28 feb. 2010

Reflexión para el Día de Andalucía


Hace exactamente treinta años (28 febrero 1980) se celebró el referéndum por la autonomía de Andalucía. En el proceso de la transición española fue un suceso singular que revistió caracteres épicos, y en la memoria de los andaluces que lo vivieron se recuerda así, una de las claves para entender la evolución política de la región desde aquellos días hasta hoy. Épico porque fue la única comunidad que accedió a la autonomía por este procedimiento y porque el gobierno de la nación (UCD), aunque no podía negarlo, por su constitucionalidad indudable, estuvo en contra, promoviendo la abstención que en la práctica equivalía al no (para ganar el referéndum se requería mayoría absoluta en cada provincia, no de los votos emitidos, sino del censo), amén de otras famosas artimañas, que, por conocidas, no expongo ahora.
El Título VIII de la Constitución traza un diseño territorial que el discurrir de la realidad política ha superado, sin que el articulado concebido en su momento por los legisladores haya sido modificado. Ningún otro apartado del texto constitucional parece hoy más obsoleto e inútil que éste, hasta el punto de parecer incompresible, leído desde aquí y confrontado con la realidad presente. Los constituyentes idearon una descentralización asimétrica: la idea era que las regiones consideradas nacionalidades históricas (las que tuvieron estatuto de autonomía con la II República), todas ellas con lenguas propias, tuvieran un acceso rápido y más profundo a la autonomía; para el resto se estableció una autonomía menor; pero, como no parecía muy democrático negar el mismo nivel a las demás si lo reclamaban, se estableció un camino tortuoso y difícil para desalentar cualquier intento. Naturalmente se trataba de dar satisfacción por este procedimiento a los nacionalismos vasco y catalán, básicamente.
En un tiempo mínimo, y sin que nadie lo previera, todo el tinglado descentralizador tan trabajosamente consensuado y minuciosamente expuesto saltó por los aires. Curiosamente, una vez alumbrado el nuevo proceso rompedor, casi todas las formaciones políticas subieron al carro como un solo hombre en un intento de hacerlo suyo, y, por demostrar liderazgo, lo llevaron a sus últimas consecuencias; quien no lo hizo o anduvo remiso sufrió duras secuelas. Así, el caso andaluz fue determinante para la conversión del proceso autonómico en laberíntico.
Como el alma humana es compleja, y mucho más cuando se mueve colectivamente, nunca sabremos si el empecinamiento, el valor, la gesta de los andaluces superando tantas trabas como se le pusieron, fue un sentimiento positivo de colectividad en busca de autogobierno, una sensación también colectiva de agravio comparativo alimentada por un histórico resentimiento hacia regiones más afortunadas que parecían ser tratadas privilegiadamente, o cuál fue la proporción en la mezcla de ambos y, quizá, algún otro componente que ahora se me escapa. Lo cierto es que Andalucía logró la autonomía plena contra todas las previsiones y ante la perplejidad del gobierno y de sí misma, porque superó en los resultados de la consulta a las nacionalidades históricas en plena formación autonómica. A partir de ese momento todo cambió en el proceso autonómico: por una parte, las autoridades se apresuraron a asegurar el máximo nivel para todas («para todos café»), y, por otra, vascos y catalanes emprendieron una pugna por romper ese techo. En la reciente revisión estatutaria (¡todavía sin conclusión!) se ha repetido el mismo esquema: avance catalán y seguimiento, pisándole los talones, de Andalucía y otras Comunidades. La sensación que perciben los ciudadanos no nacionalistas es que estamos ante un proceso perverso que no tiene fin; a la vez, los nacionalistas perciben que siempre hay cotas que alcanzar para ellos, arteramente hurtadas por el centralismo.
Ante los fastos en la celebración del día de Andalucía, la exaltación de la autonomía y hasta de la patria andaluza y sus logros, no puedo por menos que reflexionar si acaso sin la “hazaña” del referéndum andaluz no habríamos tenido la espiral en la que estamos insertos; si acaso no era más acertada la idea de la asimetría; si acaso las partidos que renunciaron en su momento a una tarea pedagógica, que alguien debió hacer, sucumbieron a la tentación del populismo.
Nunca lo sabremos con certeza, pero no deberíamos dejar de analizarlo por si, a lo mejor, pudiéramos encontrarle aplicación al ejercicio.

25 feb. 2010

¿Adiós a Tartessos?

El hispanista alemán Schulten se entusiasmó con la idea de encontrar en la península ibérica una civilización perdida como ocurriera en Creta con la cultura minoica o con los trabajos de Schliemann que desenterraron Troya y confirmaron la historicidad parcial del mito homérico. Contaba con algunos mimbres extraídos de fuentes antiguas: Heródoto (S. V a.C), Avieno (S. IV d.C) y otros que hablaban de Tartesos o Tarsis, como de una civilización, ciudad o estado situado en el extremo occidente del mundo conocido, en aquel entonces un ámbito remoto, exótico y, por ello, acogedor de múltiples mitos (Atlántida, columnas de Hércules, las Hespérides…). La peculiaridad de las lenguas semíticas hizo que parecieran referencias a Tartesos cualesquiera topónimos cuya raíz consonántica fuera trs o trt, de modo que se han encontrado rastros escritos desde la Biblia hasta inscripciones fenicias en cualquier lugar del Mediterráneo. Shulten estaba convencido de que podía encontrar los restos arqueológicos de aquella civilización en el valle bajo del Guadalquivir y desplegó una enorme actividad para conseguirlo; pero lamentablemente los resultados no compensaron el esfuerzo, Tartessos nunca fue hallado. Sin embargo, hallazgos menores, pistas diversas, mantuvieron, alentaron y fueron consolidando durante años la tesis que sostenía la idea romántica de una civilización perdida, a la vez que reconfortaba el orgullo nacional, secreto pecado de la historia en todas partes.

En 1958 las obras que se realizaban en el tiro al pichón ubicado en el Carambolo, término de Camas, en la periferia de Sevilla sacaron a la luz un fabuloso tesoro de piezas de oro y de cerámica muy rica, que el catedrático Carriazo no dudó en vincularlo a Tartessos. Desde el principio hubo estudiosos que lo interpretaron como fenicio, pero la mayoría sostuvo la idea de que era tartésico, sin duda la más bella y estimulante. La emergencia de la autonomía andaluza en el marco del nuevo régimen democrático dio alas a esta interpretación que dotaba a la región de un pasado autóctono glorioso y lejanísimo (basta leer los textos usados en la educación secundaria). Durante largos años languidecieron ambas posturas hasta que la amenaza de la construcción de un hotel en la misma colina del yacimiento impulsó de nuevo los trabajos y la polémica. El resultado ha sido la confirmación de que lo hallado en el Carambolo son los restos de un gran santuario fenicio consagrado a Astarté(1); las piezas de orfebrería eran, unas, ornamentos sagrados que usaron los sacerdotes, otras, elementos para engalanar a los toros que se sacrificaban en el lugar después de procesionarlos; de todo ello quedan hoy pocas dudas. Si a esto se añaden las críticas crecientes y cada vez más sólidas de los investigadores de hoy a las afirmaciones de Schulten ¿qué nos queda de Tartessos?

El enorme prestigio del hispanista alemán permitió que sus ideas fueran aceptadas acríticamente por muchos historiadores o que fueran contempladas con exceso de benevolencia. No es el primer caso en la historiografía española: Leví Provençal, ante la ausencia de otras fuentes, pensó que la historiografía islámica (siglos X y XI ) era perfectamente válida para entender los orígenes de al-Andalus (S.VIII), despreciando sus inclinaciones fabuladoras y legendarias; la historiografía posterior siguió sus pasos hasta hoy, en que se está empezando a cuestionar todo el relato(2). Con una trascendencia menor, pero de modo similar parece haber ocurrido con Tartessos.
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1.- La burbuja inmobiliaria nos ha arruinado dos sueños: el de haber entrado en el club de los ricos como miembros permanentes, y el de que teníamos un pasado brillante y contemporáneo al de la antigua Grecia.
2.- GONZÁLEZ FERRÍN: Historia general de Al Andalus. Ed. Almuzara. Córdoba.

ILUSTRACIÓN: Astarté, imagen sedente con una inscripción fenicia a los pies hallada en el Carambolo.

21 feb. 2010

Vamos a contar mentiras

En la canción infantil las liebres corrían por el mar, por el monte las sardinas y de los ciruelos, cargaditos de manzanas, caían avellanas; pero nadie se tomaba en serio sus estrofas, antes bien, a todos los que la cantaban se les veía divertidos con el despropósito; en cambio, la política, que se expresa tantas veces con estrofas no menos absurdas, exige seriedad y hasta solemne circunspección. Es lo que ocurre con los mitos que florecen (cultivados con esmero y desprecio de la verdad) a propósito de los fastos que homenajean a las nuevas nacionalidades, las cuales han proliferado en nuestro país como los hongos en el otoño. El 28 celebraremos el día de Andalucía; la tercera palabra de su Estatuto es nacionalidad: «Andalucía, como nacionalidad histórica…» dice, ¡faltaría más! ¿Qué se habrán creído los catalanes?

Cuando me enteré que mi región era una nación, o nacionalidad, no acabo de distinguir, se me erizó el vello de emoción, como buen patriota, y me puse sin tardanza a investigar en sus orígenes, sin duda perdidos en la noche de los tiempos, o, por lo menos, en la noche de algunas mentes, en cualquier caso en la oscuridad.

Cuando nos proponemos husmear en el ADN de una nación lo primero que hay que desentrañar es el nombre. Todos sabemos que los musulmanes llamaban al-Ándalus al territorio que ocuparon en la Península y que éste se fue reduciendo con el transcurrir de los siglos de manera que a principios del XIII comprendía el tercio sur peninsular, algo más que la Andalucía actual; después de las campañas de Fernando III y Alfonso X quedó reducido al reino de Granada, para el que en lo sucesivo se usaría esta denominación, no la de al-Ándalus o Andalucía, que se utilizó para designar al antiguo reino de Sevilla y ocasionalmente Córdoba y Jaén. En los siglos siguientes, todo el Antiguo Régimen, Andalucía fue siempre el valle del Guadalquivir, o incluso sólo el bajo Guadalquivir, las Béticas constituían el Reino de Granada, antes y después de la conquista (1492). El desmantelamiento del Antiguo Régimen en el XIX supuso también una nueva organización territorial, más racional. Se usó, como no, el modelo francés de provincias homogéneas territorialmente (la idea era que se pudiera ir a la capital en un día de viaje desde cualquier punto), pero se procuraron conservar, sin demasiada precisión, las denominaciones históricas, por lo que a las provincias se superpusieron las regiones, sin ningún valor administrativo ni político. El creador del invento fue Javier de Burgos, ministro de la regente Mª Cristina, que en 1833 dividió el Reino de Sevilla en tres provincias (Huelva, Sevilla, Cádiz), el de Granada en otras tres (Málaga, Granada, Almería) y degradando de reinos a provincias a Córdoba y Jaén, las sumó a las anteriores y denominó al conjunto Andalucía, que aparecía así por primera vez en la historia.

Nunca antes Andalucía constituyó una unidad política o administrativa a menos que nos remontemos a la época romana en que fue provincia con el nombre de Bética y capital en Itálica y Córdoba sucesivamente, con fronteras parecidas a las actuales, porque geográficamente está bien delimitada por el mar y Sierra Morena. Pero durante toda la Edad Media y la Moderna, casi doce siglos ¡ahí es nada! Andalucía no existió ni siquiera como denominación geográfica, época en la que precisamente se fraguaron las nacionalidades modernas. Y hay que tener en cuenta que en el XIX y el XX sólo fue un nombre, sin una sola institución política o administrativa común a las ocho provincias.

Quizás la esencia de la nacionalidad no esté en el nombre, ni en las fronteras, ni en instituciones prenacionales. Desde luego tampoco está en la lengua, porque aquí se hablaron las ibéricas, el latín, el árabe y el castellano sucesivamente como en la mayor parte de la Península (y a mucha honra, diría yo). Algunos nacionalistas vascos hablan de peculiaridades étnicas, pero, la verdad, yo preferiría que no tuviéramos de eso. Entonces ¿dónde están las raíces de esa nacionalidad que 25 prohombres(¿?), que no representaban a nadie, reunidos en el casino de Ronda un día de enero de 1918 creyeron entrever y para la que crearon una bandera (sacada del baúl de la historia) y un escudo (sacado del baúl de los mitos)? Pues si queréis que os diga, yo contestaría con el estribillo de la canción a la que pedí prestado el nombre: tralará, tralará

Post scriptum: debo decir que aunque no soy rociero, ni me divierte la estomagante autosatisfacción de los sevillanos, ni participo, pobre de mí, de la saturadora gracia de Cai, me considero andaluz: por algo nací en Jaén, me empapé lentamente durante mi adolescencia y primera juventud de la mala follá de Graná y disfruto hoy de Málaga junto a un montonazo de guiris. He dicho.




14 feb. 2010

Monedas e imperios

He leído en alguna parte que los británicos jamás aceptarán el Euro porque nunca abandonarían la Libra, emblema económico del Imperio, de la época más gloriosa de su pasado. Parecería que los demás no tenemos historia. Para empezar, el signo más universal del poder americano, por el que se le reconoce en el mundo entero, el símbolo del dólar ($), es de origen español.


A partir del S. XVI la monarquía española incorporó a su escudo de armas las dos columnas con la leyenda plus ultra (trasunto del mito de Hércules y del estrecho de Gibraltar como fin del mundo conocido), que simbolizaron el imperio ultramarino. En los territorios de las colonias el motivo de las dos columnas alcanzó notable desarrollo en la iconografía oficial de la monarquía, que lo utilizó con profusión en los edificios públicos o en las monedas acuñadas en las cecas americanas (Lima o México), como ésta que reproduzco, un real de a ocho, moneda de plata, también llamada peso fuerte o peso duro(1).


Se trataba en realidad de una moneda de ocho reales que en su época (Ss.XVII y XVIII) se convirtió en la primera divisa internacional, circuló por Europa, América y Asia, es decir, el mundo, y fue universalmente apreciada por su ley. En las trece colonias británicas de América del Norte se usó como moneda oficial sobreimprimiéndole un sello del Rey Jorge –la escasez de metálico en Inglaterra y el control de la plata americana por España lo explica–; después de la independencia se siguió usando, y cuando se creó el dólar lo fue a imagen y semejanza de aquel (el peso fuerte o real de a ocho), que siguió utilizándose por su prestigio y mejor ley hasta su prohibición a mitad del XIX. El dólar canadiense y el yuan chino tuvieron la misma relación filial con él. Pero, a lo que íbamos, los comerciantes americanos se acostumbraron a simplificar el reverso del real –una o dos rayas verticales (las dos columnas) envueltas por una ese (la cartela con la leyenda plus ultra)–, para designar a los dólares. Estilizando la imagen troquelada en la cruz de la moneda española se había creado el símbolo más universal de una divisa. Otra teoría explica su origen por la superposición de la P y la S de Peso, como anagrama o abreviatura, también plausible pero menos admitida y, a todas luces, menos hermosa; en cualquier caso el origen en la moneda hispano americana permanece.

Si bien se mira no era la primera vez que una moneda hispánica se convertía en una divisa: en el siglo X el dinar cordobés, acuñado por los califas de al-Ándalus, circuló por Europa, un yermo económico en aquel entonces en donde los autócratas locales no tenían capacidad para acuñar moneda y cuando alguno alcanzó suficiente poder (Carlomagno), lo hizo imitando a la moneda cordobesa.

En ambos casos el dominio de las fuentes productoras de la materia prima fue la clave: la plata americana (México y Perú) en el primero; las rutas del oro que desde el golfo de Guinea desembocaban en el Norte de África, en el segundo. Para eso fue necesaria la vocación imperialista de los dos estados, el cordobés y el hispánico, de la misma manera que el dominio del dólar tiene su paralelo y sustento político en el imperio USA.

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1 Ni que decir tiene que el duro, utilizado como unidad monetaria en el XIX y el XX con un valor de 20 reales, debe a él su nombre. La peseta, acuñada por primera vez por José Bonaparte con un valor de 2 reales y convertida en moneda oficial por el general Serrano en tiempos de Isabel I con valor de 4 reales, también le debe el nombre, aunque convertido en diminutivo, curiosamente formado con un sufijo catalán, no castellano.

11 feb. 2010

El "pelotazo" global

Hablar de conspiraciónes no está de moda, corre uno el riesgo de que lo descalifiquen por ser de esos ignorantes o malintencionados que se atienen a cualquier teoría conspirativa, renunciando a un análisis racional de la situación, por comodidad propia o porque la tendencia natural de todos a la comodidad promete una fácil aceptación. Sin embargo, la conspiración ha existido, existe y existirá. En el mundo de las finanzas se conspira para especular, es decir, para obtener un provecho extraordinario que de otro modo sería altamente improbable.

En el mercado financiero han cobrado una fama singular los hedge funds, fondos especulativos de alto riesgo, pero que, por lo mismo, prometen beneficios extraordinarios. Un “ilustre” patrón de hedge funds, el multimillonario Soros, puso en marcha en 1992 una auténtica conspiración para sacar a la Libra esterlina del sistema monetario europeo, para lo cual empleó varios miles de millones de dólares, logrando su objetivo. En los días pasados (del 6 al 9 de febrero) los traders (operadores en los mercados financieros por cuenta de las corporaciones: bancos, fondos, etc.) han movido casi ocho mil millones de dólares apostando por la caída del Euro (unos 40.000 contratos), según cuenta el Financial Times. La caída de la deuda pública griega y la subida de las primas que cobran los seguros que la garantizan (para la griega se han triplicado) han sido otros tantos objetivos. La deuda española ha sido un blanco secundario, o está en cartera para convertirse en prioritario. Como es sabido y demuestra la aventura de Soros con Inglaterra, cuando se apuesta por la caída de un objetivo financiero, la propia apuesta puede provocar la caída.

Seguramente tanto Grecia como España, u otros que pudieran agregarse, no son la diana sino el instrumento, el norte parece ser el Euro al que se está tensando a ver cuánto es capaz de aguantar. La finalidad no es oscura, sino transparente como el agua, a saber: ingresar beneficios extraordinarios para los hedge founds y los que están tras ellos. Que haya además otros fines, como la inflada vanidad de Soros por haber hecho saltar a la banca inglesa, es sólo anecdótico y no debería hacernos perder la perspectiva. Lo cierto es que el poder financiero permanece intacto y que, mientras los gobiernos se esfuerzan por sacarnos del pozo –a los especuladores que lo abrieron también–, estos continúan su juego, como si nada hubiera pasado, apostando por nuestra ruina, con lo cual esperan llenar su bolsa.

Llamar conspiración a este tinglado no me parece inapropiado, si acaso, más bien benévolo.

La mayor parte de los datos que aporto (y algo más) los obtuve del artículo (Rumeurs, paris irrationnels : les spéculateurs attisent l'affolement des marchés) publicado por Le Monde el día 9 y firmado por Gatinois, Michel y de Vergés.




6 feb. 2010

Bocazas

El mundo de las finanzas nos ha obsequiado esta semana con otro de sus espectáculos habituales por lo reiterado, pero lamentables por las motivaciones y las consecuencias. España, más concretamente su deuda pública, está siendo objeto de un ataque brutal, sin justificación, lo que nos lleva a pensar que su finalidad, si la hay, es exclusivamente especulativa, tomando el vocablo en la peor de sus acepciones. Los traficantes del mercado financiero no respetan nada, ni los títulos de entidades privadas, ni las divisas, ni las materias primas por vitales que sean, ni, por supuesto, la deuda de los Estados. El resultado para España es que en una semana su deuda puede haberse multiplicado varias veces, arrastrando la cotización en bolsa de las entidades financieras españolas y europeas al borde del abismo, y eso sólo porque los traders que manipulan este tinglado nos han colocado en su punto de mira. No es la primera vez que España sufre uno de estos ataques asoladores, basta con recordar las embestidas sobre la peseta en la última legislatura de Felipe González, ni es el único país, ni será el último. El caso es que en el mercado de las finanzas hay beneficios si hay volatilidad; las turbulencias dejan para los que saben aprovecharlas, que suelen ser los que las provocan, réditos ingentes. Es el mercado y en él no hay nada sagrado, salvo la libertad (uno de los pocos ámbitos en los que esta palabra da miedo); en él (el mercado) todo está permitido, como se dice del amor y de la guerra, tres actividades en las que nos jugamos la propia existencia y, por ello, tan difíciles de embridar.

Desde hace semanas vienen apareciendo ataques escritos a la economía española en los periódicos económicos anglosajones sin demasiada base, lo que puede inducir a pensar que existe una relación entre ambos sucesos. Al menos parece que desde la prensa y otros foros económicos se ha dado aliento, o se han sentado las bases para justificar los ataques especulativos. Puede que sea casual y que los críticos crean haber cumplido con su obligación aunque no hayan pensado en las consecuencias desmesuradas que producían sus declaraciones incosistentes, en cuyo caso sólo podríamos acusarlos de bocazas.

Precisamente bocazas es lo que más abunda en nuestra propia casa. Llevamos años en que la oposición usa un discurso monocorde descalificando gravemente, no a la política del gobierno, que podría admitirse, sino a las personas que las diseñan y ejecutan, a las que no se cansan de tildar de inútiles, incapaces o ignorantes. El propio ex presidente Aznar, aunque en Europa es considerado un mequetrefe presuntuoso, no ha desaprovechado ocasión ante gobiernos, universidades extranjeras y cualquier auditorio que le preste oídos para calificar de inepto al actual Jefe de gobierno, ejerciendo de bocazas supernumerario. Bocazas las de Cospedal, Pons y Rajoy asegurando que nadie en el gobierno sabe donde tiene la mano derecha y acusando a Zapatero de superbobo que no es capaz más que de hundir al país por su radical inutilidad. Bocazas dentro del PSOE, como la de Almunia, que parece recrearse presentando un panorama negro para España desde su atalaya europea. Ilustres bocazas internacionales como la de Krugman que hace pocos días aportó su tonelada de arena.

Con toda esta algarabía no hace falta conspiración alguna. Aunque los traders constituyeran una corporación de santos, se apresurarían a poner a buen recaudo los capitales que les han sido confiados, curándose en salud y amplificando así hasta el infinito unos problemas que de no haber mediado tanto bocazas podrían tener fácil remedio.

Para colmo el gobierno da un paso hacia delante y dos para atrás, lo que dice hoy lo desmiente mañana, dando impresión de nerviosismo y de no saber qué hacer. Ellos con sus temblores incapacitantes y la oposición con su maledicencia de despechados rencorosos parecen estar de acuerdo y deleitarse cortando la rama que nos sustenta a todos.

5 feb. 2010

¡Más fútbol!

Me he sentado aquí ante el ordenador pensando escribir sobre economía (está que arde) pero últimamente es un tema que me hunde en la melancolía. Mejor hablo de fútbol, que al fin y al cabo sólo me produce desesperación (en mi personal casuística sobre las emociones la desesperación es fugaz y epidérmica mientras que la melancolía tiende a instalarse en nuestro interior con maléficas intenciones de permanencia, como esos inquilinos que destrozan el piso pero no hay quien los eche). Es el caso que mi relación con el fútbol fue siempre difícil, desde la infancia, en la que hice gala de ser un portero, defensa o delantero de lo más patoso e inútil: yo era aquel niño que cuando se elegían los componentes del equipo entre los presentes era seleccionado en último lugar, muchas veces como espectador/suplente. Ya sé que hay tetrapléjicos hinchas y que yo no hago ascos a otras contradicciones, pero en este caso Eros no lanzó su flecha para ensartar mi corazón junto al de algún deportivo, recreativo o atlético club de futbol: me importa un rábano la suerte del Real Madrid, del Atlético (nunca sé si es el de Madrid o el de Bilbao) o del Barça ¡Qué se le va a hacer! Me parecen ridículos calificativos como “colchonero” o “merengue”; no soporto que los comentaristas llamen esférico al balón o cancerbero al portero y me niego a averiguar qué significa triple pivote; me subleva ver que tíos hechos y derechos se cuelguen la bufanda de su club con más fe que aquella con la que mi madre me colgaba el escapulario de la Virgen del Carmen. En los momentos en que el fútbol muestra más a las claras su inconsistencia y su incongruencia siempre hay algún lúcido comentarista que suelta la frase: el fútbol es así, o bien, esa es la grandeza del fútbol, cuya semántica puedo alcanzar sin esfuerzo pero su adecuación a las circunstancias me resulta del todo impenetrable.

He barajado la posibilidad de que lo mío no sea más que una patología, pero no es alucinación el cambio que se ha producido desde aquellas fechas en las que el fútbol era una actividad y espectáculo del domingo por las tardes, que se prolongaba en los comentarios del lunes (se decía que la dictadura lo promovía para apartar a la gente de otras preocupaciones más graves ¡qué risa!), a hoy que, no bastando con cinco días semanales, nos anuncian que va a ser diario. Hay emisoras de radio y televisión (por cierto, muy queridas) que prácticamente se han convertido en deportivas, sin aviso previo. Por supuesto, en tal situación, los que nunca amamos el fútbol (espero con ansiedad que haya algún otro por ahí) porque no nos toca ninguna fibra sensible que nos haga vibrar, empezamos a odiarlo.

Pero no hay que desesperar, siempre nos quedará la economía.

¡Santo Dios, y la Seguridad Social sin cubrir el psicoanalista!