21 nov. 2012

¿De quién fiarse?


La troika, ese organismo surgido con la crisis de la deuda griega, portuguesa, etc., compuesto por los países acreedores de la eurozona (todos), el BCE y el FMI, cosechó anoche su enésimo fracaso al no ser capaz, de nuevo, de llegar a un acuerdo sobre las urgentísimas necesidades financieras de Grecia. En medio del bosque de tecnicismos con que los negociadores suelen enmascarar la realidad uno puede distinguir algunas verdades: 1) que el FMI ha mantenido una postura que podríamos calificar de comprensiva (¿Quién que haya seguido en el pasado, nada lejano, sus posiciones ante la crisis latinoamericana podría creerlo?), proponiendo una quita, sin la cual estima que Grecia es incapaz de pagar la deuda; 2) que los países de la eurozona se niegan a la quita (es lo único en que están de acuerdo) y exigen más recortes para garantizar el pago íntegro ¿Qué países de la eurozona?: Alemania, ¡Francia!, ¡¡Italia!!, ¡¡¡España!!! Visto lo cual la postura del BCE me parece irrelevante, aunque no he llagado a leerla, seguramente porque el impacto de lo anterior me había incapacitado para entender nada más.

Debe ser cosa de los políticos y los banqueros, pensé. Al fin y al cabo la cumbre está compuesta en exclusiva por especímenes de ambas especies, y… ya se sabe. La ciudadanía está hasta el coco de unos y de otros y lo demuestra a diario, manifestándose en privado y colectivamente, en los medios y en la calle. Lo que nos lleva a concluir, parafraseando el conocido chiste de las moscas, que no puede ser que millones de personas estén equivocadas a un tiempo.

Lo que pasa es que a renglón seguido leo que las posturas no cambiarán hasta que no se celebren las elecciones alemanas (esto se dice mucho, así que también será verdad), porque Merkel, que, como todo el mundo sabe, es quien maneja la batuta, no quiere arriesgarse a que sus paisanos la boten del gobierno por haber cedido ante los lloriqueos de los griegos, portugueses, españoles y demás irresponsables despilfarradores. Se deduce de lo anterior que una vez celebrados los comicios y ya sin la presión ciudadana, el acuerdo será posible. ¡Claro! Es que la democracia representativa, que dicen que ya no funciona, todavía es capaz de prescindir de un gobernante no deseado aunque sea cada cuatro años. Deduzco que si no hubiera elecciones y las decisiones emanaran directamente y en cada momento del paisanaje, como dicen muchos que debe ser, es obvio que no habría que esperar a nada, ¡ya se habría condenado a Grecia definitivamente hace mucho!

Que alguien me explique ¿De quién no hay que fiarse? ¿De los políticos? ¿De los banqueros? ¿De los paisanos? Empiezo a pensar que de quien no debo fiarme en absoluto es de mí mismo.

Si hubiera alguno de fiar pediría hora al psiquiatra.

19 nov. 2012

Cataluña y el derecho de autodeterminación


Los Estados modernos se mantienen por la voluntad de los individuos y por una inercia histórica e institucional nada despreciable. Algunos pueden tener su origen en un pasado lejano, herederos de construcciones políticas que nada tenían que ver con la voluntad de las personas, caso de las monarquías medievales en las que entroncan muchos Estados europeos de hoy (Francia, España, Reino Unido…); otros son producto de la fiebre nacionalista de los siglos XIX y XX, agregando territorios procedentes de formaciones del Antiguo Régimen (Alemania, Italia…) o segregándolos (Chequia, Hungría…); en otros continentes muchos proceden de territorios coloniales cuyos límites se trazaron arbitrariamente o siguiendo los intereses de las metrópolis y con ignorancia palmaria de las realidades locales. Los sentimientos nacionalistas, que dan cohesión a unos y erosionan a otros, se han ido fraguando a veces a lo largo de generaciones, otras han sido el motor de su creación o, por último, han sobrevenido con posterioridad a la construcción estatal por caminos inesperados y tortuosos.

No hay un modelo sino muchos. Pero, en última instancia, lo único que para una mentalidad moderna y democrática justifica la existencia de cualquier Estado es la voluntad de los ciudadanos. El sentimiento nacionalista puede ayudar o estorbar la formación de esa voluntad, pero no es condición para nada. De lo primero se deduce el derecho de autodeterminación. Como concepto, como principio teórico, todos podemos aceptarlo. La cuestión es cómo y cuándo aplicarlo.

La Carta de las Naciones Unidas lo reconoce como un derecho de los pueblos. Sin embargo, cualquier principio se tambalea sin el sostén de la realidad concreta. Su redacción tuvo lugar justo en el momento en que, agotado el ciclo colonial y cuando se imponía la hegemonía de EE.UU., triunfaba una nueva estructura mundial de acuerdo con reglas económicas, políticas y estratégicas acordes con los intereses de la gran potencia. En la Carta el derecho de autodeterminación está en relación con los pueblos sometidos a control colonial o a dominio no democrático; en absoluto se refería a regiones con aspiraciones secesionistas en Estados legítimamente constituidos; antes bien, en otro lugar, defiende nítidamente su integridad territorial.

Cuenta Solé Tura en Nacionalidades y nacionalismos en España (Alianza Editorial. 1985) que cuando se discutía la Constitución en comisión, el diputado vasco Letamendía presentó una enmienda por la que se establecería un procedimiento para que las comunidades autónomas que lo desearan pudieran abrir un proceso de autodeterminación y, en su caso, acceder a la independencia. A la hora de la votación los diputados catalanistas y socialistas se ausentaron evitando así pronunciarse. De la anécdota deduce las diferentes concepciones del principio de autodeterminación en las distintas opciones políticas: 1) La derecha puede aceptarlo teóricamente pero hace caso omiso de él en la práctica; 2) los nacionalismos moderados de origen burgués  lo defienden y exhiben  para mantener la llama reivindicativa pero en la práctica rehúsan utilizarlo para un proceso secesionista, manteniéndose en una ambigüedad calculada; 3) la izquierda (PCE, PSOE) lo asume como principio democrático y como medio para derrotar legítimamente al separatismo, al que perciben como una perversa consecuencia del nacionalismo; 4) la extrema izquierda y el nacionalismo radical lo defienden como un principio irrenunciable al margen de las condiciones concretas que se presenten  y las consecuencias que entrañe. De la casuística se desprende que la clave del equilibrio está en el centro izquierda.

Desde que Solé Tura escribiera su ensayo la situación ha cambiado sustancialmente. Las autonomías han completado su proceso de maduración, desbordando los límites diseñados por los congresistas constituyentes al generalizarse el tipo máximo reservado en principio para las regiones con fuerte reivindicación nacionalista. La reacción en Cataluña y Euskadi fue el aumento en la presión por el avance en el proceso autonómico, lo que se ha visto frustrado sucesivamente (plan Ibarretche, reforma del Estatuto Catalán) con argumentos constitucionalistas, con lo que la carta magna ha pasado de ser el texto que hacía posible la autonomía a ser la barrera que impide la realización del sueño nacionalista. De aquí se ha seguido una radicalización de las posiciones: la concepción ultranacionalista se ha ido infiltrando en el nacionalismo moderado, a la vez que la derecha centralista lo demoniza cada vez con más convicción. La postura de centro izquierda se ha debilitado lamentablemente: el PSUC desapareció y sus herederos son irrelevantes, mientras el PSC amenaza con romper lazos con el PSOE por el debate interno, que no resuelve el desesperado recurso a un federalismo plagado de ambigüedades.

Así, la ciudadanía catalana sufre los embates del populismo nacionalista; la indignación por los efectos de la crisis económica, que, explicada como resultado de una supuesta expoliación fiscal, permite volver las iras contra Madrid; la frustración por la reforma del Estatuto, amén de la eterna polémica sobre la lengua y la sensación de sentirse poco queridos en el resto de España. Sólo la convicción de que el camino será arduo en la Península y en Europa tras una posible secesión, más la reacción de aquellos que aún se sienten españoles podrá poner fin a esta aventura, que, en todo caso, tendrá largas consecuencias.

Sea cual sea el desenlace del conflicto, al final habremos tenido la oportunidad de aprender un poco más sobre que los principios, por grandes que sean, no pueden aplicarse con olvido de la realidad concreta; entre otras razones porque también ellos son hijos de las circunstancias. Además, y porque las mayorías pueden ser coyunturales, ignorar las fuerzas de la inercia, a las que aludía arriba, conduce a un descalabro ineludible.

13 nov. 2012

Huelga general


Ante la convocatoria de la huelga general han surgido las voces de siempre, que en un intento de descalificación la tachan de política. Incluso la ex presidenta de la Comunidad de Madrid, en una de sus salidas de tono habituales ha sugerido la conveniencia de prohibir las huelgas generales porque, dice, no tienen objetivos laborales. Casi no merece la pena detenerse en este asunto de la condición política o no de las huelgas, pero lo haré porque del análisis de esta acusación podemos sacar provecho.

La huelga general formó parte del arsenal revolucionario del movimiento obrero, no de sus armas de lucha habituales en la confrontación laboral. En el ideario marxista, cuando las contradicciones  del sistema hubieran llegado a su extremo en el proceso de socialización de la producción y apropiación privada del beneficio, los productores, conscientes de su poder, paralizarían la producción mediante la huelga general, lo que les permitiría tomar las riendas de la situación y expropiar a los expropiadores. Iniciarían así el proceso revolucionario que tendría como meta la construcción de una sociedad sin clases y sin Estado, ya que si éste es un instrumento en manos de las clases dominantes para afianzar su poder, en una sociedad igualitaria resulta innecesario.

Se explica pues que la huelga general se convirtiera en un mito en el movimiento obrero, un último recurso que sólo había que utilizar en el momento preciso, cuando las condiciones estuvieran maduras, porque su fracaso podía dar al traste con años de lucha. Así y todo, la historia del XIX y del XX, especialmente la primera mitad del siglo pasado, está llena de espejismos revolucionarios y huelgas generales fracasadas. Recordemos la nuestra del 34 que triunfó temporalmente en Asturias y que permitió a la República, circunstancialmente gobernada por la derecha, ensayar procedimientos brutales de represión utilizando a la Legión que comandaba Franco.

Las organizaciones sindicales se institucionalizaron con el paso del tiempo, la evolución en la condición de los trabajadores y la consolidación y ascenso de la socialdemocracia, a la vez que asumían objetivos reformistas, relegando la sustitución revolucionaria del sistema a un horizonte prácticamente utópico. Todos los Estados, conscientes de las ventajas que ello reportaba para la paz social, favorecieron el proceso y legislaron para dar cauce legal a la acción sindical, lo que en tiempos de normalidad económica fue percibido por la mayoría como una conquista más del Estado del bienestar; pero, en la excepcionalidad de la crisis algunos lo han visto como una traición del aparado sindicalista, que se habría burocratizado y permitido su domesticación por parte del Estado burgués. En realidad, muchas de las críticas que sufren los sindicalistas hoy no tienen este tono, que a muchos parecerá retro; antes bien, se limitan a incluir el staff sindical en el grupo que se designa con el genérico de los políticos,  sin más complicaciones. Así, de la misma manera que en el terreno político el movimiento de los indignados ha venido rocambolescamente a engrosar el independentismo catalán hasta desbordar las expectativas de sus promotores, en el terreno laboral hace el caldo gordo al liberalismo, responsable de su indignación, al bloquear a su propia mejor arma: el sindicalismo.

Como tantas cosas la huelga general ha cambiado de significado. Ya no es un instrumento revolucionario, pero sí un recurso excepcional por sus posibles efectos y su coste organizativo, también por sus consecuencias desmovilizadoras ante un eventual fracaso, o su trivialización.

Naturalmente sus objetivos son políticos: pretende cambiar la política laboral y económica en beneficio de las clases cuyos intereses defiende, pero a nadie de la izquierda avergüenza el calificativo de político. La condición de ciudadano implica la de político. Renunciar a la política es renunciar a la ciudadanía. Cualquier reivindicación, incluidas las laborales, es una reivindicación política. No caigamos en la estúpida trampa de considerar la política como el ejercicio vergonzante de una casta profesional, en la que ahora se quiere meter también a los sindicalistas. Tal actitud sólo se explicaría por la ignorancia más contumaz, la complicidad con los poderosos o la asunción de los presupuestos ideológicos de la derecha. El reiterado recurso del gobierno al “sentido común” a “lo que hay que hacer” es una reducción de la política a la condición de mera administración, una negación de las alternativas en función de los diferentes y legítimos intereses, es decir, de la política.

La convocatoria se hace en este ambiente viciado, en donde el ruido altera el juicio e impide distinguir los mensajes salvadores de aquellos que nos dividen, nos debilitan o nos incapacitan cada vez más. Esperemos que al menos sirva para que empecemos a encontrar el camino.

5 nov. 2012

La fe nacionalista


Al poco de aparecer las naciones estado y cuando aún el proceso no había culminado con la eclosión de Alemania e Italia y el desmembramiento de los imperios multinacionales (Austria…),  ya se alzaban argumentos para desenmascarar el invento. Para algunos aquello no era más que atrezo que permitiera seguir la representación de la verdadera historia de explotación de la multitud por una minoría. Proletarios de todos los países, uníos, alertaba Marx después de exponer nítidamente los poderes taumatúrgicos de la burguesía y sus habilidades embaucadoras[1].

Años después (1914) el movimiento obrero y el socialismo fueron sometidos a la gran prueba: o bien, siguiendo el grito de alerta marxiano y actuando como un solo hombre ignoraban las fronteras, detenían la producción de armas y pertrechos de guerra, bloqueaban la movilización de soldados, en definitiva, paraban la guerra como cosa que les era ajena; o bien acudían al reclamo en unión sagrada[2] con sus enemigos de clase y en defensa del santo ídolo alzado por la burguesía: la patria, bajo cuya peana los incrédulos de la nueva fe sólo veían una trama de mercachifles. Como tantas veces, la razón sucumbió frente a la superchería.

Dice Erich Fromm en “Psicoanálisis y religión” que religión es «cualquier sistema de pensamiento y acción compartido por un grupo, que dé al individuo una orientación y un objeto de devoción». Si nos atenemos a esta definición el culto a la nación forma parte, sin duda, del fenómeno religioso. Esto explica que la argumentación lógica no sea una amenaza para él, que las evidencias históricas, antropológicas, económicas, etc. sólo estorben levemente porque pueden solventarse por el procedimiento de alterarlas o ignorarlas. La historia (en general todas las ciencias sociales) no ha dejado de ser manipulada nunca según los intereses dominantes; es más, se inventó como materia escolar para formar conciencias al gusto. En definitiva, la iglesia que maneja cualquier religión acomodará la percepción de la realidad a los intereses superiores del objeto de devoción, en este caso, la nación. Una vez que el número de fieles ha alcanzado su punto crítico, su impulso es imparable. A partir de ese momento, quien lo pastoree puede conducirlo sin problemas al redil o al abismo, bastará con que lo mantenga en el conveniente arrebato místico. Nada más fácil porque existen elementos de enganche en el interior de la psique de cada individuo (Fromm); con las técnicas modernas,  pan comido.

Que los embaucadores con el nuevo/viejo objeto de devoción sean perfectamente conscientes de lo que hacen o que sólo intuyan los “beneficios” del proceso y en parte ellos mismos sufran la alienación colectiva, es secundario. Lo cierto es que el culto nacionalista en el interior de un territorio enmascara a las mil maravillas las contradicciones internas al tiempo que hace visible un enemigo exterior que incita a la unión sagrada.

En la difícil situación que vive España la exaltación nacionalista de Cataluña, liderada por un partido de ideología liberal, permite  la aplicación de su modelo económico en el territorio propio, camuflándolo tras la fiebre independentista de una masa insensibilizada ante todo lo que no amenace su credo, muchas veces recién asumido. Por su parte, el gobierno de España se “beneficiará” también de la crisis institucional y territorial que minimiza la catástrofe económica en la que no cesa de profundizar con suicidas políticas liberales, mientras que la derecha que lo gestiona se envuelve, una vez más, en la bandera, un gesto tan recurrente como aborrecible, desautorizando las críticas a la gestión económica por frívolas e irresponsables.

En el ejemplo que propuse al inicio el movimiento obrero cedió ante los señuelos nacionalistas y la guerra arruinó y masacró a Europa y buena parte del mundo durante una generación entera; pero, salvó al capitalismo, abocado por entonces a una crisis sistémica que parecía definitiva. Quizás era de eso de lo que se trataba.



[1] Manifiesto del Partido Comunista. 1848.
[2] «En agosto de 1914 los partidos y sindicatos de la izquierda europea abandonaron el discurso internacionalista, de lucha de clases, para abrazar la causa nacional de sus respectivos países. Existía, decían, un interés mayor, más grande que el de la Internacional, que era el del Estado nacional de cada uno.» Jorge Vilches: “Huelga general o Unión Sagrada”.