14 abr. 2015

Fronteras


La mente, la conciencia, o ambas cosas, que seguramente son lo mismo, son vulnerables y maleables en extremo por efecto del entorno. Ortega en su etapa perspectivista incluyó a las ‘circunstancias’ en la esencia del yo («Yo soy yo y mi circunstancia» en Meditaciones del Quijote). Una de las circunstancias siempre presentes en el hombre moderno desde hace no pocos siglos es vivir en espacios limitados por las fronteras artificiales que crean los Estados. A un lado y otro de la raya fronteriza la vida toma rumbos distintos, marcada por intereses divergentes, leyes discordes, hábitos, lenguas, monedas... dispares hasta hacer ajenos a los que antes de su trazado eran próximos y, como tales, cooperaban y se entendían.


Leo en el País de hoy (13/4/2015) en un artículo que hace referencia a un libro de Peter Sahlins (Boundaries: the making of France and Spain in the Pyrenees. Berkeley, 1989) el impacto que los habitantes de la Cerdaña sufrieron al establecerse la frontera actual entre España y Francia (Tratado de los Pirineos 1659), por la cual el valle quedó dividido absurdamente entre los dos Estados y los que antes eran vecinos y parientes se convirtieron en extranjeros. Fue largo y penoso el periplo de sus conciencias desde la comunidad de intereses y sentimientos a la disparidad y mutua alienación hasta acabar por identificarse como españoles o franceses.

Como somos seres contradictorios nos debatimos permanentemente entre dos impulsos: uno que nos mueve al universalismo y la cooperación y otro que nos incita a marcar distancias y aislarnos. Que predomine uno u otro de esos sentimientos dependerá de otras mil circunstancias; pero, es claro que desde el florecimiento de los Estados nacionales (XVI, XVII) hasta el XX la vida europea ha sido hegemonizada por el segundo. La violenta historia de Europa en los quinientos años en cuestión es testimonio de ello. Hasta tal punto es así que la historiografía se ha limitado a señalar y a ofrecer en las instituciones académicas, no la historia de los hombres, sino la historia de los Estados.

Así pues la vida cotidiana y la memoria colectiva institucionalizada nos han familiarizado con las fronteras de modo que nos produce vértigo la perspectiva de levantarlas. Las resistencias en Europa para construir un espacio político único y común sólo se explica por eso, no por intereses económicos‒la economía es la avanzada en la globalización.

Por contra, dentro de los Estados constituidos históricamente ha crecido la fiebre nacionalista en regiones que fueron Estados o protoestados en el pasado o que conservaron alguna peculiaridad (lengua, etc.), en un movimiento que causa sorpresa por lo retrógrado ‒prerrogativas históricas superadas o/y una insolidaridad flagrante‒ y por su fuerza y evolución crecientes. En un momento en que los límites entre Estados se desdibujan progresivamente por el auge de la integración en diversos niveles y sectores, estos movimientos se levantan con la añoranza de nuevas fronteras y reivindicando una memoria propia. Aunque no rechacen la integración supraestatal, quizás para suavizar resistencias en el exterior o para negar a su propia conciencia lo retrógrado del sueño que los mueve, no creo que pueda ponerse en duda el carácter reaccionario de tal movimiento. Puede que no sea otra cosa que un modo de combatir el vértigo que genera la ausencia de fronteras en unas conciencias ya modeladas por su presencia y persistencia, obra de los Estados en otras etapas históricas, frente al universalismo innato del género humano, que es lo que más libres promete hacernos.

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