16 jul. 2010

Malos tiempos autonómicos

He oído y leído con frecuencia a muchos que propugnan una solución federal para nuestros males autonómicos porque entienden que el actual modelo ha llegado a una situación insostenible: la inacabable insatisfacción de los nacionalismos vasco y catalán, el desprestigio creciente de las soluciones aportadas por la Transición, el permanente cuestionamiento de la viabilidad del Estado, parecen elementos de suficiente peso para promocionar una alternativa.

Los nacionalismos vasco y catalán no amainan, ningún nacionalismo lo hace. Las autonomías se concibieron como una solución al problema, buscando satisfacer unos legítimos anhelos de autogobierno; sin embargo, no sólo no se ha logrado el objetivo sino que en las respectivas comunidades ha nacido una nueva generación de jóvenes nacionalistas más numerosa y radicalizada que la de sus padres, y hoy, desde otro nivel y haciendo caso omiso de lo andado, se muestran tan anhelantes de un cambio como antaño. La incorporación a la UE parecía otro avance decisivo en la misma dirección porque las naciones, pensábamos, se diluirían en parte en una organización supraestatal ¿Qué sentido iban a tener ya los nacionalismos? El resultado fue el contrario, ahora aspiran pertenecer a la UE en calidad de Estados, a España la ven como una intermediaria perfectamente prescindible, incluso molesta.

La federación tiene sobre las autonomías la ventaja de la uniformidad y que una vez establecida el proceso queda cerrado. Pero ¿quién dice que eso satisface a los nacionalismos? El PNV, como se vio con Ibarreche, aspira a una confederación como máxima vinculación con España, y el nacionalismo catalán puede que aceptara una federación en la que estuvieran en pie de igualdad Euskadi, Cataluña, quizá alguna más, y el resto de España, pero no estaría dispuesto a que su techo estuviera a la altura del de La Rioja o Murcia, por ejemplo, como ha ocurrido con las autonomías al generalizarse en un proceso frustrante para ellos. Cataluña, para los nacionalistas, se mide con España, no con otra región dentro de España. El fracaso del invento autonómico (si es que lo hay) se produjo en el momento en que al presentarse la posibilidad de cerrarlo dejándolo restringido a Cataluña, Euskadi y Galicia, se optó por la generalización(1). La lucha partidaria, esa cosa que ennegrece permanentemente a la Política con mayúscula, el jacobinismo de la izquierda y una cierta miopía congénita desde el españolismo a la hora de percibir otros nacionalismos, tienen mucha responsabilidad. Quizá, simplemente porque la descentralización política generalizada le diera vértigo, la UCD tuvo el mérito de intentar plantarse y el fallo de no saber hacerlo(2).

Nada se gana con ignorar o negar la evidencia. Puede no gustar, pero el nacionalismo existe, y no está en retroceso, sino todo lo contrario (hasta los no nacionalistas nos hemos habituado a hablar de Cataluña y España, de Euskadi y España, como de realidades del mismo nivel). Es necesario seguir buscando soluciones porque, en puridad, los problemas de hoy son prácticamente los mismos que aquellos con los que se enfrentaron en la Transición (descorazonador ¿no?) unos políticos más imaginativos y probablemente más capaces que los de hoy, y unos ciudadanos menos desencantados y más ilusionados. Pintan bastos.

_____________

(1) Clavero Arévalo ministro de la extinta UCD escribió en 1996 un artículo en la Revista de Estudios Regionales (nº 44) en el que analiza la elaboración del Título VIII de la Constitución y la gestación del proceso autonómico, desde la perspectiva de un protagonista y observador privilegiado de los acontecimientos. Lo podéis encontrar aquí.

(2) Sin otro mérito que el de estar allí porque era mi tiempo y desde una modestísima posición, yo mismo luche por esa generalización que hoy rechazaría. Valga la confesión como autocrítica y por merecer la sabiduría aunque sea por el postigo de la rectificación.

________

1 comentario:

jaramos.g dijo...

De acuerdo en el análisis y en las opiniones. Propongo una secuencia para ir amortiguando el peso de las autonomías e ir controlando su voracidad: modificar la ley electoral para surprimir los privilegios y beneficios que obtienen según la norma actual los partidos nacionalistas o regionalistas sobre los nacionales. Me parece que no has aludido al influjo de dichos partidos en el desboque de las autonomías. En un segundo momento, una vez debilitado el poder, ahora excesivo, de los partidos regionales, será la ocasión de regular las relaciones Estado - Autonomías. Yo me decantaría por el modelo federal. Saludos, amigo Arcadio.