21 feb. 2010

Vamos a contar mentiras

En la canción infantil las liebres corrían por el mar, por el monte las sardinas y de los ciruelos, cargaditos de manzanas, caían avellanas; pero nadie se tomaba en serio sus estrofas, antes bien, a todos los que la cantaban se les veía divertidos con el despropósito; en cambio, la política, que se expresa tantas veces con estrofas no menos absurdas, exige seriedad y hasta solemne circunspección. Es lo que ocurre con los mitos que florecen (cultivados con esmero y desprecio de la verdad) a propósito de los fastos que homenajean a las nuevas nacionalidades, las cuales han proliferado en nuestro país como los hongos en el otoño. El 28 celebraremos el día de Andalucía; la tercera palabra de su Estatuto es nacionalidad: «Andalucía, como nacionalidad histórica…» dice, ¡faltaría más! ¿Qué se habrán creído los catalanes?

Cuando me enteré que mi región era una nación, o nacionalidad, no acabo de distinguir, se me erizó el vello de emoción, como buen patriota, y me puse sin tardanza a investigar en sus orígenes, sin duda perdidos en la noche de los tiempos, o, por lo menos, en la noche de algunas mentes, en cualquier caso en la oscuridad.

Cuando nos proponemos husmear en el ADN de una nación lo primero que hay que desentrañar es el nombre. Todos sabemos que los musulmanes llamaban al-Ándalus al territorio que ocuparon en la Península y que éste se fue reduciendo con el transcurrir de los siglos de manera que a principios del XIII comprendía el tercio sur peninsular, algo más que la Andalucía actual; después de las campañas de Fernando III y Alfonso X quedó reducido al reino de Granada, para el que en lo sucesivo se usaría esta denominación, no la de al-Ándalus o Andalucía, que se utilizó para designar al antiguo reino de Sevilla y ocasionalmente Córdoba y Jaén. En los siglos siguientes, todo el Antiguo Régimen, Andalucía fue siempre el valle del Guadalquivir, o incluso sólo el bajo Guadalquivir, las Béticas constituían el Reino de Granada, antes y después de la conquista (1492). El desmantelamiento del Antiguo Régimen en el XIX supuso también una nueva organización territorial, más racional. Se usó, como no, el modelo francés de provincias homogéneas territorialmente (la idea era que se pudiera ir a la capital en un día de viaje desde cualquier punto), pero se procuraron conservar, sin demasiada precisión, las denominaciones históricas, por lo que a las provincias se superpusieron las regiones, sin ningún valor administrativo ni político. El creador del invento fue Javier de Burgos, ministro de la regente Mª Cristina, que en 1833 dividió el Reino de Sevilla en tres provincias (Huelva, Sevilla, Cádiz), el de Granada en otras tres (Málaga, Granada, Almería) y degradando de reinos a provincias a Córdoba y Jaén, las sumó a las anteriores y denominó al conjunto Andalucía, que aparecía así por primera vez en la historia.

Nunca antes Andalucía constituyó una unidad política o administrativa a menos que nos remontemos a la época romana en que fue provincia con el nombre de Bética y capital en Itálica y Córdoba sucesivamente, con fronteras parecidas a las actuales, porque geográficamente está bien delimitada por el mar y Sierra Morena. Pero durante toda la Edad Media y la Moderna, casi doce siglos ¡ahí es nada! Andalucía no existió ni siquiera como denominación geográfica, época en la que precisamente se fraguaron las nacionalidades modernas. Y hay que tener en cuenta que en el XIX y el XX sólo fue un nombre, sin una sola institución política o administrativa común a las ocho provincias.

Quizás la esencia de la nacionalidad no esté en el nombre, ni en las fronteras, ni en instituciones prenacionales. Desde luego tampoco está en la lengua, porque aquí se hablaron las ibéricas, el latín, el árabe y el castellano sucesivamente como en la mayor parte de la Península (y a mucha honra, diría yo). Algunos nacionalistas vascos hablan de peculiaridades étnicas, pero, la verdad, yo preferiría que no tuviéramos de eso. Entonces ¿dónde están las raíces de esa nacionalidad que 25 prohombres(¿?), que no representaban a nadie, reunidos en el casino de Ronda un día de enero de 1918 creyeron entrever y para la que crearon una bandera (sacada del baúl de la historia) y un escudo (sacado del baúl de los mitos)? Pues si queréis que os diga, yo contestaría con el estribillo de la canción a la que pedí prestado el nombre: tralará, tralará

Post scriptum: debo decir que aunque no soy rociero, ni me divierte la estomagante autosatisfacción de los sevillanos, ni participo, pobre de mí, de la saturadora gracia de Cai, me considero andaluz: por algo nací en Jaén, me empapé lentamente durante mi adolescencia y primera juventud de la mala follá de Graná y disfruto hoy de Málaga junto a un montonazo de guiris. He dicho.




2 comentarios:

jaramos.g dijo...

Muy buen artículo, documentado y sensato. Añado yo una apostilla: los andaluces somos de esos no pocos españoles que nos sentimos (y esto es lo fundamental, aquello que una persona se sienta ser) a la vez españoles y andaluces, sin ver en ello contradicción. De todos modos, creo también que, para que una región se constituya en unidad política y administrativa, no es demasiado relevante el pasado histórico, porque en él cualquiera puede encontrar cualquier cosa que sirva para cualquier cosa. Se trata de una decisión política fundada en otros argumentos, relacionados con el presente y el futuro. Felicidades y gracias por tu artículo.

Arcadio R. C. dijo...

Tu apostilla la hago mía. Nada que oponer a un argumento que comparto por completo y del que trataré en alguna otra ocasión.
Gracias por tu visita y tu interés.
Saludos.