26 jun. 2013

El estado en declive o el ascenso de la nueva religión

Desde que se consolidaron las estructuras de los estados territoriales o nacionales que definen el paisaje político actual, cualquier análisis, político, cultural, social, histórico,  económico, se hace siempre con referencia al estado. Incluso en aquellos textos de historia que incorporan a su título el calificativo de universal o general la narración no puede evitar la referencia constante a los estados, cuando no estructuran su contenido en función de ellos.


Históricamente el marco estatal supuso un avance considerable al superar las relaciones personales de fidelidad, vasallo/señor, y la patrimonialización de lo común en manos de las dinastías reinantes. Conforme se iban consolidando las nuevas estructuras se debilitaban las viejas y las clases que se disputaban la hegemonía social pugnaron por apropiárselo en su beneficio. En el XIX era evidente que la disputa se había resuelto a favor de la burguesía que practicaba credos de economía de mercado, según permitían las circunstancias.

El nuevo régimen, que adoptó eslóganes de libertad, igualdad y fraternidad, destilaba desde su más temprana instalación nuevas contradicciones: la explotación del proletariado, en cuyas manos descansaba el novedoso sistema productivo de hegemonía industrial; con el agravante de que los viejos paliativos ideológicos (el mensaje religioso y su secuela la  manipulación clerical) tenían dificultado el acceso a las conciencias de los nuevos productores.

Puesto que los explotadores usaban el marco estatal y sus instrumentos legislativos, jurídicos y ejecutivos para consolidar su dominio, los explotados denunciaron el estado como fuente de su sujeción y proclamaron el internacionalismo como arma de liberación (no sospechaban que la globalización, como se llama ahora, también ocultaba sorpresas y contradiciones). El siglo XX sólo se puede entender si se estudia desde el laberinto de la agitación social y la pugna política y bélica que generaron todas estas contradicciones de apariencia y manifestación multiforme.

Distinguimos el bosque desde la lejanía pero al acercarnos sólo vemos árboles. Los detalles nos hurtan el conjunto. Lo cierto es que de todos los elementos puestos en juego en el S.XX, el estado parece haber sido duramente afectado; la clase que protagonizara los primeros episodios de la revolución, el proletariado, se ha difuminado, perdiendo su conciencia, casi su esencia y siendo sustituido por un “lumpen” multinacional, multiétnico y multicultural por completo indefenso ante las remozadas técnicas de explotación; el estado hegemónico del sistema desde la 2ª GM, USA, parece apagarse tras la brusca desaparición de su oponente, la URSS y, con ellos, difuminarse la actual estructura geopolítica, que evoluciona hacia la multipolaridad; la ciencia y el conocimiento racional pueden haber sido dañados en su prestigio, quizá por el servicio prestado a la destrucción bélica y por acompañar al colonialismo explotador y, en ocasiones, genocida,  por lo que en contrapartida apunta claramente  un renacimiento y endurecimiento de la superstición cristiana e islámica…

Queda en pie, incólume, el mercado, que se rearma ideológicamente y conquista sin cesar nuevos espacios, arrebatados fundamentalmente al estado al que amenaza sustituir. De hecho el nombre, glorioso en otro tiempo, de las naciones es ahora una marca; su prestigio depende de su deuda; su fuerza del PIB; sus perspectivas de futuro de la tasa de productividad… Todas sus funciones y servicios se mercantilizan: las comunicaciones, los transportes, la sanidad, la enseñanza, el correo, la energía… les seguirá la seguridad, la defensa, la justicia, la moneda. Nada fuera del control del mercado. Del estado sólo quedarán girones asidos al flotador del folclore, como ocurre hoy con las monarquías parlamentarias respecto del Antiguo Régimen. Seguramente se seguirá hablando del estado y desde el estado durante algunas generaciones, pero se le habrá vaciado de contenido mucho tiempo antes.

Tanto la crisis como los casos de corrupción nos muestran estas tendencias como una radiografía lo hace con los traumas en nuestro esqueleto. En el lamentable caso de los ERE de Andalucía, que se suponían una acción sindical con intervención estatal para la protección de los trabajadores cuyas empresas habían cerrado, la mayor parte de los desvíos de fondos públicos acabaron en aseguradoras y despachos jurídicos. ¿Para qué las aseguradoras? ¿No tienen los sindicatos y patronal gabinetes jurídicos especializados? Da la impresión de que era imposible el acuerdo sin pagar tributo al mercado. El caso Gurtel/Bárcenas ha puesto de manifiesto que toda una generación de dirigentes del PP con funciones ejecutivas en los gobiernos de la nación recibió regularmente sueldos de empresas, que sumaban con la mayor naturalidad a sus remuneraciones oficiales. Puesto que las entidades donantes se relacionaban todas con la construcción ¿se entiende ahora la burbuja?

 Muestras evidentes de intromisión flagrante del mercado en la gestión del estado.

Por primera vez las nuevas clases hegemónicas, crecientemente apátridas y nómadas en un mundo globalizado, se sienten con fuerza para prescindir del estado, que ha devenido una estructura obsoleta más útil para la defensa de los derechos en retirada de las clases subalternas que para el “nuevo progreso”.

Los caracteres del mundo de la mitad del XXI se están escribiendo ahora ¿Sabremos leerlos con provecho?


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