27 ene. 2011

Céline, Conrad, Simenon

Entre los escritores malditos, de los que Francia tuvo siempre buena cosecha, ocupó un lugar de preferencia Luis Ferdinand Céline, que impactó a las conciencias galas, y hoy se puede decir que del mundo, con su Viaje al fin de la noche. Este año se cumple el cincuentenario de su muerte y estaba en el calendario de efemérides a celebrar en el país vecino, hasta que el ministro de cultura (Mitterrand) lo ha retirado de él, basándose en su antisemitismo y presunto colaboracionismo durante la ocupación, aunque esa sea una sola de sus manifestaciones dinamitadoras de todo lo sagrado y de su amargo nihilismo. Lo leí durante unas vacaciones no hace mucho y puedo asegurar que su lectura tintó de negro una buena parte del tiempo que tenía destinado a mi solaz.

Hay un episodio de la novela, un viaje a África, que me recordó sobremanera el relato de Joseph Conrad, El corazón de las tinieblas, que posteriormente inspiraría la película de Copola, Apocalypse now (ubicada en Viet Nam). Pasa esta novela breve por ser un inteligente alegato contra la inhumana brutalidad y cínica explotación que puso en marcha, como una diabólica maquinaria de exterminio y esclavitud, el católico rey de los belgas Leopoldo II en la colonia que el concierto mundial le había cedido en el corazón del continente con el nombre de Estado Libre del Congo. No hace mucho leí en un lugar, que lamentablemente no recuerdo, que el alegato de Conrad contra el colonialismo era tan inteligente que ocultaba un mensaje subliminal que tenía mucho más que ver con la visión del fenómeno colonial como la carga del hombre blanco que con su condena. Desde ese momento me resulta cada vez más difícil verlo de otro modo.

Mi afición por la novela negra me ha hecho volver hace unas semanas a la lectura de G. Simenon, aunque me he enfrascado ahora en las novelas que no pertenecen a la serie del inspector Maigret, y que revelan un escritor con un insólito conocimiento del alma humana. Me he topado con dos de ellas, El efecto de la Luna y Barrio negro, en las que alude al mundo colonial (Gabón y Panamá). Otra vez he vuelto a sentir las mismas sensaciones que percibí con Céline y Conrad.

La visión que nos proporcionan los tres es semejante: el ámbito que describen es el tórrido ambiente tropical o ecuatorial en el que la naturaleza abruma a los occidentales que lo convierten en su hogar, temporal o permanentemente, hasta el agobio, actuando como un escenario que contribuye a la opresión que se abate sobre ellos; pero, lo fundamental es el contagio, que llega a la degradación humana y a la locura, con una humanidad en estado salvaje o casi, cuyos valores y hábitos perversos son los miasmas patógenos que corrompen paulatinamente, física y espiritualmente, a los blancos que se les aproximan, de modo que la barbarie que despliegan y su deshumanización se ve de algún modo justificada, o diluida en el ambiente. La inquietante tensión que se produce en tales situaciones es un filón literario que los tres autores (más el cineasta citado arriba) explotan bordeando o penetrando en las sombras que genera el relato. Tengo la impresión de que el misterio turbador y su manipulación tienen más peso en los tres que una presunta crítica social o política, aunque en Céline haya que matizar por su actitud amoral, cínica y nihilista.

Conrad, un polaco que escribe en inglés, pertenece a los primeros años del siglo XX (murió en 1924); Céline redactó su gran novela en el periodo de entreguerras; la trayectoria literaria de Simenon se acerca más a nuestros días pero las obras que cité de él son de los años 30. Es inevitable que juzguemos la obra de los artistas desde nuestro tiempo, con todo lo que eso implica. En el primer tercio del siglo pasado, salvo la izquierda radical y, quizá, hipócritamente, desde posiciones ultra demócratas de EE.UU., nadie planteaba una crítica al colonialismo como sistema.

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La ilustración, que he recogido de la red sin que haya podido identificar al autor, representa la escena final descrita en El corazón de las tinieblas.

23 ene. 2011

La cuarta ola

Samuel Huntington es un politólogo americano, que está muy lejos de mi cuerda ideológica, pero que es mundialmente conocido por su teoría de las olas democratizadoras en la historia contemporánea. En su esquema, una primera ola aparecería tras las revoluciones de finales del XVIII, la segunda después de la Segunda Guerra Mundial, mediado el XX; la tercera comenzaría con las transiciones de la segunda mitad de los 70 en Europa meridional (transición española), incluiría los cambios de régimen en Latinoamérica y Asia y culminaría con la transformación de los países del Este europeo para concluir a fines del siglo XX. La tesis es simplificadora según exige el gusto americano, según el mío, en exceso, aunque, para presentarla aquí, yo la haya simplificado más todavía. No deja de tener atractivo esta visión de la democratización en asaltos sucesivos cada vez más amplios y más próximos entre sí, de modo que entre la 2ª y la 3ª median sólo unas décadas, pero el número de países afectados es sustancialmente mayor en la última. Aunque Huntington y sus seguidores dieran por concluido el proceso al alumbrar el nuevo siglo, no cabe pensar que se detendrá ahí definitivamente, ya que una buena parte del mundo queda aún bajo regímenes despóticos o autoritarios, por ejemplo, la inmensa mayoría de los musulmanes, en los que leves intentos tras la descolonización quedaron ahogados por dictaduras laicas, al principio, y por la ola fundamentalista islámica, después. Esto es así hasta el extremo de que no pocos han considerado que existe una auténtica incompatibilidad entre Islam y democracia. ¿Podría la revolución de Túnez ser el detonante que inicie la cuarta ola, y, de paso, desmienta el supuesto antagonismo?

No hay revolución que no tenga vinculación con graves trastornos económicos y la crisis presente confirma esa idea, pero hay algo más. Dice Lina Gálvez, de ATTAC, con relación a las recetas neoliberales aplicadas últimamente en Túnez:

«Desde 1996, el Banco Mundial ha puesto en funcionamiento en Túnez cinco planes de préstamos que exigían cambios en el gobierno económico del país magrebí. […] el quinto, aprobado en 2009[…].
Las áreas normativas que se abordaron a cambio de los préstamos seguramente nos suenen mucho: acuerdos de libre comercio con Europa, aceleración del programa de privatizaciones, mayor flexibilidad del mercado laboral, promoción de la inversión privada y liberalización del sector de las TICs y del financiero, entre otras. En definitiva, medidas que simplemente buscaban mejorar el clima para los negocios sin preocuparse de su efecto sobre el nivel de vida de la población.»

Tampoco hay revolución que no se enfrente a dificultades: primero, nada más derribar los tunecinos a sus opresores la agencia Moody’s ha rebajado la calificación del país por las “incertidumbres económicas y políticas” (Ben Alí debería parecerles de lo más seguro); en segundo lugar, el islamismo se hará presente inevitablemente, de momento se ha legalizado ya su formación política, como no podía ser menos, pero ¿se convertirá en una amenaza real para la democracia que apunta?; por último, no es menor dificultad la falta de simpatía con la que observan, entre el desprecio y el miedo (con razón), los gobiernos de los países vecinos, así como la estúpida e incomprensible inacción de la UE, que, en cambio, mantuvo estrechas relaciones con el dictador al que mimó y protegió silenciando su despotismo corrupto, siguiendo el impulso de Francia, la antigua metrópoli.

Con todo, por una vez y sin que sirva de precedente, me voy a hacer huntingtoniano y apostaré por su teoría, ampliada en una cuarta ola, que sueño extendiéndose por todo el Norte de África y Oriente Medio (Magreb y Mashrek), si se me permite.

19 ene. 2011

¿Tenían ombligo Adán y Eva?

Hay un elemento en la anatomía humana que no es resultado de la lenta y enjundiosa aplicación de los genes sino de una manipulación post parto: el ombligo. No por eso menos apreciado que otras partes; es más, por su ubicación privilegiada se ha convertido en metáfora de todo lo que es central o en la quintaesencia de nuestro yo (mirarse el ombligo significa ensimismarse en nosotros mismos). Todo ello contrasta con la insignificancia de su aspecto y la inutilidad de su existencia, una vez arrojados al mundo. Pero más aún sorprende que sesudos teólogos y pensadores de toda laya lo convirtieran en objeto de polémica: ¿Tenían ombligo Adán y Eva?

El Génesis narra en dos lugares la creación de nuestros presuntos padres primigenios (1.26-31 y 2.7-25), pero de forma contradictoria: en el primero Dios los crea a su imagen y semejanza, a ambos a la vez y después de haber creado a los demás seres vivientes; en el segundo no habla de semejanza con Dios, los crea por separado (primero Adán y después a Eva de una de sus costillas) y preceden a los otros vivientes. Quizá la confusión se deba a que el relato que conocemos es la fusión poco cuidadosa de dos o más textos o narraciones diferentes. Esta rareza de Dios de no ponerse él mismo a la tarea y utilizar escribas vicarios, que, a la vista está, eran unos mantas, trae pésimas consecuencias (lo de Mahoma fue aún peor porque el pobre no sabía escribir y tuvo que largar todo de boquilla para que escribieran otros). Pero dejemos esos temas a los estudiosos de los textos sagrados, lo que aquí nos importa es que en ambos casos se afirma que no nacieron como los demás humanos, sino de las manos del creador, de donde cabe deducir que sus vientres carecían de accidente alguno. Lo debatieron largamente los teólogos mientras que los artistas de la Edad Media y el Renacimiento los representaron unas veces con y otras sin. En el aspecto artístico la cuestión pareció zanjarse después de que Miguel Ángel representara a Adán en la Capilla Sixtina con ombligo; en el aspecto polémico el asunto coleó hasta el XVIII con resultado más bien contrario.

Hay fundamentalistas contemporáneos, partidarios del diseño inteligente, convencidos de que los primeros padres lucían hermosos ombligos en su abdomen, lo deducen de algunos datos importantes: la evidencia del registro fósil, que parece dar testimonio de vida y de especies desaparecidas mucho antes del tiempo en que, según la Biblia, fue creado el mundo(1); la certeza de que los animales que Adán bautizó tendrían que mostrar en sus cuerpos maduros las huellas de un crecimiento que no se había producido porque acababan de ser creados, así como los árboles del paraíso que deberían contener anillos de crecimiento en sus troncos, aunque no hubieran crecido nada. Dios habría creado el mundo como algo en funcionamiento. Pero, ojo, si se ocupó de dejar pistas falsas que dieran la impresión de una evolución, condición del movimiento, sin siquiera olvidar una buena cantidad de coprolitos (excrementos fósiles), ¿quién nos puede asegurar que la creación no se produjo hace sólo unos años y el registro de nuestra memoria no es sino una de esas piezas de la divina puesta en escena?

La Iglesia de Roma tiene un modo más digerible de enfrentarse a la ciencia (aceptemos que lo de Giordano o Galileo fue un tropiezo que no se repetirá), por eso ha dejado medianamente claro que no se opone al evolucionismo(2). Reconoce que el relato del Génesis puede tener un valor simbólico, o mítico, no sé muy bien. Lo que sugeriría la narración, dice, es que en un momento determinado, cuando la evolución natural había logrado un prototipo de homínido aceptable, Dios le insufló el alma. Eso está bien, pero desemboca en otra cuestión inquietante: el primer hombre completo (cuerpo y alma) fue engendrado, alumbrado, amamantado y criado por un animal, mamá bicho. No sé como asumir este hallazgo, tendré que consultar de nuevo a mi teólogo personal porque yo sigo estando hecho un lío con las vueltas y revueltas que presenta el nudo umbilical. (3)

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1 El obispo Ussher determino, a mediados del XVII, después de un profundo análisis de los datos bíblicos que la creación se produjo el año 4004 a. de C.

2 Encíclica Humani Generis de Pío XII y diversos textos de Juan Pablo II.

3 Me ha inspirado, y algo más, este artículo el libro de Martín Gardner ¿Tienen ombligo Adán y Eva? La falsedad de la pseudociencia al descubierto. Ed. Debate, Barcelona 2001.

15 ene. 2011

La esperanza

La revolución en Túnez tiene un cariz insólito en el ámbito musulmán, e incluso, magrebí: es una revuelta laica y democrática. No sabemos qué caminos recorrerá, ni cuál será el desenlace, pero de momento su arranque es esperanzador, precisamente por la ausencia del islamismo, fantasma que ha acabado por ahogar cualquier intentona democrática en el mundo que habitualmente llamamos árabe. Ya que ni está ni se le espera, que no se presente inopinadamente, lo que no es del todo descartable.

Túnez es un país ilustrado, para los estándares de la zona, con una estructura social que cuenta con una clase media amplia y un porcentaje de población joven explosivo, abocado a una lamentable situación económica con un desempleo desesperanzador y un alza de precios insoportable en los productos básicos. Si a eso se une la carga de un mandatario que defraudó hace tiempo las esperanzas puestas en él y se rodeó de corruptos esquilmadores del erario público (está por ver la influencia que han tenido en la revuelta las revelaciones de los papeles de Wikileaks sobre la familia política del presidente), la revolución era explicable, y hasta predecible.

La situación en toda la zona es inestable: Egipto o Argelia se enfrenta a un magma social que empieza a burbujear de modo alarmante. La cuestión diferencial respecto a Túnez es que en ellos la presencia islámica es muy fuerte y cualquier revuelta popular se verá seguramente mediatizada por ese dato que aporta un punto de inquietud extra. De hecho Egipto ha sido el hogar donde nació el islamismo moderno con aquella denominada Sociedad de los Hermanos Musulmanes (1920), que se extendió después como las ramas de un árbol con mil y un brotes de los que Hamás, Hezbolá, etc. dan hoy penoso testimonio.

El mundo árabe se nos presentaba como inasequible a los principios de la modernidad, es decir, la democracia y los derechos humanos (que son universales, no un producto de occidente, como algunos quieren hacernos creer). Esta revolución rompe esa imagen y por primera vez desde hace mucho un país de esta fachada del Mediterráneo parece querer encarar el futuro hollando la senda que ignora la religión y el oscurantismo. Ojalá (soy consciente de que esta palabra es una invocación a Alá, ironías de la lengua) no se frustre tanta esperanza y que estos sucesos, lamentablemente sangrientos, no sean sino un abrir ventanas al futuro.

12 ene. 2011

Sudán

Una buena parte del mundo ha permanecido ajena al concepto de nación, aún de la forma confusa en que la entendemos hoy nosotros, hasta bien entrado el siglo XX. La descolonización creó nuevas naciones-estado allí donde sólo había territorios definidos por los intereses contrapuestos de las metrópolis, poblados por gentes cuya organización social y política nada tenía que ver con occidente y en cuya mentalidad no cabían esas nociones. Las estructuras que nacieron del proceso descolonizador crearon inercias y políticas tendentes a su supervivencia y a la creación de un sentimiento nacional, que la sustentara. Sorprende el éxito relativo de las mismas, como se aprecia por la persistencia de prácticamente todas las fronteras trazadas por los colonizadores, que para nada habían tenido en cuenta la realidad indígena, ni el paisaje humano ni el natural (el fracaso de la secesión de Biafra en Nigeria o Katanga en Congo han sido sintomáticos). Los programas de uniformización que se pusieron en marcha fueron muchas veces auténticos genocidios, opresión o marginación, en el mejor caso, de minorías étnicas, religiosas, etc. Desde luego, nada que no hayamos vivido en occidente en los momentos en que se fraguaron los Estados de los que nos enorgullecemos hoy: España nació tras el genocidio cometido contra judíos, moriscos y protestantes, más la absorción compulsiva de los otros estados-nación que apuntaban en la Península; EE.UU. se asentó sobre las cenizas de los pueblos indígenas y los hispanos del norte de México; entre ambos podríamos agregar a todos y cada uno de los países occidentales de todas las latitudes y, prácticamente ninguno, estaría exento de masacres, opresiones, injusticias sobre minorías, que les permitieron crear la mínima impresión de unidad necesaria para sentirse una nación con méritos suficientes para constituirse en un Estado.

El caso de Sudán es especial porque revela una situación extrema en el absurdo mapa de la descolonización africana. Su inmenso territorio fue el punto en que chocaron los intereses británicos que avanzaban por África siguiendo una línea que pretendía unir El Cairo con El Cabo, con los franceses, que lo hacían trasversalmente de Cabo Verde a Yibuti. El triunfo fue para el Reino Unido que creó allí un condominio con Egipto. En mis tiempos de escolar los atlas lo rotulaban como Sudan angloegipcio. El territorio, que alcanzó su independencia en 1956, está dividido al menos en dos grandes áreas; el sur, un tercio aproximadamente, poblado por negros de religión no musulmana, ha sufrido los intentos de uniformizar y generalizar los valores y extender el dominio de la mayoría blanca y musulmana del norte. La confrontación generó una guerra casi permanente desde antes de la independencia con resultados trágicos. Imposible domeñar una minoría tan concentrada y numerosa, de ahí el fracaso y, por fin, el referéndum que dará la independencia al sur. Va a ser la primera ruptura significativa de las fronteras heredadas de la descolonización.

Si en países con larga tradición de convivencia interior e instrumentos democráticos bien engrasados es difícil mantener la unidad frente a la exhibición de diferencias, rastreadas en la arqueología, el folclore o la imaginación, ¿cómo va a ser fácil en situaciones como esta? Me felicito por el recurso al referéndum (ojalá no se le hubiera tenido miedo en nuestro caso cuando fue pertinente) y porque la situación alcance una cierta normalidad, aunque aflorarán otras contradicciones, hasta ahora eclipsadas, en el seno de cada una de las nuevas naciones, que, desde luego, no son uniformes. La situación de Darfur sigue siendo inquietante, por ejemplo.

4 ene. 2011

Debilidades de la UE

Mal año el pasado, para España y para la UE. En España no apuntó la recuperación, el número de desempleados aumentó aún más y la deuda soberana sufrió el castigo del mercado. Las duras medidas del gobierno para enjugar el déficit, urgidas desde multitud de instituciones, nacionales o internacionales, concretas o fantasmales, han tenido el curioso efecto de que desde esos mismos lugares se exprese desconfianza en un país que tiene lastrado su crecimiento por tales medidas. Un absurdo que ilustra sobre la falta de racionalidad en el debate en torno a la crisis y los medios para atajarla.

España no es la excepción. En el resto del continente hemos visto desarrollarse casos más dramáticos y todos sabemos que existen otros varios que, afortunada o desafortunadamente, quién sabe, quedan ocultos en el ángulo muerto de la mirada de los medios; pero, al menor signo de que la noticia pueda ser rentable, saltarán a primera página, lo que para nosotros puede suponer la protección de una sombra refrescante. El problema es básicamente europeo, sin que esto signifique exonerarnos de responsabilidad: hemos vivido un presente, insólito en nuestro pasado, como si fuera a perdurar por siempre y sin advertir que muchas de sus raíces eran insanas. Lo que realmente ha mostrado sus debilidades en la Unión, sacudida por la crisis general, es una estructura construida a impulsos, espasmodicamente, con complejidades innecesarias, inacabada, en la que la bonanza económica durmió en los laureles a sus artífices, que no se ocuparon con la debida diligencia en consolidar lo construido con los nuevos elementos que reclamaba un conjunto bien hecho. Es más, la deriva neoliberal de los últimos tiempos hace mucho que se apoderó de las políticas de construcción de Europa, empujando a la Comisión a que se ocupe, más que nada, de mantener bajos déficit y deuda en los países miembros, mientras el BCE se consolida como una mera herramienta para controlar la inflación y nada más. La presión que una y otro han ejercido sobre los gobiernos ha ido desmantelando o, al menos, creando un estado de opinión favorable al desmantelamiento de los servicios sociales que prestaban y que eran el sello identificador de Europa. La prédica y la práctica del abandono de la política ha venido a desembocar, como siempre, en una política de derechas liberal. La crisis lo ha agudizado todo, las presiones y las políticas antisociales, incluso las contradicciones entre Estados que la bonanza mantenía desleídas.

El proyecto europeo inició sus primeros pasos con el marchamo del capitalismo liberal, de ahí las reticencias, expresadas muchas veces por la izquierda más activa, pero, aún con ese sello, cabía esperar mayor decisión a la hora de abordar la política. No se construye un Estado, un superestado o una federación con sólo instrumentos económicos técnicos, sin contaminación política, porque la unión económica por sí sola no es más que un esqueleto sin encarnadura, que anuncia desmoronarse ante el primer vendaval. La crisis no amenaza a Europa porque sea mal proyecto sino porque no es más que un conglomerado económico sin suficiente cemento político. Si bien ha sido un acierto empezar la construcción europea por la puesta en común de los recursos y su gestión, muestra evidente de sentido práctico, ha de llegar la hora en que se remonte el vuelo y ese momento es el que parece estar demorándose en exceso.