26 oct. 2010

Instinto y razón

Si se nos pregunta por qué hemos actuado de una determinada manera o por qué opinamos de la forma que lo hacemos, somos capaces de desplegar argumentos cuya lógica nos convence a nosotros y esperamos convenza a quien interroga. Parecería que cada paso que damos se apoya en la razón, en una deducción impecable de lo que hay que hacer o pensar. Naturalmente los que actúan o piensa de otro modo, incluso contrario, se legitiman de la misma forma. Sin embargo, es muy probable que unos y otros no hayamos hecho uso de la razón más que para justificarnos a posteriori, desde luego no como paso previo al acto o a la formación del juicio. Sin duda la evolución nos ha dotado de herramientas no tanto para que actuemos razonablemente como para que podamos justificarnos, o autojustificarnos, con argumentos razonables. Quizá la cuestión prioritaria, instintiva y vital sea integrarnos en un grupo; la razón, con el uso de la lógica, tendrá la misión posterior de lavar la imagen y borrar las contradicciones que pueden chirriar en nuestra conciencia. Hay mucho de atávico en nuestro comportamiento cotidiano, mucho más de lo que somos capaces de reconocer.


Los psicólogos dicen que la toma de decisiones, la formación de juicios, se ven condicionados por multitud de prejuicios entre los cuales destacan el sesgo de confirmación, que es la tendencia a buscar o interpretar información de un modo que confirme nuestras propias preconcepciones; y el sesgo de disconformidad que cumpliría el objetivo contrario, induciéndonos a escudriñar críticamente la información cuando contradice a nuestras creencias. Según los últimos estudios la abundancia de información no los elimina, antes bien, hace que los afectados se confirmen más en ellos. Las gentes peor formadas son las más vulnerables a prejuicios de todo tipo y se aferran a ellos defendiéndose de una superinformación como la que ahora disfrutamos, o padecemos, porque no les es fácil discriminar en ella los elementos fiables; los más informados, los de formación más sofisticada, aunque tienen menos actitudes prejuiciosas, se resisten más a cambiar juicios ya formados, como aseguran Charles Talber y Milton Lodge. El resultado de estos estudios es descorazonador para quienes esperan hacer cambiar opiniones con sólo un discurso razonable, y muy digno de tener en cuenta para los que utilizan la propaganda, las técnicas publicitarias, con los mismos fines.


En los protocolos científicos se evita sistemáticamente el tirón del prejuicio, que saca del camino correcto, pero en la vida corriente estamos casi inermes. La política es su paraíso: aquellos a los que las urnas les han otorgado mando en plaza se apresuran a rodearse de asesores cuya misión no es profundizar en la duda, único modo de encontrar la verdad, sino confirmarlos en las creencias de que son portadores, de modo que en su toma de decisiones no se atisbe la mínima vacilación; los demás nos arrimamos a un grupo, puede que sólo por empatía, pero eso bastará para que nos resbalen los argumentos contrarios o justifiquemos y relativicemos las acciones chirriantes de los nuestros. En el affaire del alcalde de Valladolid propios y extraños han condenado sus palabras porque no cabía otra cosa, pero, sin excepción, los que se sienten próximos han templado su discurso con alguna justificación, algún atenuante, o la han relativizado recordando casos análogos en el otro bando; por el contrario, aquellos lo han presentado en toda su desnudez para que se perciba con la máxima crudeza, si acaso destacando el silencio de la cúpula de su partido, lo que difunde la sospecha de complicidad, en todos los sentidos.


Los sesgos cognitivos, que estudian los científicos, son el color del cristal con que se mira, que decía el poeta; habrán tenido, o tendrán, una funcionalidad en nuestro devenir como especie, pero enturbian el conocimiento, traban un caminar limpio y racional. De la misma manera que hacemos un esfuerzo por controlar nuestras pulsiones instintivas, deberíamos esforzarnos más por limpiar nuestro pensamiento de las cataratas que lo enturbian: prejuicios o sesgos cognitivos, de los cuales he señalado dos, pero de los que existe una lista interminable a la que podéis acceder con sólo consultar Wikipedia.

4 comentarios:

eclesiastes dijo...

pues si´.

jaramos.g dijo...

Puesto que se trata del "peligro" del sesgo subjetivo (huelgo decir también "interesado"), ¿crees tú, como yo, que la única manera de superar el subjetivismo, la visión irremediablemente "deformada" por cada retina humana... está en la confrontación de subjetividades (y de intereses), como condición inexcusable para la toma de decisiones? No otra cosa es la democracia. Para mí tengo que, incluso la investigación científica, al menos la sostenida con fondos públicos, debería estar sujeta a un cierto control democrático, con objeto de evitar sesgos malintencionados (o sea, que suponen provecho esconómico para fortunas ya suficientemente grandes). Excelente post, amigo A.R.C. Uno más. Saludos.

A. R. C. dijo...

ECLESIASTES. 'Lo bueno si breve...' Alguiern dirá que si califico de bueno tu comentario será por aquello del sesgo de confirmación, pede ser, pero siempre me agrada tu visita. Saludos.

A. R. C. dijo...

JARAMOS. Sin duda que la democracia es 'condición inexcusable', pero yo quería en este post hacer una llamada (lo hago con frecuencia en muchos temas) a la asunción de la responsabilidad individual. Que nunca está de más, porque cai siempre está de menos.
Respecto al control democrático de la investigación científica con fondos públicos, creo que ya se hace, lo que ocurre es que en una democracia representativa se ejerce, como es natural, de modo indirecto, mediante instituciones interpuestas. La democracia directa es imposible en nuestra sociedad y si alguien la tiene en mente, no será por demócrata, sino por padecer democratitis. Naturalmente estoy por el perfeccionamiento de todos los controles, faltaría más.
Gracias. Saludos.