5 feb. 2010

¡Más fútbol!

Me he sentado aquí ante el ordenador pensando escribir sobre economía (está que arde) pero últimamente es un tema que me hunde en la melancolía. Mejor hablo de fútbol, que al fin y al cabo sólo me produce desesperación (en mi personal casuística sobre las emociones la desesperación es fugaz y epidérmica mientras que la melancolía tiende a instalarse en nuestro interior con maléficas intenciones de permanencia, como esos inquilinos que destrozan el piso pero no hay quien los eche). Es el caso que mi relación con el fútbol fue siempre difícil, desde la infancia, en la que hice gala de ser un portero, defensa o delantero de lo más patoso e inútil: yo era aquel niño que cuando se elegían los componentes del equipo entre los presentes era seleccionado en último lugar, muchas veces como espectador/suplente. Ya sé que hay tetrapléjicos hinchas y que yo no hago ascos a otras contradicciones, pero en este caso Eros no lanzó su flecha para ensartar mi corazón junto al de algún deportivo, recreativo o atlético club de futbol: me importa un rábano la suerte del Real Madrid, del Atlético (nunca sé si es el de Madrid o el de Bilbao) o del Barça ¡Qué se le va a hacer! Me parecen ridículos calificativos como “colchonero” o “merengue”; no soporto que los comentaristas llamen esférico al balón o cancerbero al portero y me niego a averiguar qué significa triple pivote; me subleva ver que tíos hechos y derechos se cuelguen la bufanda de su club con más fe que aquella con la que mi madre me colgaba el escapulario de la Virgen del Carmen. En los momentos en que el fútbol muestra más a las claras su inconsistencia y su incongruencia siempre hay algún lúcido comentarista que suelta la frase: el fútbol es así, o bien, esa es la grandeza del fútbol, cuya semántica puedo alcanzar sin esfuerzo pero su adecuación a las circunstancias me resulta del todo impenetrable.

He barajado la posibilidad de que lo mío no sea más que una patología, pero no es alucinación el cambio que se ha producido desde aquellas fechas en las que el fútbol era una actividad y espectáculo del domingo por las tardes, que se prolongaba en los comentarios del lunes (se decía que la dictadura lo promovía para apartar a la gente de otras preocupaciones más graves ¡qué risa!), a hoy que, no bastando con cinco días semanales, nos anuncian que va a ser diario. Hay emisoras de radio y televisión (por cierto, muy queridas) que prácticamente se han convertido en deportivas, sin aviso previo. Por supuesto, en tal situación, los que nunca amamos el fútbol (espero con ansiedad que haya algún otro por ahí) porque no nos toca ninguna fibra sensible que nos haga vibrar, empezamos a odiarlo.

Pero no hay que desesperar, siempre nos quedará la economía.

¡Santo Dios, y la Seguridad Social sin cubrir el psicoanalista!


1 comentario:

Angus dijo...

Es asqueante, hay fútbol hasta en la sopa... ¡ Ha vuelto el opio del pueblo!. Y lo digo desde el afecto... ¡ adoro ese deporte!... pero, todos los excesos son negativos, y éste como todos, lo es. Nos quieren idiotizar, y lo mejor es... que lo van a conseguir.