27 jul. 2010

El mito de Santiago

El pasado 25 de julio se celebró el Año Santo Jacobeo, como siempre que esta fecha cae en domingo. Una tradición más en el conglomerado en torno a Santiago, su supuesta tumba y el camino de peregrinación.

Según la Crónica Albeldense (881), en el 814 fue encontrada milagrosamente la tumba del apóstol Santiago en el lugar de Galicia denominado Compostela, de Campus stelae, o Campo de la estrella, por la señal que condujo al hallazgo (el servicio de las estrellas como señales de todo tipo a lo largo de la historia y en todos los credos y civilizaciones es impagable). Es ocioso detenerse en la discusión sobre la verosimilitud o falsedad de que el apóstol en persona o sus restos mortales viajaran alguna vez a Galicia. No existe el más mínimo dato histórico que lo avale y cualquier análisis desapasionado de la situación lo situaría en la categoría de sumamente improbable o imposible. Ningún historiador perdería el tiempo en la discusión. Sin embargo, tenemos ahí una tumba, que se presume es del santo (nada menos que de uno de los compañeros más señalados de Jesús), desde hace más de mil años y que, de muchas maneras, ha marcado la historia de España: creó el camino de peregrinación más concurrido de Europa, con todas sus implicaciones políticas, sociales, económicas, artísticas y religiosas; aportó un mito al proceso de la reconquista (leyenda fundacional de la nación española); y todavía hoy mueve gentes, dinero y políticos, como se ve con el renacimiento que ha tenido en los últimos tiempos, sus rendimientos económicos y su utilización por las jerarquías del Estado. Merece alguna reflexión.

Alfonso II, llamado el Casto (se cuenta que nunca tocó a su esposa Breda), reinó en Asturias entre el 791 y el 840. Tuvo dificultades para consolidar su mandato, tantas como su minúsculo reino montañés frente al poder de los emires cordobeses, que paulatinamente iban dejando atrás el caos del S. VIII y consolidaban un poder centralizado sobre la mayor parte de la Península. Frente a ellos, el rey asturiano optó por legitimarse en la herencia del desaparecido reino godo, estrategia que continuaron sus sucesores, especialmente Alfonso III, bajo cuyo mandato se redactó la Crónica Albeldense (no hay que olvidar que estas crónicas, cargadas de ideología, eran mucho más un instrumento de propaganda que un testimonio histórico). La independencia política y militar de que gozaba el reino no se correspondía con su situación eclesiástica ya que de hecho, como toda la iglesia peninsular, seguía dependiendo de los arzobispos toledanos, a su vez bajo el poder político cordobés, con lo que Asturias no pasaba de ser una provincia eclesiástica más, que, para mayor humillación, dependía de unos prelados que reconocían la autoridad de los emires y que, por ello, eran proclives a ciertas interpretaciones anti trinitarias del dogma cristiano. En el clero asturiano debió haber fuertes deseos de independencia según se deduce de la lectura de textos como el Beato de Liébana que, curiosamente, unos años antes de la aparición de la tumba ya hablaba de Santiago asociándolo a España. El rey asturiano incluso convocó algunos concilios en Oviedo. Este afán se manifiesta nítidamente en acciones de desprestigio de la iglesia no asturiana como vemos en la Crónica de Alfonso III, donde se cuenta que en la batalla de Covadonga (722) los sarracenos venían acompañados por el arzobispo de Sevilla, Oppas, que intentó convencer a Pelayo de la conveniencia de la rendición. Así pues, de la misma manera que la Virgen había optado por el bando asturiano en aquella ocasión, ahora Dios permitía que se encontrara la tumba de su apóstol en territorio del reino. Nada impedía ya la ruptura con Toledo. El joven reino contaba con el sólido entramado ideológico de una iglesia homologada por la predilección divina, manifiesta en el hallazgo de la tumba y la legitimidad jurídica de la herencia goda. Podrá discutirse sobre el contenido de la tumba que se desenterró, pero lo incuestionable es la oportunidad del hecho y los beneficios políticos que rentó.

Sin embargo, faltaban muchos años para que se convirtiera en lugar de peregrinación para toda la cristiandad. Un par de siglos después los monjes reformadores de Cluny habían emprendido por la Europa occidental la creación de una vasta red de monasterios exentos de cualquier tipo de vasallaje de los monarcas o nobles locales, en una impresionante manifestación de poder y riqueza. El Camino de Santiago, que ya apuntaba, fue uno de sus proyectos, quedando convertido en una ruta por la que, con millones de peregrinos, circuló riqueza, arte, saber, política e ideología, convirtiéndose en uno de los ejes de la cristiandad. Los monarcas navarros, castellanos y leoneses colaboraron con fundaciones, leyes y medidas de todo tipo, conscientes de su importancia.

El mito de Santiago se consolidó y ya en el siglo XIII se había convertido en patrón de la cristiandad peninsular frente al islam, transformado grotescamente en Santiago Matamoros.
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16 jul. 2010

Malos tiempos autonómicos

He oído y leído con frecuencia a muchos que propugnan una solución federal para nuestros males autonómicos porque entienden que el actual modelo ha llegado a una situación insostenible: la inacabable insatisfacción de los nacionalismos vasco y catalán, el desprestigio creciente de las soluciones aportadas por la Transición, el permanente cuestionamiento de la viabilidad del Estado, parecen elementos de suficiente peso para promocionar una alternativa.

Los nacionalismos vasco y catalán no amainan, ningún nacionalismo lo hace. Las autonomías se concibieron como una solución al problema, buscando satisfacer unos legítimos anhelos de autogobierno; sin embargo, no sólo no se ha logrado el objetivo sino que en las respectivas comunidades ha nacido una nueva generación de jóvenes nacionalistas más numerosa y radicalizada que la de sus padres, y hoy, desde otro nivel y haciendo caso omiso de lo andado, se muestran tan anhelantes de un cambio como antaño. La incorporación a la UE parecía otro avance decisivo en la misma dirección porque las naciones, pensábamos, se diluirían en parte en una organización supraestatal ¿Qué sentido iban a tener ya los nacionalismos? El resultado fue el contrario, ahora aspiran pertenecer a la UE en calidad de Estados, a España la ven como una intermediaria perfectamente prescindible, incluso molesta.

La federación tiene sobre las autonomías la ventaja de la uniformidad y que una vez establecida el proceso queda cerrado. Pero ¿quién dice que eso satisface a los nacionalismos? El PNV, como se vio con Ibarreche, aspira a una confederación como máxima vinculación con España, y el nacionalismo catalán puede que aceptara una federación en la que estuvieran en pie de igualdad Euskadi, Cataluña, quizá alguna más, y el resto de España, pero no estaría dispuesto a que su techo estuviera a la altura del de La Rioja o Murcia, por ejemplo, como ha ocurrido con las autonomías al generalizarse en un proceso frustrante para ellos. Cataluña, para los nacionalistas, se mide con España, no con otra región dentro de España. El fracaso del invento autonómico (si es que lo hay) se produjo en el momento en que al presentarse la posibilidad de cerrarlo dejándolo restringido a Cataluña, Euskadi y Galicia, se optó por la generalización(1). La lucha partidaria, esa cosa que ennegrece permanentemente a la Política con mayúscula, el jacobinismo de la izquierda y una cierta miopía congénita desde el españolismo a la hora de percibir otros nacionalismos, tienen mucha responsabilidad. Quizá, simplemente porque la descentralización política generalizada le diera vértigo, la UCD tuvo el mérito de intentar plantarse y el fallo de no saber hacerlo(2).

Nada se gana con ignorar o negar la evidencia. Puede no gustar, pero el nacionalismo existe, y no está en retroceso, sino todo lo contrario (hasta los no nacionalistas nos hemos habituado a hablar de Cataluña y España, de Euskadi y España, como de realidades del mismo nivel). Es necesario seguir buscando soluciones porque, en puridad, los problemas de hoy son prácticamente los mismos que aquellos con los que se enfrentaron en la Transición (descorazonador ¿no?) unos políticos más imaginativos y probablemente más capaces que los de hoy, y unos ciudadanos menos desencantados y más ilusionados. Pintan bastos.

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(1) Clavero Arévalo ministro de la extinta UCD escribió en 1996 un artículo en la Revista de Estudios Regionales (nº 44) en el que analiza la elaboración del Título VIII de la Constitución y la gestación del proceso autonómico, desde la perspectiva de un protagonista y observador privilegiado de los acontecimientos. Lo podéis encontrar aquí.

(2) Sin otro mérito que el de estar allí porque era mi tiempo y desde una modestísima posición, yo mismo luche por esa generalización que hoy rechazaría. Valga la confesión como autocrítica y por merecer la sabiduría aunque sea por el postigo de la rectificación.

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12 jul. 2010

El laberinto español

No hay país en Europa que no tenga pleitos no resueltos procedentes de una historia complicada. Los conflictos nacionales en regiones de los Estados actuales son el resultado de un discurrir histórico enrevesado que ha superpuesto y confundido realidades diferentes por interpretaciones anacrónicas, que calaron profundamente en una ciudadanía sensibilizada por agravios o resentimientos seculares. Esta herencia, común a toda Europa, la vivimos en cada rincón del continente de distinta manera; la nuestra no es la mejor.

En Gran Bretaña hubo, como aquí, numerosos reinos medievales, que se redujeron a tres: Inglaterra, Gales, Escocia; integrados al fin en una sola formación. El polo de atracción fue Inglaterra que absorbió primero a Gales (S.XII), después a Escocia (S. XVII). El caso irlandés es más complicado. Las hostilidades fueron muchas y aunque las lenguas no plantearon especiales problemas, sí las religiones, que desde la Reforma fueron el caballo de batalla (presbiterianos escoceses, anglicanos ingleses o católicos irlandeses). Sin embargo, a pesar de haberse vivido duras situaciones, el instrumento que se utilizó siempre fue un tratado (Ley o Tratado de Unión), el más importante el que firmaran el parlamento Inglés y el escocés en 1707. Consecuentemente el nombre del estado británico, Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda del Norte (actualmente), y sus símbolos, reflejan la voluntad de integración en condiciones de igualdad: la bandera (Union Jack) es la superposición de la cruz roja sobre fondo blanco de San Jorge, (Inglaterra); el aspa blanca sobre fondo azul, cruz de San Andrés (Escocia); el aspa roja sobre fondo blanco, o cruz de San Patricio (Irlanda).

Inglaterra es el país de origen del parlamentarismo, y fue la hegemonía del parlamento y la debilidad de los monarcas lo que hizo posible este tipo de fusión igualitaria. De haberse impuesto la voluntad real el resultado territorial hubiera sido, quizá, el mismo, pero con otros modos y bajo otros principios: la monarquía absoluta sólo contemplaba el dominio sin paliativos de territorios y pueblos.

Además Inglaterra nunca precisó una Constitución, le bastaron las leyes que fueron asentando desde la Edad Media (Carta Magna), los privilegios del parlamento (representación ciudadana), y las normas electorales. Cuando los demás copiamos su sistema, a todas luces práctico, se hizo plasmando en una ley suprema derechos, obligaciones y mecanismos institucionales básicos. Un buen procedimiento, pero más rígido, porque a veces la propia constitución se convierte en obstáculo jurídico que traba el desarrollo político ¿No ha ocurrido algo así con la sentencia del TC sobre el Estatut?

España recibió al siglo XVIII con una guerra civil (Guerra de Sucesión) que cuestionó los lazos federales que unían a los Estados peninsulares: Aragón, Valencia, Cataluña y Mallorca por un lado y por otro al resto, asimilados a Castilla desde tiempo atrás. El triunfo militar del pretendiente sostenido por Castilla (Felipe V), conspicuo representante del absolutismo monárquico, supuso la pérdida de su condición juridicopolítica para aquellos, quedando “reducidos a las leyes de Castilla”. No hay tratados de unión entre parlamentos, sino unos decretos reales (Decretos de Nueva Planta) en los que se proclama la soberanía del rey y la pérdida de privilegios (derechos), entre ellos el uso de la lengua propia, alegando el merecido castigo por una presunta rebelión y por derecho de conquista. En España se había impuesto el poder absoluto del rey.

Estos reinos que pasaron de Estados a provincias, especialmente Cataluña, se vieron compensados por la prosperidad que generó la creación de un mercado único y el acceso al americano, hasta entonces vedado a los no castellanos; y como el sentimiento nacional no tenía aún carta de naturaleza se pudieron pasar más de dos siglos sin problemas dignos de mención. Pero durante ese tiempo ocurrió algo decisivo: se produjo una inversión demográfica y económica en la Península, la meseta castellana se despobló en gran medida, salvo Madrid, y el centro de gravedad económico y demográfico se trasladó a la periferia, aunque el político seguía estando donde siempre. Mala cosa cuando alguien se siente protagonista económico y se le ningunea políticamente: tira de historia, recuerda cuando era un Estado (siempre hay motivos para verlo glorioso e identificarse con él), empiezan a doler los desaires y las imposiciones, y si el sistema es democrático y se puede hablar y exigir derechos, se habla y se exige. Normal, si enfrente no estuvieran a la contra los que aún guardan el poso de la España, una, grande y libre; normal si la reclamación de derechos no se hubiera convertido en deseo de ruptura a toda costa. Normal si fuéramos normales.

Pero aquí la unión se hizo manu militari. Quizá muchos españoles no lo recuerden, la mayoría de los catalanes sí. En Cataluña hay una legua propia, lo que a muchos españoles les suena a ofensa. El sistema de las autonomías tuvo como motivación básica el autogobierno catalán y vasco, pero al generalizarse en pie de igualdad (contra lo que dice la Constitución y sin que el TC interviniera en su día) se desvirtuó. Por último, el tribunal, después de marear la perdiz durante cuatro larguísimos años, sale con una sentencia de pata de banco, decimonónica y cegata que no contentará a nadie, pero que emponzoñará más si cabe la situación, cuando lo que tenía que haber hecho era declararse incompetente por razones técnicas (una obviedad) y porque el Estatut había sido refrendado por dos parlamentos y un referéndum.

¿En qué papel queda el poder legislativo (Cortes y Parlament) legítima representación de la ciudadanía, ante la decisión del devaluado y problemático TC?

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6 jul. 2010

Saramago

La primera novela que leí de J. Saramago fue, hace ya muchos años, Historia del cerco de Lisboa, no me gustó. Había llegado a ella por error, apenas si conocía el nombre del autor y el título me hizo pensar en una novela histórica, por entonces yo andaba en un proyecto didáctico para el que necesitaba literatura de contenido histórico. La expectativa frustrada y una lectura apresurada hicieron que no la apreciara con justeza. En años posteriores fui penetrando en el universo literario del Nobel paulatinamente, con la lentitud y el silencio con que se instalan en nuestro interior las adicciones. Hay un fondo amargo (palabra que es casi un anagrama de su nombre) en su narrativa, que como el sabor del café o la cerveza, acaba siéndonos familiar y necesario, pero no sin que hayamos realizado un proceso previo e inconsciente de habituación.

Tiene algo de singular pensar en algunos de los grandes temas que siembran la inquietud en nuestro corazón y plantear una trama novelesca en su torno, pero que tiene más de estudio y análisis de los sentimientos, intereses y reacciones humanas que de entretenimiento literario; voluntad que a veces se manifiesta ya desde el título (Ensayo sobre la ceguera o Ensayo sobre la lucidez). Hay un afán didáctico y ético en su obra que le da un aíre dieciochesco, aunque los valores que lo mueven sean otros, relacionados con la solidaridad y, aunque resulte chocante a estas alturas, con la conciencia de clase; no en balde militó en el Partido Comunista; no en balde tuvo siempre presente su origen social: su discurso en la Academia Sueca comienza con el recuerdo de su abuelo, porquerizo y analfabeto, el hombre más sabio que nunca conoció, según sus propias palabras, raíz originaria de sí mismo y de su obra. La voluntad de afrontar esa gran temática a la que antes me refería, el uso sin concesiones de la racionalidad, la intención pedagógica y el afán de contagiar el sentimiento de fraternidad que le mueve, son los mayores valores que he apreciado en todas y cada una de sus obras.

No tengo a Saramago por un autor entretenido, aunque sí ingenioso y hábil en la narración. No ha obtenido las herramientas de su arte en un ambiente diletante, en una familia o un medio intelectual o de clases ociosas, sino en contacto permanente con la dureza de su origen campesino, pobre y austero; quizá por eso no las usa en ejercicios más o menos frívolos destinados al entretenimiento o al divertimiento, sino que tienen el peso plúmbeo de aquellas destinadas a la formulación de las grandes verdades, y su misma contundencia.

Su otra gran virtud ha sido la coherencia de aquello que podíamos leer en sus escritos con su vida privada y pública. No ha existido causa de justicia de la que haya estado ausente. Después de alcanzar el Nobel, consciente del valor de sus actos y sus palabras, se ha prodigado hasta el último momento en acciones de solidaridad, sin hurtarse a ninguna pese a su edad y la fatiga de los años, ninguna concesión a la comodidad, ningún desliz hacia la contradición. Saramago fue un gran hombre, un santo laico.
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2 jul. 2010

El hombre, el Estado y las hormigas

Todo avanza hacia la complejidad: desde la simplicidad de la partícula inicial y la homogeneidad del Universo momentos después del Big Bang, hasta el abigarramiento de los millones de galaxias y el barroquismo de su composición; desde los primeros seres unicelulares a los de millones y millones de células especializadas y coordinadas, que pueden además agruparse cooperando en sociedades complejas, como las hormigas o los humanos.
Un punto de inflexión en la historia de la humanidad es el momento en que comienzan a apuntar las primeras formas del Estado, hace unos 5.000 años en los humedales de Mesopotamia y en las riberas del Nilo, algo menos en el Indo o el Hoan-ho, después (1.000 a. C.) en América central. En todas partes significó lo mismo: el fin de la igualdad que había caracterizado a los cazadores recolectores del Paleolítico y a los primeros agricultores.
«Entonces aparecieron en la Tierra los reyes, los dictadores, los sumos sacerdotes, los emperadores, los jefes de gobierno, los presidentes, los gobernadores, los alcaldes, los generales, los almirantes, los jefes de policía, los jueces, los abogados y los carceleros, así como las cárceles, las mazmorras, las penitenciarías y los campos de concentración. Bajo la tutela del Estado los hombres aprendieron a hacer reverencias, a humillarse, a arrodillarse, a rendir pleitesía. En muchos aspectos el ascenso del Estado fue el descenso de la libertad a la esclavitud.»
Marvin Harris: Caníbales y reyes: los orígenes de las culturas.
El marxismo explicó el Estado como un mecanismo de explotación utilizado por una minoría, con fórmulas diferentes según determinaba la situación de la tecnología y las relaciones sociales que ésta imponía. Desde el punto de vista de un naturalista, acostumbrado a ver cómo en la naturaleza se forman simbiosis y relaciones de explotación, parasitismo, aquí no hay nada nuevo. Algunos individuos han dejado de relacionarse con el medio natural para obtener recursos y han pasado a conseguirlos de la sociedad, que se ha convertido en su nicho ecológico. Naturalmente requieren de la coerción para mantener su posición, pasando del dominio de las cosas al dominio de las personas. A esta situación se llega mediante un proceso lineal, vertical, de avance hacia la complejidad que partió de grupos parentales de menos de una decena de individuos, pasando por la horda y después la tribu, hasta llegar al Estado.

Hay otra explicación para su origen que podemos llamar horizontal: el crecimiento demográfico conduce a sociedades hacinadas en las que la complejidad de las relaciones aconsejan la especialización y la creación de instrumentos estatales. En el mundo animal fenómenos parecidos producen la vida en manadas, sociedades simples, o en otras complejas como la colmena o el hormiguero.

Las hormigas alcanzaron esta complejidad tras millones de años de evolución genética, los humanos hemos necesitado sólo unos cuantos miles porque la evolución ha sido cultural, pero el resultado fue semejante: la especialización y la cooperación en pro de la eficiencia a cambio de la pérdida de igualdad y autonomía; en ambos casos el proceso es irreversible.
«[las hormigas] se parecen tanto a los humanos que se nos suben los colores. Cultivan hongos, apacientan “rebaños” de pulgones, movilizan ejércitos para hacer la guerra, utilizan armas químicas para asustar y confundir al enemigo, capturan esclavos. Las familias de hormigas tejedoras se dedican a trabajos menores y sujetan las larvas como si fueran lanzaderas para tirar de los hilos que cosen las hojas para los huertos de hongos. Intercambian información sin cesar. Lo hacen todo menos ver la televisión.» Lewis Thomas: Societies as Organisms.
No tengo la menor idea de cuál será el futuro de las hormigas, pero abrigo la esperanza de que, sin desandar lo avanzado (que no es posible ni deseable), los humanos seamos capaces (tengo pistas fiables) de transformar las estructuras estatales en mecanismos que potencien (enriqueciéndolas) la libertad y la igualdad.

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* Ilustración: estela donde aparece grabado el primer código escrito que se conoce hace casi cuatro mil años (1750 a.C.(?)). El dios Shamash lo entrega a Hammurabí, sacralizando el Estado en sus orígenes. Moisés repetirá la historia mucho después en el Éxodo. Museo del Louvre.

** Mucho de lo aquí expuesto procede por inspiración o simple traslación (las citas) de Mapas del tiempo de David Christian, el mejor libro de historia que conozco.