29 jul. 2013

El cura Meslier. Un ateo en la sacristía

Se suele achacar a la presencia asfixiante de la Inquisición la falta de pensamiento científico y aún de pensamiento crítico en general en la España de hace unos siglos. Pero tal idea tiene todo el aspecto de autojustificación endeble o de mentira piadosa. Más bien, la anómala supervivencia del tribunal del “Santo Oficio” en nuestro solar (hasta bien entrado el S. XIX) se podría explicar por la falta o inconsistencia de un pensamiento racional generalizado en las élites, para lo que, a su vez, habría que buscar condicionantes socioeconómicos en nuestro peculiar devenir histórico. Sea como sea, lo cierto es que mientras en otros rincones de Europa la Ilustración rompía con los esquemas tradicionales de pensamiento, en nuestro país apenas si se intentaba cierta lucha contra las supersticiones más burdas o se pretendía difundir la enseñanza de algunas ciencias útiles. Todo eso sin poner jamás en cuestión los fundamentos ideológicos (filosófico-religiosos) ni, por supuesto, políticosociales del sistema. Un Voltaire o un barón de Holbach no hubieran tenido lugar entre nosotros, no ya porque los poderes religioso-políticos los hubieran acallado, sino porque ni siquiera hubieran nacido o prosperado en un caldo de cultivo tan poco estimulante.


En una fecha tan temprana, para lo que vamos a ver, como finales del XVII ejerció sus funciones de párroco en el lugar de Étrépigny en las Ardenas francesas el clérigo llamado Jean Meslier. A su muerte, ya en el XVIII, dejó escrito un libro que causaría asombro en su época por su contenido revolucionario y lo sigue causando hoy por su contundencia y precocidad. Su título original rezaba así: Memoria de los pensamientos y sentimientos de Jean Meslier, cura de Étrépigny y de Balaives, acerca de ciertos errores y falsedades en la guía y gobierno de los hombres, donde se hallan demostraciones claras y evidentes de la vanidad y falsedad de todas las divinidades y religiones que hay en el mundo, memoria que debe ser entregada a sus parroquianos después de su muerte para que sirva de testimonio de la verdad, tanto para ellos como para sus semejantes. Retahíla que en las últimas ediciones se ha resumido en: Memoria contra la religión.

Lo que sorprende es la radicalidad de su pensamiento que supera con mucho a los ilustrados que encajaron como pudieron su influjo poderoso, como es el caso de los dos citados anteriormente. Voltaire, el gran trasgresor, sólo se atrevió a publicar una antología seleccionada de la Memoria… evitando sus argumentos más contundentes contra el sistema político y social y contra la religión y la divinidad porque iban mucho más allá de lo que el innovador filósofo estaba dispuesto a ir. De hecho Meslier ha merecido el calificativo de padre del ateísmo (Onfray: Los ultras de las luces) porque ha aportado un argumentario no superado en su riqueza y profundidad filosófica, en un tiempo en que nadie osaba proclamarse ateo, mucho menos vinculando tales ideas a otras socialmente disolventes.

En la Francia de Luis XIV, que le tocó vivir, no había Inquisición, pero sin duda habría sido igualmente represaliado de haber publicado su obra en vida; sin embargo, también es cierto que los ilustrados franceses de la época pudieron conservar su texto y difundirlo ampliamente aunque no se publicara. En eso radica la diferencia con otros ámbitos, como el nuestro, en donde no habrían quedado ni las cenizas de tales papeles, suponiendo que alguien los hubiese podido escribir.

El ateísmo, materialismo y racionalismo de que hace gala impacta por lo madrugador (la obra fue escrita entre 1723/29) y por su originalidad, dificultando la tarea de buscarle precedentes. Quizás sea Espinoza el filósofo que fertilizó su pensamiento con más éxito, pero la distancia que logró el discípulo fue inmensa. De hecho nos coloca de golpe en la modernidad con un mensaje que tiene de revolución social y política tanto como de desenmascaramiento de la prédica alienante de las iglesias, especialmente la católica, desmontando desde la falacia de los enredos dogmáticos hasta las supuestas pruebas que aportan los milagros, aceptados por el pueblo a pies juntillas, aunque sólo fueran réplicas de los de otros credos precedentes (paganismo), como muestra con erudición en el fragmento del que ofrezco enlace. Instrumentos, unos y otros, al servicio de la tiranía y la injusticia social. Lo sintetizaba con una metáfora cruel pero que se hizo popular, por lo que ha sido atribuida a varios personajes con diversas variaciones: «la humanidad sólo será feliz el día que el último de los tiranos sea colgado con las tripas del último cura».

No sólo es el primer pensador decididamente ateo y materialista sino que ya no se encontrará nada comparable hasta Feuerbach, Marx y los filósofos del XX.


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