6 jul. 2010

Saramago

La primera novela que leí de J. Saramago fue, hace ya muchos años, Historia del cerco de Lisboa, no me gustó. Había llegado a ella por error, apenas si conocía el nombre del autor y el título me hizo pensar en una novela histórica, por entonces yo andaba en un proyecto didáctico para el que necesitaba literatura de contenido histórico. La expectativa frustrada y una lectura apresurada hicieron que no la apreciara con justeza. En años posteriores fui penetrando en el universo literario del Nobel paulatinamente, con la lentitud y el silencio con que se instalan en nuestro interior las adicciones. Hay un fondo amargo (palabra que es casi un anagrama de su nombre) en su narrativa, que como el sabor del café o la cerveza, acaba siéndonos familiar y necesario, pero no sin que hayamos realizado un proceso previo e inconsciente de habituación.

Tiene algo de singular pensar en algunos de los grandes temas que siembran la inquietud en nuestro corazón y plantear una trama novelesca en su torno, pero que tiene más de estudio y análisis de los sentimientos, intereses y reacciones humanas que de entretenimiento literario; voluntad que a veces se manifiesta ya desde el título (Ensayo sobre la ceguera o Ensayo sobre la lucidez). Hay un afán didáctico y ético en su obra que le da un aíre dieciochesco, aunque los valores que lo mueven sean otros, relacionados con la solidaridad y, aunque resulte chocante a estas alturas, con la conciencia de clase; no en balde militó en el Partido Comunista; no en balde tuvo siempre presente su origen social: su discurso en la Academia Sueca comienza con el recuerdo de su abuelo, porquerizo y analfabeto, el hombre más sabio que nunca conoció, según sus propias palabras, raíz originaria de sí mismo y de su obra. La voluntad de afrontar esa gran temática a la que antes me refería, el uso sin concesiones de la racionalidad, la intención pedagógica y el afán de contagiar el sentimiento de fraternidad que le mueve, son los mayores valores que he apreciado en todas y cada una de sus obras.

No tengo a Saramago por un autor entretenido, aunque sí ingenioso y hábil en la narración. No ha obtenido las herramientas de su arte en un ambiente diletante, en una familia o un medio intelectual o de clases ociosas, sino en contacto permanente con la dureza de su origen campesino, pobre y austero; quizá por eso no las usa en ejercicios más o menos frívolos destinados al entretenimiento o al divertimiento, sino que tienen el peso plúmbeo de aquellas destinadas a la formulación de las grandes verdades, y su misma contundencia.

Su otra gran virtud ha sido la coherencia de aquello que podíamos leer en sus escritos con su vida privada y pública. No ha existido causa de justicia de la que haya estado ausente. Después de alcanzar el Nobel, consciente del valor de sus actos y sus palabras, se ha prodigado hasta el último momento en acciones de solidaridad, sin hurtarse a ninguna pese a su edad y la fatiga de los años, ninguna concesión a la comodidad, ningún desliz hacia la contradición. Saramago fue un gran hombre, un santo laico.
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