramos estudiantes en aquellas fechas. De hecho ponía patas arriba la idea que se nos había inculcado del pensamiento griego clásico y de su influencia en nuestra civilización. De pronto uno de los ídolos de la cultura occidental, Platón, quedaba reducido a la condición de un manipulador, que desde los intereses de clase (la aristocracia ateniense) ponía en pie un sistema de pensamiento en el que la negación de la realidad sensible y la superstición constituían su núcleo, mientras su finalidad no era sino impedir a las clases populares el acceso al conocimiento.
En La República presenta el filósofo una utopía política con una sociedad dividida en castas de entre las cuales la minoría ilustrada (hombres de oro) tendría el monopolio del poder político, mientras que la misión del pueblo (hombres de hierro) se reducía al trabajo. En Las leyes propugnaba la imposición de una religión de Estado consistente en la divinización de los cuerpos celestes (el Sol, la Luna…), a la vez que se pronunciaba por el mantenimiento de los cultos tradicionales, con graves penas para los incrédulos en ambos casos, aunque él solo creía en los beneficiosos efectos que tendría sobre los bajos instintos y pasiones del pueblo.
En el Mito de la caverna unos hombres encadenados (limitaciones de su naturaleza corpórea) solo ven sombras proyectadas sobre la pared (el mundo natural) a las que creen la única realidad, aunque sólo son apariencias, reflejos de la verdadera realidad que se encuentra fuera de su alcance visual. De este modo niega la posibilidad del conocimiento con la observación directa sobre la naturaleza, es decir de la ciencia. Para él el hombre tiene una naturaleza dual: espíritu y cuerpo. El alma se encuentra encerrada en el cuerpo, entorpecida y cegada por la naturaleza corpórea; pero, aquella, pertenece al mundo elevado de las ideas, ha preexistido en contacto con ellas, por tanto, conocer no es sino recordar, lo que se logra con la ayuda de la dialéctica o discusión razonada. Con tal superchería rechazaba y condenaba el conocimiento científico que los filósofos de la naturaleza jonios y el materialismo epicúreo habían alumbrado trabajosamente.
En los siglos siguientes idealismo (neoplatonismo) y materialismo (atomismo, epicureísmo) continuaron su lucha, no sólo con las ideas sino también en la política, ya que el primero es desde un principio la identidad ideológica de la oligarquía, por lo que el último parece batirse en retirada, no en balde la democracia es sólo un mal recuerdo; hasta que el cristianismo, equipado con las armas intelectuales que Platón le había proporcionado y en posesión de una influencia decisiva sobre el poder político, acaba anatematizando todo materialismo.
Dos citas de Farrington: 1) «Anaximandro, en el siglo VI a de C., enseña una teoría de la evolución basada en la observación. Cosmas en el siglo VI d. de C. enseña una teoría basada en la Biblia, según la cual el Universo está hecho a imitación del tabernáculo de Moisés»; 2) «En el siglo V a. de C. el poeta pagano Empédocles sostiene la necesidad de un conocimiento de la naturaleza de las cosas. En el siglo V. d. de C. el poeta cristiano Prudencio niega el conocimiento de la naturaleza de las cosas».
¿Qué ha ocurrido para que se dé semejante regresión entre unas y otras situaciones separadas por mil años en los que se supone debería haber habido un importante progreso? Entre otras varias cosas, la interferencia nefasta de Platón y el cristianismo.

9 nov. 2011

Cambios

           Crisis financiera, crisis económica, crisis social y crisis política es la secuencia, nada novedosa, de los acontecimientos de estos años. No hay trance económico de envergadura que no desemboque en alteraciones sociales y políticas. Eso nos enseña la historia. Las sociedades tienen trabados de tal modo estos diferentes aspectos de la convivencia que no es posible tocar a uno sin que se resientan los demás. Se puede discrepar sobre cuál de ellos constituye el cimiento, pero todos podemos aceptar que forman parte del mismo edificio.
Los acontecimientos políticos últimos lo confirman: cambio en Portugal, caída de Papandreu, crisis en Italia donde se tambalea Berlusconi, elecciones anticipadas en España, eso sin contar sucesos anteriores como los cambios de gobierno en Reino Unido, Islandia, Irlanda, etc. Con todo, esto no son sino los efectos en la epidermis del cuerpo político, la convulsión real es más profunda y prolongará la inestabilidad y agravará las consecuencias. Ayer en El País Ignacio Sotelo habla del agotamiento del ciclo de la transición en España, enmarcándolo en la secuencia histórica de los dos últimos siglos y en la crisis económica. Merece la pena leerlo.

Ciertamente, algunos signos parecen confirmar esta hipótesis. Uno de ellos es el peligroso nivel que ha alcanzado el problema territorial. A algunos nos parece que el desarrollo del Estado de las Autonomías ha llegado a un callejón sin salida. Los trucos para sortear obstáculos y disimular deslices, los agravios, las frustraciones y los excesos se han ido acumulando para llegar a convertirse en un pesado lastre que amenaza con romper definitivamente un consenso que nació ya deshilachado. En estas circunstancias ningún caldo de cultivo es mejor para la ruptura que la crisis económica. Lo que se insinúa como inevitable es que la próxima legislatura tendrá este asunto como protagonista principal, y lo que sorprende extraordinariamente es que ni Rajoy ni Rubalcaba lo tocaran en el debate. Como si no existiera. La incomodidad que sienten ante la cuestión les ha empujado a ignorarlo, y si ninguno de los dos grandes partidos es capaz de afrontarlo ¿cómo se puede esperar su remedio? No lo habrá, es un problema enquistado para el que el actual sistema no tiene solución.

Un signo de agotamiento del ciclo, como lo es también el enajenamiento de la acción política y de los políticos. Apunta ya la segunda generación tras la Transición, que muestra una total indiferencia cuando no desprecio por aquello que se consideraron logros extraordinarios. Toda la arquitectura política que entonces se edificó está siendo puesta en cuestión, desmitificando o rebajando sus pretendidas excelencias. Lo lamentable del asunto es que la demolición se hace con la piqueta libertaria y anarcoide del nihilismo político, no hay proyecto alternativo. Pero esa es otra cuestión. El ciclo de la Restauración (ver el artículo de I. Sotelo) terminó en una larga crisis que tiene en sus comienzos el golpe de Primo de Rivera y en su final el de los militares del 36, para cuya justificación (la de ambos) la opinión pública había entregado en bandeja un descomunal desprestigio de la política y de los políticos. La historia no se repite, pero las condiciones que terminaron con el régimen parlamentario decimonónico, primero, y el proyecto democrático republicano después, son semejantes a las actuales en lo que a estimación de la política se refiere. Deducir de ello una erosión catastrófica del sistema, acelerada por la situación económica, no parece descabellado.

El turno de partidos, derecha (UCD, PP) centro izquierda (PSOE), puede haber concluido si el resultado de las elecciones a Cortes Generales se decanta con decisión hacia la derecha, como en las territoriales y locales. Con ello se habría liquidado otro de los fundamentos del sistema heredado de la Transición.

Atasco autonómico, desprestigio radical del sistema y de los políticos, ruptura del mecanismo de turno partidario… Demasiadas averías para que siga funcionando la máquina, a la que, además, se ha cambiado el lubricante del bienestar por la arena y las piedras de la crisis.

6 nov. 2011

Política y emoción

           La historia, que difumina el devenir colectivo con la mirada desapasionada y la pátina del tiempo, es el único mirador desde donde es posible distinguir los rasgos de villanía o de heroísmo de los protagonistas sin mucho riesgo de equivocación, y no digamos los aciertos y los errores, cuando contamos ya con las consecuencias. Pero, qué difícil la objetividad en el escenario mismo y qué raro el acierto.
Hace tan sólo un par de días el BCE obtuvo un nuevo director (Mario Draghi), que nada más tomar posesión bajó un cuarto de punto el Euribor (precio del dinero en el mercado interbancario), lo que se venía reclamando desde casi todas partes como requisito para el crecimiento, tan deseado. Pues bien, el primer comentario que leí en la prensa calificaba al recién designado de sinvergüenza por facilitar con esa medida el beneficio bancario utilizando el recurso de obtener dinero barato del BCE para comprar deuda con altos intereses, previamente disparados por la especulación. Con independencia de que ese escenario sea o no posible, parece un exceso, dadas las circunstancias, adjudicar tal intención al que tomó la medida, por mucho que haya pertenecido al staff de Goldman Sachs, circunstancia al parecer maléfica para los que han hecho costumbre denigrar a las empresa capitalista y salvar al capitalismo.

La reciente maniobra política de Y. Papandreu ha sido calificada de disparate irresponsable y, una vez atisbado un posible desenlace, de ardid para mantenerse en el poder. Sin embargo, también aquí, otra interpretación es posible. En Grecia la calle es un volcán: cinco huelgas generales y disturbios permanentes que ponen a Atenas patas arriba cada dos por tres evidencian un drástico rechazo a la política de reformas (eufemismo bajo el que se ocultan contundentes asaltos al Estado del bienestar); la oposición, olvidándose de su responsabilidad en la crisis actual, no da tregua al gobierno; los propios parlamentarios del PASOC dan muestras de inquietud y amenazan con agrietar el bloque; al mismo tiempo la presión exterior aumenta amenazando con el cese de las ayudas. Cierto que en el momento de conocerse la decisión del jefe de gobierno de Atenas la UE y el FMI acababan de aprobar un nuevo paquete para salvar la situación otra vez atascada, pero con la exigencia de más recortes. La inesperada disposición de Papandreu a convocar un referéndum tenía, así, varios objetivos: una llamada de atención a Europa que debe comprender que la presión tiene un límite; colocar a la oposición ante la alternativa de la debacle que podía desencadenar un resultado negativo (nada extraño entre otras cosas por su propia política) y la necesidad de colaborar; pretende además amortiguar la contestación en la calle; y, por último, legitimar y fortalecer al gobierno, complementando la medida con la presentación de una cuestión de confianza. Hasta el momento el saldo arroja algunos éxitos: se ha doblado el brazo a la oposición que acepta negociar; se ha ganado la cuestión de confianza, clarificando la situación parlamentaria, aunque, a la postre, le cueste el puesto al presidente, lo que descartaría un apego enfermizo al poder. Todo ello con la sola amenaza de la consulta, que, al fin, se ha descartado. Está por ver si disminuye la contestación ciudadana y las repercusiones que pueda tener en el seno y devenir de la UE. Recordemos que Estados europeos con más solera que el griego ya provocaron crisis a cuenta de  referéndum, impulsados más por el populismo que por razones de peso.

Ni podemos, ni sería deseable, privarnos de las emociones en ningún momento, ni siquiera en el debate, político o no, pero consentir que se conviertan en el vector decisivo es menos deseable aún. El análisis con que se suelen afrontar en los medios las decisiones frente a la crisis se han contaminado gravemente de emocionalidad. El interés propio o cercano determina gravemente la opinión expresada, y las invectivas contra los que han de decidir, en medio de dificultades y presiones desmesuradas, suelen ser crueles y carentes de lógica y ponderación. Siempre se ha supuesto a los políticos un cierto componente de espíritu de servicio, como a los militares se les supone el valor. Hoy, por el contrario, ante la opinión pública, incluyendo comunicadores mediáticos y no pocos intelectuales, el ejercicio de la política parece ser suficiente para descalificar a personas que, fuera de ella, pasarían por íntegras.

No son estos los casos más significativos pero me ha llamado la atención la incapacidad para ver algo positivo en una decisión valorando exclusivamente una presunta mala trayectoria profesional evaluada desde las antípodas ideológicas (Draghi); o reducir a simple oportunismo político, cuando no despropósito, una decisión que de ser valorada por alguien no implicado en sus consecuencias habría alcanzado la calificación de hábil, oportuna y justa (Papandreu).

1 nov. 2011

Los recién llegados

          A parte de las alternativas tradicionales, izquierda (IU, PSOE), derecha (PP) y nacionalismos en algunas comunidades, existen para estas elecciones dos opciones novedosas: una ya fogueada en comicios anteriores y relativamente consolidada, UP y D; otra que se estrena en esta ocasión, pero que podría tener cierto éxito, EQUO. Ambas ofrecen alguna dificultad a la hora de clasificarlas con los criterios tradicionales, lo que, dadas las circunstancias actuales de descrédito de la política al uso, puede jugar muy a su favor.

UPyD es la que más difícil me resulta encasillar. Algunos de sus miembros gustan de definirse como liberal progresistas, entendiendo liberal en un sentido social o cultural más que económico e incluso político. Sin embargo, leyendo su programa lo que primero salta a la vista es su postura crítica ante lo que consideran excesos del Estado de las Autonomías, para cuya corrección proponen desde medidas prácticas, como revisar determinadas competencias, financiación, etc., hasta cuestiones tales como borrar de la Constitución toda referencia a derechos históricos o vocablos como nacionalidades o regiones. En el conflicto de la lengua ya se situaron claramente frente al catalanismo. El asunto de la organización, o mejor, reorganización territorial es lo que le da más personalidad, y tiene el mérito de que lo expresan con claridad y convicción, al contrario de lo que ocurre en otras formaciones (casi todas), que tienen una notable ambigüedad ante el problema y se acomodan fácilmente a las circunstancias cambiantes, cualesquiera que sean, y no precisamente por flexibilidad sino por indefinición. Su progresismo queda manifiesto en la posición favorable ante cuestiones sociales problemáticas y muy de actualidad tales como la muerte digna, aborto u otras, y económicas al elegir la acción sobre los ingresos más que sobre el gasto para hacer frente a la crisis. Ante la cuestión energética propugnan la cautela ante la nuclear, como no podía ser de otro modo, pero no optan por su abandono. Cuenta en su haber con una líder de larga experiencia política (Rosa Díez), aunque para algunos, dadas las circunstancias, pueda ser un hándicap.

EQUO es una formación absolutamente novedosa y ha hecho esfuerzos por constituirse con métodos innegablemente democráticos y con visos asamblearios, no en balde nacía a la vida política mientras acampaban los indignados en las plazas públicas. Un guiño que muchos jóvenes sabrán captar, como el hecho de que su líder no ha sido político, aunque se fogueó durante años en la lucha por el medio ambiente (López de Uralde). Ecologismo de izquierdas o izquierda ecologista es su definición. La aproximación entre los ecologistas y la izquierda tiene ya historia, pero éste es un intento de fusión que se ha puesto de manifiesto en su programa y hasta en su composición humana, quizás con un poco de más peso en el ecologismo. Nítidamente de izquierdas, su programa contiene desde la reclamación de una nueva ley de la memoria histórica hasta la constitución de una banca estatal con las antiguas cajas, y, por supuesto, afrontar la crisis con una política de ingresos y de estímulo de la demanda y no con la restricción del gasto. Territorialmente, también en clara sintonía con otras izquierdas, se pronuncia por superar el Estado de las autonomías mediante el federalismo. Por supuesto reniegan del uso de la energía atómica, de la que requiere combustibles fósiles y de la construcción de nuevos embalses y prometen la elaboración de un plan que ordene el consumo y la producción energéticas sostenibles, así como la racionalización del regadío.

Ambas se pronuncian por una reforma en profundidad de la ley electoral con un nuevo texto que cambie circunscripciones, añada una estatal para la adjudicación de restos, modifique el carácter de las listas y abandone la ley d’Hont por otra más proporcional (Hare), evitando el lamentable espectáculo actual (IU requiere casi 500.000 votos para conseguir un diputado, más de 300.000 UPyD  y el PNV sólo 51.000, o en torno a 60.000 PSOE y PP). Esta última cuestión tiene además una clara repercusión en la arquitectura política del país al limitar el desorbitado poder de los nacionalismos en el Congreso de los Diputados y, por tanto, su influencia sobre el ejecutivo, abriendo la posibilidad de que trasladen al Senado parte de su acción política, con lo que esta cámara podría empezar a tener sentido.

Independientemente de la simpatía o rechazo que despierten, pienso yo que estaría muy bien que UPyD consiguiera grupo parlamentario, como le pronostican las encuestas, y que EQUO inaugurara representación en el Congreso.

No ha sido mi intención analizar exhaustivamente los programas de ambas formaciones sino dar mi opinión sobre ellas basándome en los textos publicados y en otras informaciones. Los programas se pueden consultar en los siguientes enlaces: UPyD - EQUO

26 oct. 2011

¿Izquierdismo abertzale? O una cosa o la otra

          El siglo XX fue violento, no en balde encierra las dos guerras mundiales y una infinidad más de durísimos conflictos, aparte la Guerra Fría (1945/89), que, aunque sin víctimas directas, tuvo una influencia amplia y decisiva.

Un suceso llamado a tener larga y profunda repercusión fue la revolución cubana (1959). A finales de los años cuarenta se había iniciado el proceso de descolonización, que no se completó hasta entrados los 70. El periodo más activo fue la década de los años 60 del que la revolución cubana puede considerarse prólogo. De facto la isla era una colonia de EE.UU. y lo que convirtió en un suceso trascendente a la revolución fue su inclusión en el marco de la guerra fría y el hecho de que se resolviera como una revolución izquierdista triunfante. A principios de siglo Lenin había expuesto la tesis de que el imperialismo era la última fase del desarrollo capitalista (El imperialismo, fase superior del capitalismo), del que el colonialismo fue un aspecto importante. La lucha por la independencia de las naciones oprimidas era reconocida así como una lucha revolucionaria sin contradecir el internacionalismo obrero marxista. Ya en los 60/70 la teoría de un sistema mundial (economía-mundo) con un centro desarrollado y una periferia explotada le dio a aquella formulación una nueva vuelta de tuerca. De este modo la lucha por la liberación de los oprimidos se encarnaba en las contradicciones entre naciones (Wallerstein). Un ejercicio de equilibrismo dialectico que quizás a Marx le hubiera puesto el vello de punta. 

De este modo la revolución cubana devino un modelo esperanzador para todas las comunidades oprimidas, colonias que en esos momentos luchaban por su independencia. El izquierdismo fue el inspirador ideológico, mucho más que el nacionalismo, que en África, principal escenario del proceso, no podía existir por razones sociohistóricas en las que no es preciso insistir.  Pero lo que ahora me interesa es la repercusión que tuvo entre nosotros.

En 1961 ETA perpetró su primer atentado mortal. Las acciones siguientes se beneficiaron durante más de una década de la mirada benévola de la izquierda que no olvidaba que la dictadura se había instalado y consolidado haciendo uso de una violencia inusitada, a la que en los años últimos sólo se había puesto sordina. El terrorismo etarra podía enmarcarse en la lucha contra la dictadura, que otros llevaban en el terreno político o laboral, pero el discurso etarra incluía el del pueblo oprimido por el Estado español, en consonancia con la corriente que se había generalizado para las colonias, pero muy alejado de la ingenua simpatía que la izquierda mostraba hacía las llamadas nacionalidades históricas. En 1974 ETA se escindió en dos: los poli-milis, mayoritarios, que entendían la acción armada como un complemento de la política y que acabaron disolviéndose en 1982; y ETA militar, que continuó con el objetivo de provocar la insurrección popular. Esta es la ETA que nos ha llegado, la que en los 80/90 alcanzó una ferocidad inusitada, haciendo caso omiso al desarrollo democrático del país, en un comportamiento realmente autista.

ETA utilizó en su devenir el manto izquierdista del discurso de liberación de los pueblos proletarios inmersos en la economía-mundo, sin merecerlo, ya que en el supuesto Estado opresor ocupaba los primeros puestos de renta y desarrollo económico, a los que añadió, con la democracia, la autonomía política, la mejor situación de que haya disfrutado jamás en su historia. El puño en alto, la reclamación de una Euskalherría socialista, en los gritos de rigor, y el look izquierdista de sus militantes, es una fachada que en absoluto se corresponde con la estructura. El vocablo abertzale (patriota) fue una creación de Sabino Arana, que se quería tan lejos de la izquierda como del infierno.

Así pues, el radicalismo independentista vasco se nutrió de impulsos e ideas en boga en los 60, revistiéndose de izquierdismo en su oposición al franquismo; pero, cuando éste desapareció, se desprendió de los que lo habían hecho con sinceridad, para continuar actuando como si nada hubiera ocurrido y el Estado democrático no fuera sino un franquismo travestido. En este sentido el terrorismo etarra no ha sido más que la penosa herencia de la dictadura. El éxito actual del abertzalismo, innegable, se debe a que actúa en el mismo campo de la manipulación de la historia y de la realidad en que actúan todos los nacionalismos, que tiene mucho que ver con las creencias religiosas, pero en absoluto con la izquierda.

Izquierda abertzale, una contradicción en los términos. Como diría con sarcasmo Pío Baroja, refiriéndose a El pensamiento Navarro, periódico carlista: o una cosa u otra.

18 oct. 2011

Reflexiones sobre la democracia (8). Los partidos


En la antigua democracia ateniense ya existieron partidos, a pesar de que era una democracia directa. Los generaron los intereses de clase y los lideraron aristócratas como Pericles o Nicias y plebeyos como Cleón (artesano curtidor), en defensa de sus grupos respectivos. De la Roma republicana, con una democracia más discutible, pero con elecciones para magistraturas decisivas, recordamos la confrontación entre Mario (intereses populares) y Sila líder de la aristocracia senatorial; las luchas y la tragedia de los Graco, líderes del partido popular; la elevación de Cesar al poder en virtud de sus éxitos militares y el populismo y su asesinato por una coalición aristocrática. La literatura y la historiografía tradicional nos han presentado las luchas políticas de la antigüedad como el resultado de ambiciones personales y pasiones humanas individuales; sin embargo, como siempre y en todas partes, lo fundamental son el juego de intereses de grupo o de clase, que obviamente genera partidos. Sin embargo, su falta de articulación y normalización en el sistema propiciaba el recurso a la violencia.

En tiempos modernos los partidos se remontan al XVII británico en el que dos revoluciones sucesivas asentaron el parlamentarismo como sistema político. Aquellos representantes defensores de la monarquía y los principios aristocráticos, nítidamente conservadores, cuando no claramente reaccionarios, casi siempre propietarios agrícolas, comenzaron a ser llamados torys, mientras que los que pertenecían a las clases medias, relacionados con la industria y el comercio, más partidarios de las ideas liberales que se abrían paso en ese momento, recibieron el nombre de wihgs (ambos apelativos muy insultantes: bandoleros y cuatreros respectivamente). Pero en realidad casi no se puede hablar de partidos hasta la reforma electoral de 1832 que amplió el derecho al voto y racionalizó el sistema de distritos.

Los “padres fundadores” en la joven y novedosa democracia americana estuvieron muy preocupados por la separación de poderes y las libertades individuales, pero los partidos (facciones era la expresión usada) les inspiraban recelo por estimar que introducían división en la sociedad, a la que contemplaban utópicamente como un bloque; sin embargo, aún sin quererlo, fueron ellos mismos los inspiradores de las dos tendencias que cristalizarían en republicanos y demócratas. No podía ser de otro modo.

En el continente europeo el foco fue la Francia revolucionaria a finales del XVIII. Los diputados del tercer estado (representantes el pueblo) acostumbraron a reunirse en diversos locales (lo que dio nombre a algunos: jacobinos) y según su procedencia geográfica (lo que sirvió para denominar a otros: girondinos), para adoptar decisiones comunes y potenciarlas en la Asamblea Nacional. Pronto las diferencias ideológicas se impusieron sobre las territoriales y en la Asamblea acostumbraron a sentarse juntos los afines, unos a la derecha del presidente, otros a la izquierda, por lo que estos vocablos se incorporaron al léxico político. Los teóricos de la revolución (Montesquieu, Rousseau…) no previeron el papel de las facciones en la vida parlamentaria, pero lo cierto es que allí donde se establecía una cámara de representantes surgían en su seno espontáneamente los partidos. En España, en las Cortes de Cádiz, se enfrentaron realistas (serviles) y liberales (1812), después moderados y progresistas, de los que se segregarían los demócratas (1869) y de estos los republicanos.

Todos ellos eran agrupaciones de notables con nula disciplina interna y sin encaje normativo con el sistema, pero eran útiles como creadores de opinión y plataforma electoral de sus miembros distinguidos. Su incidencia en el conjunto social era escasa como consecuencia de la restricción del derecho a elegir y ser elegido, que con variaciones se limitaba a los propietarios y gentes ilustradas. Los partidos de masas propios del S.XX aparecen con el sufragio universal. Una vez más la necesidad crea el miembro, pero ahora tienen origen exógeno, es decir, nacen fuera del parlamento con semilla que procede de movimientos o instituciones extraparlamentarias: el labour party es una criatura de los sindicatos británicos como las democracias cristianas lo son del Vaticano. El movimiento obrero, el más decidido impulsor del sufragio universal, se mostró especialmente activo y creativo en el diseño de nuevos instrumentos políticos: la SPD (Partido Socialdemócrata de Alemania) se convirtió en el modelo de partido de masas y fuerte disciplina, con movimientos e instituciones paralelas (secciones juveniles, casas del pueblo, etc.) encaminados a influir en la sociedad entera no sólo en el parlamento. El leninismo dio un paso más con un partido de revolucionarios profesionales (bolchevique), constituido en “vanguardia del proletariado” con la misión de derribar el sistema capitalista, que ejerció extraordinaria influencia por imitación y autoproyección (Komintern) en todos los movimientos revolucionarios radicales, pero también por reacción inspiró a la extrema derecha (nazismo, fascismo). Todos los partidos de masas se vieron, de una u otra manera, influidos por estos modelos introduciendo la disciplina interna y parlamentaria, la elaboración de programas máximos y mínimos y la creación de movimientos paralelos. La excepción fue EE.UU. en donde, bien por la pervivencia de un individualismo extremo en su idiosincrasia nacional, bien por la estructura decimonónica que conserva su sistema político, los partidos republicano y demócrata no han dejado de ser plataformas electorales, cuyos staffs son incapaces de imponer disciplina de voto a sus senadores o diputados o de elaborar un programa de partido.

«Poco a poco, sin embargo, el desarrollo económico y los avances tecnológicos fueron modificando la estructura clásica de las sociedades europeas, diluyendo las rígidas fronteras de clase y multiplicando los niveles de estratificación horizontal. En conjunción con el desarrollo de los medios masivos de comunicación, esta transformación fue produciendo el debilitamiento de las identidades subculturales, homogeneizando internamente a las sociedades nacionales […]. En consecuencia, los partidos debieron acoplar sus estrategias de acumulación a las nuevas condiciones, que exigían una reducción de la pureza doctrinaria para ampliar la base de apoyo…». Lo dice A. Malamud y podemos suscribirlo sin reservas. La pérdida de las identidades de clase ha diluido las fronteras doctrinarias y los partidos se disputan ahora los mismos sectores del electorado, de ahí su tendencia a situarse en el centro. La supuesta traición de la izquierda ¿no será acaso la difuminación de su base social?

La irritación contra los partidos, especialmente en la izquierda, tiene que ver con la confusión que genera esta transformación, que no nace de una traición de los políticos, ni mejores ni peores que siempre, sino de la evolución social que ha producido desajustes, a los que no acabamos de dar solución.

11 oct. 2011

...no se meta en política

         «Haga Vd. lo que yo, no se meta en política» le decía Franco a uno de sus ministros, sin que hubiera ni asomo de cinismo en sus palabras. Estaba convencido de que su tarea era la ejecución de un mandato superior que no tenía alternativas, y el ministro no era otra cosa que un simple mandatario, de los que tenía que valerse porque él no podía abarcarlo todo. La política quedaba en su pobre mente de autócrata reducida a actividades de la especie de la conspiración. Su conciencia ya le había hecho el favor de disculparle que el origen de su poder fuera precisamente conspirativo, en esa confusión/coartada entre fines y medios, tan común, pero también tan útil, en espíritus educados en la tradicional hipocresía eclesial católica.

 En realidad la política sólo ha tenido un carácter noble en los sistemas democráticos, que, por otra parte, han ocupado una porción ínfima de los tiempos históricos y de la geografía planetaria. No es extraño que el vocablo siga teniendo en el fondo oscuro de nuestras conciencias resonancias malévolas, sugerencia de intrigas y maquinaciones. Hoy nadie es capaz de negar la política de forma abierta, salvo algún fósil cultural de la especie del dictador, pero sí podemos sufrir cualquiera el efecto de los vahos que llegan de lo profundo de nuestro subconsciente, haciéndolos cristalizar, ya que no en la propia actividad, sí en sus ejecutores.

La crítica a los políticos forma parte de la naturaleza de la democracia. Es un deber esencial de los ciudadanos y de los instrumentos de opinión. Sin ella no es concebible un sistema participativo. Ni siquiera tiene por qué reducirse a acciones concretas o a políticos individuales; es legítimo que se haga también sobre la condición de los políticos en general, su profesionalización o gremialización, comportamientos e inclinaciones comunes, etc. Pero, al fin y al cabo, los políticos no son ni peores ni mejores que el conjunto de sus conciudadanos, aunque puedan contraer vicios propios de la actividad, que nos parezcan odiosos. Y desde luego, dadas las complejidades de nuestras sociedades contemporáneas, sólo una ensoñación anarcoide puede hacernos pensar en su desaparición.

Los partidos, por su parte, nacieron espontáneamente con la libertad política. No podía ser de otro modo. Con el tiempo han evolucionado, de simples aglomerados de gentes con ideologías afines a instituciones normalizadas, más vertebrados interna y externamente, disciplinados, e incluso han sido mencionados y reglamentados en las cartas constitucionales. En ellos se elaboran los proyectos políticos y nacen las opciones electorales. La legislación y el uso que los ciudadanos hagan de los partidos podrán variar, pero es difícil imaginar un sistema participativo sin ellos porque son el elemento articulador. En las autocracias se sustituyen a los políticos electos por supuestos vicarios de poderes fantasmagóricos asistidos por una legión de subordinados, fieles servidores, no de la ciudadanía, sino del gran dictador; igualmente se prescinde de los partidos y en su lugar se utilizan (en las dictaduras reaccionarias), para crear la ilusión de la participación popular, instituciones históricas, sociales, religiosas, etc., cuyo control escapa al pueblo a la vez que relega al individuo (corporativismo o democracia orgánica).

No se advierte en horizonte alguno una alternativa a los partidos ni a los políticos, que preserve la democracia, las libertades y los derechos. Por eso es tan peligrosa la descalificación sistemática e indiscriminada. Algunos observamos con alarma cómo se generaliza entre los jóvenes y afectados por la crisis, lo que en cierto modo es lógico, pero también en otros sectores y, últimamente, entre intelectuales y comentaristas, que se hacen eco del lamento general y lo amplifican, no se sabe bien si por estar en la onda o por convencimiento sincero y, la verdad, no sé que será peor. Con tales discursos creamos calzadas triunfales para los políticos que se presentan en escena negando la política, caso de Franco, pero también de otros líderes del fascismo mundial (de trágica memoria), o de algunos contemporáneos, caso de Berlusconi (variedad burlesca), o de nuestro Gil (versión casposa, tan querida por algunos compatriotas) y algunos otros que acaban de asomar en la palestra. Todos ellos partieron de un escenario de profundo descrédito de la política y de los políticos en su ámbito, nacional o local.

Si no me dan crédito a mí seguramente harán bien. Pregunten a la historia.


6 oct. 2011

Votar, he ahí la cuestión


         Berlanga en “El verdugo” le mostró por primera vez a un veinteañero maximalista como yo, acostumbrado al maniqueísmo de la época y de la edad, que hasta ese gremio maldito puede estar compuesto de buenas gentes. Ahora, ya casi septuagenario, sé que nadie es bueno o malo a tiempo completo, que las buenas y malas cualidades forman un coctel enmarañado en cada persona y que, desde luego, es injustísimo adjudicarlas por gremios. Quedaríamos reducidos al nivel ético de Quevedo, en el que no iba muy allá en contraste con el artístico, pero sin su brillo literario. En los tiempos que corren no son los médicos o los alguaciles… ni siquiera los judíos sino los políticos, aquellos a los que cargamos con los pecados de todos, para que, quemados en la pira sacrificial, nos liberen de toda culpa.

El ruido de la crisis aturde las conciencias y nos sumerge en un ambiente de pesadilla, más propicio para la huida que para la reflexión; sin embargo, las elecciones, que la coyuntura han precipitado, nos exigen serenidad en el alto que se hace para elegir la cofradía política a la que entregaremos el mando, la gestión de la cosa común. No participar haciéndose el despistado, el pasota, el indignado o el antisistema es perfectamente legítimo; pero, cada cual debería evaluar qué hay en la decisión de miedo a la libertad (consultar a From). Personalmente ni me planteo la abstención; está en mis posibles opciones casi al nivel del voto a la derecha, tribu política que acoge las técnicas económicas que nos han precipitado en ésta situación de catástrofe, aunque lo oculte cínicamente.

Quizás por imperativos de la edad sigo utilizando las categorías de izquierda y derecha para clasificar las opciones políticas. Como me considero de izquierdas (los que no dan por terminado el camino de la libertad y la igualdad y casi ni empezado el de la fraternidad), es en ese campo donde busco alternativas. Ahí comienza el calvario de la indecisión, porque los programas, me temo, dan un poco igual por el escaso margen de maniobra de que disfrutará un gobierno obligado a remontar la situación económica, pero trabado por las instituciones supraestatales. Posiblemente sean más importantes los talantes, las prácticas y los horizontes de cada uno que un articulado programático que, como un corsé, puede asfixiar o simplemente romperse.

El socialismo ha sido el mejor instrumento de la izquierda. Precisamente desde ella  siempre se le puede criticar de derechización, pero nunca habría gobernado de no haber actuado así, y eso porque nosotros, el conjunto de los electores, no le hubiéramos dado oportunidad. Así de simple. Por sorprendente que parezca, Zapatero ha sido su líder más netamente de izquierdas, lo que ha demostrado con su política social, pero su falta de pragmatismo en la práctica política le incapacitaba para comunicar de modo asumible el giro a la derecha del traumático final de legislatura. También es cierto que los errores de todo tipo, no sólo económicos, se han acumulado y que muchos, sinceramente de izquierdas, han sido defraudados y recelan gravemente de su actuación futura. Si pierde, y perderá con toda probabilidad, la izquierda será desalojada del poder, quizás por mucho tiempo. Para algunos es necesaria una derrota que permita asumir errores y limpiar responsabilidades, para otros será dramática porque supondría privar a la izquierda en general de su única posibilidad de influencia política en largos años.

Izquierda Unida fue desde un comienzo un proyecto que ilusionó a pocos. Bajo el nuevo logo se veía demasiado la cara del PCE o, por mejor decir, de los restos caricaturizados del viejo partido. Ha ido perdiendo buenos elementos, que o han sido marginados o han abandonado, perdiendo así sustancia, mientras  sufría un progresivo adelgazamiento por una ley electoral perversa para los grupos minoritarios de carácter estatal. En las próximas elecciones aunque con el apelativo de “unida” prácticamente presenta sólo a la izquierda comunista, pero fragmentada. Un buen programa económico, coherente y atractivo, y unas perspectivas de modesto crecimiento por la ruina del PSOE, no serán suficientes para resultar mínimamente influyente en el paisaje parlamentario que se avecina.

Éstas son las dos viejas opciones que parecen presentar, como se ve, más sombras que luces, pero hay nuevas alternativas. De ellas trataré en el próximo artículo.

28 sept. 2011

Dinero y democracia


Seamos sinceros, nada nos irrita tanto como que dispongan de nuestro dinero con arbitrariedad y sin consentimiento. Hasta tal punto es así que los orígenes de los instrumentos de la democracia e incluso del primer Estado democrático del mundo moderno tienen sus raíces envueltas en disputas dinerarias.

Los monarcas del Medievo se vieron en la necesidad de admitir en sus consejos reales, convirtiéndolos en parlamentos, a los representantes de aquellos de los que extraían los fondos para financiar sus empresas, casi siempre militares. Estos no eran otros que los burgueses, que en las nuevas cámaras sostuvieron con los monarcas un tira y afloja de vosotros abrís la bolsa y yo la ley. Hubo países en los que se acabaron imponiendo los parlamentos (Inglaterra) y el paso posterior hacia la democracia fue gradual aunque no exento de violencias, y otros en los que ocurrió al revés (Francia) y la superación del absolutismo monárquico se hizo violenta, traumática y revolucionaria. En España se dice que la preeminencia del monarca de Castilla sobre las Cortes del reino y, a la inversa, de las Cortes sobre el monarca en la Corona de Aragón se debió a una cuestión de procedimiento: en aquellas se aprobaba en primer lugar el “servicio” (exigencias del rey) y después los “agravios” (peticiones de la burguesía), mientras que en las Cortes aragonesas se hacía al revés, de lo que se seguía una situación de debilidad para el rey. Puede que ésta no sea la causa sino el efecto, pero lo cierto es que el resultado de la dialéctica parlamentaria condicionaba mucho o poco el poder de la monarquía en todos los rincones.

Los derechos obtenidos a cambio de sus concesiones económicas fueron asumidos por las burguesías de todas partes como sagrados y en muchos casos defendidos con sangre, aunque con éxito variable. Las guerras coloniales del siglo XVIII (Inglaterra, Francia, España) arruinaron las haciendas de los monarcas contendientes; el rey británico decidió establecer un impuesto, que contribuyera a sufragar los gastos de la guerra, a los productos que procedían de las colonias americanas, en cuyo beneficio entendía que se había resuelto la última contienda (Guerra de los 7 años, 1756/63). Los colonos irritados por la nueva carga y por el hecho de que ellos no tenían representantes en el parlamento de Londres que lo había aprobado entraron en rebeldía (Motín del té, 1773), lo que supuso el inicio de la guerra y revolución que dio origen a los EE.UU., primer Estado democrático.

Dicho lo cual parece deducirse que puede haber impuestos sin democracia, pero no democracia sin impuestos, ya que esta nació de la relación contractual entre los antiguos poderes, aquellos que venían de Dios, ávidos de dinero y los que se lo podían proporcionar con el fruto de su trabajo. En los tiempos presentes, aunque queden algunos monarcas, como ornamento (dudoso) del Estado, la importancia que han cobrado los contribuyentes/ciudadanos  es tal que se han adjudicado la fuente del poder, la soberanía. Pero hay países (Arabia) en donde quedan soberanos por la Gracia de Dios, la misma Gracia que ha colocado en su suelo una fuente de riqueza que les permite no sólo prescindir de los impuestos sino incluso subvencionar a sus súbditos, que no ciudadanos. ¿Será posible allí la democracia antes de que se acabe el petróleo? Éste sí que es un misterio y no el de la velocidad de los neutrinos que ha colmado páginas estos días.