26 abr. 2012

La mujer, el trabajo, los valores y el ministro


Se ha aireado estos días un aserto del ministro Wert escrito en un ensayo que le publicó FAES no hace mucho. Dice así: «La intensidad de la propia transmisión de la educación en valores en el seno del núcleo familiar no puede sino resentirse del cambio en los roles familiares que la incorporación masiva de la mujer al trabajo fuera del hogar supone». Ante quienes se alarmaron por la revelación el ministro alega que es una frase simplemente descriptiva y que no dice nada respecto a su posicionamiento ideológico frente la cuestión. Yo creo que sí dice mucho; pero, es que además estoy convencido de su falsedad interesada por parte de aquellos que buscan el modo de hacernos retroceder caminos costosamente transitados.

Digamos en primer lugar que ha cambiado el concepto sobre la infancia y, por tanto, la posición del adulto frente al niño. Justo mientras se estaba produciendo la incorporación de la mujer al trabajo fuera del hogar, el niño se convertía paulatinamente en sujeto de derechos. La explotación de la infancia, que ha sido una constante histórica, es hoy escandalosa no porque sea mayor que otras veces sino porque se ha convertido en éticamente insoportable. El cambio se operó en las mentalidades ¡y en los valores! Ciertamente se ha reducido la natalidad en parte por la opción laboral de muchas mujeres, pero, también, porque las parejas son hoy muchísimo más responsables ante la procreación que en generaciones pasadas. En resumen, el coste del niño en atención, en preocupaciones, en cuidados… es infinitamente superior al de hace unas generaciones. Muchas parejas aplazan el momento porque no se sienten capaces de hacer frente a la situación. Decisión en la que destaca el consenso, lo que era impensable o excepcional hace sólo dos generaciones. Valores nuevos que en aquellos tiempos de supuesto paraíso familiar en que la mujer no trabajaba no existían.

No es que la liberación femenina y el nuevo estatus del niño sean causa y efecto, pero sí son consecuencia de un mismo fenómeno: el progreso de un humanismo laico y racionalista que logró traspasar por primera vez en la historia los límites del varón adulto, para abarcar a todos. El castizo y casposo “cuando seas padre comerás papas” ha quedado sin otro contenido que el de una dudosa humorada.

En el pasado reciente, al que con frecuencia se invoca desde el reaccionarismo, los niños nunca estuvieron mejor atendidos, ni se hicieron esfuerzos por su educación, también en valores, como hoy, pese a que el padre y la madre trabajan ahora fuera del hogar. En las familias burguesas el contacto cotidiano de los niños era con servidores, nodrizas, institutrices… criadas; en la adolescencia o antes se les internaba en colegios; el contacto con los padres era mínimo. El modelo se imitaba en mayor o menor medida en las clases medias en función de su capacidad económica. El pueblo llano, que vivía mayoritariamente en ambientes rurales, no mejoraba esos hábitos, en este caso por necesidad; eran las hermanas adolescentes las que pasaban hora tras hora con los bebés; cuando crecían su ambiente era la calle, y muy pronto el trabajo como aprendices o ayudando a la familia.

Los valores que se transmitían al niño eran básicamente los que giraban en torno a la susodicha frase: “cuando seas padre…” El niño en la casa estorbaba y se le hacía saber. La buena educación se basaba en reprimir sus impulsos infantiles y en dotarlo de hábitos que no molestaran a los adultos con los que convivía y que lo preparaban para que cuando él mismo fuera adulto creara una familia sexista y patriarcal como la suya. Más que niño era simplemente un proyecto de hombre. Esto ocurría cuando las madres, si eran de familias acomodadas, no trabajaban y se dedicaban a la administración de la casa y otras actividades de ocio, sociales o religiosas, consideradas muy femeninas; si de familias trabajadoras, además de en la casa trabajaban en el campo, en donde se las requería estacionalmente, o en otras tareas que complementaran los ingresos familiares y, cargadas de hijos, eran incapaces de atenderlos debidamente, mucho más porque los padres no consideraban que esa fuera tarea propia de su condición. Tiempos en los que, según se deduce de la reflexión del ministro, se transmitía la educación en valores en el seno del hogar con total intensidad.

Es sabido que el ministro tiene en cartera una nueva ley de educación que, según sus propias declaraciones, podría ver la luz al final de la legislatura o principios de la siguiente, de donde se infiere que los cambios no serán superficiales. No tengo ninguna curiosidad por conocer sus directrices, las puedo adivinar. ¿Alguien no?

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