11 jun. 2013

La coartada demográfica


Las medidas de porte ideológico se aceptan más fácilmente si se presentan apoyadas en supuestos datos científicos. Con frecuencia la política social ha encontrado en presuntas amenazas demográficas la coartada perfecta.

1) En los años 30 del pasado siglo las voces que auguraban la inminente despoblación de Occidente a causa del descenso de la natalidad por la aparición de la tercera fase de la transición demográfica permitió la puesta en marcha de políticas natalistas extremas justificadas por las corrientes de autarquía económica que se pusieron de moda y que formaron parte del núcleo de los idearios fascistas, de corte ultranacionalista. 


2) En la década de los sesenta, cerrándose el ciclo de la descolonización, un nuevo temor invadió las mentes bienpensantes del mundo “civilizado”: la explosión demográfica en el Tercer Mundo (la segunda fase de la transición, descenso de la mortalidad cuando aún está alta la natalidad, había llegado a los países subdesarrollados). La amenaza al dominio tranquilo de los excolonizadores hizo nacer un neomaltusianismo que difundió políticas antinatalistas por todos los rincones del mundo:

Se extiende la pobreza y se concentra la riqueza en esta región que cuenta con inmensas legiones de brazos caídos que se multiplican sin descanso. Nuevas fábricas se instalan en los polos privilegiados de desarrollo -Sao Paulo, Buenos Aires, la ciudad de México- pero menos mano de obra se necesita cada vez. El sistema no ha previsto esta pequeña molestia: lo que sobra es gente. Y la gente se reproduce. Se hace el amor con entusiasmo y sin precauciones. Cada vez queda más gente a la vera del camino, sin trabajo en el campo, donde el latifundio reina con sus gigantescos eriales, y sin trabajo en la ciudad, donde reinan las máquinas: el sistema vomita hombres. Las misiones norteamericanas esterilizan masivamente mujeres y siembran píldoras, diafragmas, espirales, preservativos y almanaques marcados, pero cosechan niños; porfiadamente, los niños latinoamericanos continúan naciendo, reivindicando su derecho natural a obtener un sitio bajo el sol en estas tierras espléndidas que podrían brindar a todos lo que a casi todos niegan.
         Eduardo Galeano: “Las venas abiertas de América Latina”.

3) Con los 80 la reacción ultraconservadora de Reagan clausuro bruscamente el protagonismo americano en la “misión” antinatalista, a la vez que comenzaba un nuevo ciclo de previsión apocalíptica: el envejecimiento de la población por causa del aumento de la esperanza de vida. ¿Qué sería de los sistemas de pensiones tutelados y financiados desde el Estado cuando el número de viejos iguale o supere al de activos? Afortunadamente (Dios aprieta pero no ahoga) nos hemos dado cuenta justo en el momento en que el neoliberalismo triunfante lucha a brazo partido por liberar al Estado de "cargas innecesarias" y convertir en responsabilidades individuales lo que había alcanzado el estatus de derecho ciudadano. Pues, manos a la obra, sustituyamos de una vez por todas la ruina de lo público por la eficacia de lo privado.

En los tres casos la demografía ha servido, no como la información necesaria para la puesta en marcha de una política progresiva, sino como coartada que justifique políticas siempre reaccionarias. Nunca las medidas adoptadas dieron resultado, simplemente la demografía marchó por otros caminos. En todos los casos se han tenido en cuenta proyecciones a futuro considerando la variable del crecimiento pero congelando los demás factores, de forma que el resultado sólo puede ser apocalíptico... y por supuesto improbable. Los demógrafos aceptan que de continuar las tasas de natalidad y mortalidad en el punto en que están hoy el resultado será un envejecimiento notable de la pirámide poblacional, pero ¿quién dice que eso va a ocurrir, porque jamás han permanecido invariables? ¿Por qué no se tiene en cuenta el factor inmigración que ya retrasó una vez el anunciado apocalipsis e incluso alteró la natalidad? ¿Qué pasa con el aumento de la productividad que está creciendo a más velocidad de lo que nunca lo ha hecho, o es que sólo debe servir para incrementar los beneficios del capital? Etc., etc.

Ocurre que las proyecciones de los demógrafos pasan, sin más, a ser interpretadas por los economistas a sueldo del sistema sin esperar a que las expliquen los verdaderos expertos, sus creadores. Primero la ideología y después ya buscaremos una coartada con apariencia científica. En el caso de la reforma de las pensiones, la evolución demográfica, como ya ocurriera en los anteriores, viene al pelo y proporciona argumentos con la solidez y empaque de lo aparentemente inamovible; aunque, como la experiencia nos demuestra, sean tan falaces como siempre.

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