3 dic. 2011

El miedo y la necesidad

Cartel II Internacional. 1889

Todos los datos indican que desde los años setenta del pasado siglo, en que tuvo lugar una muy notable crisis económica, se ha producido una creciente polarización de la riqueza; es decir, el grupo de los ricos se ha ido distanciando aceleradamente de la masa de los otros hasta alcanzar unas magnitudes desconocidas en la historia reciente. En contraste la historia contemporánea se nos había presentado hasta ahora como un proceso de aproximación de las clases, y muchos pensábamos que era una conquista irreversible en el devenir de la humanidad, que acabaría universalizándose.

 La crisis presente está difuminando los rosas del mundo feliz que nos imaginábamos vivir y nos desvela tonos más siniestros y oscuros, hasta ahora ocultos. Un análisis del por qué de esa tendencia a la igualación social que ha caracterizado a los más de cien años, antes del giro de las últimas décadas, nos revela que en el origen del proceso no hubo sino  miedo y necesidad. Miedo a la revolución social, de una parte, y necesidad de productores primero y consumidores después para sostener el nuevo sistema económico (capitalismo industrial).

Miedo. La revolución francesa comenzó, como todos sabemos con una “revuelta de los privilegiados” que se resistían a pagar impuestos (buena enseñanza para los que reclaman que los gobiernos pongan más impuestos a los ricos. No se dejan). La dirección del movimiento pasó después a la burguesía, pero en sus momentos más radicales y dramáticos asomó por vez primera el proletariado. Las masas obreras, entrevistas aquellos años, fueron ganando protagonismo hasta bien entrado el siglo XX. Todos recordamos el comienzo de El manifiesto Comunista: «Un fantasma recorre Europa. El fantasma del comunismo». Después de la triunfante revolución soviética en Rusia el miedo a la revolución social llegó al paroxismo, lo que indujo al capitalismo a echarse en brazos del fascismo, que por su ultranacionalismo se reveló al fin como un enemigo interno y prioritario. Pero la derrota del fascismo y la necesidad de conjurar la amenaza comunista desembocaron en los más brillantes logros de la igualdad en los años centrales del XX.

Necesidad. La revolución industrial, cara económica de la revolución burguesa, se define como la transformación de la tecnología que hizo posible la producción masiva de mercaderías. Para ello hizo falta capital, tecnología, materias primas y mano de obra. Una mano de obra que pese a la brutal explotación de los primeros tiempos mejoró su situación respecto a aquellos en que era una turba rustica sometida al aislamiento de los campos, al hambre y a la servidumbre. Conforme avanzaba el proceso se convertía cada vez más en consumidora de subsistencias y mercaderías baratas. Las crisis capitalistas, producidas siempre por una marcha más rápida de la capacidad de producción (estimulada por la competencia y la innovación técnica y mercantil) que la demanda, que apenas crecía al ritmo de la población, empezó a mostrar que poner dinero en los bolsillos de las masas (seguros sociales, mejoras salariales…) ayudaba a remontarlas por el incremento del consumo que generaba en las clases populares. En eso se basó el New Deal y el keynesianismo, con los que se superó el gran bache de los años 30. En lo sucesivo crecimiento económico y nivelación social serán conceptos inseparables en el mundo occidental (Estado del bienestar).

Pero ¿qué pasó en las postrimerías del XX para que este estado de cosas se trastocara? Por una parte, el fracaso en la construcción de una sociedad igualitaria creíble y el derrumbamiento final de la Unión Soviética dejó a la izquierda sin horizonte ni referente útil. Por primera vez la derecha económica respiró y se vio libre de miedos. La emergencia del neoliberalismo con enorme fuerza a partir de los 80 es la contrapartida del derrumbe en el Este y del desconcierto de la izquierda en occidente. En lo sucesivo el plan será la liquidación de lo que el miedo les obligó a condescender durante varias generaciones, o, al menos, en las últimas décadas. Por otra parte, en el último cuarto del XX, la industria, verdadera responsable del protagonismo obrero, comenzó a emigrar al tercer mundo y a abandonar los países del centro económico. Allí, en el centro, la actividad financiera, que hasta entonces había cumplido un papel subalterno, comenzó a adquirir enorme protagonismo hasta el punto de que el capitalismo dejó de ser industrial para convertirse en financiero. Las clases poderosas dejaron de interesarse por la industria y se centraron en la especulación financiera. El antiguo proletariado industrial (sostén del sindicalismo obrero y los partidos obreristas) dejó prácticamente de existir, fundido en las clases medias bajas por un lado y por otro convertido en un lumpen moderno sin conciencia de clase. La necesidad también se esfumó.

Sin el miedo a la revolución y sin la necesidad de contar con masas obreras para el sostenimiento del sistema, que se ha buscado otra osamenta, las nuevas élites económicas se han visto libres para ensayar un futuro a su medida. Esta podría ser su primera crisis de crecimiento.

   

2 comentarios:

jaramos.g dijo...

Excelente exposición, Arcadio. Contigo, cada día aprendo un poco más. Salud(os).

Arcadio R. C. dijo...

Gracias. Es un placer contar siempre con tu fidelidad lectora,que, sin duda, no merezco.
Un saludo, amigo.