1 jul. 2013

Zapatero a tus zapatos

Hay movilidad social cuando los grupos no son impermeables y es posible ascender desde capas inferiores a otras superiores. La sociedad de castas representa el modelo más rígido. En ellas las diferencias sociales están marcados por rasgos étnicos o de otro tipo muy visible y el paso de una casta a otra es imposible: lo consagra la religión (hinduismo), lo imposibilita la costumbre y hasta lo prohíbe la ley. En el mundo occidental el sistema estamental de origen medieval era más permeable, pero las diferencias residían en la sangre y el origen. Fue desbancado por el ascenso del capitalismo y la sociedad burguesa que estableció un sistema de clases.

Las clases sólo se diferencian por el nivel de la renta y no deben comportarse como compartimentos estancos; sin embargo, la convivencia de modelos crea situaciones poco claras. En el XIX la coexistencia de los antiguos estamentos con las clases modernas era la norma. La novela de la época (Balzac, Proust) aporta testimonios excelentes, mientras que la persistencia de la esclavitud o de minorías étnicas (gitanos) proporciona otro sobre la anormal persistencia de castas. Las mentalidades reflejan esta mezcla con una confusión de valores. Siempre el ascenso social tuvo mala imagen y se identificó con el arribismo y con comportamientos asociales.


Después de la acción del movimiento obrero y el ascenso del socialismo a lo largo del XX ha calado en la sociedad una ética igualitaria que condena las trabas con las que se pueden encontrar los individuos en sus carreras personales debido a su origen. Incluso en los medios más conservadores se ha elaborado un discurso que pretende desarmar cualquier recurso (en la teoría y en la práctica) a la lucha de clases, afirmando, con aires de buena nueva, que ya no existen contradicciones de esa índole. Nadie defiende hoy, al menos públicamente, algún tipo de privilegios de clase. Todos admitirán, algunos a regañadientes, que el progreso consiste en un camino hacia la igualdad (de oportunidades, se apresurarán a puntualizar muchos).

El debate sobre las becas, al que nos ha conducido el ministro Wert, está mostrando el verdadero rostro de las mal llamadas reformas, que se empeñan en retrotraernos un par de generaciones. La dificultad de acceso a las ayudas que pretende imponer Educación se justifica porque es dinero público, dicen, y es por tanto lícito exigir un determinado rendimiento a los beneficiarios. Incluso se ha utilizado sin recato el argumento cínico de que no es justo que los pobres paguen con sus impuestos la universidad y encima tengan que poner el suplemento para unas becas sin más exigencia que la renta (¡!). Ayer mismo pudimos oír al ministro decir: «Los recursos escasos no deben ser distribuidos como limosna sino como contribuciones con justa correspondencia» (sic).

El despliegue de demagogia, hipocresía, y cinismo dando la vuelta a los argumentos para que parezca que proceden de una sensibilidad social ante la que la izquierda o el progresismo es ciego, es escandalosa y desmesurada. Muestra las habilidades sofísticas del ministro, pero sólo puede engañar a los bobos, que algunos hay, por supuesto.

No existe un instrumento de mayor eficacia para el ascenso social que la educación. Mediante la formación los hijos de obreros, campesinos y empleados pueden entrar en profesiones más prestigiadas, emprender negocios con buenas perspectivas, aspirar a empleos de alta cualificación; en definitiva, romper los límites que imponía su origen de clase. El mejor ascensor social es la enseñanza a condición de que sea libre, universal y gratuita.

El franquismo nos legó un sistema mayoritariamente público, no precisamente por su sensibilidad democrática, sino por la hipertrofia del Estado que caracteriza a los fascismos. La democracia posterior le aportó sensibilidad social: obligatoriedad hasta los 16 años, gratuidad progresiva, ampliación del sistema de becas y supresión de exigencias académicas para su concesión, proliferación de centros de todos los niveles, incluido el universitario, sin excluir la dignificación económica del profesorado. Pero por diversas razones cedió ante el modelo mixto accediendo a subencionar parte de la privada, dando así oxígeno y armas para medrar en el sector a la iglesia.

El mismo ministro que ahora suprime la Educación para la ciudadanía y establece la presencia de la religión en el currículo (profesores y contenidos controlados por la iglesia) pone llave al ascensor. Que no se preocupen los que no puedan estudiar por causa de las nuevas exigencias porque de ellos será el reino de los cielos. Las clases entre las que se mueve el ministro, y a las que el gobierno debe fidelidad, se conforman con los áticos. Si las más populares tienen los bajos y en la otra vida los cielos ¿Para qué el ascensor?
  
El hijo del panadero que aspire a ser panadero, mejor que su padre, eso sí, pero que deje de soñar con la arquitectura o la abogacía del estado, que así sólo engordamos el fracaso escolar. Zapatero a tus zapatos.