1 ago. 2008

Transgénicos

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Las innovaciones siempre motivan desconfianza, salvo en aquellas personas que, por una especial configuración de su personalidad cuya causa desconozco, adoran todo aquello que puede calificarse de novedoso. Son dos formas contrapuestas de encarar los cambios, pero yo creo que la primera expresa un reflejo natural de nuestra especie, quizá de todas, porque la costumbre, lo conocido, genera seguridad en nuestro espíritu y al revés. Aún así ha habido épocas más proclives que otras a aceptar las novedades. En las últimas décadas del XIX la fe en las ciencias y en el progreso tecnológico alcanzó su punto álgido, se entreveía una utopía en la que la humanidad se libraba de las lacras que la habían esclavizado durante milenios, gracias a su concurso. Pero, nada más pasar el siglo, en la primera guerra mundial, se aplicaron para la destrucción los grandes avances de la investigación y los progresos técnicos, como nunca antes ocurriera; en la segunda y, sobre todo, en la posguerra –Guerra fría–, ciencia y tecnología se pusieron plenamente al servicio de la política de confrontación: el sueño se transformó en pesadilla, los avances científicos parecían estar destinados a la destrucción global. Y… aquellos polvos trajeron estos lodos: ahora los avances de la investigación generan siempre un movimiento reflejo de desconfianza. El pensamiento y los movimientos conservacionistas se han enfrentado con frecuencia a los científicos, y estos encuentran dificultades para hacer llegar a la opinión pública la bondad y la necesidad de su trabajo.

Uno de los dominios de las ciencias protagonistas de los avances más espectaculares de nuestro tiempo es la biología. La ingeniería genética va a revolucionar, si la dejan, la agricultura, y puede en no mucho tiempo erradicar plagas, multiplicar rendimientos, extender los cultivos a zonas ahora incultas, por citar sólo algunas de sus posibilidades. Algo se ha conseguido ya, pero en medio de una lucha titánica con la desconfianza y el recelo. Los cultivos modificados genéticamente, los transgénicos, están teniendo entre muchos de los grupos conservacionistas el mismo rechazo que las iglesias oponen, con argumentos morales o teológicos, a los avances biológicos en la reproducción humana o para la lucha y prevención de algunas enfermedades.
No importa que minuciosos y repetidos estudios traten de convencer de la inocuidad para la salud de tales cultivos; hay, parece, algo más que la necesidad de argumentos racionales. Además permanentemente se agregan nuevos motivos para el rechazo: empobrecimiento de la biodiversidad, como si en los milenios de agricultura no hubiéramos alterado, eliminado, seleccionado miles de especies; entrega a las multinacionales del control de la agricultura por el domino sobre las patentes, como si el sector no estuviera ya en manos de multinacionales – sin el permiso de Cargill, Bunge y Archer Daniel Midland Company no se mueve ya un grano de cereal en el mundo–. Los problemas de biodiversidad habrá que atajarlos con otros planes y, por supuesto, la concentración de capital y sus nefastos efectos nada tienen que ver con la biología.

Estoy convencido que el tiempo hará triunfar a la sensatez y, sin que desaparezca la oposición ecologista que será un acicate para un mejor control de posibles excesos, los cultivos modificados genéticamente proliferarán y espero contribuyan decisivamente a erradicar la subalimentación y el hambre en tantas áreas. En estos momentos la crisis de precios de los productos alimentarios ha actualizado el debate en los dos frentes, el del comercio –ronda de Doha de la OMC– y el de la viabilidad de los transgénicos, ¿sacaremos algo en claro? Estemos atentos.

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