11 oct. 2011

...no se meta en política

         «Haga Vd. lo que yo, no se meta en política» le decía Franco a uno de sus ministros, sin que hubiera ni asomo de cinismo en sus palabras. Estaba convencido de que su tarea era la ejecución de un mandato superior que no tenía alternativas, y el ministro no era otra cosa que un simple mandatario, de los que tenía que valerse porque él no podía abarcarlo todo. La política quedaba en su pobre mente de autócrata reducida a actividades de la especie de la conspiración. Su conciencia ya le había hecho el favor de disculparle que el origen de su poder fuera precisamente conspirativo, en esa confusión/coartada entre fines y medios, tan común, pero también tan útil, en espíritus educados en la tradicional hipocresía eclesial católica.

 En realidad la política sólo ha tenido un carácter noble en los sistemas democráticos, que, por otra parte, han ocupado una porción ínfima de los tiempos históricos y de la geografía planetaria. No es extraño que el vocablo siga teniendo en el fondo oscuro de nuestras conciencias resonancias malévolas, sugerencia de intrigas y maquinaciones. Hoy nadie es capaz de negar la política de forma abierta, salvo algún fósil cultural de la especie del dictador, pero sí podemos sufrir cualquiera el efecto de los vahos que llegan de lo profundo de nuestro subconsciente, haciéndolos cristalizar, ya que no en la propia actividad, sí en sus ejecutores.

La crítica a los políticos forma parte de la naturaleza de la democracia. Es un deber esencial de los ciudadanos y de los instrumentos de opinión. Sin ella no es concebible un sistema participativo. Ni siquiera tiene por qué reducirse a acciones concretas o a políticos individuales; es legítimo que se haga también sobre la condición de los políticos en general, su profesionalización o gremialización, comportamientos e inclinaciones comunes, etc. Pero, al fin y al cabo, los políticos no son ni peores ni mejores que el conjunto de sus conciudadanos, aunque puedan contraer vicios propios de la actividad, que nos parezcan odiosos. Y desde luego, dadas las complejidades de nuestras sociedades contemporáneas, sólo una ensoñación anarcoide puede hacernos pensar en su desaparición.

Los partidos, por su parte, nacieron espontáneamente con la libertad política. No podía ser de otro modo. Con el tiempo han evolucionado, de simples aglomerados de gentes con ideologías afines a instituciones normalizadas, más vertebrados interna y externamente, disciplinados, e incluso han sido mencionados y reglamentados en las cartas constitucionales. En ellos se elaboran los proyectos políticos y nacen las opciones electorales. La legislación y el uso que los ciudadanos hagan de los partidos podrán variar, pero es difícil imaginar un sistema participativo sin ellos porque son el elemento articulador. En las autocracias se sustituyen a los políticos electos por supuestos vicarios de poderes fantasmagóricos asistidos por una legión de subordinados, fieles servidores, no de la ciudadanía, sino del gran dictador; igualmente se prescinde de los partidos y en su lugar se utilizan (en las dictaduras reaccionarias), para crear la ilusión de la participación popular, instituciones históricas, sociales, religiosas, etc., cuyo control escapa al pueblo a la vez que relega al individuo (corporativismo o democracia orgánica).

No se advierte en horizonte alguno una alternativa a los partidos ni a los políticos, que preserve la democracia, las libertades y los derechos. Por eso es tan peligrosa la descalificación sistemática e indiscriminada. Algunos observamos con alarma cómo se generaliza entre los jóvenes y afectados por la crisis, lo que en cierto modo es lógico, pero también en otros sectores y, últimamente, entre intelectuales y comentaristas, que se hacen eco del lamento general y lo amplifican, no se sabe bien si por estar en la onda o por convencimiento sincero y, la verdad, no sé que será peor. Con tales discursos creamos calzadas triunfales para los políticos que se presentan en escena negando la política, caso de Franco, pero también de otros líderes del fascismo mundial (de trágica memoria), o de algunos contemporáneos, caso de Berlusconi (variedad burlesca), o de nuestro Gil (versión casposa, tan querida por algunos compatriotas) y algunos otros que acaban de asomar en la palestra. Todos ellos partieron de un escenario de profundo descrédito de la política y de los políticos en su ámbito, nacional o local.

Si no me dan crédito a mí seguramente harán bien. Pregunten a la historia.


2 comentarios:

jaramos.g dijo...

Chapeau. Ahora "quiero" un artículo sobre el funcionamiento y la vida interna de los partidos. Gracias de antemano. Salud(os).

Juliana Luisa dijo...

Muy bueno. Debe,ps hacer todo lo posible por fortalecer la democracia; en la medida que la fortalezcamos estaremos haciendo que los políticos cumplan con su obligación.