25 feb. 2010

¿Adiós a Tartessos?

El hispanista alemán Schulten se entusiasmó con la idea de encontrar en la península ibérica una civilización perdida como ocurriera en Creta con la cultura minoica o con los trabajos de Schliemann que desenterraron Troya y confirmaron la historicidad parcial del mito homérico. Contaba con algunos mimbres extraídos de fuentes antiguas: Heródoto (S. V a.C), Avieno (S. IV d.C) y otros que hablaban de Tartesos o Tarsis, como de una civilización, ciudad o estado situado en el extremo occidente del mundo conocido, en aquel entonces un ámbito remoto, exótico y, por ello, acogedor de múltiples mitos (Atlántida, columnas de Hércules, las Hespérides…). La peculiaridad de las lenguas semíticas hizo que parecieran referencias a Tartesos cualesquiera topónimos cuya raíz consonántica fuera trs o trt, de modo que se han encontrado rastros escritos desde la Biblia hasta inscripciones fenicias en cualquier lugar del Mediterráneo. Shulten estaba convencido de que podía encontrar los restos arqueológicos de aquella civilización en el valle bajo del Guadalquivir y desplegó una enorme actividad para conseguirlo; pero lamentablemente los resultados no compensaron el esfuerzo, Tartessos nunca fue hallado. Sin embargo, hallazgos menores, pistas diversas, mantuvieron, alentaron y fueron consolidando durante años la tesis que sostenía la idea romántica de una civilización perdida, a la vez que reconfortaba el orgullo nacional, secreto pecado de la historia en todas partes.

En 1958 las obras que se realizaban en el tiro al pichón ubicado en el Carambolo, término de Camas, en la periferia de Sevilla sacaron a la luz un fabuloso tesoro de piezas de oro y de cerámica muy rica, que el catedrático Carriazo no dudó en vincularlo a Tartessos. Desde el principio hubo estudiosos que lo interpretaron como fenicio, pero la mayoría sostuvo la idea de que era tartésico, sin duda la más bella y estimulante. La emergencia de la autonomía andaluza en el marco del nuevo régimen democrático dio alas a esta interpretación que dotaba a la región de un pasado autóctono glorioso y lejanísimo (basta leer los textos usados en la educación secundaria). Durante largos años languidecieron ambas posturas hasta que la amenaza de la construcción de un hotel en la misma colina del yacimiento impulsó de nuevo los trabajos y la polémica. El resultado ha sido la confirmación de que lo hallado en el Carambolo son los restos de un gran santuario fenicio consagrado a Astarté(1); las piezas de orfebrería eran, unas, ornamentos sagrados que usaron los sacerdotes, otras, elementos para engalanar a los toros que se sacrificaban en el lugar después de procesionarlos; de todo ello quedan hoy pocas dudas. Si a esto se añaden las críticas crecientes y cada vez más sólidas de los investigadores de hoy a las afirmaciones de Schulten ¿qué nos queda de Tartessos?

El enorme prestigio del hispanista alemán permitió que sus ideas fueran aceptadas acríticamente por muchos historiadores o que fueran contempladas con exceso de benevolencia. No es el primer caso en la historiografía española: Leví Provençal, ante la ausencia de otras fuentes, pensó que la historiografía islámica (siglos X y XI ) era perfectamente válida para entender los orígenes de al-Andalus (S.VIII), despreciando sus inclinaciones fabuladoras y legendarias; la historiografía posterior siguió sus pasos hasta hoy, en que se está empezando a cuestionar todo el relato(2). Con una trascendencia menor, pero de modo similar parece haber ocurrido con Tartessos.
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1.- La burbuja inmobiliaria nos ha arruinado dos sueños: el de haber entrado en el club de los ricos como miembros permanentes, y el de que teníamos un pasado brillante y contemporáneo al de la antigua Grecia.
2.- GONZÁLEZ FERRÍN: Historia general de Al Andalus. Ed. Almuzara. Córdoba.

ILUSTRACIÓN: Astarté, imagen sedente con una inscripción fenicia a los pies hallada en el Carambolo.

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