30 ago. 2008

Nuevos y viejos valores. La violencia machista

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Para algunos filósofos lo único permanente es el cambio (Heráclito de Éfeso: “Todo cambia, nada permanece”). En lo que a la sociedad humana se refiere esto es un hecho, si tenemos historia es porque hay cambio, evolución permanente. Nuestra capacidad de aprender y transmitir conocimientos nos permite acumular sabidurías e incrementar indefinidamente nuestras capacidades, como individuos y como sociedad, generando mutaciones continuas.

El materialismo histórico afirma que los cambios se inician en las técnicas, los avances tecnológicos dan lugar a nuevos modos de producción, que generan nuevas relaciones de trabajo a las que corresponderá una determinada estructura social, en función de la cual cristalizará una superestructura política, jurídica, cultural, artística, ideológica… que responde a los intereses del grupo que detenta la hegemonía en ese momento histórico (“La ideología dominante es la ideología de la clase dominante”) y que tiende a congelar el proceso. La prioridad de los cambios en la base es la causa de que, con frecuencia, las mentalidades, último escalón de la mudanza, parezcan no encajar con la realidad económica o social del momento; ha cambiado todo pero la mentalidad, los valores, que responden a una situación anterior, se resisten a ser sustituidos, precisamente por la función que tienen de “conservantes” de la estructura social.

Valores que hoy consideramos universales porque entendemos que son válidos en todas partes y en todo tiempo, no resisten un análisis histórico mínimamente cuidadoso. Por ejemplo, hoy entendemos que el trabajo dignifica a la persona. A los niños se les educa para el trabajo y en la moral del trabajo. Nuestros logros en la vida laboral son nuestros triunfos, el hombre que prospera y se abre caminos gracias a su trabajo es un héroe, un modelo a seguir. Los que no trabajan lo disimulan. Nadie pone en cuestión las virtudes y la necesidad del trabajo. Pero no siempre fue así.

Hace tan sólo unos siglos el trabajo era la ocupación de los villanos, el trabajo envilecía. La nobleza, cuya actividad era la guerra, repudiaba el trabajo como algo propio de gentes sin calidad. En la España del XVI y el XVII llegó a estar legalmente prohibido para los nobles aunque fueran de baja condición, como los hidalgos, que eran bastante numerosos –todos tenemos presente al hidalgo de El Lazarillo de Tormes que prefería el hambre contra la que luchaba mendigando o con recursos picarescos para lo que se valía de su criado, Lázaro–. Tal mentalidad perduró en España más que en otros lugares de Europa porque aquí no prosperó tanto ni tan pronto la burguesía, clase que rescató al trabajo del infierno y lo elevó a la categoría de valor. En Europa la burguesía acabó dominando la economía y paulatinamente fue imponiendo su moral del esfuerzo personal y de la dignidad del trabajo. La revolución protestante, que no inició la burguesía pero que sí se la apropió, y la revolución liberal, que fue su entrada en la política, acabaron de completar los cambios en la superestructura, política, jurídica e ideológica. No cabe duda de que hoy nuestro concepto del trabajo y de su valor es radicalmente opuesto al de hace unos siglos; el hidalgo de El Lazarillo no entendería nada de este mundo.

Como en otros tiempos el trabajo, hoy han entrado en crisis otros valores. La familia nuclear de carácter patriarcal que fue la base de la sociedad burguesa, se debate ahora ante la evidencia de su desaparición. La idea de dominio paterno y de subsidiariedad e inferioridad de la mujer y de los hijos, amparada legalmente hasta hace muy poco entre nosotros (vigente en otras sociedades), ya no se sostiene. Han desaparecido de la ley las relaciones de dominio en la familia –hoy decimos en la pareja, porque lo individual se impone sobre el concepto colectivo de familia– pero las mentes siguen en parte estructuradas según los viejos conceptos. Muchos hombres sienten como una humillación intolerable la autonomía de sus mujeres –como a aquel hidalgo le resultaba intolerable la humillante necesidad de trabajar– y recurren a la violencia, hundiéndose más aún en el pasado, como el último recurso que salve su dignidad aunque les cueste la libertad o, a veces, la vida.

El alumbramiento de nuevos valores, en este caso el de la libertad individual con independencia del sexo, nunca han sido fáciles. Ideologías e instituciones ancladas en el pasado lo dificultan. El conservadurismo y las ideas religiosas que mantienen, en el mejor de los casos, actitudes ambiguas, nada propicias al cambio, pueden ser, de hecho lo son, coartadas para los que se resisten usando de la agresión. No se acabará con la lacra sangrienta del maltrato doméstico con la simple condena de la violencia; es necesario abrir las mentes a los cambios, erradicar el vértigo que produce lo nuevo. Para eso no podemos contar ni con el conservadurismo ni con la Iglesia porque ambos padecen del mismo vértigo.

Sin merma de otras medidas preventivas y punitivas es fundamental la educación. En la escuela pública, me consta, se hacen esfuerzos en esa dirección, pero hemos de tener en cuenta que un alto porcentaje de la educación se genera en el seno de la familia, en el medio social, mediante la adquisición de modelos que ofrecen al niño aquellos que le son próximos y que pocas veces están a la altura de las circunstancias. Me temo que para superar esta situación necesitaremos más de una generación y eso sin desmayar en el esfuerzo.

28 ago. 2008

El orden y el caos

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La conocida frase de Sócrates “sólo sé que no sé nada” tenía una intención didáctica, no era más que la manifestación de un método, la mayeutica o ironía socrática, porque la situación de ignorancia absoluta es impensable e inquietante en extremo. Necesitamos de algunas certezas para vivir, no importa su veracidad, sino que nos sean útiles para ocultar el vacío al que nos enfrenta el desconocimiento y la duda. A veces la verdad a la que podemos acceder no cubre esas expectativas y entonces recurrimos a cualquier fantasía que nos proporcione la seguridad que anhelamos. Con su humor extraordinario decía Jardiel Poncela: “cuando descubrimos la verdad nos damos cuenta de lo deliciosa que era la mentira”.

Pero no quiero hablar de la mentira y la verdad, sino del orden y del caos, aunque viene a ser lo mismo. El Mundo es caótico, en el sentido que dan al caos los físicos y los matemáticos; el orden, en cambio, es tan sólo un producto de nuestra mente, una simplificación de la realidad que nos permite orillar el vértigo de lo inabarcable.

Los logros de la inteligencia humana usando del método científico han sido inmensos y, sin embargo, una de las conclusiones más importantes a que se ha llegado en los últimos tiempos es a la convicción de que la sociedad, el clima, el Universo… son impredecibles en su comportamiento por el ingente número de factores que entran en juego, imposibles de tener en cuenta en su totalidad. Sistemas dinámicos, le llaman los matemáticos y a su estudio, teoría del caos. Según todas las evidencias hemos estado construyéndonos un mundo habitable, ordenando, clasificado, organizado, jerarquizado… sólo porque nuestro intelecto no soporta la ambigüedad, la indeterminación; pero lo que hay ahí afuera es otra cosa.

Desde el principio de los tiempos el hombre se ha defendido del caos, que es un habitat hostil, formulando respuestas contundentes a las preguntas más turbadoras. Así han nacido las religiones, afirmando responder a las dudas sobre nuestro origen y finalidad en el Mundo; así se han generado teorías sobre el Estado y el poder, justificando la arbitrariedad de la dominación de unos sobre otros… Más que sabiduría lo que nos han aportado es paz a nuestro espíritu, porque no buscábamos la verdad, sino seguridad, orden; a costa, naturalmente, de la verdad, a la que, hasta el momento, no se le ha encontrado utilidad alguna.

21 ago. 2008

Agnósticos y ateos

En Opiniones de un payaso el nobel aleman Heinrich Böll hace decir a Schnier, su protagonista, a propósito de los ateos: “Me aburren porque siempre están hablando de Dios”. Bueno, cada uno tenemos nuestras propias fijaciones y la de los ateos es Dios, nadie podrá decir que no es una santa obsesión. A mí personalmente me atrae el asunto sobremanera, no tanto como para dedicarle un blog, hay muchos por ahí, pero sí para un post.

Existen dos palabras para designar a los que no creen en Dios: ateo y agnóstico. La primera es más antigua y se compone de la partícula negativa a y del término teos, dios. El segundo es de uso más reciente y etimológicamente implica la negación del conocimiento, expresa la imposibilidad de conocer. En un sentido estricto el ateo niega la existencia de Dios y el agnóstico la posibilidad de su conocimiento, con independencia de que exista o no, cuestión que deviene irrelevante si el conocimiento no lo puede alcanzar.

A mi siempre me pareció que agnóstico es un eufemismo. Con su uso hacemos más políticamente correcto el concepto, que, es una evidencia, produce un rechazo frontal y escandalizado por parte de mucha gente, para la que negar a Dios es, más que una opción, una blasfemia. Todos los esfuerzos que se hacen por distinguir una palabra de la otra intentando convencer de que designan conceptos diferentes, me parecen poco consistentes y a mi juicio sólo encierran un deseo de no herir o de hacer más aceptable el hecho incontrovertible de la negación de Dios, a la vez que se presenta una imagen propia con perfiles de moderación, pese a lo radical de la cuestión. Sin embargo, nada tengo en contra de quienes lo hacen, cada cual es muy dueño de definirse como mejor le plazca.

Lo que quisiera dejar claro es que el ateo no es un exaltado radical que lucha denodadamente por imponer sus ideas como con frecuencia se nos presenta, estableciendo incluso un paralelismo con los fundamentalismos religiosos de cualquier signo; como si el ateismo fuera a su vez una religión. Nada mas incierto.

La hipótesis de la existencia de Dios es, a la luz de la razón humana y del conocimiento científico contrastado hasta la fecha, sumamente improbable. Una posibilidad tan mínima –pocas teorías científicas pueden aportar el 100% de verosimilitud confirmada– permite su negación sin amenazar en absoluto lo razonable. Se puede alegar que mi primera afirmación es gratuita: evidentemente demostrar la inexistencia de un ser que se define como inmaterial es de todo punto imposible, pero sí se puede demostrar la falsedad de lo que los creyentes consideran sus manifestaciones, su obra. Sin entrar en detalle, es un hecho que, a lo largo de la historia, el conocimiento científico ha ido sustituyendo progresivamente explicaciones religiosas a la realidad entorno por teorías científicas –la evolución y el mecanismo del Universo, la formación de la vida, la evolución de las especies…– hasta dejar casi sin campo a las creencias religiosas, y el proceso está lejos de haber terminado; se puede colegir de ello que la explicación religiosa sólo ocupaba el espacio en donde faltaba una explicación científica, pero cuando esta surge, por el inevitable progreso cultural, desaparece aquella. No es pues una acción extremista la negación de Dios, sino una posición razonable.

La actitud militante que se percibe en el ateo, no en todos, y que para algunos es irritante o descalificadora, se debe al convencimiento, que aquellos tienen, de que la creencia en Dios no es benéfica, ni siquiera neutra, para la sociedad, sino que tiene efectos perniciosos. Al aceptarla minusvaloramos el pensamiento racional y el método científico, abriendo brechas a la superstición y a cualquier irracionalismo; admitimos una de las fuentes de confrontación social más activa y brutal de las que han existido, como se demuestra con un mínimo estudio de la historia, o análisis de la actualidad; permitimos la supervivencia de unas herramientas –la religión y las iglesias– de enorme capacidad de reacción que han constituido siempre un poderoso freno para cualquier forma de progreso.

Soy consciente de que no he hecho más que apuntar unas ideas, no pretendía otra cosa. Tampoco es posible extenderse demasiado en este formato, pero no descarto desarrollar alguna de ellas en el futuro.

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NOTA. El libro más agudo y completo que he leído al respecto, aunque su traducción deja que desear, es El espejismo de Dios de Richard DAWKINS, científico muy conocido por su obra El gen egoísta, auténtico best seller científico, y por la interesante teoría de los memes, que pretende explicar la evolución cultural, en la que los memes harían la función que ejercen los genes en la evolución natural.

15 ago. 2008

Polvo de estrellas

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El Sol tiene los días contados. Sesudos estudiosos han llegado a la conclusión de que dentro de 7.500 millones de años el astro rey se habrá convertido en una gigante roja y habrá absorbido a la Tierra; apuntan incluso que puede ser menos y, por supuesto, que la vida por aquí se habrá convertido en algo incomodo e imposible unos millones de años antes. Todo es perecedero en este Mundo, incluido el propio Mundo.

Es mucho tiempo, pero el hecho de que se pueda contar y expresar numéricamente produce cierto desasosiego, del que no nos libera ni siquiera la certeza de que, por supuesto, nosotros no lo veremos.

Si miramos hacia atrás nos topamos con otra cifra no menos espectacular: nuestro planeta no cumple ya los 4.500 millones, lo hizo mucho antes de que la raza humana apareciera. Los astrónomos son más generosos que los profetas o los clérigos estudiosos del tema –el obispo Ussher fijó el nacimiento del Mundo el día 23 de Octubre del 4004 a. de C., mientras que su final se ha esperado ya en varias ocasiones, sin ningún éxito hasta ahora afortunadamente–, pero son igual de cenizos con el desenlace. Según estos datos la Tierra pasó ya el ecuador de su vida, reducido a escala humana es como si tuviera 45 o 50 años; no está mal, es una edad interesante que muchos quisiéramos para nosotros, pero que empieza a inquietar y obliga a replantearse algunas cosas. El problema es que los únicos que pensamos por aquí, según parece, somos nosotros y, desde luego, no tenemos la mínima chance para alterar el destino; es una de esas ocasiones en que uno no se alegra de pertenecer a la especie pensante del planeta.

Contamos con nuestra desaparición individual pero, de alguna manera, nos hemos acomodado a ella, qué remedio. Dejamos hijos que perpetúan nuestra herencia biológica; las acciones de nuestro paso por la vida siempre dejarán alguna huella de nuestro más que fugaz tránsito –algunas veces hubiera sido mejor que no–, aunque nadie nunca identifique nuestra aportación, pero ahí queda. Es un notable consuelo. En la historia futura de la humanidad, algo, por mínimo que sea, nos pertenece como autores y nos une a esa situación venidera como causa necesaria. La historia es un continuo del que tenemos parte en el pasado por nuestros ancestros, en el presente por nosotros mismos y en el futuro por nuestras obras –precisamente abrí este blog para dejar alguna cosita más en el porvenir–. Lo que ahora nos anuncian es el fin del futuro; el momento en que el horno nuclear que llamamos Sol consumirá a la Tierra, para convertirse todo en eso que han llamado poéticamente polvo de estrellas.

Quedará muy lejos, pero maldita la gracia que me hace que todo quede reducido a polvo, aunque sea de estrellas.

8 ago. 2008

¿Crecimiento o bienestar?

La doctrina económica al uso considera al PIB (Producto Interior Bruto) el indicador más fiable para determinar la salud de la economía de un país. Es el índice con el que medimos el crecimiento, basta comparar el actual con el de referencia que elijamos. Pero el PIB no es bueno para medir el grado de bienestar, de hecho no cuenta con instrumentos para evaluar la degradación del medio ambiente, el agotamiento de los recursos y otros elementos que inciden en la felicidad de las personas. En 1998 se tomaron medidas de desregulación del mercado inmobiliario liberalizando el uso del suelo con la intención declarada de que el mercado acabara poniendo en su lugar al precio de la vivienda. Sin embargo el mercado eligió la vía especulativa: se construyeron más viviendas que en Francia, Gran Bretaña y Alemania juntas; se avanzó en la destrucción del litoral mediterráneo aún más si cabe que en el pasado; se fabricó la burbuja inmobiliaria, cuya destrucción nos prepara hoy una bonita crisis económica; no solucionó el problema de la vivienda ya que sigue siendo inaccesible para los que la necesitan a la vez que hay millones de ellas vacías. Eso sí, el PIB subió espectacularmente, según el famoso indicador somos más ricos. El objetivo declarado, poner viviendas al alcance de la gente, no se cumplió, pero sí otros no declarados, incrementar astronómicamente la tasa de ganancia de las empresas del sector y las que giran en su entorno, como la banca.

Ocurre que en estos años de crecimiento la proporción del PIB que corresponde a los salarios no ha aumentado, pero sí, y mucho, la que corresponde al capital. He leído por ahí que el incremento en las remuneraciones de los ejecutivos ha crecido en un 600%, en algunos casos más de 1000. ¿Quién creéis que se apretará el cinturón ahora que vienen las vacas flacas?

Crecer ¿para qué? Es necesario encontrar un nuevo paradigma económico que sitúe el objetivo del bienestar sobre el de simple crecimiento. Hay signos y desde luego oportunidades. Las Naciones Unidas a través de su programa para el desarrollo, PNUD, ha patrocinado la elaboración de un nuevo índice denominado Índice de Desarrollo Humano (IDH) con la pretensión de que vaya sustituyendo al PIB, inservible para una economía cuyo objetivo sea el hombre.

La gran oportunidad la crea la propia crisis. Es ya una evidencia que la crisis financiera se está transformando en productiva. Todos los gobiernos de los estados-nación y los macrogobiernos de las entidades transnacionales tienen la oportunidad de aplicar medidas que no tengan sólo el miope objetivo del crecimiento, que no resuelve los problemas de la gente y que conduce al calentamiento del planeta, la degradación medioambiental y el agotamiento de los recursos. Es necesario encontrar la fórmula del crecimiento cero, o incluso decrecer, aumentando el bienestar.

Para eso hay que tener claro el objetivo: el hombre.

1 ago. 2008

Transgénicos

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Las innovaciones siempre motivan desconfianza, salvo en aquellas personas que, por una especial configuración de su personalidad cuya causa desconozco, adoran todo aquello que puede calificarse de novedoso. Son dos formas contrapuestas de encarar los cambios, pero yo creo que la primera expresa un reflejo natural de nuestra especie, quizá de todas, porque la costumbre, lo conocido, genera seguridad en nuestro espíritu y al revés. Aún así ha habido épocas más proclives que otras a aceptar las novedades. En las últimas décadas del XIX la fe en las ciencias y en el progreso tecnológico alcanzó su punto álgido, se entreveía una utopía en la que la humanidad se libraba de las lacras que la habían esclavizado durante milenios, gracias a su concurso. Pero, nada más pasar el siglo, en la primera guerra mundial, se aplicaron para la destrucción los grandes avances de la investigación y los progresos técnicos, como nunca antes ocurriera; en la segunda y, sobre todo, en la posguerra –Guerra fría–, ciencia y tecnología se pusieron plenamente al servicio de la política de confrontación: el sueño se transformó en pesadilla, los avances científicos parecían estar destinados a la destrucción global. Y… aquellos polvos trajeron estos lodos: ahora los avances de la investigación generan siempre un movimiento reflejo de desconfianza. El pensamiento y los movimientos conservacionistas se han enfrentado con frecuencia a los científicos, y estos encuentran dificultades para hacer llegar a la opinión pública la bondad y la necesidad de su trabajo.

Uno de los dominios de las ciencias protagonistas de los avances más espectaculares de nuestro tiempo es la biología. La ingeniería genética va a revolucionar, si la dejan, la agricultura, y puede en no mucho tiempo erradicar plagas, multiplicar rendimientos, extender los cultivos a zonas ahora incultas, por citar sólo algunas de sus posibilidades. Algo se ha conseguido ya, pero en medio de una lucha titánica con la desconfianza y el recelo. Los cultivos modificados genéticamente, los transgénicos, están teniendo entre muchos de los grupos conservacionistas el mismo rechazo que las iglesias oponen, con argumentos morales o teológicos, a los avances biológicos en la reproducción humana o para la lucha y prevención de algunas enfermedades.
No importa que minuciosos y repetidos estudios traten de convencer de la inocuidad para la salud de tales cultivos; hay, parece, algo más que la necesidad de argumentos racionales. Además permanentemente se agregan nuevos motivos para el rechazo: empobrecimiento de la biodiversidad, como si en los milenios de agricultura no hubiéramos alterado, eliminado, seleccionado miles de especies; entrega a las multinacionales del control de la agricultura por el domino sobre las patentes, como si el sector no estuviera ya en manos de multinacionales – sin el permiso de Cargill, Bunge y Archer Daniel Midland Company no se mueve ya un grano de cereal en el mundo–. Los problemas de biodiversidad habrá que atajarlos con otros planes y, por supuesto, la concentración de capital y sus nefastos efectos nada tienen que ver con la biología.

Estoy convencido que el tiempo hará triunfar a la sensatez y, sin que desaparezca la oposición ecologista que será un acicate para un mejor control de posibles excesos, los cultivos modificados genéticamente proliferarán y espero contribuyan decisivamente a erradicar la subalimentación y el hambre en tantas áreas. En estos momentos la crisis de precios de los productos alimentarios ha actualizado el debate en los dos frentes, el del comercio –ronda de Doha de la OMC– y el de la viabilidad de los transgénicos, ¿sacaremos algo en claro? Estemos atentos.