25 jun. 2008

¿Quién es el enemigo?

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Cuando a principios del XIX se empezaron a usar masivamente las maquinas en la producción industrial no fueron vistas por todos como una bendición, ni muchísimo menos. Los artesanos fueron reducidos a la condición de proletarios y estos veían peligrar su puesto de trabajo en cada innovación técnica, que permitía incrementar la productividad y reducir la mano de obra necesaria. La máquina, por otra parte, esclavizaba al obrero que se convertía en su servidor y era sometido a un ritmo de trabajo inhumano. Los empresarios de entonces, hombres con rostro, con nombre y apellidos, manejaron el proceso porque su capital les permitía invertir en tales artilugios.

Las primeras acciones colectivas de los trabajadores se dirigieron contra las máquinas –movimiento ludita–. Una ola de sabotajes, incendios y destrucción se extendió por Inglaterra y pronto saltó sus fronteras –la primera textil que utilizó una maquina de vapor en España fue la fábrica El Vapor de Bonaplata en la Barcelona de 1832; fue incendiada poco después en una algarada obrera–.

A veces es difícil dilucidar cuando una innovación es un instrumento de avance o por el contrario una herramienta que nos esclavizará o destruirá. Los pensadores del socialismo, incluido Marx, estaban convencidos de que la innovación tecnológica era la base del progreso y de la emancipación humana; el fundamento de la opresión y la explotación había que buscarlo en otro lugar y combatirlo por otros medios.

Dos siglos después seguimos con las mismas dudas y con la misma imprecisión a la hora de marcar los objetivos de una lucha verdaderamente liberadora. Con el agravante de que hemos perdido hace tiempo la antigua imagen, impregnada de romanticismo, del progreso. También el capitalismo moderno ha sustituido el rostro y el nombre y apellidos de aquellos capitanes de la industria del XIX por el logo de una corporación transnacional dirigida por ejecutivos mercenarios y apátrida por efecto de la globalización.

Ahora son esas grandes corporaciones las que con sus inversiones ponen en valor los nuevos avances tecnológicos: esta plataforma digital en la que me expreso; el arroz transgénico que produce el 30% más de granos por espiga, etc., etc. Cierto que Microsoft es cuasi un monopolio en la informática, cierto que Monsanto ejerce un peligroso control sobre el asunto de las semillas genéticamente modificadas, pero uno y otro logro son avances de la humanidad a los que no debemos renunciar, aunque quizás sí a las trasnacionales que los monopolizan y los convierten sólo en medios para obtener beneficios con que compensar a sus inversores y seguir en la cima del poder.

¿Incendiaremos de nuevo la fábrica de Bonaplata?

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