18 oct. 2011

Reflexiones sobre la democracia (8). Los partidos


En la antigua democracia ateniense ya existieron partidos, a pesar de que era una democracia directa. Los generaron los intereses de clase y los lideraron aristócratas como Pericles o Nicias y plebeyos como Cleón (artesano curtidor), en defensa de sus grupos respectivos. De la Roma republicana, con una democracia más discutible, pero con elecciones para magistraturas decisivas, recordamos la confrontación entre Mario (intereses populares) y Sila líder de la aristocracia senatorial; las luchas y la tragedia de los Graco, líderes del partido popular; la elevación de Cesar al poder en virtud de sus éxitos militares y el populismo y su asesinato por una coalición aristocrática. La literatura y la historiografía tradicional nos han presentado las luchas políticas de la antigüedad como el resultado de ambiciones personales y pasiones humanas individuales; sin embargo, como siempre y en todas partes, lo fundamental son el juego de intereses de grupo o de clase, que obviamente genera partidos. Sin embargo, su falta de articulación y normalización en el sistema propiciaba el recurso a la violencia.

En tiempos modernos los partidos se remontan al XVII británico en el que dos revoluciones sucesivas asentaron el parlamentarismo como sistema político. Aquellos representantes defensores de la monarquía y los principios aristocráticos, nítidamente conservadores, cuando no claramente reaccionarios, casi siempre propietarios agrícolas, comenzaron a ser llamados torys, mientras que los que pertenecían a las clases medias, relacionados con la industria y el comercio, más partidarios de las ideas liberales que se abrían paso en ese momento, recibieron el nombre de wihgs (ambos apelativos muy insultantes: bandoleros y cuatreros respectivamente). Pero en realidad casi no se puede hablar de partidos hasta la reforma electoral de 1832 que amplió el derecho al voto y racionalizó el sistema de distritos.

Los “padres fundadores” en la joven y novedosa democracia americana estuvieron muy preocupados por la separación de poderes y las libertades individuales, pero los partidos (facciones era la expresión usada) les inspiraban recelo por estimar que introducían división en la sociedad, a la que contemplaban utópicamente como un bloque; sin embargo, aún sin quererlo, fueron ellos mismos los inspiradores de las dos tendencias que cristalizarían en republicanos y demócratas. No podía ser de otro modo.

En el continente europeo el foco fue la Francia revolucionaria a finales del XVIII. Los diputados del tercer estado (representantes el pueblo) acostumbraron a reunirse en diversos locales (lo que dio nombre a algunos: jacobinos) y según su procedencia geográfica (lo que sirvió para denominar a otros: girondinos), para adoptar decisiones comunes y potenciarlas en la Asamblea Nacional. Pronto las diferencias ideológicas se impusieron sobre las territoriales y en la Asamblea acostumbraron a sentarse juntos los afines, unos a la derecha del presidente, otros a la izquierda, por lo que estos vocablos se incorporaron al léxico político. Los teóricos de la revolución (Montesquieu, Rousseau…) no previeron el papel de las facciones en la vida parlamentaria, pero lo cierto es que allí donde se establecía una cámara de representantes surgían en su seno espontáneamente los partidos. En España, en las Cortes de Cádiz, se enfrentaron realistas (serviles) y liberales (1812), después moderados y progresistas, de los que se segregarían los demócratas (1869) y de estos los republicanos.

Todos ellos eran agrupaciones de notables con nula disciplina interna y sin encaje normativo con el sistema, pero eran útiles como creadores de opinión y plataforma electoral de sus miembros distinguidos. Su incidencia en el conjunto social era escasa como consecuencia de la restricción del derecho a elegir y ser elegido, que con variaciones se limitaba a los propietarios y gentes ilustradas. Los partidos de masas propios del S.XX aparecen con el sufragio universal. Una vez más la necesidad crea el miembro, pero ahora tienen origen exógeno, es decir, nacen fuera del parlamento con semilla que procede de movimientos o instituciones extraparlamentarias: el labour party es una criatura de los sindicatos británicos como las democracias cristianas lo son del Vaticano. El movimiento obrero, el más decidido impulsor del sufragio universal, se mostró especialmente activo y creativo en el diseño de nuevos instrumentos políticos: la SPD (Partido Socialdemócrata de Alemania) se convirtió en el modelo de partido de masas y fuerte disciplina, con movimientos e instituciones paralelas (secciones juveniles, casas del pueblo, etc.) encaminados a influir en la sociedad entera no sólo en el parlamento. El leninismo dio un paso más con un partido de revolucionarios profesionales (bolchevique), constituido en “vanguardia del proletariado” con la misión de derribar el sistema capitalista, que ejerció extraordinaria influencia por imitación y autoproyección (Komintern) en todos los movimientos revolucionarios radicales, pero también por reacción inspiró a la extrema derecha (nazismo, fascismo). Todos los partidos de masas se vieron, de una u otra manera, influidos por estos modelos introduciendo la disciplina interna y parlamentaria, la elaboración de programas máximos y mínimos y la creación de movimientos paralelos. La excepción fue EE.UU. en donde, bien por la pervivencia de un individualismo extremo en su idiosincrasia nacional, bien por la estructura decimonónica que conserva su sistema político, los partidos republicano y demócrata no han dejado de ser plataformas electorales, cuyos staffs son incapaces de imponer disciplina de voto a sus senadores o diputados o de elaborar un programa de partido.

«Poco a poco, sin embargo, el desarrollo económico y los avances tecnológicos fueron modificando la estructura clásica de las sociedades europeas, diluyendo las rígidas fronteras de clase y multiplicando los niveles de estratificación horizontal. En conjunción con el desarrollo de los medios masivos de comunicación, esta transformación fue produciendo el debilitamiento de las identidades subculturales, homogeneizando internamente a las sociedades nacionales […]. En consecuencia, los partidos debieron acoplar sus estrategias de acumulación a las nuevas condiciones, que exigían una reducción de la pureza doctrinaria para ampliar la base de apoyo…». Lo dice A. Malamud y podemos suscribirlo sin reservas. La pérdida de las identidades de clase ha diluido las fronteras doctrinarias y los partidos se disputan ahora los mismos sectores del electorado, de ahí su tendencia a situarse en el centro. La supuesta traición de la izquierda ¿no será acaso la difuminación de su base social?

La irritación contra los partidos, especialmente en la izquierda, tiene que ver con la confusión que genera esta transformación, que no nace de una traición de los políticos, ni mejores ni peores que siempre, sino de la evolución social que ha producido desajustes, a los que no acabamos de dar solución.

3 comentarios:

Mark de Zabaleta dijo...

Muy buen artículo. Quizás la moraleja sea la famosa frase de Marx "El motor de la historia es la lucha de clases"...para llegar a los partidos?

Saludos
Mark de Zabaleta

jaramos.g dijo...

Creo que la falta de democracia interna en los partidos es un peligrosísimo virus para la democracia. Al final, el poder está en las manos de unos pocos. Ahora, en el momento de hacer las listas, se percibe clarísimamente. Gracias por tu excelente artículo, Arcadio. Salud(OS).

Juliana Luisa dijo...

He aprendido mucho. Muchas gracias. No estoy de acuerdo con la "disciplina de partido", me suena a voto de castidad, y no me gusta, creo que no es bueno en una democracia.