21 ago. 2008

Agnósticos y ateos

En Opiniones de un payaso el nobel aleman Heinrich Böll hace decir a Schnier, su protagonista, a propósito de los ateos: “Me aburren porque siempre están hablando de Dios”. Bueno, cada uno tenemos nuestras propias fijaciones y la de los ateos es Dios, nadie podrá decir que no es una santa obsesión. A mí personalmente me atrae el asunto sobremanera, no tanto como para dedicarle un blog, hay muchos por ahí, pero sí para un post.

Existen dos palabras para designar a los que no creen en Dios: ateo y agnóstico. La primera es más antigua y se compone de la partícula negativa a y del término teos, dios. El segundo es de uso más reciente y etimológicamente implica la negación del conocimiento, expresa la imposibilidad de conocer. En un sentido estricto el ateo niega la existencia de Dios y el agnóstico la posibilidad de su conocimiento, con independencia de que exista o no, cuestión que deviene irrelevante si el conocimiento no lo puede alcanzar.

A mi siempre me pareció que agnóstico es un eufemismo. Con su uso hacemos más políticamente correcto el concepto, que, es una evidencia, produce un rechazo frontal y escandalizado por parte de mucha gente, para la que negar a Dios es, más que una opción, una blasfemia. Todos los esfuerzos que se hacen por distinguir una palabra de la otra intentando convencer de que designan conceptos diferentes, me parecen poco consistentes y a mi juicio sólo encierran un deseo de no herir o de hacer más aceptable el hecho incontrovertible de la negación de Dios, a la vez que se presenta una imagen propia con perfiles de moderación, pese a lo radical de la cuestión. Sin embargo, nada tengo en contra de quienes lo hacen, cada cual es muy dueño de definirse como mejor le plazca.

Lo que quisiera dejar claro es que el ateo no es un exaltado radical que lucha denodadamente por imponer sus ideas como con frecuencia se nos presenta, estableciendo incluso un paralelismo con los fundamentalismos religiosos de cualquier signo; como si el ateismo fuera a su vez una religión. Nada mas incierto.

La hipótesis de la existencia de Dios es, a la luz de la razón humana y del conocimiento científico contrastado hasta la fecha, sumamente improbable. Una posibilidad tan mínima –pocas teorías científicas pueden aportar el 100% de verosimilitud confirmada– permite su negación sin amenazar en absoluto lo razonable. Se puede alegar que mi primera afirmación es gratuita: evidentemente demostrar la inexistencia de un ser que se define como inmaterial es de todo punto imposible, pero sí se puede demostrar la falsedad de lo que los creyentes consideran sus manifestaciones, su obra. Sin entrar en detalle, es un hecho que, a lo largo de la historia, el conocimiento científico ha ido sustituyendo progresivamente explicaciones religiosas a la realidad entorno por teorías científicas –la evolución y el mecanismo del Universo, la formación de la vida, la evolución de las especies…– hasta dejar casi sin campo a las creencias religiosas, y el proceso está lejos de haber terminado; se puede colegir de ello que la explicación religiosa sólo ocupaba el espacio en donde faltaba una explicación científica, pero cuando esta surge, por el inevitable progreso cultural, desaparece aquella. No es pues una acción extremista la negación de Dios, sino una posición razonable.

La actitud militante que se percibe en el ateo, no en todos, y que para algunos es irritante o descalificadora, se debe al convencimiento, que aquellos tienen, de que la creencia en Dios no es benéfica, ni siquiera neutra, para la sociedad, sino que tiene efectos perniciosos. Al aceptarla minusvaloramos el pensamiento racional y el método científico, abriendo brechas a la superstición y a cualquier irracionalismo; admitimos una de las fuentes de confrontación social más activa y brutal de las que han existido, como se demuestra con un mínimo estudio de la historia, o análisis de la actualidad; permitimos la supervivencia de unas herramientas –la religión y las iglesias– de enorme capacidad de reacción que han constituido siempre un poderoso freno para cualquier forma de progreso.

Soy consciente de que no he hecho más que apuntar unas ideas, no pretendía otra cosa. Tampoco es posible extenderse demasiado en este formato, pero no descarto desarrollar alguna de ellas en el futuro.

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NOTA. El libro más agudo y completo que he leído al respecto, aunque su traducción deja que desear, es El espejismo de Dios de Richard DAWKINS, científico muy conocido por su obra El gen egoísta, auténtico best seller científico, y por la interesante teoría de los memes, que pretende explicar la evolución cultural, en la que los memes harían la función que ejercen los genes en la evolución natural.

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