30 jun. 2008

La era del petróleo

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Desde la Segunda Guerra Mundial la economía industrial vivió en el occidente desarrollado y en Japón una época de esplendoroso crecimiento. Se vio favorecida por el uso progresivo de una fuente energética que sustituía con ventaja al carbón y que por su abundancia y relativamente fácil extracción mantenía unos precios más que razonables, el petróleo. EE.UU. y la U.R.S.S. eran dos grandes potencias productoras y, naturalmente, los yacimientos que se encontraban en países del Tercer Mundo eran explotados por empresas multinacionales de capital americano o europeo. Un paraíso en lo que a abastecimiento energético se refiere. Los precios del crudo se habían mantenido desde 1950 a 1973 por debajo de los 20 $ (dólares de 2007, 5 nominales), e incluso en la década de los sesenta bajaba lenta y continuadamente.

Al comenzar los setenta el informe sobre Los límites del crecimiento, elaborado por el MIT a instancias del Club de Roma, que sembró la alarma sobre la perdurabilidad de la abundancia energética, la situación internacional –conflicto arabo-israelí–, y las mutaciones en el sistema monetario internacional, provocaron la reacción de los países de la OPEP y la primera espectacular subida del precio del petróleo en su historia, generando a su vez una de las grandes crisis del capitalismo industrial. Una nueva elevación, segunda crisis energética, en 1981 –guerra irano-irakí –, superó con creces los precios del 73, pero ya el sistema había asumido la situación: se había desarrollado la energía nuclear y había nuevas reservas por explotar. En las dos décadas siguientes el precio bajó de nuevo y se mantuvo entre los 30 y los 40 $, con altibajos que generaban las crisis regionales y las reacciones de la OPEP, preocupada ahora sobre todo por mantener la estabilidad. A la par se desencadenó el desprestigio de la energía nuclear (Chernobil), ya no era imprescindible.

La actual tribulación, originada en el laberíntico entramado financiero del capitalismo global, empieza ya a manifestarse también como una crisis energética: el petróleo después de superar los 50 $ en el 2004, los 70 $ en el 2007, se situó en los 142 $ en junio de 2008. No hay precedentes de una escalada así. Naturalmente, pese a los esfuerzos realizados últimamente por la diversificación y por la eficiencia en el uso energético, se están empezando a manifestar síntomas de alarma y efectos más que perniciosos en muchos sectores. Al freno en la actividad que había producido la falta de liquidez y de confianza en las instituciones de crédito se suma ahora el problema del precio astronómico del petróleo.

Es el miedo a que escasee en el futuro y el afán por hacer negocio con un valor inestable (especulación) lo que está disparando el precio. Es cierto que aumenta el consumo por el despegue de países como China e India, pero es mayor el esfuerzo por acaparar la mayor cantidad posible a precios que se suponen inferiores a los de dentro de unos meses. Precios tan altos están haciendo rentable la extracción en zonas hasta ahora inalcanzables: en el Círculo Polar Ártico se ha desatado una lucha por controlar el fondo marino, al parecer preñado de hidrocarburos, ahora que se deshiela por el cambio climático, proceso que con toda probabilidad ha sido causado por quemar hidrocarburos masivamente. Bonita contradicción.

Con este panorama vuelven a levantar cabeza los defensores de la energía nuclear, a la vista de que las energías renovables y los biocombustibles no podrán nunca, por sus limitaciones y otros efectos no deseables, sustituir plenamente a los combustibles fósiles. Cierto que en estos años de tregua la fusión nuclear no ha podido ser dominada, pero los reactores de fisión tradicionales se han perfeccionado considerablemente, llegando a utilizar parte de los residuos que generaban antes y trabajando con mayor eficiencia y seguridad. Ayuda a este renacimiento, aparte el desquiciamiento económico atribuible al petróleo, el incontrovertible daño al medioambiente por las emisiones de CO2.

No parece dudoso que en las próximas dos o tres décadas se vaya a producir una transformación importante en el estilo de vida como consecuencia del cambio de paradigma energético, imposible ya de detener.

28 jun. 2008

Caperucita, el lobo y el Tribunal Constitucional

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Dicen que la capacidad de asombro es garantía de juventud. Pues, ¡cualquiera diría que haya abandonado la adolescencia hace medio siglo! No salgo de uno y ya estoy en otro. No me he recuperado de la sorpresa que nos ha proporcionado nuestro gobierno socialista con el asunto de la retención de inmigrantes ilegales, cuando me encuentro con un artículo sugerentemente titulado “María Emilia y el lobo” en el que un profesor y una profesora de la Pompeu Fabra defienden a la presidenta del TC por considerar que pecó de ingenua al atender a una particular presunta victima de malos tratos que al final resultó ser presunta asesina de su marido.

Yo también considero que la presidenta actuó de buena fe, movida por un sentimiento noble y loable en cualquier persona, en ella también. Lo que no comparto en absoluto es el tipo de argumentos que se emplean, porque son sexistas. El fin que buscan, la exculpación moral de Dª María Emilia, es aceptable para el común de las gentes de buena fe; los medios, en cambio, me parecen reprobables.

En el artículo en cuestión se pueden encontrar argumentos como estos: “las mujeres, que desde niñas han recibido el mensaje de ser buenas, en su vida adulta siguen queriendo responder a lo que se espera de ellas” ; y “la sumisión, históricamente necesaria para conseguir la protección del varón, parece haber quedado escrita en la memoria genética de las mujeres y llevarlas a orientar su actividad a la búsqueda de los afectos, de la aceptación, por encima de sus intereses”; o este otro, “muchas mujeres suelen mostrar un único registro, la complicidad, especialmente si es otra mujer quien les plantea un problema para el que están sensibilizadas”.

Los hombres son retratados como seres capaces de una estrategia –despojado el vocablo de matices peyorativos– por encima de complicidades afectivas y de compasiones.

Si lo que buscaban era defender a las mujeres con altas responsabilidades y más concretamente a la presidenta del TC, lo que consiguen es justamente lo contrario, porque nos las presentan como ingenuas caperucitas a merced de las fauces de cualquier lobo, y eso por el simple hecho de ser mujeres –conviene señalar además que en este caso particular el lobo era loba–.

Tanto me irrita el buenismo, que con bastante frecuencia se aplica hoy a las mujeres, como lo contrario. Ambos comportamientos son formas diferentes del discurso sexista. Lo bueno sería que se analizase el comportamiento de quien ostente tan alta magistratura sin que aparezca por ningún lado, ni para agravar ni para exculpar, su condición sexual o de género, que se dice ahora.

En otro reciente artículo de El País la escritora Luisa Castro abogaba, hace tan sólo unos días, en contra de la custodia compartida y a favor de que, por defecto, le sea adjudicada a la madre, con el original razonamiento de que es ella quien ha parido a los hijos. Si utilizáramos éste y los argumentos expuestos arriba para defender las tesis contrarias, es decir que quien debe ocuparse de los hijos en el hogar es la madre y que las mujeres tienen dificultades biológicas o psicológicas para desempeñar altas responsabilidades, se nos tacharía de machistas y de utilizar un argumentario sexista, con toda razón. ¿Por qué no concluir lo mismo en este caso por mucho que los que escriban lo hagan bajo el marchamo de expertos, progresistas o feministas?

Ni el lobo ni caperucita deberían tener ya sitio en esta sociedad.

25 jun. 2008

¿Quién es el enemigo?

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Cuando a principios del XIX se empezaron a usar masivamente las maquinas en la producción industrial no fueron vistas por todos como una bendición, ni muchísimo menos. Los artesanos fueron reducidos a la condición de proletarios y estos veían peligrar su puesto de trabajo en cada innovación técnica, que permitía incrementar la productividad y reducir la mano de obra necesaria. La máquina, por otra parte, esclavizaba al obrero que se convertía en su servidor y era sometido a un ritmo de trabajo inhumano. Los empresarios de entonces, hombres con rostro, con nombre y apellidos, manejaron el proceso porque su capital les permitía invertir en tales artilugios.

Las primeras acciones colectivas de los trabajadores se dirigieron contra las máquinas –movimiento ludita–. Una ola de sabotajes, incendios y destrucción se extendió por Inglaterra y pronto saltó sus fronteras –la primera textil que utilizó una maquina de vapor en España fue la fábrica El Vapor de Bonaplata en la Barcelona de 1832; fue incendiada poco después en una algarada obrera–.

A veces es difícil dilucidar cuando una innovación es un instrumento de avance o por el contrario una herramienta que nos esclavizará o destruirá. Los pensadores del socialismo, incluido Marx, estaban convencidos de que la innovación tecnológica era la base del progreso y de la emancipación humana; el fundamento de la opresión y la explotación había que buscarlo en otro lugar y combatirlo por otros medios.

Dos siglos después seguimos con las mismas dudas y con la misma imprecisión a la hora de marcar los objetivos de una lucha verdaderamente liberadora. Con el agravante de que hemos perdido hace tiempo la antigua imagen, impregnada de romanticismo, del progreso. También el capitalismo moderno ha sustituido el rostro y el nombre y apellidos de aquellos capitanes de la industria del XIX por el logo de una corporación transnacional dirigida por ejecutivos mercenarios y apátrida por efecto de la globalización.

Ahora son esas grandes corporaciones las que con sus inversiones ponen en valor los nuevos avances tecnológicos: esta plataforma digital en la que me expreso; el arroz transgénico que produce el 30% más de granos por espiga, etc., etc. Cierto que Microsoft es cuasi un monopolio en la informática, cierto que Monsanto ejerce un peligroso control sobre el asunto de las semillas genéticamente modificadas, pero uno y otro logro son avances de la humanidad a los que no debemos renunciar, aunque quizás sí a las trasnacionales que los monopolizan y los convierten sólo en medios para obtener beneficios con que compensar a sus inversores y seguir en la cima del poder.

¿Incendiaremos de nuevo la fábrica de Bonaplata?

23 jun. 2008

El largo verano escolar

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Es éste un país con horarios laborales absurdos, pero sin duda el que se lleva la palma es el escolar, inserto en un calendario no menos surrealista. Es muy probable que una de las causas del lamentable rendimiento académico que padecemos se deba a la distribución horaria de la jornada y a la configuración anual del curso; y, sin embargo, apenas nadie se digna tratar el asunto. Cierto que el número de horas lectivas no es menor que en otros países de nuestro entorno, pero su distribución y el rendimiento que de ellas se obtiene deja mucho que desear. Estos días ha finalizado el curso en la enseñanza secundaria, ESO y bachillerato, que es de la que hablo, y me parece oportuno traer aquí el problema, porque de un problema, y no menor, se trata.

Los adolescentes se enfrentan a una jornada intensiva de seis horas de clase –seis asignaturas diferentes– cada mañana, cinco días a la semana, con un descanso intermedio de 30 minutos, o dos menores. Regresan a sus casas para almorzar cerca de las tres. Por la tarde ya no hay jornada lectiva, aunque los centros suelen programar diversas actividades de carácter voluntario, con poco éxito las más de las veces. ¿Puede extrañar a alguien que en las dos últimas horas sea poco menos que imposible conseguir la concentración de los alumnos? La pérdida de tiempo, la frustración y desesperación de los profesores y la habituación de los alumnos a actitudes díscolas, son los efectos inevitables. Eso sin contar con la absurda hora a que se relega el almuerzo, que debería hacerse en el centro antes de la una. Por supuesto las asignaturas se distribuyen en ese horario de modo aleatorio, y eso por dos razones: por evitar agravios comparativos entre asignaturas (profesores) y porque la elaboración de horarios –operación compleja donde las haya– se realiza ahora por procedimientos informáticos en todas partes.

Esta manía por lo intensivo alcanza al calendario anual. El curso empieza tarde y termina pronto, si lo comparamos con los estándares europeos. Tampoco aquí se trata de trabajar menos, sino de hacerlo en el menor tiempo posible. Las vacaciones de verano alcanzan entre nosotros casi los tres meses, mientras que en otros países de nuestro entorno son de seis semanas. En toda Europa el curso empieza el primer día de septiembre; aquí los inútiles exámenes de verano y no se que misterios burocráticos impiden que sea antes de mediado el mes. Un misterio semejante hace que los alumnos de segundo de bachiller terminen a finales de mayo por causa de los exámenes de selectividad, como si fuese un mandato divino que estos se hagan a principios de junio. Y, sin embargo, los programas se cubren con dificultad, o no se cubren, por falta de tiempo; se recurre en exceso a la clase magistral porque es el modo más seguro de avanzar en el programa; se carga la atención y la preocupación en los contenidos porque dedicar el tiempo a la adquisición de técnicas y otras necesidades de la educación requiere un tempo mas reposado, del que evidentemente no se dispone; la estúpida y torturante manía de cargar a los chicos con tareas para la casa tiene el mismo origen, la falta de tiempo para hacerlas en clase.

En nuestro sistema educativo pueden darse aberraciones como la de que los profesores renieguen casi generalizadamente de la pedagogía y los pedagogos, pero no es la menor la de nuestro calendario escolar y horarios de jornada. Quizás estén relacionadas.

20 jun. 2008

Disputa en el Ártico

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El Océano Glaciar Ártico, que veis en el mapa batimétrico, es el más pequeño de los océanos (14.100.000 km2) y además muy cerrado, sus límites están perfectamente definidos. En estos tiempos está de moda; el casquete de hielo polar que lo cubre, con un espesor de unos tres o cuatro metros, está en trance de desaparición: según estimaciones pueden haber desaparecido ya unos cuatro mil millones de toneladas de hielo; quizás lo esté haciendo a una velocidad de un 8% anual. El calentamiento del planeta, cualesquiera que sean las causas, hará que en una generación podamos navegar en verano por el mismísimo polo norte sin que nos estorben los hielos: la banquisa habrá desaparecido por lo menos en los meses estivales, como ocurre en el Antártico, sólo que allí está bordeando a una tierra continental.

Triste panorama que produce zozobra en cualquier espíritu sensible. Pero hay por ahí un cruel refrán que dice: no hay mal que por bien no venga. Más que lamentaciones por la catástrofe lo que se oye es el griterío de los que esperan sacar provecho de la nueva situación, ya que al retirarse los hielos dejan al descubierto un tesoro. Los países limítrofes han comenzado a disputar por la propiedad de los fondos marinos que parecen encerrar ingentes cantidades de hidrocarburos y minerales y por el control de las posibles rutas que quedarán expeditas inmediatamente y que tendrán un valor económico y estratégico incalculable.

La voz de alarma saltó cuando Rusia colocó una bandera de titanio, para evitar la corrosión marina, a 4.000 m de profundidad, en una expedición en la que se valió de batiscafos con los que extraía muestras del fondo marino que demostraran que era prolongación de la plataforma continental siberiana. La cuestión es que el derecho marítimo vigente reconoce la propiedad de los fondos hasta doscientas millas de la costa para la explotación económica, pero mucho más si se trata de la plataforma continental (Convención de la ONU sobre Derecho del Mar de 1982, que, por cierto, USA no ha ratificado aún).

La cuestión de las rutas no es menos conflictiva. Existen dos posibles: la del NO (en amarillo en el mapa) quedó practicable por primera vez en la historia en el verano pasado. El Canadá pretende su control, para lo que está construyendo un puerto y base militar en la isla de Baffin, a lo que se opone EE.UU. La ruta del NE todavía requiere el uso de rompehielos en algún tramo, como se ve en el mapa, y en su casi totalidad discurre por aguas rusas.

Existen otros muchos litigios de límites entre los países ribereños, que hasta ahora no han tenido trascendencia pero que a partir de este momento se pueden convertir en muy importantes. El mes pasado se reunieron en conferencia, aunque con la ausencia protestada de Suecia, Finlandia e Islandia, en Ilulissat, Groenlandia, sin que al parecer hayan llegado a mayor acuerdo que el de postergar las soluciones hasta la conferencia de la ONU sobre el tema, prevista para 2020. Ni que decir tiene que otros de los insatisfechos son los grupos ecologistas y las asociaciones de aborígenes.

No deja de ser irónico que la pérdida de los hielos, seguramente por los excesos en la combustión de petróleo, de lugar a una mayor extracción y a la apertura de nuevas rutas que incrementarán su consumo.

17 jun. 2008

Misterios del calendario


Siempre me había preguntado por qué el año comienza el 1 de enero, día que no presenta la más mínima relevancia astronómica. Sabía que los romanos, de los que procede nuestro calendario, hacían coincidir el año nuevo con el equinoccio de primavera, en el mes de marzo, con el renacer de la vida vegetal; en ese momento se elegía a los cónsules, comenzando también el año político y militar –no en vano el mes de marzo estaba consagrado a Marte dios de la guerra–, ya que las campañas militares se iniciaban siempre en primavera por una mera cuestión de supervivencia de los ejércitos. En un momento determinado el comienzo del año se cambió de marzo a enero, y eran las razones de este cambio las que desconocía, hasta que casualmente di con la explicación hace poco.

Como es sabido el calendario romano, un tanto caótico, y no demasiado racional, sufrió varios cambios muy importantes. El primero fue pasar de 10 a 12 meses, agregando enero y febrero después de diciembre (mes décimo), así que febrero era el último mes del año, con menos días que los demás, ya que estaba dedicado a los muertos y por tanto era considerado nefasto.

Cada año se elegían dos cónsules, máxima magistratura política y militar. En el siglo II a C. Roma estaba empeñada en la conquista de Hispania a la que dedicaba un gran esfuerzo, de hecho desde comienzos del siglo, y durante décadas, uno de los dos cónsules elegidos anualmente era enviado con las legiones a su mando a la guerra de Hispania. En el 184 a C, Tiberio Sempronio Graco, padre de los hermanos Graco, famosos tribunos de la plebe, había derrotado a los celtíberos del Sistema Ibérico, firmando con ellos una paz justa en la que se comprometían a no fortificar sus ciudades ni fundar otras nuevas. Cuando Graco marchó a Roma, sus sucesores, menos hábiles y menos prudentes, provocaron el recelo de las tribus, por lo que una de ellas, los Belos, comenzó a ampliar las murallas de su ciudad, Segeda. En Roma se decidió la guerra inmediatamente, pero para organizar la expedición había que esperar a la elección de nuevos cónsules, lo que hubiera permitido a los hispanos concluir la muralla. Se optó por adelantar la elección dos meses, celebrándola el 1 de enero. A partir de entonces, todos los años se hizo en esta fecha, comenzando así el año político y militar en invierno y no en primavera. Al parecer se venía especulando con este cambio desde hacía tiempo para que hubiera mayor holgura en la preparación de las campañas, cada día más alejadas de Roma, pero que siempre debían empezar con el buen tiempo.

Los sucesos que he narrado tuvieron lugar en el año 153 a C y el cónsul enviado fue Quinto Fulvio Nobilior, con un ejército bastante superior a lo que era habitual, lo que no impidió que sufriera una humillante derrota de la que se resarciría más tarde.

Lo cierto es que si ahora todo el mundo occidental celebra el comienzo del año en enero se debe a la rebeldía de una oscura ciudad celtíbera de las faldas del Moncayo que a mediados del siglo II a C. se resistió a doblegarse ante Roma.

De ahí también que los meses de septiembre, octubre, noviembre y diciembre no sean los meses séptimo, octavo, noveno y décimo como indican sus nombres, sino noveno, décimo, undécimo y duodécimo respectivamente.

14 jun. 2008

La lengua de las ministras


Yan Huanyi viuda de un granjero chino que murió en 2004 a los 98 años de edad fue la última mujer que conocía el Nushu, escritura que sólo utilizaban mujeres en la provincia de Hunan y zonas del sur de China. Ignoro si hay casos parecidos en otros lugares, pero está claro que la situación social de las mujeres ha tenido que ver con el lenguaje. Éste es un caso extremo porque era extrema la opresión que sufrían las chinas de esa zona, separadas de sus familias cuando las casaban con un desconocido, con el cual habrían de convivir el resto de sus días, encerradas en la casa y sin que se les permitiera siquiera el conocimiento de la escritura. Naturalmente el nan shu (escritura de hombres), que no es sino el sistema ideográfico normal chino y que estaba vedado a las mujeres, no era el responsable de la opresión femenina sino uno de sus instrumentos. Cuando cambiaron las condiciones sociales el nushu desapareció.

La lengua es un instrumento de comunicación pero a veces la complejidad de la mente humana lo ha transmutado en útil herramienta de segregación, de aislamiento de incomunicación y confrontación. El mito bíblico de Babel hace referencia a esta función negativa. Por todas partes existen lenguas o jergas mantenidas o creadas para impedir que individuos ajenos al grupo accedan a información reservada a sus miembros. Convivimos a diario con la infame caligrafía de los médicos o la críptica expresión de los juristas, que son otros tantos medios para impedir el acceso de profanos a su mundo. Luego están las lenguas utilizadas como banderas o como armas por los nacionalistas de toda clase, porque constituyen el único elemento diferenciador a que agarrarse. Evidentemente la lengua es un arma social y política.

En la Inglaterra victoriana un aristócrata británico podía hablar en inglés durante horas sin que la gente del pueblo entendiera una palabra, bastaba con que usara vocablos y expresiones de origen latino, numerosísimas en su idioma pero fuera del alcance del pueblo inculto. La lucha de clases ha tenido siempre un reflejo en la lengua; pero, hubiera sido inútil intentar la igualdad social modificándola; y, sin embargo, intentos ha habido: en los primeros años de la revolución cubana se habló de simplificar la ortografía que se consideró un instrumento de los poderosos (cultos) para poner trabas y dificultades a los pobres que por su incultura no tenían acceso a sus secretos; sólo quedó en algunas cómicas invectivas.

La intervención de la miembra del Gobierno, Bibiana Aido, me ha recordado aquellos discursos de Castro contra la hache y el uso de la ce y la ese. El sentido común debe dictar aquí también acciones comedidas so pena de no obtener los resultados buscados o de caer en el ridículo. Si la lengua de la ministra evoluciona demasiado rápidamente de aquí a poco no la entenderemos. Charlot, en la película que citaba en mi post anterior, se incorporó a una manifestación y entusiasmado se colocó a su cabeza, pero tan ensimismado y ardoroso marchaba que acabó distanciándose de la cabecera. Cuando miró atrás no supo si dirigía la marcha o lo perseguían los manifestantes. Optó por echar a correr.

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Fuente de la imagen: http://elteacher.com/FEULE/espanol/imagenes/LogoCaal3.jpg

11 jun. 2008

Tiempos modernos.


En 1886, el presidente de Estados Unidos Andrew Johnson promulgó la llamada Ley Ingersoll, estableciendo las ocho horas de trabajo diarias. Parecía el final de una larga lucha de los trabajadores por limitar la jornada laboral estableciendo 8 horas de trabajo, 8 de descanso y 8 de sueño. Sin embargo la ley no se cumplió y la lucha continuó. En Chicago el 1 de mayo del mismo año comenzó una huelga que el día 4 desembocó en los trágicos sucesos de Haymarket. Cuando en 1889 se constituyó la Segunda Internacional Obrera en Bruselas, se fijo el 1 de mayo la fiesta del trabajo en recuerdo de los llamados mártires de Chicago y la reivindicación de la jornada de 8 horas como su reclamación básica. En 1919 se fundó la OIT en Ginebra; una de sus primeras decisiones fue establecer la jornada de 8 horas diarias y 48 semanales, que en la legislación de muchos países se había introducido ya unos años antes.

Los que se oponían a la reducción y regulación de la jornada alegaban en primer lugar la libertad de los mercados y el del trabajo no tenía por qué ser una excepción; en segundo lugar, que las empresas no soportarían la elevación de costes. El tiempo demostró que el capitalismo resistía la regulación del mercado de trabajo en esta y en otras cuestiones, y por su parte, el aumento de la productividad compensó con creces la reducción horaria.

Durante todo el s.XX nadie puso en cuestión la jornada. Poco a poco se fue generalizando y aunque nunca se aplicara sin excepciones parecía que la desaparición de los horarios inhumanos era ya una conquista irreversible, como la erradicación del trabajo infantil y otras lacras de los primeros tiempos de la industrialización. Es más, la nueva revolución tecnológica, protagonizada por el chip, desde las últimas décadas del pasado siglo, y otros avances, parecían permitir nuevas alegrías en la jornada laboral. Francia la redujo a 35 horas semanales y todo hacía pensar que ese sería el camino en el futuro inmediato. No ha sido así.

El señor Vladimir Spidla, comisario de empleo y asuntos sociales de la UE, arropado por un coro en el que destacan Ángela Merkel, Nicolás Sarkozy y Silvio Berlusconi, ha sido el encargado de sacudirnos con una noticia, incomprensible para mentes no corrompidas con este engañabobos del neoliberalismo, consistente en retrotraernos cien años atrás. Son los argumentos los mismos de entonces, solo que aliñados con un toque de modernidad: “el paradigma de las ocho horas está obsoleto”, “las ocho horas son un corsé que la economía moderna no aguanta más”, “lo que hay es que fijar el salario por horas y que cada cual trabaje lo que le dé la gana”… De momento lo que ha hecho la UE es fijar el límite de la jornada en 60 horas semanales extensible a 65 en ciertos casos, ignorando olímpicamente más de cien años de lucha de los trabajadores y una de las conquistas sobre las que se basó el Estado de bienestar.

Estos son los “tiempos modernos”, pero aquellos que parodió Chaplin en su genial película

10 jun. 2008

Reflexiones sobre la democracia (2). Laicismo.

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He aquí a María Auxiliadora, tal y como la imaginara Don Bosco. Ésta, y no otra, de la multitud de vírgenes que pueblan los municipios de este país, es la que se ha hecho con la alcaldía (no sé si perpetua u honoraria) de Morón de la Frontera. Un suceso entre freaky y casposo del tenor a que nos está acostumbrando la jerarquía y la feligresía católica en estos tiempos que empezábamos a imaginar modernos.


Hay ideas difíciles para algunas cabezas; nada más complicado que hacer comprender la necesidad democrática de la laicidad a muchos católicos y, sin embargo, "el laicismo no es una opción institucional entre otras: es tan inseparable de la democracia como el sufragio universal" [1].

En efecto, relaciono y resumo las tesis que definen un Estado democrático y, por ende, laico, extraídas de otro excelente ensayo de Savater[2]:1) los dogmas se transforman en creencias particulares, que han perdido su obligatoriedad pero ganando en seguridad ya que la neutralidad del Estado protege a unas frente a otras; 2) las creencias religiosas son un derecho asumido libremente por los ciudadanos, no un deber que pueda imponerse a nadie; 3) las religiones pueden decretar qué actitudes o comportamientos son pecado, pero sobre los delitos y las penas sólo puede entender el Estado, y al revés, si un comportamiento es delito, lo será aunque la religión correspondiente no lo penalice, es la sociedad laica la que marca los límites de lo legal; 4) sólo lo verificable –aquello que sostiene la comunidad científica como tal– y lo civilmente establecido como válido para todos es lo que debe ser impartido en la escuela pública.

Vivir en un Estado laico significa que a nadie se le puede imponer una religión, pero también que a nadie se le puede impedir practicar la suya. Es en las sociedades que no reconocen el principio de laicidad donde no están garantizados los derechos de todos los creyentes, salvo de los que son mayoría o detentan el poder.

A los grandes principios expuestos unas líneas más arriba se opone una realidad con mil y una pequeñas, o no tan pequeñas, violaciones de esas máximas: acciones como la de la corporación de Morón, los símbolos religiosos en actos oficiales y centros institucionales del Estado, las ceremonias religiosas como actos solemnes de las instituciones, la exhibición de la fe religiosa del Jefe del Estado y su familia en actos oficiales, la enseñanza de la religión en la escuela pública o concertada, el trato fiscal preferente de la Iglesia Católica, la existencia del Concordato, la mención que en la Constitución se hace del catolicismo. Todo ello constituyen anomalías –por ser generoso con las palabras– en un Estado democrático.

Muchas de estas situaciones pueden parecernos, sobre todo si las contemplamos aisladamente, intrascendentes; pero su número y su contumacia, desafiando años de discurrir democrático deberían ponernos en guardia sobre la intención de quienes las sostienen, que parecen querer poner a prueba la tolerancia de los demás, justamente los que, en otros tiempos, sufrieron su absoluta intolerancia.


[1] F.Savater. Diccionario del ciudadano sin miedo a saber. Ariel 2007.
[2] La vida eterna. Ariel. 2007.

8 jun. 2008

Reflexiones sobre la democracia (1). Origen.

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Si preguntamos a cualquiera por cuál cree que es el origen de la democracia es muy probable que nos hable de Grecia, de las ciudades estado (πολείς) y concretamente de la Atenas del siglo V a. C. Sin embargo, las diferencias entre las democracias actuales y la ateniense son sustanciales, aparte de que no se ve un hilo conductor que nos relacione, a lo largo de los 25 siglos de distancia, a la una con las otras.

Formalmente hay tres diferencias importantes: la democracia griega era directa, no conocía el principio de representación inevitable en nuestros estados de millones de ciudadanos; además desconocían los derechos humanos, cuestión decisiva que eleva sobre cualquier otra experiencia política a las democracias de hoy; por último, los ciudadanos atenienses con derechos políticos eran una minoría (¿10%?) una vez excluidas las mujeres, los esclavos y los metecos (población originaria de otras ciudades).

Sabemos que la palabra democracia viene de «demos» (pueblo) y «kratós» (poder), pero el vocablo «demos» era ya en el siglo V a. de C. un neologismo formado por la fusión de las palabras «demiurgos» (artesano) y «geomoros» (campesino), lo que nos pone sobre la pista de que fue el dominio y la alianza de artesanos y campesinos (pequeños propietarios) lo que forzó la democracia. No voy a entrar aquí en cómo lograron tal hegemonía; lo cierto es que cuando las relaciones de trabajo y las formas sociales propias de las ciudades-estado esclavistas desaparecen, se volatilizan con ellas sus logros “democráticos”.

Con la pértiga que usamos los historiadores para estos menesteres, damos un salto de vértigo y nos situamos a finales del XVIII. La revolución liberal burguesa, que llevaría al terreno político el ascenso social y ecocómico de la burguesía en detrimento de la nobleza, impuso el predominio del individuo y el principio de ciudadanía, puestos de manifiesto en las declaraciones de derechos y con la división de poderes; pero reservó el ejercicio efectivo del poder para una aristocracia, más o menos amplia, en la que entraba la antigua nobleza y la nueva burguesía, excluyendo a las clases inferiores, las más numerosas, mediante el uso del sufragio restringido. El liberalismo renegaba de la democracia. La palabra misma tenía unas connotaciones claramente peyorativas para los liberales, los revolucionarios de entonces.

Hay que esperar a 1838 para que se materialicen las primeras reclamaciones incuestionablemente democráticas (sufragio universal: el principio de un hombre un voto; ni se hablaba aún de la mujer). ¿Quién lo protagoniza? El movimiento obrero; son los trabajadores británicos los primeros que sentirán la necesidad de la participación política en igualdad de condiciones para todos; más concretamente el Movimiento Cartista, llamado así por la «Carta del Pueblo» que se redactó para una marcha de obreros, con la finalidad de ser entregada al Parlamento de Londres como una petición.

Conclusión: la democracia que conocemos tiene su origen en la lucha de clases del XIX y, más concretamente, en el movimiento obrero, hijo no deseado de la revolución burguesa, que, a su vez, no es sino la manifestación social y política de una revolución tecnológica –revolución industrial– y económica –libre mercado– que asentó las relaciones de trabajo sobre nuevas bases. Nada que ver con la democracia griega, producto de otra formación social, propia de su tiempo.

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7 jun. 2008

Super ricos. Cómo hacer una fortuna.

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La conferencia de la FAO, por cierto cerrada con un espectacular fracaso –a quién se le ocurre poner a hablar del hambre a los mimados de la fortuna, v.gr.: Berlusconi–; la inflación de los pobres, manifiesta en la subida de precios de los alimentos, que ha puesto de actualidad aquella admonición de nuestras mamás “niño, con el pan no se juega”; los agobios para tantas familias por la subida de tipos de interés, que agiganta mágicamente sus hipotecas y otras noticias por el estilo, están haciendo que nos olvidemos de los ricos; pero siguen ahí. La revista Forbes, llena de santa obscenidad, volvió a publicar en marzo su lista de super ricos, criaturas que tienen un patrimonio superior a mil millones de dólares (lo escribo con letra porque tantos dígitos me producen mareo). La primera conclusión que saco es que su número ha crecido –en eso se parecen a los pobres, para que luego digan–; el segundo dato que llama la atención es el elevado número de rusos en el ranking –no se puede decir que labraran su fortuna rublo a rublo a lo largo de generaciones–. España también contribuye con un número discreto, en primer lugar Amancio Ortega y luego otros nombres conocidos de la tribu, como Florentino Pérez, las Koplovizt, los Albertos, etc.

Cuando leemos estas cosas por lo primero que nos preguntamos los mortales sin lustre es por los caminos para llegar ahí. Leo un conmovedor y esperanzador artículo de D. Mario Vargas Llosa, Las lecciones de los pobres, en el que siguiendo a un libro homónimo editado en USA, nos muestra cómo un peruano llamado Aquilino Flores se hizo rico partiendo de su trabajo de limpiacristales en las paradas de los semáforos con sólo su esfuerzo, perseverancia, intuición y la mano oculta y sabia del mercado. Aprovecha don Mario la parábola para vendernos las virtudes del liberalismo, autor, según él, del milagro. Empiezo a ver la luz.

El día seis, en el mismo periódico, otro artículo, esta vez de Álvaro Marchesi –¿no es aquel Marchesi que alumbró la LOGSE?– me sume de nuevo en la oscuridad insinuando que es arriesgado inferir una regla de un caso particular, como sugiere la psicología cognitiva, a la par que nos dibuja un panorama de la formación de los latino americanos pobres, nada halagüeño y menos prometedor aún en lo que a hacer fortuna se refiere. ¡Quién va a creer a este Marchesi después de lo de la reforma educativa! Me quedo con don Mario.

Reflexiono y alcanzo una conclusión definitiva: aunque perdí ya mis mejores oportunidades –nunca supe intuir el brillante camino que va de los semáforos a la fortuna– pierdo ahora toda esperanza: alejado, prudentemente creía yo, de la prometedora penuria económica y de la feraz ignorancia, sólo espero de la mano oculta del mercado un par de bofetones. Don Mario, no es por reprochar, pero ¡esto se dice antes!