28 oct. 2010

Economía de casino: los trucos.

La han llamado economía de casino. Esta es una demostración gráfica, para los no iniciados en tan ardua disciplina, que desvela sus misterios y sus trucos. Instalados en la crisis hace ya muchos meses, sólo nos queda llorar o reír, optamos por lo segundo de la mano de ATTAC, autores de este vídeo.

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26 oct. 2010

Instinto y razón

Si se nos pregunta por qué hemos actuado de una determinada manera o por qué opinamos de la forma que lo hacemos, somos capaces de desplegar argumentos cuya lógica nos convence a nosotros y esperamos convenza a quien interroga. Parecería que cada paso que damos se apoya en la razón, en una deducción impecable de lo que hay que hacer o pensar. Naturalmente los que actúan o piensa de otro modo, incluso contrario, se legitiman de la misma forma. Sin embargo, es muy probable que unos y otros no hayamos hecho uso de la razón más que para justificarnos a posteriori, desde luego no como paso previo al acto o a la formación del juicio. Sin duda la evolución nos ha dotado de herramientas no tanto para que actuemos razonablemente como para que podamos justificarnos, o autojustificarnos, con argumentos razonables. Quizá la cuestión prioritaria, instintiva y vital sea integrarnos en un grupo; la razón, con el uso de la lógica, tendrá la misión posterior de lavar la imagen y borrar las contradicciones que pueden chirriar en nuestra conciencia. Hay mucho de atávico en nuestro comportamiento cotidiano, mucho más de lo que somos capaces de reconocer.


Los psicólogos dicen que la toma de decisiones, la formación de juicios, se ven condicionados por multitud de prejuicios entre los cuales destacan el sesgo de confirmación, que es la tendencia a buscar o interpretar información de un modo que confirme nuestras propias preconcepciones; y el sesgo de disconformidad que cumpliría el objetivo contrario, induciéndonos a escudriñar críticamente la información cuando contradice a nuestras creencias. Según los últimos estudios la abundancia de información no los elimina, antes bien, hace que los afectados se confirmen más en ellos. Las gentes peor formadas son las más vulnerables a prejuicios de todo tipo y se aferran a ellos defendiéndose de una superinformación como la que ahora disfrutamos, o padecemos, porque no les es fácil discriminar en ella los elementos fiables; los más informados, los de formación más sofisticada, aunque tienen menos actitudes prejuiciosas, se resisten más a cambiar juicios ya formados, como aseguran Charles Talber y Milton Lodge. El resultado de estos estudios es descorazonador para quienes esperan hacer cambiar opiniones con sólo un discurso razonable, y muy digno de tener en cuenta para los que utilizan la propaganda, las técnicas publicitarias, con los mismos fines.


En los protocolos científicos se evita sistemáticamente el tirón del prejuicio, que saca del camino correcto, pero en la vida corriente estamos casi inermes. La política es su paraíso: aquellos a los que las urnas les han otorgado mando en plaza se apresuran a rodearse de asesores cuya misión no es profundizar en la duda, único modo de encontrar la verdad, sino confirmarlos en las creencias de que son portadores, de modo que en su toma de decisiones no se atisbe la mínima vacilación; los demás nos arrimamos a un grupo, puede que sólo por empatía, pero eso bastará para que nos resbalen los argumentos contrarios o justifiquemos y relativicemos las acciones chirriantes de los nuestros. En el affaire del alcalde de Valladolid propios y extraños han condenado sus palabras porque no cabía otra cosa, pero, sin excepción, los que se sienten próximos han templado su discurso con alguna justificación, algún atenuante, o la han relativizado recordando casos análogos en el otro bando; por el contrario, aquellos lo han presentado en toda su desnudez para que se perciba con la máxima crudeza, si acaso destacando el silencio de la cúpula de su partido, lo que difunde la sospecha de complicidad, en todos los sentidos.


Los sesgos cognitivos, que estudian los científicos, son el color del cristal con que se mira, que decía el poeta; habrán tenido, o tendrán, una funcionalidad en nuestro devenir como especie, pero enturbian el conocimiento, traban un caminar limpio y racional. De la misma manera que hacemos un esfuerzo por controlar nuestras pulsiones instintivas, deberíamos esforzarnos más por limpiar nuestro pensamiento de las cataratas que lo enturbian: prejuicios o sesgos cognitivos, de los cuales he señalado dos, pero de los que existe una lista interminable a la que podéis acceder con sólo consultar Wikipedia.

19 oct. 2010

La lección francesa

En un artículo que publiqué con motivo de la huelga del 29S, me criticaba un comentarista que yo pusiera mis esperanzas en los sindicatos para la defensa de los intereses de aquellos ciudadanos que necesitamos de la solidaridad y de la acción conjunta para hacer valer nuestros derechos. Estoy convencido de que el derrotismo político y sindical que se respira en la izquierda española ha propiciado un desarme ciudadano que se manifiesta en una apatía generalizada, en un escepticismo suicida, que nos entrega inermes ante la agresión cada vez más descarada del capital y de la derecha que le sirve. Cuando hablo de la izquierda no me refiero a los partidos, sino más bien a la izquierda sociológica, a las gentes cuyos intereses no son los de los poderosos.

Las organizaciones sindicales son las que en Francia han comenzado, dirigido y protagonizado la lucha contra las medidas económicas (pálidas al lado de las que ya hemos sufrido nosotros), las que han iniciado todo un levantamiento ciudadano que lejos de amainar avanza cada día con una escalada mayor. La incorporación de los estudiantes, hasta ahora los de secundaria, lo ha revitalizado, y hoy el bloqueo del combustible amenaza con paralizar por completo al país. Lejos de criticar a los sindicatos la opinión pública francesa aprueba con más de un 70% sus acciones. Los partidos de izquierdas naturalmente no condenan el movimiento, pero su protagonismo es prácticamente nulo. Es la sociedad la que se mueve, y el elemento organizado y organizador, el sindicalismo.

Quizá Francia sea un país anticuado y su ciudadanía insensata: he oído a un político de izquierdas (nuestro) alabar la inmovilidad de los españoles ante la destrucción de conquistas sociales porque, según él, es la única actitud responsable ante lo ‘inevitable’; a la vez afeaba el mal comportamiento de los franceses, revueltos cara a su gobierno que los amenazó la mitad que el nuestro a nosotros. Otro de los comentaristas de mi post manifestaba su impaciencia porque la ‘generación de la Transición’ pasara pronto, con sus rancios planteamientos sindicales y políticos. Al parecer somos un lastre para los jóvenes que saben muy bien lo que hacer, o lo que no hacer. Quizá lleven razón ¡Acaso no hemos ganado, ayer mismo, el Mundial!

La mínima movilización del 29S fue motivo para que se desatara toda una tormenta de dicterios contra las organizaciones sindicales a las que se tildaba de parasitarias, se contó con lupa el número de liberados sindicales y se aseguró que su mayor actividad consistía en dormir la siesta o hacer turismo. Todo el mundo los criticaba, unos por convocar la huelga, otros por no haberlo hecho antes, todos porque las consideran fósiles que no representan a nadie. Sin embargo, ayer mismo el diario Público nos revelaba que la patronal mantiene a 8 empleados por cada delegado sindical y durante estos siete días los sindicatos franceses nos muestran lo que se puede hacer con una sociedad viva políticamente, imbuida de la dignidad del trabajo y del concepto de ciudadanía.

De momento en este Mundial los franceses nos dan sopas con honda.
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16 oct. 2010

La Economía para el hombre

¿Es la economía para el hombre o el hombre para la economía? Nadie con sentido común dudaría la respuesta; sin embargo, basta leer la prensa, las admoniciones de los banqueros, las exhortaciones y disculpas de los gobiernos, las declaraciones de infinitos, ilustres u oscuros economistas para que saquemos la conclusión de que la acertada es la que se deduce de la segunda parte de la pregunta. Los males que se anuncian, los sacrificios que se nos exigen tienen como objetivo la salud de la economía, que se manifestará en unas variables, PIB, IPC, Déficit…, ‘equilibradas’, aún a costa de la regresión en nuestro bienestar: menos renta, menos servicios, menos cobertura social, menos pensión, más trabajo.

Pronostican que la recuperación en Europa debe venir por el crecimiento de las exportaciones. Imposible que sea por el aumento de la demanda mientras suba o se mantenga el paro, se reduzcan los salarios y disminuya la inversión pública. De hecho en Alemania se ha presentado un repunte del PIB como consecuencia del aumento de las exportaciones, también en España se registra un ligero incremento de las ventas al exterior. ¿Qué porvenir tiene este movimiento? La demanda que lo ha generado proviene de los países emergentes (China, India, Brasil), que tienen elevados porcentajes de crecimiento pero en donde la renta y la protección del trabajo es mucho menor que en Europa ¿Cómo seguir colocando allí nuestros productos elaborados con costes mucho más elevados? Leo en los economistas del pronóstico antedicho que todo pasa por la localización de la producción en esos mismos países, único procedimiento para que se reduzcan los costes. Excelente conducta para los intereses del capital, pero nefasta para los ciudadanos que esperan la creación de puestos de trabajo, aquí y en buenas condiciones. En la UE se esperaba con ansiedad la recuperación alemana que debería ser la locomotora que arrastrara a los demás, sin embargo el leve crecimiento que se ha apuntado no ha tenido ese efecto ni parece que lo vaya a tener en el futuro inmediato porque no responde al crecimiento de la demanda interna sino a las exportaciones, como se ha dicho antes. La situación para el común de los alemanes sigue siendo mala, por la política restrictiva del gobierno conservador de la Sra. Merkel, igual que en España y en todas partes, donde se han impuesto (en el más duro sentido de la palabra) las recetas neoliberales.

Así volvemos al principio: puede que se produzca una recuperación, pero la sociedad se habrá segmentado más, el beneficio lo habrá acaparado el capital, y el paro y la pérdida de bienestar social permanecerán. ¿Es la economía para el hombre o el hombre para la economía? Pues parece que lo segundo.
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3 oct. 2010

Ahora las pensiones

La huelga general, que fue inevitable desde que se decidió la reforma laboral, ha pasado ya. Sindicatos y gobierno parecen satisfechos, los primeros porque han cumplido, el segundo porque la protesta no fue tan abrumadora como para hacerle cambiar de postura. Ahora a esperar el siguiente acto; en él el asalto a las pensiones parece tener todas las papeletas para el papel protagonista.

No voy a explicar por qué es malo ser viejo, el tema me deprime, pero sí habrá que reconocer que tiene algo bueno: se ha vivido mucho y uno puede identificar con facilidad las repeticiones que nos venden como novedades. En la crisis de los noventa sesudos economistas, algunos en el poder (Solbes entre ellos), nos empezaron a advertir de la inminente quiebra del sistema de pensiones. Había datos objetivos, demográficos, que lo hacía inevitable, eso decían. A la vez se fomentaban los fondos de pensiones privados, se les dio un tratamiento fiscal preferente y se les hizo desde los poderes públicos una promoción impagable. De aquella movida se benefició la banca, pero en absoluto los pensionistas, ya que el sistema público no se hundió ni muchísimo menos –todavía hoy, en medio de una crisis terrible, tiene un fondo de reserva record–, la inmensa mayoría de los que entonces, asustados por el futuro, abrieron algún fondo privado se encontraron al jubilarse con unos miles de euros, en el mejor de los casos, que puede que les diera para un viajecito con qué celebrar el acontecimiento; los que habían cotizado tanto como para obtener una cantidad sustanciosa que atendiera a las necesidades de la vejez, si había algunos, eran sólo aquellos a los que el sistema público les importaba un comino, por razones obvias. ¿Qué pasó? Entre otras cosas, que la evolución demográfica fue lo contrario de lo previsto y que la población activa creció más que nunca en el pasado. La verdad es que el análisis que se había hecho de las variables fue un desastre, quiero pensar que por incompetencia, porque otra explicación situaría a los “expertos” a un nivel ético deplorable, si no próximos al fraude o la prevaricación. De nuevo hoy nos quieren vender la misma moto, otra vez la amenaza demográfica y de quiebra del sistema ¿Se prepara el relanzamiento de fondos privados? En USA, donde el sistema público es inexistente, los fondos privados señorean el servicio y manejan capitales ingentes cuyos movimientos especulativos han tenido que ver con la crisis financiera y con el castigo que sufren las deudas soberanas de Grecia, Irlanda, Portugal, España…, al tiempo deja sin cobertura a las capas más bajas.

Como los “expertos” y el gobierno parecen no dar con la solución será bueno ofrecerles alternativas viables. Vicenç Navarro dice:

[…] El enorme crecimiento de las rentas en los sectores más pudientes de la población, que contribuyen a la Seguridad Social mucho menos que el trabajador normal y corriente -cuyo sueldo por hora ha ido disminuyendo- es una de las causas de la reducción de los ingresos al Estado y a la Seguridad Social (ver “Polarización Social y Pensiones”. Público. 16.09.10). Si tales sectores pagaran en términos progresivos, eliminando el tope de exclusión en su gravamen, los ingresos a la Seguridad Social aumentarían considerablemente. Ahora bien, los que tienen más poder político son los primeros, en lugar de los segundos, lo cual explica que estas alternativas ni siquiera se consideren y/o aparezcan en los medios.

Poco que añadir a la cuestión, pero mucho que pensar sobre ella, aunque, la verdad, a pocos nos ha llegado esta argumentación, no en balde la casi totalidad de la prensa milita ideológicamente en la derecha. La solución que parece estarse imponiendo entre los que han de decidir es la de situar la edad de jubilación en los 67 años. A este respecto, aparte otras críticas que puedan hacérse sobre su eficacia, habría que señalar que los que aportan una parte proporcional mayor de su salario, los perceptores de las rentas más bajas, tienen una esperanza de vida menor –exactamente los trabajadores no cualificados tienen en España diez años de vida menos que los profesionales o trabajadores de rentas elevadas– ¿Es de justicia obligar a unos a trabajar más años para pagar la jubilación de los que les sobrevivirán?

Se trata pues en todo este asunto de un problema de solidaridad, valor en baja, y consecuencia de la regresión sufrida en los últimos años con la polarización de la riqueza, mal en alza, que nos trajo la moda neoliberal.
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