21 jun. 2013

El estado del malestar

Hay un movimiento ciudadano que se llama así. Hay blogs con ese nombre. No extraña la proliferación porque es la cruz de aquel Estado del bienestar que se diluye a pasos de gigante, en la práctica de algunos o en la esperanza de muchos. Verbalización de un estado de ánimo político que emerge en las “primaveras” y movimientos de “indignados” que se extienden por ambos hemisferios y amenazan con convertirse en un fenómeno global.

Comenzaron siendo sucesos propios del mundo islámico en busca de sistemas democráticos, aunque sólo cuajó en aquellos países con regímenes laicos que habían “modernizado” ya, hace décadas, las estructuras sociales respectivas desde revoluciones “occidentalizadoras”, obviamente malogradas. Por la presunta esperanza democrática que encerraban (¿de nuevo defraudada?) se ganaron el apelativo de “primaveras”, emulando aquella de Praga, en la onda del 68, también abortada.

En la Europa de la debacle económica pesó más lo que se perdía que la esperanza de lo que se ganaría, y enarbolaron el vocablo que mejor recogía ese sentimiento: indignación. Enlazaron con aquellas de la otra orilla del Mediterráneo utilizando las mismas tácticas de protesta urbana: ocupación pacífica de espacios públicos con fuerte contenido simbólico. También reclamaban la democracia pero, como nacían en ámbitos con prácticas democráticas consolidadas, exigían una democracia real (verdadera), coligiendo que la real (existente) es una farsa.

Al extenderse a países en donde no sólo hay una práctica democrática, por mejorable que sea, sino también una sólida esperanza de progreso, Turquía y Brasil, hemos quedado desconcertados sin saber si cuadra mejor la “indignación” o la “primavera”, o ninguna de las dos. Los turcos parecían haber conseguido una convivencia entre islamismo y democracia y su gobierno caminaba hacía un liderazgo en el Próximo Oriente con las espaldas apoyadas en la OTAN y, todo eso, sin mayores problemas económicos; la decepción europea había sido mitigada por las tribulaciones económicas de la UE. Brasil ha sido evaluado una y otra vez como un país emergente, llamado a convertirse en uno de los centros de la multipolaridad que se anuncia para la geopolítica del futuro inmediato. La “revolución” protagonizada por Lula aparentaba haber sentado las bases de un progreso basado en premisas más igualitarias de lo que este gigante de la demografía, la geografía y la injusticia social, nos tenía acostumbrados. O eso nos parecía.

Los movimientos de protesta tienen una considerable capacidad de contagio: 1830, 1848… 1968. Oleadas, de muy diferente envergadura, pero que recorrieron Europa, o el Mundo si nos situamos en el S. XX, a pesar de que los medios de comunicación no tenían ni sombra de la inmediatez y omnipresencia de hoy ¿Estamos en una de esas ondas de protestas generalizada cuyas causas profundas y capacidad de innovación no será posible dilucidar hasta pasadas unas décadas? Posiblemente.

Lo cierto es que, con mayor o menor esperanza en el futuro, existe la sensación generalizada de fin de etapa. De haber llegado a un “cul de sac” o callejón sin salida, que requiere dar la vuelta y ensayar nuevos caminos. Sensación que evidentemente compartimos aquellos que soportan autocracias de cualquier tipo o los que disfrutamos democracias más o menos “reales”, los que padecemos un desarmante declive económico o los que escuchan las nuevas, difíciles de creer, del brillante futuro que les está reservado.

Por todas partes lo que predomina es un difuso, pero muy bien percibido, estado de malestar.



2 comentarios:

Mark de Zabaleta dijo...

Un extraordinario artículo...La Historia siempre se repite!

Saludos

jaramos.g dijo...

Estas revoluciones pequeñitas, sin mecha y sin polvora casi, me recuerdan la situación del que se quita todos los días de fumar. Salud(os).