Leo en José Mª Ridao
que cuando la nación se convierte en un dios la historia sustituye a la
teología. En efecto, para que el mito se revista de unos mínimos ropajes de
racionalidad requiere de un discurso que utilice apariencia científica. Hay que
entender, sin embargo, que la historia es algo mucho más modesto (en el sentido
de más terrenal). Decía Marguerite Yourcenar: «[La historia] no se hace cuando
se produce, sino siempre después, no pasa sino que se fabrica, no sucede sino
que es algo que se inventa una vez que haya sucedido. Así que la historia es la
forma que luego damos a lo que pasó, no exactamente aquello que pasó y que
cuando pasaba pocas veces parecía ser historia». En definitiva, una construcción
contemporánea del pasado, de la que la contemporaneidad es siempre parte
indeleble. Convertida en ciencia sagrada la historia solo sirve como arma: arma
defensiva a la que recurrieron insistentemente los diputados en Cádiz en 1812,
justificando cualquier propuesta revolucionaria con supuestos antecedentes
hallados en el pasado de los reinos hispánicos; arma ofensiva que blandían con
furia los ‘apostólicos’ seguidores
de D. Carlos en las guerras que trataron de cerrar el paso a la modernidad
imponiendo la vuelta a una soñada edad de oro.
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10 jul 2017
14 abr 2015
Fronteras
La mente, la conciencia, o ambas cosas, que seguramente son
lo mismo, son vulnerables y maleables en extremo por efecto del entorno. Ortega
en su etapa perspectivista incluyó a
las ‘circunstancias’ en la esencia del yo («Yo
soy yo y mi circunstancia» en Meditaciones
del Quijote). Una de las circunstancias siempre presentes en el hombre
moderno desde hace no pocos siglos es vivir en espacios limitados por las
fronteras artificiales que crean los Estados. A un lado y otro de la raya
fronteriza la vida toma rumbos distintos, marcada por intereses divergentes,
leyes discordes, hábitos, lenguas, monedas... dispares hasta hacer ajenos a
los que antes de su trazado eran próximos y, como tales, cooperaban y se
entendían.
26 jun 2013
El estado en declive o el ascenso de la nueva religión
Desde que se consolidaron las estructuras de los estados
territoriales o nacionales que definen el paisaje político actual, cualquier
análisis, político, cultural, social, histórico, económico, se hace siempre con referencia al
estado. Incluso en aquellos textos de historia que incorporan a su título el
calificativo de universal o general la narración no puede evitar la referencia
constante a los estados, cuando no estructuran su contenido en función de
ellos.
Históricamente el marco estatal supuso un avance
considerable al superar las relaciones personales de fidelidad, vasallo/señor,
y la patrimonialización de lo común en manos de las dinastías reinantes.
Conforme se iban consolidando las nuevas estructuras se debilitaban las viejas
y las clases que se disputaban la hegemonía social pugnaron por apropiárselo en
su beneficio. En el XIX era evidente que la disputa se había resuelto a favor
de la burguesía que practicaba credos de economía de mercado, según permitían
las circunstancias.
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