9 nov. 2011

Cambios

           Crisis financiera, crisis económica, crisis social y crisis política es la secuencia, nada novedosa, de los acontecimientos de estos años. No hay trance económico de envergadura que no desemboque en alteraciones sociales y políticas. Eso nos enseña la historia. Las sociedades tienen trabados de tal modo estos diferentes aspectos de la convivencia que no es posible tocar a uno sin que se resientan los demás. Se puede discrepar sobre cuál de ellos constituye el cimiento, pero todos podemos aceptar que forman parte del mismo edificio.
Los acontecimientos políticos últimos lo confirman: cambio en Portugal, caída de Papandreu, crisis en Italia donde se tambalea Berlusconi, elecciones anticipadas en España, eso sin contar sucesos anteriores como los cambios de gobierno en Reino Unido, Islandia, Irlanda, etc. Con todo, esto no son sino los efectos en la epidermis del cuerpo político, la convulsión real es más profunda y prolongará la inestabilidad y agravará las consecuencias. Ayer en El País Ignacio Sotelo habla del agotamiento del ciclo de la transición en España, enmarcándolo en la secuencia histórica de los dos últimos siglos y en la crisis económica. Merece la pena leerlo.

Ciertamente, algunos signos parecen confirmar esta hipótesis. Uno de ellos es el peligroso nivel que ha alcanzado el problema territorial. A algunos nos parece que el desarrollo del Estado de las Autonomías ha llegado a un callejón sin salida. Los trucos para sortear obstáculos y disimular deslices, los agravios, las frustraciones y los excesos se han ido acumulando para llegar a convertirse en un pesado lastre que amenaza con romper definitivamente un consenso que nació ya deshilachado. En estas circunstancias ningún caldo de cultivo es mejor para la ruptura que la crisis económica. Lo que se insinúa como inevitable es que la próxima legislatura tendrá este asunto como protagonista principal, y lo que sorprende extraordinariamente es que ni Rajoy ni Rubalcaba lo tocaran en el debate. Como si no existiera. La incomodidad que sienten ante la cuestión les ha empujado a ignorarlo, y si ninguno de los dos grandes partidos es capaz de afrontarlo ¿cómo se puede esperar su remedio? No lo habrá, es un problema enquistado para el que el actual sistema no tiene solución.

Un signo de agotamiento del ciclo, como lo es también el enajenamiento de la acción política y de los políticos. Apunta ya la segunda generación tras la Transición, que muestra una total indiferencia cuando no desprecio por aquello que se consideraron logros extraordinarios. Toda la arquitectura política que entonces se edificó está siendo puesta en cuestión, desmitificando o rebajando sus pretendidas excelencias. Lo lamentable del asunto es que la demolición se hace con la piqueta libertaria y anarcoide del nihilismo político, no hay proyecto alternativo. Pero esa es otra cuestión. El ciclo de la Restauración (ver el artículo de I. Sotelo) terminó en una larga crisis que tiene en sus comienzos el golpe de Primo de Rivera y en su final el de los militares del 36, para cuya justificación (la de ambos) la opinión pública había entregado en bandeja un descomunal desprestigio de la política y de los políticos. La historia no se repite, pero las condiciones que terminaron con el régimen parlamentario decimonónico, primero, y el proyecto democrático republicano después, son semejantes a las actuales en lo que a estimación de la política se refiere. Deducir de ello una erosión catastrófica del sistema, acelerada por la situación económica, no parece descabellado.

El turno de partidos, derecha (UCD, PP) centro izquierda (PSOE), puede haber concluido si el resultado de las elecciones a Cortes Generales se decanta con decisión hacia la derecha, como en las territoriales y locales. Con ello se habría liquidado otro de los fundamentos del sistema heredado de la Transición.

Atasco autonómico, desprestigio radical del sistema y de los políticos, ruptura del mecanismo de turno partidario… Demasiadas averías para que siga funcionando la máquina, a la que, además, se ha cambiado el lubricante del bienestar por la arena y las piedras de la crisis.

1 comentario:

Mark de Zabaleta dijo...

Excelente artículo. Sabes presentar un tema "delicado" de forma verdaderamente interesante !

Un cordial saludo
Mark de Zabaleta